La música y las palabras

Debe ser que esto de escribir en blogs ya está trasnochado. Me explico: me hace sentir “raro” dedicar un espacio humilde de mi tiempo para anotar una serie de pensamientos aquí. A la velocidad a la que van los tiempos, lo de tener un blog y dar rienda suelta de alguna forma a ese fluir de ideas personales, acomodadas, bajo una luz tenue de escritorio y tras un largo día de trabajo, me resulta algo más que extraño. ¿Para qué? De alguna forma siempre he sentido el impulso de escribir. No sé por qué, siempre he sentido que debía contar algo. “¿Te gusta escribir?”, me han estado preguntando desde que adquirí conciencia de ser. “Se ve que te gusta escribir”. ¿Qué significa escribir?


He escrito mucho en este blog desde que lo comencé allá por 2012, en mi primer año de carrera universitaria en Periodismo. Ya han pasado seis años. Madre mía. Y sigo encontrándome aquí, en este blog desangelado y desatendido. Dispuesto a escribir una vez más. ¿Qué es lo que pasa? Hoy me ha saltado un mensaje de WordPress diciendo “¡¡Feliz Aniversario!!”. Y aquí estoy otra vez. Escribiendo. ¿Por qué? Creo que muchas veces, la mayoría de las cosas que hago no tienen explicación.

Lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Un espacio donde desperdigar palabras y nombres, en el que vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.

Animado por Eva Campos, mi profesora de ‘Innovaciones tecnológicas aplicadas al periodismo’ (un título de asignatura con un cariz bastante prehistórico en cuanto a cultura digital se refiere), decidí hacer un blog que documentara mis pasiones verdaderas: la escritura y el Rock&Roll. Recuerdo que vino hacia mi silla y vio que ponía en el subtítulo: “jazz, doo-wop, post-rock…” y una infinidad de estilos más de los que en su momento yo me creía el altavoz. Y me dijo “¿Te gusta el jazz?”. Yo no había pasado de los discos de Coltrane y Davis, pero si ponía “jazz” en el subtítulo ya se suponía que estaba hecho un ducho en la materia. En todo caso, lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Y ese era el ambiente propicio para este blog, un blog donde encontrar todo lo que mi mente frágil y maltrecha de adolescente discurría y podía adquirir, un espacio donde desperdigar palabras y nombres, vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.


La verdad, los mejores profesores son los que, sin una intención real manifiesta o sin querer, te animan a emprender grandes caminos de una forma entusiasta y completamente desinteresada. No el típico chapas que te viene diciendo lo que tienes que aprender de cara al examen o qué debes hacer para ganar dinero y procurar tener una vida digna y cómoda. De alguna forma, le estoy agradecido a Eva, en donde quiera que esté o si lee este post.
Ya hace seis años. Se me ponían los ojos como platos al leer a William S. Burroughs así como toda la literatura beat, lloraba borracho en la calle con las melodías de Tom Waits y tenía alucinaciones mágicas sin apenas consumir ninguna droga aparentemente letal con los discos de My Bloody Valentine o Radiohead. Por poner algunos ejemplos. Eso era la adolescencia y así la pasé. Para las personas de mi generación, la adolescencia todavía no ha acabado, y espero que dure unos cuantos años más. Aunque a decir verdad, ya todos parecen más adultos.


Incluso yo me veo como un adulto. Tengo un trabajo estable y hago lo que quiero, lo que siempre quise: escribir. La sensación que arrastraba desde el instituto, ese impulso irrefrenable y apasionado de coger el bolígrafo y escribir en el folio en blanco permanece en mí, y ahora sé que se va a quedar conmigo para siempre. Pase lo que pase, haga lo que haga.

La música es el catalizador de toda relación humana con el mundo y las personas. Es el lazo que une y ata para siempre, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y quiénes vamos a ser

En los últimos meses, he abandonado la literatura y la poesía y me centré en escribir reseñas de música. Qué mejor placer que el de desentrañar discos, tanto actuales como del pasado. A decir verdad, la música es el único valor intangible y permamente que siempre está ahí, más que la propia literatura o el tan cadudo periodismo. Lo digo y lo diré siempre: la música es el catalizador de toda relación con el mundo y las personas, con el entorno. Es el lazo que une y que ata para siempre, la verdad inmutable que desentraña todo proceso o acción, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y qué vamos a ser. Una forma de amar verdadera y real, más allá de los gestos o las emociones.


