Decálogo para ser escritor, publicar (al menos algo) y no morir en el intento

Últimamente he estado recibiendo varios correos de lectores de este blog, así como de curiosos que un día se toparon con mi libro. Algunos de ellos me preguntaban sobre mis ideas y su reflejo en mi literatura. Es una cuestión difícil de resolver ya que, ¿escribes para intentar reflejar algo o ese algo es lo que te hace escribir?

Una de mis lecturas del verano es la Poesía de Michel Houllebecq (Anagrama, 2012), teniendo en cuenta que la obra poética del autor francés es su obra menor en contraste con sus novelas de récord en ventas. Y es por eso que, desde mi criterio y mi punto de vista, su poesía no alcanza la calidad de sus novelas. Aún así, la primera parte del libro, titulada “Sobrevivir”, es uno de los textos (escrito en prosa) que más me ha gustado leer hasta ahora sobre el arte literario y el oficio de escritor.

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Siguiendo estas ideas que Houllebecq desprende en “Sobrevivir” voy a trazar una especie de decálogo o conjunto de normas sobre la escritura. Está, por un lado, el atrevimiento que supone que un autor con solo una obra publicada como yo pueda dar directrices sobre lo que se debe y no se debe hacer para ser escritor. Por otro lado, intentaré “literaturizar” todo el decálogo para que desde el primer momento ustedes, los lectores, sepan que no es algo que haya que tomarse al pie de la letra y que simplemente me lo tomo como un juego. La literatura es juego. Vamos a jugar.

UNO. El sufrimiento es la base de la escritura. En esta idea coincido al cien por cien con Houllebecq: “vuestra vida es un entramado de sufrimientos”. Ahora suena Lou Reed en la cadena, como casi siempre que escribo, y pienso que el escritor o el poeta es esa persona que se enfrenta de cara al sufrimiento y sobrevive en él. En este punto, debéis leer, si no os resulta muy tedioso, El dolor del mundo de Schopenhauer. Leí ese libro hace unos años y conecté al cien por cien con las ideas del filósofo alemán. Lo importante no es la felicidad, no existe (como dice Houllebecq en su texto), lo importante es sobrevivir al sufrimiento.

¿Y cómo se sobrevive? Escribiendo, escribiendo sin parar, escribiendo cuando uno está solo o rodeado de gente, cuando uno siente que si lanza un respiro más puede morir del dolor. El sufrimiento es una de las razones y principios más básicos a la hora de sentarse a escribir. Y escribir es su tabla de salvación. En una línea existencialista, el escritor debe sentir el sufrimiento del mundo, no el suyo, sino del resto, debe comprender el sufrimiento en su totalidad y globalidad. Debe sentir ganas de desmayarse cada vez que intenta comprender el dolor ajeno. No todos los sufrimientos son negativos y el escritor sabrá en todo momento cómo tratar con cada una de las sensaciones que padece. Depende de la gravedad del sufrimiento, si es un sufrimiento tranquilo y nostálgico, o si es un sufrimiento trágico y terrible. En todo caso, el escritor aprovechará cada uno de esos instantes para tener una visión alternativa del mundo respecto a la de los demás y, con ello, hacer una buena obra.  Por último, Houllebecq dice lo siguiente: “Si no conseguís articular vuestro sufrimiento en una estructura bien definida, estáis jodidos. El sufrimiento se os comerá crudos, desde dentro, sin que hayáis tenido tiempo de escribir nada”. La forma de escapar y sobrevivir al dolor, pues, no es otra que articular una estructura propia para poder superar la sensación, escribir y seguir adelante.

DOS. Al margen del sufrimiento o del dolor, el escritor debe huir del aburrimiento. Houllebecq hace escasa mención al tema del aburrimiento pero para mí es uno de los más importantes. Si hay algo casi peor que el sufrimiento es el aburrimiento. El aburrimiento es el principio de la vida moderna. Algunos lo llaman aburrimiento, en su raíz más bodeleriana, otros lo llaman alienación, en su vertiente más marxiana. En general, el aburrimiento es el sedimento profundo de nuestra cultura y la excusa por la que el sistema capitalista marca su necesidad de supervivencia absoluta: el consumo. Consumir y consumir. No solo productos físicos, sino también formas de vida. La vida diseñada y deformada para que el individuo moderno sienta el impulso de consumir. De ahí surgen muchos de los graves problemas de nuestro tiempo, como las enfermedades mentales o las adicciones. El aburrimiento es peor que el sufrimiento en la medida en que cuando uno sufre escribirá cuando el dolor haya pasado (porque siempre pasa, y esa es la esperanza de vida de un escritor con el suicidio siempre presente en su cotidianidad), el aburrimiento, sin embargo, puede durar años y es la razón básica por la que el escritor siente y padece la esterilidad creativa.

