A Place To Bury Strangers: “Siempre tocamos para perder el control”

Ya podéis leer mi estreno como colaborador en la fantástica revista Rock I+D con una entrevista al grupo de noise rock A Place To Bury Strangers, también conocidos como “La Banda Más Ruidosa de Nueva York”.

Si os molan los ambientes ampulosos de The Jesus and Mary Chain, Joy Division, The Velvet Underground o Spacemen 3 y las guitarras psicodélicas y estratosféricas de Hendrix, Beck y compañia, esta es vuestra banda. En una conversación telemática con su líder, Oliver Ackermann, hablamos de sus discos, experiencias, Nueva York y cómo ha cambiado la banda a lo largo de la década.

http://www.revistarock-id.com/a-place-to-bury-strangers-siempre-tocamos-hasta-perder-el-control/

“Nueva York hierve de ruido. Al caer el último rayo de sol sobre el río Hudson, la ciudad adquiere un tono ocre que tiñe la bahía con una luz nostálgica. Una pintada callejera en el norte de Manhattan reza: “El mundo sigue ahí aunque mires para otro lado”. Los ciudadanos, enterrados bajo el imperio de los rascacielos, son solo meros extraños que se entrecruzan y confunden de un punto a otro de la gran metrópoli. Más allá, un tío sin escrúpulos aniquila una batería y destroza los platos mientras el botón rojo del REC parpadea en una oscura y sumergida sala de estudio de Brooklyn.

Ellos declaran ser una mera banda de pop que toca canciones muy alto. Después de cuatro álbumes de estudio y una década subidos a los escenarios, A Place To Bury Strangers, el trío formado Oliver Ackermann (guitarra y voz), Dion Lunadon (bajo) y Tim Gregorio (batería), se encuentran trabajando en el proceso de grabación de su quinto álbum, cuyo título y fecha de lanzamiento todavía son una incógnita….”

 

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Ziggy vive (Diez canciones para creer en su regreso a la Tierra)

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Poco más de 48h. han pasado desde la muerte de David Bowie. Desde este blog quiero homenajearle a través de las que fueron para mí sus diez mejores canciones. Aún recuerdo el día en el que, siendo casi un preadolescente entré en una tienda de discos y me llevé el Ziggy Stardust. Fue el primer disco que me compré tras haber ahorrado dinero, junto con el Transformer de Lou Reed.

Cuestionar la fuerza y la grandeza de las canciones y discos de Bowie es un pecado. El artista camaleónico por antonomasia hizo de su repertorio algo totalmente único y nuevo, incluso cuatro décadas después de su nacimiento como fenómeno artístico. Inimitable e inigualable, de composiciones complejas y ambiguas, siempre explorando y yendo más allá de lo que otros artistas se atrevieron. David Bowie consiguió reafirmarse como un extraterrestre ante todas las mentes y oídos de su tiempo, como genio, como individualidad creadora fuera de todo patrón humano, y era poseedor de una imagen que va mucho más allá de la música. Aquí les dejo con las canciones que más me marcaron de toda su discografía.

1-. “Heroes” (Heroes, 1977). Quizás sea la mejor canción de Bowie por su potencia, mensaje y universalidad. Y básicamente eso, siempre que la escucho me siento parte del universo. El feedback de guitarra que sostiene toda la canción parece construir una enorme pirámide de sonido, acompañado por el complicado tono agudo de Bowie, imposible de cantar o imitar.

2-. “Life on Mars?” (Hunky Dory, 1971). Bowie, aparte de tener una mente siempre puesta en la vanguardia y la innovación, consiguió en este tema unir la melodía pop con las imágenes poéticas de corte surrealista que provocó que se convirtiera automáticamente en un himno generacional.

3-. “Rock & Roll Suicide” (The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, 1972). Una canción tan corta y en continuo crescendo dan todos los méritos para situar a su creador en las cimas de la composición. Además, este tema tiene la gracia de ser el cierre del que es mi disco favorito de Bowie a título personal. En realidad, esta canción es la que mejor resume ese choque épico entre David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. En sus dos minutos y medio de duración nos encontramos de todo: comienzo en acústico, progreso eléctrico y final apoteósico con metales. Quizás una de las canciones más importantes de la época, y su amplitud hace que cuarenta años después de su lanzamiento funcione como un himno al sentimiento de sentirte apartado.