La música es lo mejor de la vida. No exige nada, solo ofrece. Ni siquiera es interesada, vanidosa o engreída, siempre está ahí para vincularte al rugir imperioso de la experiencia y del anhelo. Del gozo. Dicen por ahí que la vida se mide en momentos, y mis mejores momentos están llenos de música, incluso en el más precioso silencio, donde solo los sonidos corrientes funcionan como escalera a la más alta cumbre de la sensación.

Todo esto gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Dedicaba mi tiempo libre a escribir. En la etapa de parado desesperado puedes hacer muchas locuras. Yo me mantuve firme en mi compromiso con la palabra. Proyecté la novela que tanto ansiaba escribir y que nunca llegué a terminar. Fue en vano. Quizás ahora consiga fuerzas para hacerlo. Al final, la cotidianidad y el trabajo sepultaron toda tentativa de imaginación. Tuve la suerte, la enorme suerte, de poder trabajar en lo que siempre quise trabajar: escribir en un medio de comunicación. Y así me llegó la oportunidad, sin esperarlo ni imaginarlo. La enorme suerte de aprender de periodistas de verdad, de oficio y de carrera. Todo gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y a las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

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“Realejo”, Autumn Comets (La Estanquera, 2017)

+Reseña publicada en El Quinto Beatle

+“Cantar en castellano fue un paso natural”, en Ruta66

Después de dos años de aquel magistral We are here / You are not (2015), las Cometas de Otoño vuelven con un nuevo trabajo discográfico que les devuelve a las raíces hispánicas tras siete años de carrera cantando en inglés. Realejo (La Estanquera, 2017) llega con ocho nuevas canciones en pleno ecuador de su estación favorita. La banda de Juan Palomo (voz y guitarras), Emilio Llorente (guitarras), Gonzalo Bautista (teclados), Mario Pérez (bajo), Pablo Palomo (batería) y Manuel Moreno (viola y percusión) vuelve a demostrar que son un conjunto con mucho que decir y demostrar dentro de la música independiente de nuestro país.

“UN VIAJE MIRANDO AL SOL” CON ESTALLIDOS AMBIENTALES

Su música está plagada de detalles. Retazos de folk norteamericano, estallidos ambientales que embadurnan las pistas hacia el kraut o el post-rock, momentos sinfónicos protagonizados por la viola; suavidad y armonía, contención e intensidad, ruido y caos. Todo ello sostenido por una sólida atmósfera electrónica de sintetizador, que recuerda mucho a la escena indie del nuevo milenio de grupos como Death Cab For Cutie, Modest Mouse o The Shins. Pero más allá de las comparaciones, Autumn Comets han conseguido hacerse un hueco dentro de las bandas más originales de este país y consolidar un proyecto musical que ya cuenta con cuatro álbumes de estudio y colaboraciones estelares, como Russian Red o el mismo Micah P. Hinson.

Realejo arranca con un rasgueo suave que avanza hacia un diálogo sostenido entre bajo, guitarras y sintetizador. Se trata de Viernes de Dolores, el primer single y canción elegida para presentar este nuevo trabajo. Referencias a Sun Kil Moon, un estribillo emocionante y la voz de Ricardo Lezón de la banda amiga McEnroe para hacer de padrino de lujo. El segundo corte del disco, Madera y Sangre, es un testamento de la buena forma en la que se encuentra la banda. Con un ligero parecido a Cavar una fosa, de su anterior álbum, las guitarras trenzan arpegios a lo largo de toda la canción a medida que la voz la acompaña. Destaca por su lirismo decadente en las letras, algo muy presente en la banda en cualquiera de sus discos, inspirado en mayor o menor medida por los versos de la corriente literaria del realismo sucio: “escupo hierro y sangre / los días son violentos / al despertarme se clavan / con las horas que dejo muertas”.