TRES. Cultivar la idea del suicidio como una esperanza y no como una certeza. Si todo en la vida es sufrimiento y aburrimiento, el escritor, si es escritor de verdad, sentirá el acoso constante de la muerte. El sufrimiento y el aburrimiento tienen como resultado la muerte. El escritor debe vivir asido a esa idea de muerte. Roberto Bolaño en su bellísimo poema “Autorretrato a los veinte años” expresa muy bien esta idea en sus versos finales que dedica a todos sus compañeros y amigos poetas: “y me fue imposible cerrar los ojos y no ver / aquel espectáculo extraño, lento y extraño, / aunque empotrado en una realidad velocísima: / miles de muchachos como yo, lampiños / o barbudos, pero latinoamericanos todos, / juntando sus mejillas con la muerte”.

Por otro lado, Houllebecq en su texto menciona que “un poeta muerto ya no puede escribir, de ahí la importancia de seguir vivo”. Es decir, advierte sobre la importancia de seguir vivo o al menos morir con una obra publicada aunque sea en una revista menor. Houllebecq comprende que la idea de suicidio es necesaria solo cuando ya se ha publicado. Si no, el escritor caería en el olvido y en el silencio, nadie sabría más de él. Ante esto, vuelve a incidir en la idea de buscar una estructura que sepa articular el sufrimiento y, con ello, poder escribir: “La estructura es el único medio de escapar al suicidio. Y el suicidio no resuelve nada. Imaginaos que Baudelaire hubiese tenido éxito en su intento de suicidio a los veinticuatro”.

CUATRO. La única esperanza reside en el amor. Para escribir deberéis amar hasta el límite de vuestras fuerzas, hasta que duela. El amor es la tabla de salvación de la escritura y del escritor. El fin de él es sentir la paz mística, que solo produce el amor. El resto son paraísos artificiales que solo servirán para disminuir la sensación de aburrimiento y tedio. Una de las canciones que más me han marcado en mi vida es Coney Island Baby de Lou Reed. Cuando tenía banda de rock y dábamos conciertos, mi ritual antes de salir al escenario era escuchar en bucle dicha canción. No es mi canción favorita, pero quizás es el mensaje más valioso en forma de canción que se haya escrito: the glory of love, just might come though…” Lou Reed repitiendo una y otra vez que pese a todo, el amor es la gloria que te llevará a flote, sano y salvo, hacia donde quieras.

CINCO. Saber estar solo. Esta es una de las ideas más importantes, ya que el escritor necesita sentirse solo cuando escribe, y no solo eso, sino que por dentro debe sentir la soledad en el proceso de escritura. Podríamos decir que hay dos formas de soledad: la positiva y la negativa. La positiva fomentará tu escritura, la negativa hará aumentar el sufrimiento. El escritor necesita estar en constante alternancia con ambas, solo así podrá crear algo bueno.

SEIS. Odio natural hacia la sociedad. El escritor es un ser extraño, mal hecho y con un montón de razones para odiar la sociedad. Es, en definitiva, un ser que nunca podrá lograr entender el mundo que le rodea ni cómo funciona. Por ello, nunca entenderá a los protagonistas de éste, los seres humanos. Houllebecq dice que “los mecanismos de solidaridad social (subsidio de desempleo, etc.) deben utilizarse en su totalidad, así como el apoyo económico por parte de amigos más acomodados”. En este sentido, “no desarrolléis demasiada culpabilidad a ese respecto. El poeta es un parásito sagrado”. Coincido plenamente en esta idea. El poeta, según Houllebecq, “a semejanza de los escarabajos del antiguo Egipto, puede prosperar sobre el cuerpo de las sociedades ricas y en descomposición, pero también hay lugar para él en el seno de las sociedades fuertes y frugales.”

A pesar del odio hacia la sociedad, el escritor debe inmiscuirse dentro para conocer sus problemas y sus obsesiones. Si eres un escritor español vivirás muy condicionado debido a que actualmente existe una persecución al arte y a los artistas por parte del Estado, al menos en términos económicos, que si el 21% de I. V. A. cultural y tal… En este caso, el escritor tendrá muchísimos más motivos para odiar la sociedad en la que ha nacido y en la que se debe desenvolver. No se debe entender al pie de la letra que el escritor odia por naturaleza la sociedad, en realidad lo que odia son las formas de organización social. El escritor debe tratar a la sociedad como conjunto de individuos y no como colectivo. El escritor es un ser profundamente individualista y el prisma con el que mira el mundo es el del individuo y el del humanismo. Es por ello que al escritor de verdad no le debería importar en absoluto el sitio donde vivir, ya que en el fondo comprende a todos los seres humanos en individual, pero nunca en colectivo. Consecuentemente, el escritor debe preocuparse de la sociedad y hablar de sus problemas, pero nunca afiliarse a una opción política. La política habla sobre el dominio de la sociedad y el escritor rechaza a la sociedad y a sus formas de organización. Para el escritor sería caer en contradicción consigo mismo y con su naturaleza creativa. Si, por el contrario, el escritor elige y prefiere hablar de la realidad social y de los temas que la ocupan, debe optar por la digna profesión del periodismo. El escritor tiene problemas más importantes que los que tiene la gente corriente. Algunos de ellos ya los hemos mencionado aquí, otros vienen en las líneas siguientes.

