La noche del mundo

 

I

 

“El hombre es esa noche, esa nada vacía, esa noche que lo envuelve todo en su simplicidad, una infinita variedad de representaciones, de imágenes, ninguna de las cuales es en ese momento pensada ni está presente. Lo que existe aquí es la noche, la naturaleza en su interioridad, el yo en su pureza. En torno a esas representaciones fantasmagóricas se cierne la noche: aquí aparece bruscamente una cabeza ensangrentada, ahí una forma blanca, para desaparecer de inmediato. Esa noche es la que descubrimos cuando miramos a los ojos al hombre, una noche que se torna cada vez más espantosa: cae ante nosotros la noche del mundo”.

Hegel.

 

 

II

Lo que se dice <<tener tragedia en las venas>>, está bien dicho de ese modo. Ya lo dijo el pediatra y cualquier persona que pueda tener cierta cultura de los pies: mis pies son griegos y yo, como los griegos, debo llevar <<la tragedia en las venas>>. Exagerándolo todo un poco, mis pies acaban en unos dedos casi tan largos como los de la mano. Mis falanges son estiradas y un poco gruesas, aunque quizás nada de eso, sino más bien puntas alargadas y finas. El pulgar tiene un tamaño descomunal al resto, como notarán en sus propios pies. La uña es dura y amplia, mi dedo gordo tiene un deseo de quitar el sitio a los demás, de ahí a que muy posiblemente cuando sea muy mayor (si es que llego a la edad de una persona longeva) me imagino bastante juanetero, si me permiten la expresión. El resto de dedos son estirados y ágiles, bien móviles, todos excepto el meñique, que no lo puedo mover a no ser con la ayuda de otro de mis dedos presionando sobre él o aguantando su peso y elevándolo un poco al aire. Y mi pie, según los pediatras a los que iba o algunas personas muy selectivas, es un pie griego. La curiosa diferencia al resto de tipos de pies del resto del mundo estriba en que la longitud del dedo índice es mayor respecto a la del pulgar. Eso es lo que se conoce como “tener un pie griego”. Cuando lo supe, sentí que mi cuerpo quizás podría poseer el atributo de estar hecho a la medida de los griegos, mi morfología estaba hecha a la forma de los griegos. Y de los griegos viene el pensamiento y el conocimiento, y entonces pensé que de alguna forma bien podría tener esos dones, aunque en ningún momento me preocuparan esos asuntos ni mucho menos me veía reflejado en ellos. Y entonces supuse que esa era la razón, un tanto estúpida, de por qué la gente afirmaba verme siempre triste. Como ven, gracias a Dios, las paranoias no llegan a más, solo para escribir sobre ellas y no prestarlas atención. Una clase de paranoia como esta es un mero dato curioso o gracioso que yo me he inventado y he decidido escribir. Pero las obsesiones, que no implican per se ningún sentido dramático y traumático –como la Paranoia-, sino que pueden ser buenas, tienen un notable peso en mí, a bien de desequilibrarme del todo y transformar mi vida en una corriente caudalosa de significados y emociones, de sensaciones y de sentimientos, todo aglutinado y mal corregido, como los apuntes de clase cuando no tenías cuaderno y a fin de recurso, cuando llegaba la semana antes de los exámenes, quedaban desordenados, sucios y esparcidos en mil partes por toda la mochila. Y hoy quiero hablarles, como la famosa paradoja de Roland Barthes en una de sus clases al escribir los Framentos de un discurso amoroso en la cual ordenó cerrar todos los libros de texto y demás apuntes de la asignatura para hablar de lo más importante y necesario, caótico y desenfrenado, problemático y hermoso: el amor. Podría ser perfectamente una de las obsesiones más típicas y arraigadas del ser humano, pensadores como Zizek solo ven en él una fuerza destructiva (a la manera de otros poetas como Luis Cernuda) y es la sensación que te hace no saber lo que pasa pero estar angustiado por ello. Quizás, a un nivel más psicoanalítico, cuando el ello se vuelve accidentalmente y sin propósito contra el yo o el superyó. Y es precisamente en ese choque cuando ambos yos se ven limitados o acosados por esa perturbación del ello. Un ello que ha crecido mucho y alimenta y nutre a los otros yos. Pues sin él, ya no son nada. Solo un fantasma en la pared, un cómico que sigue el zarandeo en el aire de una mosca, un farsante sin significado, un mentiroso compulsivo y un actor secundario en el papel de una vida que parece haberse suicidado a sí misma y que te reencuentra solo en medio de todo el universo condenadamente cruel y despiadado. Quiero creer que al margen de toda intervención mental, existe algún tipo de gracia divina que bendice esta obsesión que ahora es fundamental dentro del individuo. Es fundamental, porque a su vez se produce a sí misma, cuanto más amor recibes, más amor vas a ofrecer. Y totalmente benigna, o al menos en su concepto de base o en su percepción inicial. Es por ello que mis noches son más sensitivas, el exterior tiene caracteres bien alineados y está definido, se está a gusto aquí, escuchando canciones melancólicas y pensando en ella. He de celebrarlo: estoy enamorado.