Costa Tropical representa el segundo y definitivo arranque del disco. Se aprecia cierta similitud en cuanto a intención con Baltimore, de su segundo disco Moriréis en Camboya (2013). Un inicio post-punk de bajo se suma a las guitarras, al más puro estilo dream pop, que sobresalen en la ecualización respecto al resto de instrumentos. Es así como llegamos al ecuador del álbum y uno de los temas más potentes del disco, quizás el mejor conseguido: La Montaña Vino a Mí, en la que una base electrónica al más puro estilo kraut nos da la bienvenida. Segundos más tarde, comienzan a entrar las guitarras, el bajo y la batería en un avance progresivo. La voz de Juan Palomo y su interpretación destaca sobre el resto de canciones. Pisajística y onírica, La Montaña Vino a Mí parece testificar la pequeñez del ser humano ante la inmensidad natural que lo rodea. Autumn Comets en estado puro: guitarras a camino entre el clean y la distorsión, un hipnótico sintetizador y la viola sazonando las pistas con pasión y humildad.

 

COSTAS TROPICALES, CORDILLERAS NEVADAS Y UN VIERNES EXISTENCIALISTA

A lo largo de la escucha, nos sorprendemos por la temática discursiva que ha adoptado la banda para este Realejo. Horizontes naturales, bosques y campo, cosechas y vergeles, vuelta a la tierra, a lo propiamente castizo. Algo que quizás habían pasado por alto en sus anteriores álbumes y que se ve reflejado en mayor o menor medida según avanza el tracklist. Después de atravesar costas tropicales, cordilleras nevadas y un viernes existencialista con tintes religiosos, nos damos de bruces con un tema que parece alojar un mensaje político subliminal. Nada nuevo bajo el sol parece dar fe de ese pesimismo ante las circunstancias sociales y económicas de nuestro tiempo. Si hace unos años, las bandas y músicos independientes nacionales lanzaban discos cargados de optimismo con motivo del nacimiento de los movimientos sociales, hoy en día la desilusión y el desengaño toman protagonismo al asimilar que nada ha cambiado sustancialmente, y que seguimos igual o, incluso, peor.

Autumn Comets en estado puro: guitarras a camino entre el clean y la distorsión, un hipnótico sintetizador y la viola sazonando las pistas con pasión y humildad

Larsson” es un tema para volver a tomar tierra y respirar. La viola protagoniza uno de los grandes momentos del álbum según se acerca el final y la ecualización de las guitarras nos retrotraen a leyendas del post-rock y de la música espacial, como Low, Yo La Tengo o Explosions in the Sky. De igual forma, Cortijo es una canción sustentada por arpegios y teclados. Recuerda en ciertos detalles a The Map and The Treasure, de We are here / You are not (2015) pero desgraciadamente, no tiene tanta fuerza como esta, y hace que el álbum se desinfle un poco.

Un final deslumbrante y colosal para dar punto de partida a este éxodo natural por carreteras, valles y montañas

En comparación con su predecesor, Realejo es un álbum que destila un espíritu más optimista y luminoso. Con todo ello, se antoja este nuevo trabajo discográfico como un segundo nacimiento de los madrileños hacia territorios más shiny. Después de sus álbumes cantados en inglés, desde A perfect trampoline jump (2010) hasta We are here / You are not, esta colección de canciones desecha la oscuridad para dar paso a un nuevo collage sinfónico de sonidos y texturas más refulgentes.

Y llegamos al final con la canción que da título al álbum, Realejo. Se trata de un folk espeso, plagado de arreglos ambientales y electrónicos, que avanzan hasta romper con todo el arsenal instrumental para luego volver a la calma. La raíz que volverá a crecer / monte y mar / y un vergel / y cuidar bien de él. Las letras reflejan la temática general del álbum, esa vuelta a la naturaleza como paraíso perdido. Estilísticamente, se parece mucho a los más recientes discos de Low Roar, pero a medida que la canción progresa la vanguardia se hace paso hasta llenar las pistas de ruido y éxtasis. Un final deslumbrante y colosal para dar punto final a este éxodo por carreteras, valles y montañas. Una despedida más que anticipada con billete de vuelta.

NOTA: 8´5

“Relatives in Descent”, Protomartyr (2017, Domino Recording Co.)