SEIS. Fuma tabaco. Fuma hasta que te exploten los pulmones. El tabaco es la única droga silenciosa; no hace apenas efecto y va matándote poco a poco. Fumar tabaco, además de favorecer la concentración y ordenar las ideas, proporciona una debilidad que para algunos resulta muy molesta pero que al escritor le produce una especie de continuidad de su propia tragedia, de su propio sufrimiento. Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento, como ya dijo Baudelaire. Odia a la gente que odia el tabaco. Muérete a gusto. Recorta todas esas imágenes desagradables de las cajetillas sobre lo que podría pasarte si no dejas de fumar y pégalas en tu pared. Que valga cinco euros es una injusticia. Si no te lo puedes permitir puedes pasarte al de liar o fumar menos. Pero fuma. Fuma todo lo que puedas y escribe. Fuma para escribir. Busca ese momento amable y cariñoso de reencuentro con el tabaco. El cigarro perfecciona el arte de matarse. La vida sana nunca fue una opción. El escritor no debe temer a la muerte y día a día debe luchar por intentar sobreponerse a ella. Encuentra momentos especiales y peligrosos para seguir fumando. Comparte cigarrillos con las personas a las que más quieres. Anímales a que fumen. Destrúyanse juntos. No hay nada tan romántico como dos amantes tirando el tiempo y la vida a la basura. No hagáis caso de la publicidad ni de las promesas de una vida sana. La putrefacción está aquí dentro. Y el camino del exceso lleva al camino de la sabiduría, como dijo una vez William Blake mientras fumaba un porrito de marihuana. Lo que hay que hacer es coger a uno de esos políticos o líderes de masas que no hacen más que pedirle que se cuide y escupirle en la cara.

SIETE. Huye de las etiquetas. El escritor solo debe rendir cuentas a sí mismo y nunca a los lectores. Los lectores son hermanos con los que el escritor debe sentirse seguro y compartir lecturas y experiencias. No hay que olvidar que antes de ser escritor se es lector. El escritor aprenderá a escribir a partir de sus lecturas, lecturas de sí mismo y de sus escritores favoritos. El escritor es su obra. Es el corazón y el alma de su obra. El escritor debe estar por encima de su obra y contemplarse en ella. Aprende de tus fallos. Huye de las etiquetas y de los amiguismos. Hay muchos escritores parecidos pero ninguno igual. Busca tu sitio. No hace falta que crees una nueva orden estética o un nuevo estilo poético, hay demasiados escritores escondidos en el mundo como para ponerse arrogante y pensar que eres el único que está llamado a cambiar las normas de la escritura. Fíjate en tus predecesores y en tus coetáneos. Interactúa con ellos.

OCHO. Diviértete mucho. Si no fuera divertido, no escribirías. Diviértete y haz lo que te dé la gana. No en plan YOLO, no en plan consume consume consume, no en plan fiesta fiesta fiesta. La vida entera es una fiesta, busca sus puntos divertidos o muérete del aburrimiento. Recuerda: el aburrimiento es casi peor que el sufrimiento. No te aburras. No te quedes en casa. Un poeta que vive encerrado en su habitación es un jodido onanista. Publica donde sea. Haz amigos. Comparte literatura y obras de arte. Disfruta. Disfruta mucho. Solo disfrutarás en contacto con otras personas, a ser posible que se asemejen a tu personalidad o a tu forma de ser. Lo demás, se resume en trabajar y en descansar. Sé un vago. Enamórate de las experiencias. No trabajes, disfruta trabajando en lo que de verdad quieras. Si no quieres nada no hace falta que trabajes. Odia el trabajo, pues. Debes albergar una esperanza beatnick en tu corazón para contemplar el recurso de la mendicidad como algo emocionante y posible.

NUEVE. Para calmar tu odio hacia la sociedad y hacia las formas de organización social, escribe algo que duela. Tal y como dice Houllebecq: “la sociedad en la que vivís tiene como fin destruiros. Otro tanto se puede decir de vosotros respecto a ella. El arma que empleará es la indiferencia. Vosotros no podéis permitiros adoptar la misma actitud. ¡Pasad al ataque! Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus heridas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte. Profundizad en los temas de los que nadie quiere oír hablar. El envés del decorado. Insistid sobre la enfermedad, la agonía, la fealdad. Hablad de  la muerte, y del olvido. De los celos, de la indiferencia, de la frustración, de la ausencia de amor. Sed abyectos, seréis auténticos”.