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III

Ahora te cierras y aparecen los fantasmas. La noche está dentro de mí y me devora. En un grito de auxilio junto mis labios con tus labios, una promesa. Hay zonas muertas donde no queda nada y está todo devastado. Una cortina, una antorcha en la frágil oscuridad, la oscuridad que nos envuelve y que arde como un libro quemándose en la hoguera de la inocencia. Huela a ruina y a azufre. El aire está denso, a través de los cristales las calles se abren y la población suelta maldiciones. Esas palabras caen sobre ti como lava hirviendo y cal derretida. Veo niños con clavos en los ojos, el imperio de lo efímero y de lo sagrado revienta y un sapo me dicta los pensamientos. El tiempo muere y nosotros morimos. La espiral donde estamos sumergidos no entiende de llamadas telefónicas ni cree en la sinceridad. Estás oculta y yo estoy abajo. Alguien está en un hoyo y no puede dejar de cavar. Las vibraciones del suelo no son normales. Hubo otro tiempo en que no fue así. Te pido perdón. Tú dejas caer la mirada y siento vértigo. Sin embargo, la tormenta va a volver y no soy yo ni tú eres tú. Al final retrocedes y me miras. Me preguntas si siempre entiendo todo lo que me dices y yo respondo que sí. Tus ojos hacen cruces sin que lo notes y no merezco seguir viviendo en este mundo. No hasta que recomponga a pedazos el puzle de tu sonrisa, el calor emocionado de tus manos, este espacio de ámbar que se derrite.

 

IV

-¿Te das cuenta? Este sitio es muy hermoso.

-Sí.

-Es como si hubiéramos nacido para verlo.

-Como si estuviéramos determinados a venir aquí. ¿No lo notas?

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-Muévete un poco hacia la derecha. Tal vez desde ahí se vea mejor.

-Vale.

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-Sí, parece que desde aquí se ve mejor.

-No, todavía no. Da un paso.

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-Ahora sí.       

-Es como un sol.

-Sí, pero en medio de la noche.

 -¿Cómo podrá brillar tanto?

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-Es una luna.

-¿Una luna?

-Mmm, sí… una luna ovalada y perfecta en medio de un manto de oscuridad.

-A mí me parece más una simple luz de una llama pequeña.

-¿Qué es todo este entorno? ¿Qué hay ahí al frente?

-Parece una ciudad.

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-Una ciudad encendiéndose y apagándose muchas veces.

-Una ciudad encendida que está luchando por existir en la nada.

-Una ciudad que se encendió de repente y sin que nos diésemos cuenta.

-Una ciudad que dio su vida por tener luz.

-Una ciudad agonizante, en medio de todo ese magma oscuro.

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-¿Sabes? Desearía estar allí.

-Yo también.

-Desearía descansar en uno de sus hoteles o sentarme a leer en uno de sus parques.

-Desearía quedarme un tiempo.

-En mi caso, desearía quedarme un tiempo indeterminado, sin que el hecho del propio tiempo de estancia importara.

-Hablas muy alto, debemos estar en silencio para escuchar.

-¿Para escuchar?

-Nada, tan solo los latidos de nuestro corazón.

 

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-….

-Tu corazón no es de este mundo. Es un corazón anguloso.

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-¿Sabes? Creo que es lo típico que se dice, pero este lugar sería un hermoso lugar para morirse.

-Podríamos tirarnos por este puente y nadie llegaría a saber nunca que estamos muertos.

-Jaja, nadie nos encontraría.

-O podríamos quedarnos aquí para siempre, hasta morir de frío e inanición.

-Sí, pero solo si tú me acompañas. Si no estoy solo.

-¿Ah, sí?

-Sí.

-Tu soledad es egoísta y yo me siento ofendida de que te sientas solo.

-Ahora mismo sé que no estoy solo.

-Pero… ¿te lo imaginas?

-¿El qué?

-Que tirásemos toda nuestra vida en este momento y en este puente.

-Mmm… creo que puedo llegar a imaginármelo.

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LA JUVENTUD QUE VOMITA (I): “Avital”, un relato de Noah Cicero

En esta serie de posts cuyo título llevarán “LA JUVENTUD QUE VOMITA”, traduciré algunos textos y poemas de algunos autores norteamericanos que están partiendo la pana en el mundo de las letras e Internet. La llamada “ALT-LIT”, a cuya difusión quiero contribuir en este blog, está revolucionando el mundo de las letras y de la poesía. Investigando en Internet, podéis encontrar varios PDFs con sus obras, de acceso totalmente gratuito. También, a través de páginas amigas a uno y otro lado del charco, como el blog de Didier Andrés Castro, “La polifonía de la nada”, el tumblr de Oscar Garía Sierra (“I WANNA MEET KRYSTLE COLE“) o José María Martínez y su Paradojas del Conserje, entre otras. Grandes proyectos, grandes ilusiones, que convergen en un mismo punto de visión sobre el arte y la literatura actual. 

Llegué a Noah Cicero a través de una curiosa entrevista realizada por eldiario.es titulada “Los Cinco Mandamientos del Capitalismo“. En ella, aparte de reflexionar sobre su nueva novela, “Best Behavior”, introducía claves sobre lo que está pasando en el mundo que me llamaron mucho la atención. Inmediatamente, me puse a investigar sobre Noah Cicero y sus obras, le agregué al FB y vi que estaba tan loco como cada uno de sus libros o poemas. Quizás sea el autor de la ALT-LIT que mejor define y lleva a la literatura el concepto de la alienación moderna.