 

Protomartyr alternan pasajes bellos y relajados con ritmos rápidos, sin dejar de lado sus raíces oscuras y opresivas

ARTÍCULO PUBLICADO EN ROCK I+D

She´s just trying to reach you, she´s just trying to reach you, she´s just trying to reach you…” Así, como una obsesión enfermiza, arranca el nuevo álbum de Protomartyr, el grupo de Detroit formado por Joey Casey, Greg Ahee, Scott Davidson y Alex Leonard. Aunque siempre se les ha categorizado como un grupo de post-punk, con su notable precursor The Agent Intellect (2015), estas doce nuevas canciones vienen a ensanchar el estilo de la banda y alternar pasajes bellos y relajados, con momentos de frenesí noise y ritmos rápidos, sin olvidar sus raíces oscuras y opresivas.

Guitarras inflamadas con frases armónicas desconcertantes, bajos post-punk, ritmos de baterías primitivos a lo Moe Tucker y una voz grave y encriptada que se estira hasta el final de las pistas. 

Según la propia banda, el álbum presenta doce variaciones sobre un mismo tema, en este caso “la naturaleza inognoscible de la verdad” y “el temor existencial que a menudo acompaña a ese sufrimiento”. Además de poner énfasis en “la desinformación y confusión cotidianas”. Esto se ve claramente en el sigle y primera canción del disco “A private understanding”, donde en un mismo texto conviven figuras que van desde el griego Heráclito de Éfeso –y su conocida sentencia “Nadie se baña en un mismo río dos veces”-, o el líder soviético Joseph Stalin, quien tiene un furtivo y misterioso encuentro con Elvis en una caravana.

“A private understanding” marca la tónica general del sonido de este Relatives in Descent: guitarras inflamadas con frases armónicas desconcertantes, ritmos de batería que sostienen la pieza musical por los aires y una voz encriptada que se estira hasta el final de la pista. “Here is the thing” recuerda mucho a esa furia punk de The Agent Intellect. La sorpresa llega con “My Children”, donde un envolvente bajo post-punk nos da la bienvenida a ese repetitivo “pass on, pass on” que observa el hecho de tener hijos como un acto de creación sagrado que permite que la historia continúe, para finalizar con una categórica afirmación: “porque no tengo nada que ofrecer a mis hijos”. Un guiño al “Suffragette City” de David Bowie se deja intuir al final, con ese “don´t lean on me, man”.

El mensaje del álbum reflexiona sobre “la naturaleza incognoscible de la verdad” y “el temor existencial que a menudo acompaña a ese sentimiento”, algo reflejado en “Windsor Hum” o “My children”

Caitriona” resuelve en dos minutos lo que exige un buen tema de punk rock, arrancando con toda la fuerza y desinflándose en un punteo incisivo según llega al final. “The Chuckler” sigue de cerca a la anterior, alternando partes melódicas con guitarras histriónicas y desbocadas y un estribillo potente cargado de melodía y pesimismo. La batería repite machaconamente un dos por cuatro al más puro estilo Moe Tucker en The Velvet Underground.

Un inquietante y misterioso ruido metálico por todo el mundo ha hecho saltar las teorías más conspiranoicas. Se trata de “El Hum”, un fenómeno audible que ni los científicos más reputados son capaces de explicar. Movimientos de placas, corrientes marinas endiabladas chocando entre sí e, incluso, contacto extraterrestre, son algunas de las explicaciones que la comunidad virtual ha ido asociando a esta rareza. Ninguna conclusión ha sido esclarecedora. De esto trata “Windsor Hum”, un hipnótico y desconcertante tema de casi cinco minutos que representa a la perfección toda esa narrativa de la confusión reinante en la sociedad actual.

“Don´t go to Antacita” es una suerte de hard rock con aires punk que recuerda mucho a The Clash, sobre todo por la voz de Casey, que en el estribillo parece resucitar la vieja gloria de Joe Strummer. Un tema redondo. En “Up the Tower” vuelve el ritmo machacón que avanza hacia un estribillo furioso donde la voz, fuera de sí, repite una y otra vez que arrojen fuera al rey defenestrado, según una novela de Thomas de Quincey, de quien reconocen la influencia.