En este sentido, el escritor posee una esencia muy políticamente incorrecta. No seáis políticamente incorrectos porque lo diga Houllebecq, debéis encontrar el engranaje que falla dentro del sistema, la página del guión que no concuerda con el resto de la obra, la mancha azul en los zapatos, el grito del corazón frente a las imposiciones de una vida correcta. Despreciad a todas las personas que hablen en nombre de la moral y de la sabiduría. Huid de lo convencional. No seáis correctos. Id a contracorriente siempre y atacad bien duro. Si nadie se ofende o nadie quiere censurar vuestros escritos debéis corregir vuestro disparo de inmediato. En la escritura no se trata de pelear, la batalla ya está perdida de antemano. Se trata de defenderse. Con lo que uno pueda, a saber, escribiendo. Houllebecq también menciona que el escritor debe tener un cierto resentimiento hacia la vida. Enfadaos con ella. Enfureceros con vosotros mismos por vuestra condición de humanos. Asilvestraros de vez en cuando. Está bien ser un capullo a veces. Sed capullos con las personas que menos soportéis y haced el amor a las personas que más os llenen. En cualquier caso, enfrentaros de cara. Sed valientes. Tenéis que dirigir bien el disparo. Si no, podríais salir heridos. Calculad bien el efecto. Escribid.

DIEZ. La verdad es algo tan complicado como difícil de entender. El escritor debe hacer de su vida una mentira coherente que responda a sus ideales de verdad. La verdad es un conjunto de mentiras bien contadas que el poder usa para deslegitimar ciertas actitudes o corrientes de pensamiento. No creáis en la verdad. El mejor camino para conocer la verdad es mentir continuamente, a uno mismo y a los demás. Usad la mentira siempre como bien utilitario, no como el pilar de vuestra vida. En todo caso, no mintáis en las cosas que son importantes, mentid con ánimo de jocosidad. Quien no entienda la ironía o los dobles sentidos no merece leeros. Como remedio a esa clase de seres que siempre están tomándose las cosas al pie de la letra debéis aplicarles el punto anterior. Provocad y sed fuertes. Constantes en vuestra gran mentira. El poeta, además de parásito sagrado, es el mayor mentiroso de los mentirosos. El mundo, tal y como está organizado, es una mentira total donde encontrar la verdad es absolutamente imposible. Es por ello que debéis aplicar su método. La confusión os hará libres. Todo aquello por lo que daríais la vida esta mañana, nada más levantaros, os resulta una puta mierda al acostaros. El universo se mueve y vosotros en él. El universo miente y vosotros debéis mentir para sobrevivir. Earth is the loneliest planet of all. Nada es cierto. Todo está permitido. Inmiscuiros dentro de esa mentira y mentid hasta que sea insostenible ocultar la verdad. Mentid siendo consecuentes con vuestra mentira. No digáis la verdad pero sí mentid con el fin de hallar una verdad. Mentid para encontrar vuestra verdad y la de la gente que os rodea. En este mundo tan desgraciado, en el que no hacemos más que dar bandazos entre el sufrimiento y el tedio, pocas cosas aburren tanto como lo objetivo. Sed subjetivos hasta donde os sea posible, originales y auténticos. Buscad lo que os separa del resto. Para ello, debéis mentirles y mentiros a vosotros mismos todas las veces que haga falta. No creáis que sois originales y auténticos, la originalidad y la autenticidad es una búsqueda, no una meta. 

En contraposición, el escritor muchas veces se dará de bruces contra el muro de la lucidez extrema. Experimentará en su boca el sabor amargo de la verdad. Contemplará el mundo despojado de su disfraz. Estará desnudo frente a él, y el mundo seguirá moviéndose, sin escuchar plegaria alguna. Y entonces todo parecerá detenerse y el fallo del escritor será creer que se ha detenido. Es cuando el escritor bloqueará su condición social y tenderá a recluirse y a aislarse. Es importante tener momentos de lucidez. El escritor se verá forzado a mentir por su naturaleza intrínseca de mentiroso. Mentirá para sobrevivir. Su mentira se hará poesía o novela. Se hará ficción. Y navegará en las galaxias de lo imposible, trazará universos nuevos y situaciones irreales, se sentirá totalmente libre en la práctica de la escritura y contemplará a los seres corrientes con una mueca de desprecio y ternura. No volverá a ser él mismo.

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Juntar las mejillas con la muerte (último poema de este 2013 que se va)

 

+escuchando: “Wake Up”, de Arcade Fire

A modo de final a este turbio y desesperado 2013 quisiera dejar en este post uno de mis poemas favoritos de Bolaño, localizado en su libro de poemas “Los perros románticos”, pero extraído, en este caso, de la antología de Anagrama de todos sus poemas, “La Universidad Desconocida (2007)”.