Os presento este pequeño cuento titulado “Avital”, rescatado de la fantástica antología de relatos “The Best Alt Lit Short Stories of 2012”. Yo no soy traductor ni me he preparado para ello. Sin embargo, he querido contribuir de algún modo a esta gran difusión de literatura en la red lo mejor que he podido. Espero que el resultado no deje, ni mucho menos, nada que desear. 

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Avital dijo, “Me he tirado todo el fin de semana en mi cuarto. No iba a ir al instituto nunca más. La idea me angustiaba.” Mientras hablaba, sus hombros se batían de arriba hacia abajo. Tenía una expresión animada, había una especie de sensación en su voz, y ella continuó, “No podía hacerlo. El mundo entero, el universo entero, oh Dios, por qué, por qué Dios, ¿por qué el instituto? Desperté el sábado por la mañana y tomé varias pastillas para dormir y me fui a dormir de nuevo. El sueño fue reparador, tranquilo y bueno y reparador. Más limpio que cualquier cosa que el mundo me pudiera ofrecer. Quería sentirme limpia, sabes a lo que me refiero, limpia. No estoy limpia. Me desperté sobre las tres de la tarde y comí un bol lleno de cereales y un poco de fruta. La fruta estaba realmente buena, creo que las fresas eran del jardín, así que estaban verdaderamente frescas. Luego Eric me llamó al móvil y fue como << oh Dios, tengo  que irme >>. Ya sabes. Él dijo que tenía dinero y yo necesitaba pastillas. Me gustan las pastillas, necesitaba el dinero de alguien para comprar. Por tanto, fui a casa de Eric. Tenía una pinta horrible. Fuimos a su habitación, sus padres no estaban en casa. Nos acostamos y me dio treinta dólares. No sé por qué me da dinero. Todavía no sé por qué tuve sexo con él. Antes de que me fuera, me ordenó que no contara nada a nadie. Luego, me golpeó en el estómago. No me importó, ya había sido golpeada en el estómago antes. Fui a casa y tomé otra pastilla para dormir. Necesitaba dormir. Nada más importaba. Necesitaba escapar. Fui a mi casa, mi padre estaba allí, en el sofá, sentado y  leyendo un libro, mi madre me dijo que la iglesia iba a hacer una colecta de fondos para gente que no conocía y que tenía que ir y comer pasteles. No quería comer pasteles. Me metí en mi habitación, puse un disco de Fleetwood Mac, me senté al lado de los altavoces, y solo escuché, me convencí a mí misma de que algo bueno pasaría si me mantenía ahí un rato, luego recordé que tenía un Davorcet. El Davorcet me hacía sentir mejor. Ello me recordó que tenía que conseguir pastillas. Luego, finalmente, me quedé dormida. Caí rendida justo en el suelo. Me desperté y tenía los zapatos puestos. Estaba destrozada; olvidé quitármelos. No sabía dónde estaba. Mi madre entró por la puerta chillando y gritando para que me levantara de inmediato, debíamos ir a la iglesia. Fui, fui a la jodida iglesia. Oh, había gente por todas partes, había pasteles y salchichas por todas partes. Había un montón de gente. Un viejo comenzó a mirarme como un bobo a mí y a mis pechos recién formados. Fue devastador. Después, tras la cena de pasteles, bajé la calle y fui a casa de Jim. Me vendió Vicodin. Me tomé el Vicodin e intenté bajar la calle, andar me hizo sentir muy extraña y estaba destrozada. Entré en el bosque y me tumbé en la hierba. Miré las ardillas y los pájaros durante dos horas más o menos. Tan solo me senté allí; se estaba bien, nadie me molestaba ni me decía lo que tenía que hacer, como ir a comer jodidos pasteles. Me moví un poco y apareció una ardilla a unos cinco metros de mí. Miré fijamente a la ardilla y dije << Hola, pequeña ardillita >>. La ardilla no se movió. Al poco rato, la ardilla se fue. Me sentía completamente destrozada. Cuando me levanté por fin, cogí todo lo que tenía y me largué del bosque. Pensé que podría haber muerto. Pero luego recordé que aún podía moverme. Me moví, todavía podía mover mi cuerpo, mi cuerpo se movía. Caminé a casa. Mi madre me dijo que necesitaba dormir bien por las noches para que pudiera estar preparada para madrugar e ir a la escuela por la mañana. Fui a mi habitación y me estuve cortando un rato. Mis muslos son horribles. Oh dios, ¿por qué tengo que existir?”

            Nos sentamos alrededor de ella para escuchar su historia. Ella hablaba como si constantemente fuera a pasar algo importante, y se perdía por cada detalle de la historia. Ryan pasó el porro y nos quedamos todos fumando en silencio. 

Mi primera obra en prosa

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Acabo de terminar de escribir mi primera obra en prosa. Mi libro de relatos, “Últimas carreras por los subterráneos”. Nos podéis imaginar la alegría y emoción que llevo ahora en el cuerpo, por fin lo conseguí.