Protomartyr se consolida como una de las bandas más potentes del legado del post-punk. Furiosos, estridentes y descarnados, con letras plagadas de angustia existencial, incomunicación y crítica sociológica.  

El ambiente onírico y de medio tiempo de “Night-Blooming Cereus” supone ser el punto más tranquilo del disco. La letra remite al poeta afroamericano Robert Hayden, que escribió un poema con el mismo nombre. La gentrificación y la remodelación urbana de espacios de resistencia parece ser el tema central de la canción. “En medio de la muerte de todas las cosas / solo en la oscuridad la flor llega a enraizar / no bajo el ojo desdeñoso o mediante la mano de la empresa / florece en la noche”.

La misantropía hardcore punk de “Male Plague” vuelve a situar al álbum en su punto álgido. El bajo destaca sobre todo lo demás en “Corpses in Regalia”, a la vez que el rasgueo desorientador de guitarra. Así, llegamos al final, con “Half Sister”, sin duda una de las mejores del álbum, donde un poderoso riff a contratiempo se arrastra hasta un final apoteósico donde Joey Casey vuelve a esa idea paranoica y obsesiva inicial: “She´s just trying to reach you….”

NOTA: 8´7

Todas las personas que conociste eran actores

Todos los apóstoles están sentados en columpios y dicen: “Vendería a mi Salvador por un nuevo conjunto de anillos y unas pocas sandalias con tiras que quedan de lo mejor en esta era”.

Entonces todos los empresarios en su infierno ilimitado donde compran y venden, donde compran y venden su mierda entre ellos; entonces, se cansan de todo. En quiebra de tanto vender.

Y todos los ángeles venderían tu alma por un conjunto de alas nuevas y cualquier cosa de oro. Ellos recuerdan a las personas que amaron, sus viejos amigos. He visto a través de ellos. He visto a través de ellos. He visto a través de casi todo.

Todas las personas que conociste eran actores.

Todas las personas que conociste eran actores.

Bueno, iré a la Universidad y aprenderé palabras pomposas. Hablaré fuerte de verdad, joder, por fin seré escuchado. Y tú recordarás a aquel chico que dijo todas esas palabras pomposas que debió haber aprendido en la Universidad.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que llegué a ser honesto conmigo mismo. Fui honesto y la relación con mi amor acabó. Todavía la amo. Pero la amaba más cuando ella estaba sobria y yo era más cariñoso.

IMAGEN: Laura del Castillo

Letra: Swayze, Brock y Johnson (Modest Mouse)

El día que desaparecimos de la Tierra (SWANS en el Teatro Barceló)

Fuente: Facebook Oficial

*Artículo publicado en ROCK I+D

“Esto no es música. Esto es otra cosa, pero está claro que no es música”. Esta era una de las frases más oídas antes, durante y después del concierto ofrecido por SWANS el pasado miércoles en el abarrotado Teatro Barceló de Madrid. Dirigidos por el frontman más poderoso de toda la escena alternativa, Michael Gira, volvieron a subirse al escenario una noche más para presentar su último trabajo, el soberbio y contundente The Glowing Man.Ataviados con sus característicos vaqueros tejanos y con su semblante siempre severo y penetrante, la banda arrancó con “The Knot”una pieza instrumental de 45 minutos de duración.

Luis Boullosa en su brutal enciclopedia El puño y la letra. Creación literaria y Rock&Roll Underground, además de presentar a Michael Gira como “el primer y último hombre de la Tierra”, subraya en líneas generales que un concierto de SWANS es un acontecimiento mayor, de vital importancia, que marca profundamente la vida de cualquier insensato que decide acudir. Además, avisa de que ninguna banda toca tan alto como ellos, llegando a un volumen extremo y auditivamente casi imposible.

Y más o menos así fue. En la cola, los porteros del local repartían tapones de oídos, ya que lo que el público iría a vivir ahí dentro se trataba, literalmente, de un proceso entrópico de liberación de energía más propio de las experiencias enteógenas que de la mera musicología.