El título del poema es “Autorretrato a los veinte años”. Este poema habla de la poesía y de Latinoamérica. Puede que ambas palabras estén relacionadas. Siempre lo creí. Una de las novelas que más me marcaron en mi vida, “Los detectives salvajes” me hizo creer en ello y aceptar su mitología. Que México y sus calles sean ya para mí, sin haber estado aún, la ciudad de la poesía o de los poetas que surcan sin pensar el mapa de los sueños por sus cafeterías sagradas, sus bares nocturnos o sus casones milenarios (a modo del de Joaquín Font).

Como si México fuera un parnaso moderno traído a nosotros en nuestro tiempo de la mano de Roberto Bolaño. Recuerdo también un hermosísimo poema de David Meza que leí en el blog de Luna Miguel titulado “A las siguientes generaciones. Manifiesto” y que podéis leer clicando aquí. También, al leer el poema que os transcribo a continuación, me acuerdo sobre todo de mis amigos escritores, de como juntos compartimos el valor de la literatura. De como dice el poema, “juntamos nuestras mejillas con la muerte”. Dentro de poco daremos un recital presentando una primera antología. Cada uno con su estilo y forma de hacer las cosas pero unidos y bajo un proyecto común llamado RAIN DOGS

¿Un deseo para 2013? Seguir teniendo 20 años y que el pulso de la juventud de los veinte no desaparezca jamás de nuestras vidas.  

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca

hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo,

y se me alfojó el estómago y me zumbaba la cabeza:

yo creo que era el aire frío de los muertos. 

No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena

acabar tan pronto, pero por otra parte

escuché aquella llamada misteriosa y convincente. 

O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché

y casi me eché a llorar: un sonido terrible, 

nacido en el aire y en el mar. 

Un escudo y una espada. Entonces, 

pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla

junto a la mejilla de la muerte. 

Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver

aquel espectáculo extraño, lento y extraño,

aunque empotrado en una realidad velocísima:

miles de muchachos como yo, lampiños

o barbudos, pero latinoamericanos todos, 

juntando sus mejillas con la muerte.

ROBERTO BOLAÑO, “Autorretrato a los veinte años”, (La Universidad Desconocida, Anagrama, 2007, página 346)

Pesimismo otoñal, revisiones caníbales y poca poesía

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+ESCUCHANDO

1. Uno de mis poemas en mi libro “Las invasiones” se titula Pesimismo y reza algo parecido a esto: “No recuerdo el primer beso / que nos dimos / pero sí el último”.

2. Estoy autoeditando y autopublicando el mismo, quizás dentro de unos meses podréis adquirirlo por Lulu y Amazon. “Las invasiones” reúne mi poesía desde que empecé hasta esta parte, quiero que sea el libro de poemas que defina toda mi obra poética. Es una tarea difícil, ya que borradores me sobran, y algunos poemas se han quedado un tanto desactualizados por la corriente del tiempo.

3. “THC” está anclada en un punto suspensivo. Mi novela, que con tanta ilusión llevo escribiendo durante estos dos años y medio, parece que vuelve de nuevo al principio. Fue en agosto cuando creí que la tenía cogida por los huevos cuando tuve una especie de visión ultracrítica sobre la misma y me eché para atrás. Reseteé y comencé de nuevo. Estaba convirtiéndose en una bomba que cualquier lector como vosotros desdeñaría por su desorden, falta de razones y art hooligan descarado. Intenté de alguna forma mezclar el lado más salvaje de la vida con el lado más pasional y parece que salió mal. Ahora, estoy escribiéndola de nuevo con un punto de vista diferente y con un nuevo estilo. Más normal y no tan caótica. Después de mucho recorrido, he preferido tomar el camino de la escritura sencilla y honesta, que el de la escritura abultada y sin razonamientos. Quizás hasta no se llame “THC”. Solo sé que aún me llevará tiempo. El argumento no dejará de ser el mismo y el que tengo en mi cabeza, pero la forma y la redacción cambiarán a una posición más realisa y honesta.

4. Estoy escribiendo un nuevo libro de relatos. En él están todos los relatos que se han ido quedando en el camino tras la escritura de la novela. A falta de novela, estoy apostando por el relato, que es mucho más cómodo, sencillo y accesible. Aún no tengo un título claro.

5. Últimamente he abandonado un poco la lista de libros leídos. En el verano me dediqué a releer libros que ya había leído pero que necesitaban una nueva relectura. Con lo que en todo el verano puede que no haya leído ninguna “novedad”. Ahora he empezado con novelas de la última década de siglo, tales como Irvine Welsh y su Cola, una auténtica novela working class con mucho sexo, palabrota y pelea. Parece hasta más interesante que la famosa Trainspotting. 

6. Septiembre es como un enero sin previsiones. Es decir, como un comienzo de año sin que nos hayan avisado. Después del verano, que se antoja como un limbo hechizado, septiembre llega para aplastarnos a todos. O por lo menos a mí. No queda nada para la llegada del otoño, que a pesar de ser mi estación favorita, no hace más que traerme depresiones y revisiones a mí mismo, muchas de ellas desagradables. Piensas en si todo esto es suficiente. Como el poema de Bolaño que subtitula este blog, ese de la angustia y tal. Piensas en si todo esto vale la pena.