4º-  “Station to Station” (Station to Station, 1976). Siempre escucho esta canción cuando estoy triste. Lanzada en la época en la que el Duque Blanco jugueteaba con la cocaína y los libros de ocultismo, “Station to Station” supone una innovación en su sonido, un paso radical a la experimentación, fusionando estilos que van desde el kraut, al funk o al soul. Además, es en este álbum cuando nace el término <<New Age>>, y Bowie fue uno de los pioneros de este movimiento artístico. Lo que más me llama la atención de este tema es el nihilismo que desprende, con ese “it´s too late…” final.

5º-. “Space Oddity” (Space Oddity, 1969). La canción más famosa, tan grande e inmensa que sin duda funciona como una de las bandas sonoras clave de finales de los 60 y principios delos 70. Es imposible definir lo que esta canción significa, algo así como el “Take a walk on the wild side” o el “The Passenger” dentro de la discografía de Bowie. “Space Oddity” te atrapa y no te suelta, te conviertes en un ser prendado ante su oscuridad y su lirismo. Un precioso timbre de voz acompañado por una guitarra acústica que lanzó directamente al estrellato al artista inglés.

6º-. “Wild is the wind” (Station to Station, 1976). Una de las baladas más arrebatadoras de todos los tiempos, aquí la voz se vuelve lacrimosa y espesa, como una nana de cuna que canta al amor y al tiempo perdido. Compuesta por los músicos Dimitri Tiomkin y Ned Washington para la película homónima de 1957. Ha salido en multitud de películas y anuncios, y es sin duda una de las obras cumbres de la música de la década de los setenta. A su vez, ha servido de notoria influencia en grupos de noise como Sonic Youth o en bandas cercanas al grunge como Screaming Trees o Smashing Pumpkies.

7º-. “The man who sold the world” (The Man who sold the world, 1970). Esta popular canción llevada al gran público gracias a la versión de Nirvana en su Unplugged in New York, ya presagiaba el talento compositor de David Bowie recién estrenados los 70. Una canción que se mueve entre lo siniestro y lo infantil, entre lo excéntrico y lo pop, y cuya producción resulta compleja y exuberante. En definitiva, otro himno que añadir al amplio abanico de estilos y sonidos del camaleón.

8º-. “Rebel Rebel” (Diamond Dogs, 1974). En mi opinión, esta canción es la canción que siempre quisieron componer los Rolling Stones y que Bowie les robó de la forma más descarada. Un rock eléctrico con un riff de guitarra cien por cien glam rock marca T-Rex que hace que lanzarse a la pista de baile sea algo inevitable. Al margen de sus canciones más oscuras, este tema de cuatro minutos y medio te infunde toda la energía y positividad que caracteriza el ser joven y salir a divertirse.

9º-. “Suffragette City” (The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, 1972). Una de las más importantes canciones de Rock and Roll de todos los tiempos. Muchos señalan “Moonage Dream” o “Starman” como las canciones más reseñables dentro del Ziggy Stardust, pero creo que “Suffragette City” es todavía más rompedora. Esa guitarra de Mick Ronson y su ecualización han dado luz a un montón de bandas, por no hablar del teclado epiléptico que le acompaña marca Velvet Underground y el inesperado break del final. Un tema lleno de energía que puso a Bowie a la cabeza del nuevo rock de los setenta.

10º-. “Subterraneans” (Low, 1977). Para terminar, una lista con canciones de Bowie no es nada sin atravesar aunque sea de refilón su etapa de vanguardia total. Mano a mano con Brian Eno, Bowie nos entregó el álbum Low, quizás uno de los cócteles musicales más difíciles de digerir de toda el rock. Señalo esta canción aunque el álbum entero vale por sí solo. Los sintetizadores campan a sus anchas creando texturas sonoras avanzadas a su tiempo, como un lago helado donde es placentero sumergirse.