La atmósfera se llenó de sinestesias, visiones, sacudidas ultrasónicas y relámpagos de ruido. Gira, en estado de gracia y de espaldas al público, ejerció de chamán supremo, para a los pocos minutos convertirse en un transmisor de energía en un continuo subir y bajar de brazos en dirección a los asistentes. Y eso es, en especial, otro de los detalles que hacen de SWANS una banda poseedora de un poder inusitado. Alejados de la vanidad y del ego, su papel se reduce a meros transmisores de espiritualidad en forma de ruido implacable, incognoscible por la mente humana, y su valor estriba en la proyección de todo eso a modo de regalo. De ahí que no se pueda ni comparar sus álbumes, fríamente arreglados y producidos, con la abrasión de su directo. Prueba de ello es que, en las partes más altas, no solo podías notar que el suelo y todo a tu alrededor temblaba, si no también tu ropa, tu cuerpo, tus órganos. Esa espiritualidad solo se define como un viaje de ida y vuelta de la antípodas de la mente y del espíritu hacia lo sagrado. También por ello, que sea tan complejo y difícil de explicar con palabras.

SWANS es una banda que aglutina a personas de todo tipo. Desde veinteañeros obsesionados por la escena noise neoyorkina y el post punk –entre los que me incluyo-, hasta amantes de lo extremo -grindcore, black metal y derivados. Las camisetas eran la forma más plausible de identificar subgéneros. Precisamente es ahí donde nace la imposibilidad de etiquetar o aportar una conclusión definitiva al género musical que los SWANS representan.

En una gira que promete ser la última, ofrecieron un repaso a su última etapa en forma de trilogía (The Seer, To Be Kind The Glowing Man), alejada del histrionismo punk y la asfixia mecánica de sus primeros álbumes. El público, más que entregado, se dividía entre los pasmados, los que se aburrían, los que cerraban los ojos para sentir y los que, directamente, no entendían lo que allí estaba pasando. Otros hacían headbanging en las partes más rudas al no poder encontrar una forma mejor de canalizar la energía que la banda proyectaba con cada tema.

La segunda canción escogida para la ocasión fue “Screen Shot”, un chute de vigor y potencia a base de bajo y batería después de la densidad del primer corte. Más tarde, sorprendieron con “Cloud of Uknowing”, quizás el tema más redondo de la noche por su escalada de intensidad de menos a más y de más a menos, quedando al final un cálido susurro de Gira junto con el débil punteo de guitarra de Norman Westberg, apoyado en el pedal steel de un orgulloso Christoph Hahn. La última canción no podía ser otra que “The Glowing Man”, una obra magna de media hora cambiante, circular, introspectiva, apoteósica.

Tras más de dos horas y media, volver a la realidad resultaba prácticamente imposible. SWANS habían conseguido hacerte desaparecer. Tan solo quedaba ese regusto amargo, esa nostalgia, que permanece como rastro agónico del viaje. Miraras donde mirases, los cuerpos y las sustancias, tanto naturales como artificiales, parecían perder su consistencia; diluidas y difuminadas, te hacían sentir en tus propias carnes aquello que ya decían los místicos: la realidad verdadera es solo un simulacro de otra realidad más compleja, una fantasmagoría o destello del misterio que está ahí y envuelve todas las cosas.

“Antigua y Barbuda”, Ángel Stanich (Sony, 2017)

Recuerdo una noche en la que aterido de frío fumaba un cigarrillo a las puertas del bar Borsalino. Serían las doce de la noche de uno de esos domingos especiales por el micrófono abierto que llenaba el bar de artistas y público en la escena nunca olvidada pero siempre triste y emergente de Valladolid. Allí acudían, y acuden hasta el día de hoy, dos domingos a la semana en formato acústico y bajo las prohibiciones y amenazas de nuestro querido Ayuntamiento, en aquella época gobernado por el dinosaurio popular León de la Riva.

Las cervezas ya habían hecho su efecto. Yo estaba hablando con un grupo de Tom Waits y música americana. Una de esas personas era un chico encorvado con una frondosa y larga barba, el pelo enmarañado. Estaba en los huesos, aunque la última vez que lo vi en directo parecía aún más delgado.

Conocía a un tal Ángel Stanich de oídas, había estudiado Periodismo (como yo), y tenía un disco producido por Javier Vielba –orgulloso y carismático padrino de toda una generación de músicos pucelanos- que por aquel entonces era inencontrable, Camino Ácido, y que más tarde supondría una auténtica revolución dentro del panorama musical español. Pero a pesar de las influencias o reminiscencias con otras bandas, Stanich es un artista diametralmente distinto a los demás, con una personalidad y actitud revolucionariamente únicas.

De alguna manera, Stanich es el artista que todo el mundo pedía a voces y que apareció de improviso y sin avisar. En eso se resume el éxito y el reconocimiento más allá de los premios y los logros: en saber tocar la tecla que todo el mundo espera, la fibra sensible que todavía no ha sido pulsada, la canción que todos esperamos pero aún no se ha hecho.

Esas fueron, a grandes rasgos, las sensaciones que dejaron Camino Ácido y sus trabajos posteriores, los sencillos Jesús Levitante, Carbura!, los EPs Cuatro rayos cayeron (2015) y el más reciente, Siboney (2017).

Y tres años después, nos encontramos con Antigua y Barbuda, un álbum grabado a la old school, con todos los músicos encerrados en el estudio y de una sola toma. El disco supone un progreso estilístico en la carrera del artista, incluyendo nuevas y acertadas propuestas sonoras, como la inclusión de electrónica o secciones de cuerdas y vientos. La apertura, “Escupe Fuego”, es una canción redonda de pop bailable, ochentera, con la voz en pleno estado de gracia que cambia de registros de agudo a grave. Una de las cosas que sorprenden de este nuevo disco es la estructura de las canciones, muchas veces circular, y cuya duración fácilmente sobrepasa los cinco minutos. También fascina el gran dominio de la voz, entre el gorgojeo crooner y la calidez lisérgica.

Hay canciones que a la primera escucha ya se intuyen como futuros éxitos, como ya sucedió en su día con “Metralleta Joe” o “Carbura!”. Es el caso de “Mátame Camión” y su adictivo ritmo de southern rock. Cabe destacar la potente e importante colaboración al sintetizador de Juan Izquierdo, mago de los teclados en The Levitants. En general, Stanich se ha cubierto las espaldas de músicos cien por cien entregados a la causa que saben lo que se les exige en cada canción. Es así el caso de la guitarra psicotrópica de Víctor L. Pescador, la correcta línea de bajo de Alex Izquierdo y los redobles de batería la más puro estilo Bonham de Lete G. Moreno.

“Galicia Calidade” es una ensoñación lenta al más puro estilo Grateful Dead con un final apoteósico y lleno de ritmo. “Un día épico”, ya aparecida en Siboney, parece ser una parodia de sí mismo o un guiño premeditado a ese camino lleno de ácido. “Casa Dios” es una pieza de voz rasgada y melodía implacable que abre al oyente hacia un espacio de paisajes y horizontes lejanos.

“Prefiero ser Bob Dylan que Manuel Campo Vidal”, se escucha en grito en “Hula Hula”, una de los puntos fuertes del álbum en el que Stanich resuelve sus cuitas existenciales y a modo de exhortación, declama malévolas ideas sobre una base a camino entre el soul y el funky.

Además de ganar en sonido, Stanich demuestra haber hecho un enorme progreso en las letras. Podía haberse conformado y entregar un segundo camino ácido, pero en vez de eso ha hecho autocrítica y ha avanzado en esa pátina de humor iconoclasta, ese ingenio surrealista que le caracteriza.

Camaradas” es una divertidísima canción donde hace el amor frente a un cuadro del Caudillo con su amor obrero y crítico. “Le Tour´95” es un tema acelerado sobre la soledad que recuerda mucho a esa mitología outsider de la que siempre ha hecho gala. “Río Lobos” es el momento pausado del disco, envolvente y tranquilo. “Cosecha” es el final que el oyente esperaba, el “Amanecer Caníbal” de Antigua y Barbuda. Un desconcertante epílogo con una base de cello espectacular.

“Everything Now”, Arcade Fire (Sonovox, Columbia, 2017)

Artículo publicado en ROCK I+D

 

Los polifacéticos Arcade Fire entregan un álbum que sirve como avance pero también como síntesis perfecta de todo lo que han ido persiguiendo desde que comenzaron a hacer música. Everything Now es un disco que sigue de cerca la estela de su predecesor Reflektor y abre nuevos puntos de vista y caminos que pese a ser conocidos, todavía sorprenden.