7. En la nueva edición que estoy preparando de Las invasiones hay un poema que se titula “Malade” y viene a repetir constantemente una misma frase: “Por qué siempre tendrá tanta razón / la gente compulsivamente depresiva”. Quizás porque la tristeza y la angustia sea la única vía de escape. Quizás porque luchamos siempre por cosas que lejos están de ser comprendidas y conseguidas.

Tras el abandono de los actores, el público desaloja la sala en silencio

Toda mi vida ha sido un fraude

David Foster Wallace

Toda vida es un proceso de demolición

F. Scott Fitzgerald

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Escribíamos sobre drogas porque nunca tuvimos la libertad y valentía suficiente para tomarlas, 

dormíamos en hoteles de mala muerte porque teníamos en nuestras manos libros de Bolaño,

fingíamos desmayos en lugares públicos y en conciertos porque se lo vimos a hacer a alguien en la televisión, 

nos emborrachábamos hasta acabar con nuestros hígados porque era lo único que no aparecía en el guión de la felicidad de los anuncios de Coca-Cola,

nos alimentábamos de animales muertos y comida basura porque pecábamos de hambre tras tardes enteras fumando marihuana,

no creíamos jamás en el verano porque era depresivo y aburrido, 

preferíamos en su caso el frío debido a que era extraordinariamente bello pasear con abrigos largos, 

fumábamos en los bares cigarro tras cigarro al descubrir que la sala no tenía escape de humo,

escribíamos largos poemas porque creíamos en la resurrección en alguno de nosotros de Allen Ginsberg, 

conducíamos de noche escuchando “Riders On The Storm” solo para ver si a la mañana siguiente seguíamos vivos,

nos encerrábamos en habitaciones de diez metros cuadrados para ver cuánto tardaba cada uno de nosotros en salir, 

cuando éramos niños nos enganchamos a la Game Boy, cuyos juegos nunca nos enseñaron la muerte de Pikachu, y para cuando le asesinaron ya fue tarde,

comenzamos a ver películas porno a la edad de 12 años, con lo que nuestra primera vez no fue tan tan tan tan

subíamos fotos a Instagram de nuestras aventuras para que todo el mundo creyera que nos lo estábamos pasando bien de verdad

creíamos en la revolución sin movernos de casa, 

pintábamos en las paredes grafitis WORKING CLASS, allí, en los barrios donde nacimos 

y luego nos acomodamos en sucios y caprichosos chalés adosados en zonas residenciales,

íbamos a los hospitales al filo del amanecer exigiendo la B12, 

nos dolían las muelas y no dijimos ni mu

no teníamos ni tenemos concepto de la verdad y no nos importaba ni importa,

creíamos que todo se resumía en un acorde de Mark Knopfler, 

conseguimos jamás llorar con las películas románticas, dejar de besar a las chicas con saliva, hacer el amor en sitios confortables,

nacimos para el excremento voluntariamente 

y nos hicimos excremento,

salíamos con chicas totalmente destrozadas porque nosotros también estábamos totalmente destrozados,

llorábamos de tristeza y emoción al leer poemas coprofágicos de Leopoldo María Panero cuando hablaba de su amada desde su exilio loquero,

viajábamos a París cada vez que la cartera lo permitía para morir aplastados por todos los spleen posibles de Baudelaire, 

arañábamos los transportes públicos con cúter y vomitábamos en su suelo,

nos hicimos vegetarianos porque creímos que estaba de moda, 

había mucha gente alrededor nuestro y 

no nos importaba,

no, 

y tal vez mañana este rostro que nos compone

no será jamás nuestro.

 

 

El Menor

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Tengo veintitrés años: demasiado viejo para ser adolescente y demasiado crío para encajar que soy mayor; demasiados años para creer en las fábulas, demasiado niño como para no aferrarme a ellas. Y sin embargo, me siento viejo: me he convertido en un viejo-joven. (…) A veces voy vestido con ropa de señor mayor que se ha quedado en el paro; pero quizá precisamente por eso hace unos años me compré unas bambas de colores chillones, las pasé de la tienda a mi casa pensando que todo el mundo se reía de mí y, al entrar en mi habitación me las quité para siempre. “¿Qué les pasa?”, me dijo mi madre, con tono tierno de madre. “Que me hacen daño”; le contesté. 

Y así me siento ahora: cansado de que me duelan esas cosas pequeñas. 

MIQUI OTERO, HILO MUSICAL (Alpha Decay, 2010)

En mis nuevas lecturas, entre ellas esta curiosa novela del “agitador cultural” Miqui Otero titulada Hilo Musical, me he encontrado con este párrafo que define muy bien la sensación actual que tenemos todas esas personas que están en la franja de edad de los 20 años. Como también dijo un día Bolaño, tenían veinte años y estaban locos. 

