El día que desaparecimos de la Tierra (SWANS en el Teatro Barceló)

Fuente: Facebook Oficial

*Artículo publicado en ROCK I+D

“Esto no es música. Esto es otra cosa, pero está claro que no es música”. Esta era una de las frases más oídas antes, durante y después del concierto ofrecido por SWANS el pasado miércoles en el abarrotado Teatro Barceló de Madrid. Dirigidos por el frontman más poderoso de toda la escena alternativa, Michael Gira, volvieron a subirse al escenario una noche más para presentar su último trabajo, el soberbio y contundente The Glowing Man.Ataviados con sus característicos vaqueros tejanos y con su semblante siempre severo y penetrante, la banda arrancó con “The Knot”una pieza instrumental de 45 minutos de duración.

Luis Boullosa en su brutal enciclopedia El puño y la letra. Creación literaria y Rock&Roll Underground, además de presentar a Michael Gira como “el primer y último hombre de la Tierra”, subraya en líneas generales que un concierto de SWANS es un acontecimiento mayor, de vital importancia, que marca profundamente la vida de cualquier insensato que decide acudir. Además, avisa de que ninguna banda toca tan alto como ellos, llegando a un volumen extremo y auditivamente casi imposible.

Y más o menos así fue. En la cola, los porteros del local repartían tapones de oídos, ya que lo que el público iría a vivir ahí dentro se trataba, literalmente, de un proceso entrópico de liberación de energía más propio de las experiencias enteógenas que de la mera musicología.

La atmósfera se llenó de sinestesias, visiones, sacudidas ultrasónicas y relámpagos de ruido. Gira, en estado de gracia y de espaldas al público, ejerció de chamán supremo, para a los pocos minutos convertirse en un transmisor de energía en un continuo subir y bajar de brazos en dirección a los asistentes. Y eso es, en especial, otro de los detalles que hacen de SWANS una banda poseedora de un poder inusitado. Alejados de la vanidad y del ego, su papel se reduce a meros transmisores de espiritualidad en forma de ruido implacable, incognoscible por la mente humana, y su valor estriba en la proyección de todo eso a modo de regalo. De ahí que no se pueda ni comparar sus álbumes, fríamente arreglados y producidos, con la abrasión de su directo. Prueba de ello es que, en las partes más altas, no solo podías notar que el suelo y todo a tu alrededor temblaba, si no también tu ropa, tu cuerpo, tus órganos. Esa espiritualidad solo se define como un viaje de ida y vuelta de la antípodas de la mente y del espíritu hacia lo sagrado. También por ello, que sea tan complejo y difícil de explicar con palabras.

SWANS es una banda que aglutina a personas de todo tipo. Desde veinteañeros obsesionados por la escena noise neoyorkina y el post punk –entre los que me incluyo-, hasta amantes de lo extremo -grindcore, black metal y derivados. Las camisetas eran la forma más plausible de identificar subgéneros. Precisamente es ahí donde nace la imposibilidad de etiquetar o aportar una conclusión definitiva al género musical que los SWANS representan.

En una gira que promete ser la última, ofrecieron un repaso a su última etapa en forma de trilogía (The Seer, To Be Kind The Glowing Man), alejada del histrionismo punk y la asfixia mecánica de sus primeros álbumes. El público, más que entregado, se dividía entre los pasmados, los que se aburrían, los que cerraban los ojos para sentir y los que, directamente, no entendían lo que allí estaba pasando. Otros hacían headbanging en las partes más rudas al no poder encontrar una forma mejor de canalizar la energía que la banda proyectaba con cada tema.

La segunda canción escogida para la ocasión fue “Screen Shot”, un chute de vigor y potencia a base de bajo y batería después de la densidad del primer corte. Más tarde, sorprendieron con “Cloud of Uknowing”, quizás el tema más redondo de la noche por su escalada de intensidad de menos a más y de más a menos, quedando al final un cálido susurro de Gira junto con el débil punteo de guitarra de Norman Westberg, apoyado en el pedal steel de un orgulloso Christoph Hahn. La última canción no podía ser otra que “The Glowing Man”, una obra magna de media hora cambiante, circular, introspectiva, apoteósica.

Tras más de dos horas y media, volver a la realidad resultaba prácticamente imposible. SWANS habían conseguido hacerte desaparecer. Tan solo quedaba ese regusto amargo, esa nostalgia, que permanece como rastro agónico del viaje. Miraras donde mirases, los cuerpos y las sustancias, tanto naturales como artificiales, parecían perder su consistencia; diluidas y difuminadas, te hacían sentir en tus propias carnes aquello que ya decían los místicos: la realidad verdadera es solo un simulacro de otra realidad más compleja, una fantasmagoría o destello del misterio que está ahí y envuelve todas las cosas.

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