Sueño con Lou Reed

Una de las más importantes funciones de la escritura es conseguir materializar en palabras todo ese fluir mental de imágenes y sonidos para que no se olvide. La escritura es la extensión de la memoria al papel. Hoy me he levantado dando un brinco de la cama, me ha pasado una cosa increíble y doy gracias a cualquier tipo de criatura divina que me ha dado el enorme privilegio de soñar.

Esta noche estuve en un concierto de Lou Reed. A plena luz del día, en una plaza abarrotada de gente y con cuatro músicos sobre el escenario: un batería, un bajista y un guitarra que también hacía sus pericias en un sintetizador. Y Lou Reed. Castigado y pellejoso, con su pelo rizado echado hacia atrás, la piel muy morena y hecho un alfiler. Calzaba las clásicas botas negras neoyorkinas, llevaba unas mallas de cuero como pantalones y una camisa azul oscuro con remates, muy rocker. Su voz en directo era exactamente igual a la de los discos.

Al comienzo del concierto recuerdo que sentía muchas ganas de llorar, estaba viendo a mi mayor ídolo musical en escena. Le veía pasearse al final de cada tema por delante de la muchedumbre que le rodeaba, entre ellos yo, y de vez en cuando se acercaba a alguien para hablar con él. Mi padre y mi madre estaban a mi lado, y mi madre tenía en su rostro una sonrisa tan amplia como la del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Fue principalmente mi madre quien me transmitió el amor y la admiración por Lou Reed.

El set list del concierto fue casi irreconocible, y no puedo adivinar con precisión las canciones que estaba tocando, bien porque eran muy diferentes al disco, bien porque eran totalmente nuevas. A menudo me pasa, desde niño, que sueño con canciones que nunca he escuchado o tocado. Las canciones en mis sueños suenan de una forma distinta de la realidad, mucho más potentes y vivas, quizás. Aún así, alcanzo a descifrar algunas de ellas: “All Tomorrow´s Parties” (quizás la que mejor recuerdo de todo el concierto), “The Blue Mask”, “Sister Ray”, “Pale Blue Eyes”, “A Thousand Departed Friends” y “There is no time”.

En el sueño, cada vez que terminaba un tema, escribía a mis amigos en el móvil para que vinieran al concierto. Mis padres se perdían en la multitud a medida que yo intentaba acercarme más al escenario. Alrededor de este, había sofás y sillas asentadas en medio de la calle, junto a varias estanterías llenas de libros que nunca he leído sobre el artista neoyorkino y sus discos. También había muchas novelas y cuadernos de poesía. Se podía decir que en torno al escenario se había habilitado un improvisado salón callejero. Al fin, vinieron dos amigos míos, Daniel Nuwanda y Miguel, fervientes admiradores de la obra de Lou Reed. Nos sentamos a un lado del escenario, un austero templete lleno de ropa, instrumentos y cables.

A la mitad del concierto más o menos, Lou Reed bajó del escenario con un libro en las manos y se dirigió a mí. Su español era bastante fluido, y tenía un tono de voz cadavérico, exactamente igual a los discos. Una americana muy roída y gris le arropaba por encima de su camisa azul oscuro. Dio un salto del escenario al suelo y me miró con complicidad. Me tendió el libro que tenía en las manos y me preguntó si lo había leído alguna vez. Tomé el libro y en la portada había un nombre americano con las letras “ch” (es lo poco que recuerdo del nombre del libro). Era de segunda mano. Le miré a los ojos y le dije que no, que en absoluto lo había leído. Acto seguido, Lou Reed retiró el libro de mis manos y comenzó a ojearlo por encima, dijo que era uno de los autores que más le habían gustado e influido en toda su vida.

Casi por arte de magia, empezó a hablar en inglés conmigo, y yo perdía el hilo de lo que me decía debido a mi bajo nivel del idioma. Como veía que entendía poco, Lou Reed regresaba al español de forma brusca. Recuerdo que repetía constantemente que tenía que ir a la cafetería que había en la esquina de la plaza, que había quedado con alguien o tenía algo que hacer. Esta parte del sueño me es más fácil de recordar ya que lo repetía constantemente. El público congregado en torno a Lou Reed me miraba con envidia y estupefacción, y yo me sentía muy nervioso. Sin saber por qué, me levanté de la silla donde estaba sentado, y pude tener a Lou Reed frente a frente. Tenía una estatura alta, cuerpo muy delgado y cara arrugada. Mis amigos, Daniel Nuwanda y Miguel reían, y entraban en la conversación de vez en cuando.

El final del sueño es muy confuso, pero tengo la última frase de Lou Reed clavada en la memoria, y dudo mucho de que se me olvide. Como si fuera su colega, abrió los brazos y los hombros, y echó la cabeza hacia atrás para darme un abrazo. Esta es una de las partes más sensitivas del sueño, ya que da pie a pensar que he sido capaz de entablar contacto físico con una persona a la que admiraba mucho y que ahora está desaparecida. Sentí el tacto de su piel arrugada, estaba caliente y el pellejo sobresalía como crónica del exceso que Lou Reed arrastraba. Su voz era dulce y calmada, muy amariconada, como siempre, y estaba cargada de un romanticismo imposible de definir. La ropa le olía a tabaco, pero el olor general que él desprendía era fuerte y agradable, como la típica colonia que se echan los ancianos. Justo después del abrazo puso sus manos en mis hombros, en actitud de decirme algo importante, me miró fijamente a los ojos, y dijo: “lo mismo de siempre, chico: autosuficiencia o drogas”.

Ha pasado exactamente una hora y media desde que me he despertado y todavía sigo perplejo ante tamaña frase. ¿Se trata de una sentencia o un críptico consejo? ¿Es lo que mi mente onírica dice o es Lou Reed quien lo dice? ¿Algún tipo de epitafio personal e intransferible, dedicado a mí y solo a mí? ¿Lo que Lou Reed me hubiera dicho si viviera y tuviera la oportunidad de charlar con él? Posiblemente no, y todo sea resultado de un buen gol del inconsciente en mi confusa cabeza. Aún así, es la única frase que recuerdo del todo de mi conversación en sueños con Lou Reed. “Autosuficiencia o drogas”, qué cojones querrá decir eso. Quizás no fuera así del todo, era un cruce entre esa frase y esta otra: “o soy autosuficiente o me drogo”. No recuerdo del todo cuál de las dos era, lo que tengo claro son esas dos palabras: “autosuficiencia” y “drogas”.

Acto seguido, y como punto final del sueño, nos pidió a mí y a mis amigos que dijéramos una canción que nos gustaría que tocase. De forma automática, mi amigo Miguel dijo “Perfect Day”, yo dije “Caroline Says Part II” y Daniel Nuwanda gritó “Saaaad Song”. Lou Reed volvió al escenario y apagó los amplis. Hizo un movimiento con la mano para llamar al grupo de músicos que le acompañaban y dijo al micrófono: “un segundo, ahora vuelvo” en inglés, algo así como “wait a second, I´ll come back”. Bajó del escenario y le vi marchar en dirección a esa cafería que él tanto mencionaba con el resto de la banda. Nada más verle meterse en una de las calles de acceso a la plaza, me desperté.

36 horas sin Reed

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1. Lo mejor de Lou Reed era la habilidad para hacer sentir al oyente parte de sus historias. Esa personalización de sus canciones fue lo que nos llevó a quererle tanto. Esa autenticidad fuera de toda imagen o estilos. Esa sensación de susurro que transmitían sus canciones más íntimas. Ese abrazo de padre al acabar el día, cuando te sentabas a escuchar cada uno de sus discos. Esa fuerza arrolladora que transmitía en los escenarios y las canciones, diciendo continuamente, “aquí estoy yo y aquí los demás”. 

2. Estoy que me subo por las paredes. Siento que algo está cambiando dentro de mí ante los últimos acontecimientos de las últimas horas. Unas pocas horas después de la muerte de mi ídolo y artista favorito, cumplía 20 años. Unas pocas horas después de la muerte de mi ídolo y artista favorito, acababa definitivamente mi obra en prosa, “Últimas Carreras Por Los Subterráneos”. Estos tres días se han sucedido muy deprisa. Mi cabeza también va deprisa. Como la canción “All Tomorrow´s Parties” sobre la que tantas veces arañamos paredes antes de salir a la ciudad a emborracharnos y a bailar.

3. No os podéis perder el artículo que ecribí en honor a Reed en la revista que tengo con mi compañeros y amigos de la Facultad, RevistaOfftopic. Aquí os dejo el enlace. Estas fueron mis primeras reacciones tras la muerte del cantante neoyorkino.

4. Los mejores discos de Lou, en mi opinión y en orden de importancia, son Berlin, The Velvet Underground & Nico, Transformer, Coney Island Baby y, aunque os suene raro, Lulú. 

5. Berlín brilla por sí solo. No hay ninguno mejor. El disco más triste y decadente de la historia, la verdadera obra maestra de Reed. Uno de los discos que más he escuchado durante toda mi vida, junto al Born To Run de Springsteen y Desire de Dylan.  El disco que me cambió la vida de cuajo. Posiblemente si no hubiera llegado a él con 12 años, jamás me hubiera dado por escribir poesía, por tener la visión del mundo que tengo ahora, por adoptar la contemplación del arte como rutina y en su expresión máxima. Sin duda, la obra artística junto a Las Flores del Mal de Baudelaire que más me ha influido en mi vida y formación.

6. Transformer y Coney Island Baby son dos hermanos que se complementan. La diferencia entre ambos discos estriba en que en el primero están las mejores canciones que compuso Reed y la influencia de Bowie. El Coney Island es más puro, más personal y auténtico. Ahí veo la importancia de ambos.

7. Lulú, el último disco que grabó junto a Metallica, es una auténtica revisión moderna de The Velvet Underground & Nico. Pensemos en cómo sentó el Álbum del Plátano en sus tiempos. En la biografía que leí de Reed hace un par de años, durante el espectáculo warholiano Exploding Plastic Inevitable la gente huía atemorizada al oír los primeros acordes de “Venus In Furs”Lulú, siendo el último disco de Reed, yo ya lo contemplo como una obra de culto. No voy a entrar a criticar el disco, eso dará para otro post, pero escuchen simplemente la última canción, “Junior Dad”. Parece que Lou acepta su destino, que no le queda tiempo, y nos regala una auténtica obra mística. No es lógico tantos minutos de chill out al final de tanta destrucción. Lulu es el disco-metáfora de toda la obra lourrediana. La belleza de “Junior Dad” (escuchad solo la versión del disco que es la que vale, no la del directo) solo es posible medirla a través de sus letras, sus riffs pacíficos y la voz cascada de Lou pidiendo que le sujetemos en la última ola de su vida.

8. Creo que esto es un fin de etapa en mi vida. Algo se va tras la muerte de Lou Reed. Quizás el desencanto de saber que ya no le volveremos a ver subido a un escenario o que ya no sacará más discos originales (aunque bien es sabido que las disqueras y el mercado ahora se liarán a brindarle homenajes en forma de productos). Además de ello, he cumplido mis 20 años y he terminado mi primera obra en prosa. Algo ha cambiado dentro de mí y fuera. Estoy emocionado. Como diría algún poeta por ahí, estoy enamorado. 

9. Cómo viviremos el resto de los años sin el padre de nuestra influencia. Cuántas bandas podremos formar, cuántas canciones y poemas componer, cuántos viajes a Coney Island no programados, después de su muerte. Cuántas veces haremos el amor sin ese “Perfect Day” o esa “Pale Blue Eyes” de fondo, al saber que ya no está su creador… Cuántas veces tendremos el deseo de matarnos sin Berlin de fondo. Cuánta paz podremos transmitir a los demás sin el pop reposado de Coney Island Baby, todas nuestras ilusiones hechas trizas. Y cuántas veces nos ahogaremos en el abismo escuchando el Metal Machine Music sabiendo que ya no está. Ahora sí que estás en el lado salvaje.