Mismas referencias de una misma idea. Cuando llegas a los 20 años, la edad en la que personalmente yo me quedaría para siempre, todo te asusta más que cuando eras adolescente. Te da miedo vivir, salir al mundo, llegar a forjarte un futuro que es invisible. Y por otro lado, cada día, o al menos yo, luchas para recuperar esa esfera de diversión y de infancia ( o adolescencia) que procuras que no desaparezca nunca.

No tienes ningún problema serio y muchas veces parece que todo es el problema. Nos hemos creado en la era de la comunicación extrema de masas. Parece que nunca estamos solos. A nuestro lado nos acompañan máquinas para conectar con los demás al instante, en el momento. Pero sin embargo, todo ello nos hace retroceder en lo que sería una verdadera comunicación, en la que el lenguaje no verbal funciona como clave. Y parece realmente que cuanto más acceso tenemos a los demás y hasta a sus propias vidas, más solos estamos nosotros. Esos son mis 20 años. Los 20 años que veo en los ojos de mis coetáneos. 

Te sientes solo. Desesperadamente solo y abandonado, como decía aquélla canción tan bonita de Radiohead titulada “Let Down“. No sabes cómo encajar los dos o tres minutos próximos con tu soledad. La gente se va, todo el mundo se distancia, la estabilidad en las relaciones se evapora. Muchas veces, gente que creías que no estaba ahí, un día se presenta como tu salvación, como tu fuente o tu asidero en medio del barranco de soledad en el que te encuentras. 

Nuestros 20 años, como decía Miqui Otero, son la absoluta incertidumbre. Salir de casa con una ropa que consideras que te define (y por ropa no solo me refiero a la vestimenta) y a la noche tirarla a la basura. Como también decía Roger Wolfe, algo así como que “la idea por la que hubiera matado nada más levantarme, al final del día me pareció una absoluta tontería”. 

Y eso es fruto de una mentalidad depresiva. De un delirio adolescente que se forja como escudo ante el miedo que provoca crecer. Lo tenemos todo y no tenemos nada. En mi caso personal, puedo dedicar tres días a una intensa actividad intelectual sin parar casi a dormir, sobreviviendo con café y cigarrillos, sintiendo que estoy progresando en mi crecimiento como persona de mundo y en lo que aspiro ser algún día de mayor. Y, por otro lado, puedo comenzar un fin de semana un miércoles por la noche, permanecer sin dormir apenas durante otros tres o cuatro días y como método de supervivencia a tanta actividad, cambiamos el café por los vicios.

Ambas cosas dan de resultado una misma cosa: ninguna de ellas. Y todo es un balanceo en el cual el único sentido que ves a todo ello es el tiempo que pasa y que no volverá y que parece que estás tirando a la basura. Y así pasamos los 20 años, como diría Miqui Otero, un viejo-joven. Esos son los 20 años. Entre la euforia y la depresión. Entre la actividad y el reposo. Y cuánto más corres y más subes, más dura es la frenada y la bajada. Y así todo. Nunca estamos tranquilos. “Permanece angustiado”, como titulé un poemario mío, a partir de un verso de Bukowski. 

¿Y al final de todo qué? La única solución que no es una solución en verdad, pero que es: intentar dejar de tomárselo un poco todo en serio. Y lo importante aquí no es lo que hagas o dejes de hacer. Lo que importa de verdad es emocionarse. El único camino que debes tomar a tus 20 años para que de mayor no te arrepientas es el de la emoción. Y sí, aquí hablo como un viejo, pero al menos en mi visión de las cosas,  lo que me hace cada día levantarme de la cama y salir al mundo exterior es la posibilidad de emocionarme con las cosas. Sea lo que sea. Con las personas, con los sitios, con las actividades, con cualquier cosa. Lo único que necesitas a tus 20 años es llegar a entender que lo único que somos es, como diría el poeta y filósofo William Blake, “la mayor máquina de sensación de la naturaleza.” Y dejar de lado todas esas chorradas, tanto depresivas, como extremadamente e hipócritamente felices. 