El disco puede dividirse en dos partes claramente diferenciadas, con una apuesta clave por la condensación y austeridad del mensaje, ya que se compone de 13 canciones de las cuales cuatro son preludios, interludios o epílogos. La primera parte amanece en el tema que da nombre al álbum, “Everything Now”, precedido de una intro, y que comparado a lo que viene después, se queda algo flojo. A decir verdad, sirve como mapa sonoro de lo que iremos descubriendo a lo largo de los minutos, pero también puede pasar perfectamente por un corte desechado de Reflektor. Partida y regreso al funk ochentero.

El siguiente tema, “Signs of life”, demuestra mucho más. En primer lugar, la tónica general del álbum: un claro y manifiesto contraste entre lo festivo y la charanga funkie adolescente, y la incertidumbre, el aburrimiento y la ausencia de referentes, guías o significados en medio de la noche del desierto de la juventud. Por un lado la diversión enfermiza, automática y rutinaria, y por otro, temas como el suicidio o la depresión en las letras.

“Algunos chicos se odian a sí mismos y pasan su vida resentidos con sus padres. Algunas chicas odian su cuerpo,  se miran en el espejo esperando el feedback. Dicen, Dios, hazme famoso; si no puedes, tan solo haz que no duela, solamente haz que no sea doloroso” (“Creature Confort”). A partir de aquí se hace más que evidente la identificación con la cultura `millenial´, con todas las connotaciones del término, tanto positivas como negativas: que sea lo que tenga que ser, pero que no duela. La canción se erige como crítica pero también como apología a esa zona de confort que conlleva al descrédito de uno mismo o la pérdida de autoestima. Sin embargo, en el otro extremo de la baraja, el mundo se presenta como hostil y doloroso.

“Peter Pan” resulta ser la canción más adictiva del disco, un corte “dub” a modo de pastilla alucinógena que hace que todo sea buen rollo. Bajos inflados e inflamados, contundentes, melodía pegadiza y un aire ligero, a camino entre lo hawaiano y lo industrial. Pero lejos de la envoltura pop de la forma, el contenido es mucho más oscuro, donde no se deja de ahondar en la muerte, los llantos y el deseo, como no podía ser de otro modo, de no crecer jamás.

Llegamos al ecuador del álbum. Parada para respirar y continuar. Desde este punto, Arcade Fire volverán a la esencia de sus primeros álbumes y el tono festivo irá decreciendo en pos del lamento. Nos encontramos con dos piezas cortas tituladas “Infinite Content”. La primera, que cierra la primera parte, es una píldora histriónica y sobredimensionada que contrasta con la siguiente, más reposada y nostálgica. “Electric Blue”, uno de los singles del álbum, peca de un excesivo lirismo con una Régine en un registro agudísimo. A estas alturas, resulta imposible no pensar en los Bee Gees o en Frankie Goes To Hollywood.  

“Put your money on me” y  “We don´t deserve love” condensan a la perfección el fondo dramático del disco, algo que siempre ha estado en Arcade Fire y en sus primeros álbumes, sobre todo en The Funeral (2004). Regreso a las señas de identidad de la banda, la primera posee un sonido cercano al italo-disco y al synthpop en un diálogo sostenido entre Win y Régine que progresa hacia un coro final y conjunto. En la segunda, su estribillo pop lleva las riendas. Suavidad y contención en la voz, muy cercana a la última etapa de su ídolo y referente, David Bowie.

El último tema, “Everything Now (Continued)”, decepciona bastante como canción de cierre, con un corte abrupto al final y sin nada destacable respecto a las demás. En definitiva, Arcade Fire con este nuevo álbum ahondan más en su miscelánea rock y funkie, sin mucha innovación respecto a “Reflektor”, salvo en su excelso regreso al sentido trágico que les hizo coronarse como una de las bandas más importantes de la época. Cada uno encontrará aquí su propio salvavidas, su momento de dispersión y éxtasis, pero también su corona de espinas. Los canadienses han vuelto a erigirse como la banda sonora de una juventud hastiada y perdida en un remolino de fiestas e incertidumbre por el futuro. Reto más que conseguido.