Comencé escribiendo una novela que titulé “THC”. Durante dos años y medio estuve buscando las historias, los personajes, llegué a esbozar sus primeros episodios, para al final, dejarla de lado debido a que sentía que no estaba preparado.
Pero ahora, con “Últimas carreras por los subterráneos”, he conseguido eso que quería contar en “THC” y que por motivos literarios no pude escribir. 

He escrito varios poemarios durante estos años, pero una obra en prosa siempre se erige como algo más difícil, más complejo, más de estudio y análisis, más profesional. Hoy se puede decir que he pasado una especie de bautismo de fuego hacia la escritura y sus múltiples mundos. Hoy he conseguido superar el reto y ahora más que nunca sé que lo único a lo que me podré dedicar en esta vida es a escribir, tanto historias reales a un nivel periodístico, como historias a un nivel ficcional en la narrativa literaria y poesía.

Ahora, solo queda esperar que alguien confíe en mí y apueste por este libro de 15 relatos y 120 páginas que con toda ilusión y amor he escrito y terminado en estos instantes.

Y, por supuesto, que vosotros lo leáis, os guste y emocione, pues sino, nada de esto tendría sentido.

QUEER

Ha amanecido un día y no es otro día sino el mismo día en su rulo sin fin. Sabes a qué me refiero, ¿no? No puedo salir. Tampoco quiero. Me queda gasolina suficiente, pero la gasolina se acaba, gatito, siempre acabas quedándote sin gasolina y yo no tengo más pasta ni las tengo todas conmigo sobre mi corazón. El corazón puede reventar. O el cerebro. Suelo pensar en mi cerebro cuando el día se convierte en otro día que es un rulo del mismo día, siento mi cerebro, sus capilares sobrecargados, noto el delicado crujir de mis neuronas cuando renuncian, hijas de puta, cobardes desertoras. Pienso que me queda la suficiente gasolina sin salir de esta habitación para llevar el cerebro al límite del crujido y el corazón al límite del enloquecimiento. Y luego ya veré. Uno no piensa en el luego en estas circunstancias, ¿no?, solo comprobar que queda combustible y que el cartelillo de No molesten sigue ahí fuera. Cuando estás en un hotel cinco estrellas sin un puto chavo, cargada de gasolina y con el corazón escarchado en sal lo único que puedes hacer es seguir ahí, no salir de la habitación, si acaso solicitar otra botella de vodka y fingir que estás en la ducha cuando te la traiga el atildado sirviente cinco estrellas. Cuando tienes el corazón escarchado en sal y veinte gramos de gasolina clavándole las uñas a los capilares del cerebro, te aseguro que tu cara no es algo que un camarero cinco estrellas pueda enfrentar sin pisar el pedal de alarma. 

Cristina Fallarás, “Jugando Sola” de Berlin Capital Alaska (66 RPM, 2012)

El hombre que casi conoció a Mick Ronson

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“Mira, tío”, me decía llevando la vista a una fotografía antigua.

Se trataba de Alex, uno de los mejores amigos que tuve y que algún día, sin saber por qué, dejamos de vernos.

Era un fanático de Bowie y sus Arañas de Marte: llevaba toda su adolescencia buscando el vinilo original, el fechado justo en el año en el que salió al mercado, la primera edición musical en plástico coleccionable del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”.

Yo, como muchos me conocéis, siempre fui más de Lou Reed. En las largas tertulias que teníamos en el colegio y en mi habitación siempre me ganaba, alegando que el “Transformer” de Lou Reed era una absoluta copia del “Ziggy Stardust”, y que Lou Reed dejó en manos del Duque Blanco todo el disco. “Puede ser”, le respondía yo, “pero <<Walk On The Wild Side>> es una canción que Bowie no hubiera podido hacer jamás.”

Ahora muchas veces cuando vuelvo a escuchar “Walk On The Wild Side” no me acuerdo ni de Alex ni de Lou Reed ni de nada: solo pienso en cómo, dónde y cuándo moriré, algún día, en un futuro que espero lejano.

Alex se fue de mi ciudad nada más acabar la E.S.O. Justo cuando comenzamos a flirtear con drogas suaves. Justo cuando empezamos a vivir la “época rock” en la vida de una persona. El takeawalkonthewildside. Cuando en el recreo corríamos a escondernos en la esquina más oculta para fumar un pitillo discreto, intentando ser ajenos a la vista de los profesores que vigilaban celosamente de que todo fuera correcto, sintiéndonos libres e irresponsables, un poco punks, viendo eso de fumar en el colegio como una especie de trastada. Toda esa rebeldía adolescente hizo que comenzaran a caer suspensos.

A Alex le caían más que a mí, ya que yo, al fin y al cabo, siempre mantuve un poco la cordura.

Ello deparaba a Alex graves discusiones familiares, hasta que, tras acabar la Educación Secundaria a golpetazos, le obligó su madre a ponerse a trabajar dándole con la realidad en las narices con eso de que “tú no eres de estudiar”.

Entonces, le perdí por completo de vista.

Los primeros versos que escribí fueron en clase de Lengua y Literatura, a la par que Alex, mientras el mareo del cigarro mal liado de tabaco Virginia castigaba nuestras gargantas puras aún. Yo nací en la poesía con versos cursis, muy románticos e infantiles, como bien puede ser el inicio de cualquier poeta. Alex, sin embargo, solo hablaba de su idolatrado Ziggy Stardust. Yo le decía que lo que escribía no era poesía porque no rimaba. Ignorante de mí. Seguramente muchos de los poemas sin rima que escribía Alex a David Bowie y a su teatro musical tenían por entonces muchísima más calidad que toda la sarta de gilipolleces en verso que he escrito yo ayer, hoy y mañana.

Fueron unos años bonitos pero también muy conflictivos.

Éramos los “raros” de la clase. Pasábamos de cero a cien en nada, de la vitalidad y la fuerza, a la angustia, la soledad y la tristeza. Tal como ahora. Pero creo que antes no estaba tan controlado, a diferencia de ahora. Eso quizás es lo que nos empujó a escribir. A ser auténticos en lo que hacíamos. A ser nosotros mismos y mandar a la mierda a todo aquél o aquello que se nos pusiera encima.

Eso es el punk: buscar otro camino. Aceptar tus diferencias respecto al resto y, de alguna forma, llevar las cosas a cabo por otro camino. Ahora me pregunto si Alex seguirá escribiendo, al igual que yo.

La fotografía que nombraba al inicio enseña el camerino de una de las actuaciones de Bowie y su banda en la gira del Ziggy Stardust. En ella, posan el padre de Alex y Mick Ronson, mano derecha de Bowie y productor del disco.

Alex hablaba de su padre, que murió desgraciadamente cuando él tenía tan solo nueve años, como aquél que una noche tuvo la oportunidad de ver al Duque. Alex quería haber estado allí, en ese camerino sucio de algún lugar de la gira europea del grupo de rock, al lado de su padre, conociendo a las Arañas de Marte. Cuando Alex era niño, su padre le aseguró haber hecho todo lo posible por acceder al camerino de David Bowie, pero un portero se lo impidió por la fuerza. Así que se tuvo que conformar con una foto y el intercambio de unas pocas palabras con Mick Ronson, mano derecha de Bowie.

Yo, para disputar sus palabras, describía también los grandes logros rockeros por parte de mi padre:

Bruce Springsteen en el Estadio Calderón en la gira del “Tunnel Of Love”.

Prince y Michael Jackson, cuando ambos atravesaban su buena racha.

Lou Reed, en un teatro escondido de Salamanca en la gira del “New York”.

Pero mi padre nunca estuvo en un camerino de alguien famoso, como el de Alex. Mi padre era más disperso en cuanto a artistas, al contrario que el de Alex, que, al igual que su hijo, para él solo existía David Bowie. Y para mi amigo Alex esa foto simbolizaba lo que comúnmente se suele llamar “triunfo”. Esa foto en la que se veía a su padre de joven cuando aún él no había nacido, al lado del guitarrista de David Bowie, simbolizaba para Alex todo. Posiblemente, la gloria reflejada en una imagen, el éxtasis de toda una vida de seguimiento a un solo artista.

Y ahora me imagino a Alex tirado en su habitación escuchando “Rock&Roll Suicide” mientras Bowie susurra a voz en grito que no está solo.

Yo terminé el Bachillerato e hice Periodismo. Para entonces, no volví a ver a Alex. Quizás esté en otra ciudad buscando trabajo. O trabajando, con suerte. La verdad, nunca he intentado buscarle, lo que se dice, en serio. Pensé en lo que nos diríamos si nos volviéramos a encontrar. Después de haber compartido tantas aventuras y momentos en nuestra adolescencia se haría difícil. Sería un trago complicado.

Él muchas veces decía que iba a ser músico, como David Bowie. Yo probé también con la música, más o menos a la edad en la que dejé de tener contacto con él. Pero había demasiadas cosas. Por ello me metí en Periodismo, siguiendo la línea parental de gustos dispersos. Vi en el Periodismo un oficio en el que había de todo y a mí siempre me gustó ese “de todo”. A Alex, como a su padre, solo le gustaba David Bowie. Yo, como mi padre, me abrí a muchos más géneros musicales y artistas. Y quizás esa fue la razón por la que escogí Periodismo una vez llegado el día. Porque necesitaba estar pendiente de cualquier cosa. Quizás para sentirme ligado a ello, al mundo, a las personas, ligado a todo.

Ahora vuelve a sonar “Walk On The Wild Side” y no me acuerdo de Alex. Ni de Lou Reed. Ni de David Bowie. Ni en los cigarros que fumábamos a escondidas en el recreo. Ni del padre de Alex. Ni en Mick Ronson o en la fotografía. Solo pienso al escuchar la voz de Lou Reed rasgando el silencio de mi habitación en cómo, dónde y cuándo moriré.

Quizás la canción que más me haga pensar en Alex y en el tiempo que compartimos sea aquélla titulada “Life On Mars?”. El único temazo de Bowie que gustaba a Alex fuera del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”. Creo que la razón por la que pienso en él es por el significado intrínseco de la canción. Porque el recuerdo de Alex, tal y como demuestran estas líneas si las han leído con atención, es el de un chico totalmente atolondrado que presumía de tener un padre, que además de muerto, veía como triunfador, solo por haber llegado al camerino de la banda de Bowie. Pero no con Bowie mismo, sino que con su guitarrista. Con lo que ese triunfo no es completo, no está entero. Al fin y al cabo, me hace pensar que ese mismo triunfo no es más que una ilusión: Mick Ronson es una ilusión, el recuerdo es una ilusión, la lucha por la vida y por todo lo que quieres es una ilusión… Esta es una de las razones que me dan pie a pensar en lo absurdo de la existencia.

En lo vano que es todo esto de vivir.

En lo desgraciados que somos.

Alex a veces se me aparece en sueños diciendo que ha encontrado vida en Marte, “sentado en un trasto de hojalata, viendo el inmenso color azul del planeta Tierra, sin nada qué hacer”.

Pensándolo bien no quiero volver a ver a Alex. Ni en sueños siquiera. Supongo que seguirá buscando, esta vez por Internet y como loco, el LP original del Ziggy Stardust del año en el que salió al mercado, y que por error a su padre algún día se le olvidó adquirir en la época.

Pero bueno, al fin y al cabo todo esto es un jodido error, ¿no?

¿Aún no han escuchado mi canción favorita? 

Esta máquina vuelve a matar fascistas

Yo y mi colega Marsu, de Octubre Polar, ayer en la Calle Zúñiga de Valladolid
Yo y mi colega Marsu, de Octubre Polar, ayer en la Calle Zúñiga de Valladolid

1. El tiempo que se acaba. 

2. And our time is running out… 

3. Hay un par de buenas noticias. Van a publicarme al papel, junto a más autores, un relato que presenté en el concurso El País de la Gominola. El relato, titulado “Verónica Dice”, lo podéis leer aquí (este relato no es el oficial, el que saldrá ha pasado por varias correcciones). Os iré informando sobre la marcha del libro para quien esté interesado en adquirirlo (no costará demasiado porque saldrá a precio coste, sin ninguna clase de beneficio para los autores). 

4. Ha llegado el verano y huele. 

5. Ayer fue el Día de la Música en Valladolid y alzamos todos los músicos la voz contra esta ciudad represiva del arte. Recuerdo perfectamente la pintada en la guitarra de Woody Guthrie, sí, esa misma que ponía claramente, allá por los años 50 y 60 en América, “la tierra de las posibilidades”: 

Fuente: www.theliberalgunclub.com
Fuente: http://www.theliberalgunclub.com

6. Y qué razón tenía el bueno de Woody, debe ser porque los que prohíben la música en directo se sienten realmente amenazados por semejante máquina de hacer música y se esconden en una Ley de Ruidos de tres al cuarto. Pero che, yo ayer vi a niños bailando al ritmo de los acordes, a parejas dándose emocionados besos con la música de los artistas vallisoletanos de fondo, a amigos cantando a coro abrazados canciones pachangeras y también amigos cantando en silencio y emocionados las mejores baladas, como también buen rollo y gente pasándoselo realmente bien y no perdiendo el tiempo tirados en un bar esperando a que se les subiera el tripi o la cerveza. 

7. A los seres humanos nos gusta lo que es difícil. Nos gusta lo que es difícil de conseguir. Por lo que Valladolid seguirá sonando a pesar de las normativas y las leyes que se saque debajo de la manga el barbas que tenemos de alcalde y su panda de concejaluchos. Por más que prohíban, no pueden prohibir lo que hay dentro de nuestra cabeza, que son las ideas. Y esas ideas son las que conforman al artista de verdad. De esas ideas el artista se sirve y a más que lo maten, no podrá despegarse de ellas. Por lo que aunque lo pongan difícil, seguiremos aquí dando el cante y aguantando el tirón, no nos van a pillar, a propósito de lo que decía una canción ayer. 

8. No os preocupéis que seguiremos “matando fascistas” con nuestra música, haciendo a la gente pasar un buen rato, seguiremos emocionando a las personas y ciudadanos de esta ciudad que vosotros habéis conseguido hacer que me dé ahora tanto asco, con nuestra música y nuestras guitarras, somos invencibles. Como diría Muse de nuevo. 

9. La mejor música para el verano, para el calor y la playa, y los helados, y las madrugadas tirados en la hierba o en los tejados… sin duda el hard rock, así que aquí viene seguido lo que escucharé en estos meses: 

Lo que hacíamos cuando no había nada que hacer (III): “Tu supermercado personal”

[Hoy doy por terminado este curioso ciclo de relatos de ficción que algún día me vino a la cabeza escribir titulado “Lo que hacíamos cuando no había que hacer”. Este tercero, el último, lo he titulado “Tu mercado personal”, haciendo una especie de juego de palabras con los títulos de los otros dos relatos (aquí el 1 y aquí el 2). A modo de conclusión de los anteriores. Vuelvo a avisaros que son relatos de ficción, aunque parezcan autobiográficos o no se entienda como ficción, las historias que aquí se cuentan son mera invención mía. Espero que os guste esta última parte, que por el contenido, parece que dará que hablar.]

Super personal

Voy caminando dirección San Pablo con el corazón encogido y la boca seca, hiperventilando, supliendo la ausencia de sustancia con el café y los cigarrillos, ahí voy, yo y mis pies tan desactivados por la tormenta de ideas que ahora sacuden mi mente, con la cabeza gacha y las manos sudorosas. He quedado con El Rubio y Maliboo para tomar un poco, aquí, en el ala norte de la ciudad. Son las ocho de la tarde y hace un calor espantoso, cosas del mes de Julio, pienso. Aún estoy a tiempo de no ir y no arriesgarme y poner un poco todo en orden, o eso es lo que pienso, mientras Nick Cave canta como un lobo sobre los acordes de “Higgs Boson Blues.”

            Llego a San Pablo con la boca seca (esto ya venía de antes) y en los auriculares tronando reggaetón, vamos a pasarlo bien, pienso, cuando encuentro sentados en la acera a El Rubio y Maliboo. El Rubio, galán vallisoletano donde los haya, con su melena cayéndole por los hombros sucia y desangelada. Maliboo, presa del pánico underground de los garitos más sexys y atractivos de la ciudad, se las daba de gogó para costearse la merca.

            Esto va por el odio y nada más, esto va por el odio y nada más, pienso mientras estrecho sus manos tan sudorosas como las mías.

            Maliboo dice que hay que tener cuidado, que las redadas por esta plaza han aumentado de aquí a unos días considerablemente, que al menor indicio o señal de “coche azul a la vista” salgamos corriendo y tiremos todo o mejor se lo demos al kiosquero y él ya sabrá, o a cualquiera que pase sea hombre o mujer, niño  o niña, abuelo o abuela.

            El Rubio apuesto galán y corcel, famoso por sus encargos de condones talla XL, masca chicle nervioso.

            Mientras esperamos, nos desesperamos y cabreamos. Tanto es así que el calor me hace ir a otra cafetería a por otro café. El café calma la sed de sustancias del organismo, pero no durante mucho tiempo. Conocí a un yonqui de por aquí que al verse sin dinero ni amigos a quien acudir, consumió ocho cafés en menos de seis horas, con lo que los más allegados a él, véase su familia, le descubrieron en la habitación tirado y le llevaron al hospital atacado de hiperventilación, ataque de ansiedad y depresión mental.

            Ahora El Rubio ha tirado el chicle y está fumando de manera compulsiva tabaco negro. Maliboo hace posiciones con sus manos pequeñas y sudorosas, evitando el aburrimiento.

            Al fin llega nuestro díler y admite cabreo, que si es imposible esto de encargos de última hora, que tenían que haber avisado antes… el pobre está sacándose las PAU para mayores de 23 años y argumenta que tiene el examen dentro de dos días y aún no había empezado a estudiar, y no estudiaría hasta que se librara de una vez de los negocios y el sacrificio que estos suponen, como ir a vender droga a yonquis de segunda mano como nosotros.

            Entonces el alivio es máximo cuando Maliboo tiene entre sus manos el saquito de hierba que espolvorea en la palma de su mano derecha para luego guardárselo en el sujetador apretadíiiiiiisssimo debido a que guarda unos pechos de la talla 100. El Rubio y yo agarramos un poco y también pillamos una papelina de cocaína.

            El Rubio dice que ha quedado con su novio gay y que se va ya. Maliboo y yo nos quedamos solos sin saber qué hacer, fumando el hachís y la hierba en la estatua de un duque o príncipe de no sé qué sitio, supongo que de nuestra ciudad, un personaje honorable en su tiempo, suponemos, y entonces nos quedamos en silencio pensando qué habría que hacer para ser “honorable” en los tiempos de hoy en día.

            La serotonina se libera y las neuronas se relajan.

            Look at me, I´m flying….

          Maliboo me pregunta sobre lo que voy a hacer ahora, yo la digo que pensaba ir a la biblioteca pública a coger prestado unos libros de poesía y novela, y ella dice que no tiene nada que hacer, que está muy sola y que no tiene nada que hacer de aquí a unos siglos, o eso pensé yo al ver su cara de aburrimiento y tedio consumiéndose con el humo del porro. Entonces yo le digo que me puede acompañar, que siempre voy solo a las bibliotecas y que es un lugar muy solitario y silencioso cuando no hay nadie con quien romper el sacrosanto ruido blanco de estudio o de papel viejo que flota en el ambiente. Nos metemos un poco de coca de la papelina que nos han vendido y marchamos rumbo a la biblioteca pública donde cojo un libro de Samuel Beckett que aún no he leído y otro de Nabokov. Maliboo solo lee cómics de Mafalda y así salimos y nos entran unas ganas espantosas de ir al baño, pero ya estamos muy lejos de la biblioteca, y el corazón se nos acelera fruto supongo de la crisis psíquica que debía estar tronando en nuestra cabeza, y es así cuando le invito a otro café para calmar la liberación de serotonina en nuestras glándulas adolescentes liberadas. Maliboo dice que tiene que ir al baño y que esté al loro por cualquier cosa que pueda suceder, dentro o fuera del bar, dentro o fuera del baño, que si tardaba mucho me largara, vaya yo a saber por qué, es lo que pienso, no sé la causa de su mandato, pero salgo a la terraza aún con el efecto del hachís en la mente y fumo tabaco negro mirando los coches pasar tan solitarios en esta tarde de julio, casi sin hacer el más mínimo ruido y creo que pienso que es una bonita escena digna de escribir algún día como hoy, y que debo sacar con el móvil una foto del instante y/o subirla al Instagram donde todo el mundo se preguntaría qué égloga urbana debe suponer una foto de una calle vacía en la que pasan 1 o 2 coches. Así Maliboo sale del baño antes de lo que pensaba y le agarro de la mano y le doy un beso en la mejilla pudiendo oler su sudor cayendo por su frente joven de manera estrepitosa y constante. Entonces me miro la camiseta y veo que está totalmente empapada y soluciono con que debemos de ir a algún lugar con aire acondicionado.

           Vamos los dos de manera lenta para evitar la hiperventilación ahora causada por el efecto de la coca y vemos a las parejitas por la calle caminar a nuestro ritmo, para lo cual nos quedamos de nuevo en silencio, pensando seguramente en nosotros, en si alguna vez podríamos ser una de esas parejitas cursis y broncíneas, que van a la piscina los días de verano y se van de viaje a un lugar de costa. Para entonces Maliboo saca su mp3 poniendo música mákina y bakala house,

          dónde están los nervios con esta música, pienso yo,

        para lo que enciendo un nuevo cigarro de tabaco negro y doy una calada gigantesca, paso la canción y escuchamos 

           

            Entro en un bar para mear donde me llevo el susto de mi vida cuando de repente noto en la nuca el filo de una navaja de un furioso cuáquero cani de mierda que parece afectado por la subida de la hipoteca. Le digo que paso de sus líos y cubriéndome, salgo del baño sin mear por el susto, agarro a Maliboo por el brazo y volvemos a correr.

            Pienso en la comedia humana mientras entramos al Corte Inglés del paseo más largo de toda la ciudad, y con las luces y toda la decoración, la estampa tiene el fruto del sueño o en los peores casos, de la pesadilla. Y entonces se me va completamente la pinza y hago presionar mis dedos contra el pubis de Maliboo que en vez de darme una torta bien merecida en medio de todo el centro comercial me sorprende haciendo meter su mano derecha hasta el codo por la parte trasera de mi pantalón llegando a pellizcarme los huevos desde atrás. Estoy empalmado completamente y le digo que tengo que ir al baño y me dice que me acompaña y le digo que no tengo condón y entonces ella me dice que no importa, que se la meto por el culo y ya está, y yo le vuelvo a decir mintiendo que mejor no, que drogado no se me empalma y ella me dice que está chorreando por las bragas y yo le vuelvo a decir que vale, que podemos ir al baño pero que de sexo nada, que no estoy para muchos trotes, y ella se extraña poniendo 😦 , y me dice que si tengo novia o algo y si esa es la razón por lo que no quiero tener sexo con ella, y yo con la vista torcida y dibujando líneas en los círculos, le confieso que no me gustaría hacerlo en un sitio comercial, que me da vergüenza, con lo que acabamos en el baño de chicas en ropa interior debido al calor y sin tocarnos, una vez que ya me bajó la erección, fumando otro porro, y entonces yo pienso en la hora y veo dos relojes en sus pechos de talla 100, y me quedo mirándoles muy fijamente y entonces ella me dice que puedo chupar, y justo cuando voy a deslizar mi lengua por su carne tersa aparece el guardia de seguridad dando portazos amenazando con llamar a la policía y salimos despedidos de allí casi sin ropa, y corriendo por todo el centro comercial. El pulso se me acelera con lo que vuelve el efecto de la coca, produciéndome un agudo esfínter ayudado por las cuatro o cinco erecciones que he tenido durante el día, haciendo que me mee encima. Y bajamos corriendo por las escaleras metálicas, bajando piso tras otro deprisa, hasta llegar a la calle, donde seguimos corriendo, yo sin camiseta y ella con un pecho al aire, solo protegido por el sujetador apretadíiiiiiissimo a punto de desbordarse.

         Llegamos al parque de la ciudad donde procedemos a vestirnos y nos tumbamos en la hierba descansando, cuando me entra la tos aguda y decido liar un cigarrillo para entretenerme con algo, mientras Maliboo descansa a mi lado como si estuviera muerta. Toda mi ropa mojada de sudor y orina se seca al sol en el parque y cuando Maliboo parece que reacciona es para darme un beso en la mejilla, entonces miro en la mochila y no están los tres libros de Samuel Beckett, Nabokov y Mafalda, nos los hemos dejado en el baño. Entonces pensamos que tarde o temprano nos pillarían y no tendríamos nada que hacer, salvo evitar las cartas al correo de la policía o el ministerio ordenándonos pagar una multa por escándalo y fumar en un sitio público.

            Entonces yo pienso sobre qué hay que hacer para ser feliz en esta vida y pienso que al fin y al cabo estoy en uno de esos momentos felices, con Maliboo tumbado en el parque, mi pequeña dama alucinógena, y le lío un cigarro y fumamos muy quietos y juntos sintiendo el frescor del anochecer acariciarnos la nuca y la cara. Y ella dice que si me he meado y yo le digo que no y entonces ella dice con curiosidad que por qué huelo tan mal y yo le digo que no uso perfume y cuando corro transpiro mucho, y ella me abraza como se abraza a un árbol caído al que pronto van a talar. Y yo le abrazo tras un instante y compartimos ese momento de intercambio de fluidos en un beso que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y