Nada que hacer

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“Would you pull me up?”, versos de gente norteamericana muy tarada pasan por mi mente y no hay nada que hacer. Nada que hacer. Apuntes, caligrafía patética, café tras café. Escuchar siempre la misma música, el mismo disco sucio de Tom Waits. Nada que hacer. Releer viejas novelas: Los detectives salvajes, El almuerzo desnudo, Le Spleen de Paris… Comenzar nuevas lecturas: Tao Lin, Anne Sexton, los libros de Roger Wolfe que aún no he leído o no terminé de leer, Marcelo Lillo (nuevo descubrimiento de literatura hispanoamericana)… “Would you come to me? / if I was half drowning, / an arm about the last wave” Nada que hacer. La ropa tendida. La obsesión de que el árbol y la soga digan mi nombre una vez más, que llamen en medio de la noche. Qué noche es esta. En la que te vas. Nada que hacer. Matar el tiempo con el tabaco. Viejo amigo. Oigo la soledad: solo me oigo. Pizarnik gritando dentro de la memoria. Aquí mi poesía fracasada, aquí mi verso libre cancerígeno, aquí mi letra despreciada hasta por mí mismo. Nada que hacer. Los apuntes sobre la mesa, intactos. Tiempo de exámenes. Tiempo de hacer las maletas e irse a otro lugar. Ojalá. Ojalá tuviéramos los cojones, si, los tuviéramos… pero el tiempo estaba equivocado, todo está equivocado. Muchas veces me pregunto qué es lo que hay que tener, qué se necesita. Nada que hacer. Qué, qué, qué. Estoy casi desnudo. No puedo salir a la calle así, no puedo aterrizar en el mundo exterior con estas pintas. No puedo terminar el poema. No puedo mirar el vacío de los peces y la altura de las águilas desde el poema. No puedo acabar esto sin el poema. Mi poema que cae de mis manos como hijo deforme y apátrida. Nada que hacer. La comida, quizás. Dormir. Ducharme. Fumar. Fumar de nuevo. Nada que hacer. Ni guitarra, ni papel en blanco. Ya es tarde. Es tarde para eso. Para lo que tú sabes. Para lo que los dos sabemos. 

No importa la lluvia, ni los semáforos en rojo, ni la desesperación al acabar el día, salva los libros y quédate con la magia

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Hoy he tenido un sueño muy hermoso. Bolaño me leía pasajes de sus “Detectives” al oído. Eran pasajes inéditos, me aseguraba en el sueño. Pasajes no publicados. Luego dicen que si me tomo enserio esto de la literatura. Para entonces respondo que más que una afición roza ya la enfermedad. Al final espero que esa “enfermedad” literaria sirva de algo, si no, ¿cuál es el motivo de mis largas noches de lectura y escritura constante? 

Y sí, creo firmemente que los escritores (los de verdad, che) están un tanto tarados de la cabeza, al menos se pasan la vida sufriendo esa enfermedad literaria. Y esa enfermedad es lo que les hizo sentarse a escribir y no dejarlo a pesar de los fracasos y las oportunidades vencidas. Lo vuelvo a decir: espero que me sirva a mí de algo eso de leer libros e inventar historias/escribir poemas. 

No estoy hablando de enriquecerme, si no llegar a transportar al público eso, que por ejemplo, Bolaño transportaba en sus libros. Está muy dicho, pero me da igual la fama o el dinero. Yo lo que quiero es emocionar a la gente. Sin más. 

La literatura al fin y al cabo no solo se reduce a unos libros, a unos autores, a unas frases, a unos diálogos o a la métrica racional de los sentimientos. La literatura es mucho más que eso. Me he dado más cuenta de ello cuando he tenido ese extraño y bonito sueño. El que os he descrito al principio. Y me ha dado por pensar, vaya usted a saber, cuántas preguntas sin respuesta en mi cabeza, pasando a la velocidad de las cosas, como diría Fresán. 

Me ha dado por pensar y preguntarme que quizás el origen de la escritura, al margen de la imaginación, bien podría ser todos los libros que hemos leído y se quedan en la mente, como por ejemplo, “Los Detectives Salvajes” de Bolaño, en referencia al mismo tema y autor. El origen de mi escritura constante y continua a pesar de la negativa de las editoriales, de mi poca fama en los círculos literarios o los concursos en los que no aparecía mi nombre entre los galardonados, esa fe inquebrantable que mantengo con los libros y la escritura, viene dada por un extraño hechizo. 

Puede que ser, me ha dado por pensar, lo vuelvo a repetir, que un libro sea una conexión íntima más allá de lo emocional y confesional de su contenido, con el autor que lo escribió. Y como en mi sueño, ese autor habla y vive para siempre. La literatura, como podría decir Enrique Vila-Matas, no se acaba nunca. Y puede que ese ímpetu de agarrar un folio en blanco y un bolígrafo y ponerme a escribir, venga dada por la necesidad de ese autor desaparecido que nunca jamás volverá a escribir libros físicos. Puede que sea una especie de mensajero. 

Como si Bolaño me estuviera dictando en sueños páginas que nadie ha leído y que muy posiblemente se dejó en el tintero. Y yo, a la hora de sentarme a escribir, fuera dándolas forma poco a poco.

Es muy curioso y mágico a la hora de pensar. 

Pensar que los libros no se reducen solo al papel, sino que hay un misterio dentro de ellos. Pensar en escribir como en dar vida. 

Como diría Roger Wolfe, siéntate y escribe. 

Mi recomendación musical de la semana: