Los retratos que ya no dicen nada. Una metáfora de la soledad

La contemplación como vía absoluta de escape. Redefinir la contemplación. En un mundo tan lleno de estímulos como en el que vivimos, saber conjugar pretérito con pluscuamperfecto visual, entender ambas cosas a riesgo de convertirte en un ente transversal a camino entre lo digital y lo real, y perecer en el intento.

Sábado. Seis de la tarde. La casa en la que siempre estuve. Nada sorprendente. Todo esmeradamente en su sitio. Solo. Ningún ruido. La pereza se aposenta sobre mis rodillas. Hace unos minutos, jugaba al ajedrez en línea. Una excelente forma de dejar que el tiempo pase. Ahora, nada. Todos los dispositivos apagados. Me reclino contra los cojines y me quedo mirando al techo. Es algo que hago a menudo y recomiendo. Posiblemente, en otra época, en otra vida, habría escrito un poema sobre ello. Tendría la cantidad perfecta y equilibrada de metáforas para no deprimir en exceso ni resultar aburrido.

Miro a mi alrededor. Reparo en un hecho en el que no había caído desde hace muchos años, quizás cuando era niño y me sorprendía por todas las cosas de mi entorno. Esos cuadros. Retratos del ayer. Gente que ya no está y gente que sigue aquí, con unos cuantos años más, por cierto. Gente a la que le gusta decir “Te quiero”. Mi familia. Perdida en el tiempo y en la sagaz ironía de las circunstancias.

“Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, estoy seguro que sería noise o shoegaze”

La prima aquella que hacía la comunión ese día tan lluvioso en el que tuvimos que refugiarnos en un soportal. La prima que, como una beata santificada que hace alarde de su fe en Dios, sujeta un crucifijo con los ojos llorosos y una emoción infantil en el gesto. Pequeñas actuaciones para cosas que en las que dejamos de creer hace tiempo. Los abuelos en la España negra que ya no volveré a ver. Caminan por una ciudad en ruinas, aunque a decir verdad toda foto en blanco y negro parece estar hecha en una ciudad sumida en la decadencia. Los tíos que eran tan felices antes de casarse, jóvenes, con los pómulos en llamas y la mente en otra parte. La férrea dictadura. Paquito, ‘el de las ostias como panes’. El ladrido del perro vagabundo en el barrio de Las Delicias cuando había tan solo cuatro casas y un molino.

Si estás leyendo esto y te encuentras en casa, te invito a que te acerques al salón. El corazón de los hogares. Todas esas caras, permanentes a cualquier actualización o filtro digital, carcomidas por el polvo y la abulia. Todas esas imágenes ya no nos pertenecen. Están ahí, pero nosotros ya no las vemos. No hacen nada de ruido, es más, son puro silencio. Rostros secos tan fáciles de quemar. Si todavía no te has percatado, hay gente que te quiere y a la que quieres y está presente en tu salón, observándote con su mirada eterna cargada de mutismo, sin voz. No estás solo. Están contigo, aunque no digan nada y te percates de su presencia en el mismo momento en que por fin te decides a pasar el trapo por sus caras iluminadas.

“La función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad”

Los retratos. Esa obsesión por retratar lo humano. Lo que nos define y nos constituye, la mirada. Creo que mi retratista favorito es Francis Bacon (no es ninguna sorpresa a estas alturas), con su visión visceral, cárnica, de la composición facial y corporal. Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, seguro que sería noise o shoegaze. Recuerdo una conversación noctámbula en la que hablábamos sobre la naturaleza de las imágenes en la antigüedad. Cuando los cuadros eran más que simples cuadros y conformaban una ventana al espacio. Casi nadie tenía acceso a las obras de arte, a ese tipo de abstracción, y se tenían que conformar con la magia de las vidrieras de las iglesias y su descomposición desorbitante de colores sobre el mármol frío.

“Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental”. 

Esas imágenes ya están muertas. Como los portarretratos del salón. Pocos artefactos visuales son sorprendentes en la actualidad. La carrera tecnológica nos ha conducido a un huracán de avances, a una democratización de las imágenes, que no ha hecho más que socavar cada uno de sus principios y maravillas. Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental. En un principio, la intuición me dice que albergaban vida ahí dentro -nunca subestimes el poder de una mirada-, y que servían, más allá de la decoración, para no sentirte tan solo. 

Algo más o menos parecido puede suceder ahora mismo con las redes sociales en las que los amigos o conocidos suben su día a día. El famoso y terrorífico ‘Gran Hermano’ de George Orwell parece que al final nos lo creamos y lo aceptamos nosotros mismos. De alguna forma, la función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad. En la intimidad del hogar o en la publicidad de tu teléfono móvil, donde ya todos somos agentes publicitarios de nosotros mismos que se autoexplotan, el valor sigue siendo el mismo: “no estás solo”. Hay gente al otro lado. En el papel fotosensible, impermeables al paso del tiempo, o bien en la pantalla de píxels, caducos hasta la saciedad. 

Tal vez, la clave esté en pasar desapercibido, regresar a los retratos y a la contemplación, y no decir nada más. Volver a Bacon. O insertarte un chip con el que poder vivir eternamente conectado. Ambas opciones parecen apuntar a un mismo sentido. Una soledad metafísica imposible de racionalizar o categorizar que nos vuelve locos enfermos de la imagen. Esa cosa tan intangible que incluso se puede pensar con los ojos cerrados y no tartamudear a la hora de admitir la fascinación que ejerce en nosotros, los protagonistas.  

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La música y las palabras

Debe ser que esto de escribir en blogs ya está trasnochado. Me explico: me hace sentir “raro” dedicar un espacio humilde de mi tiempo para anotar una serie de pensamientos aquí. A la velocidad a la que van los tiempos, lo de tener un blog y dar rienda suelta de alguna forma a ese fluir de ideas personales, acomodadas, bajo una luz tenue de escritorio y tras un largo día de trabajo, me resulta algo más que extraño. ¿Para qué? De alguna forma siempre he sentido el impulso de escribir. No sé por qué, siempre he sentido que debía contar algo. “¿Te gusta escribir?”, me han estado preguntando desde que adquirí conciencia de ser. “Se ve que te gusta escribir”. ¿Qué significa escribir?


He escrito mucho en este blog desde que lo comencé allá por 2012, en mi primer año de carrera universitaria en Periodismo. Ya han pasado seis años. Madre mía. Y sigo encontrándome aquí, en este blog desangelado y desatendido. Dispuesto a escribir una vez más. ¿Qué es lo que pasa? Hoy me ha saltado un mensaje de WordPress diciendo “¡¡Feliz Aniversario!!”. Y aquí estoy otra vez. Escribiendo. ¿Por qué? Creo que muchas veces, la mayoría de las cosas que hago no tienen explicación.

Lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Un espacio donde desperdigar palabras y nombres, en el que vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.

Animado por Eva Campos, mi profesora de ‘Innovaciones tecnológicas aplicadas al periodismo’ (un título de asignatura con un cariz bastante prehistórico en cuanto a cultura digital se refiere), decidí hacer un blog que documentara mis pasiones verdaderas: la escritura y el Rock&Roll. Recuerdo que vino hacia mi silla y vio que ponía en el subtítulo: “jazz, doo-wop, post-rock…” y una infinidad de estilos más de los que en su momento yo me creía el altavoz. Y me dijo “¿Te gusta el jazz?”. Yo no había pasado de los discos de Coltrane y Davis, pero si ponía “jazz” en el subtítulo ya se suponía que estaba hecho un ducho en la materia. En todo caso, lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Y ese era el ambiente propicio para este blog, un blog donde encontrar todo lo que mi mente frágil y maltrecha de adolescente discurría y podía adquirir, un espacio donde desperdigar palabras y nombres, vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.


La verdad, los mejores profesores son los que, sin una intención real manifiesta o sin querer, te animan a emprender grandes caminos de una forma entusiasta y completamente desinteresada. No el típico chapas que te viene diciendo lo que tienes que aprender de cara al examen o qué debes hacer para ganar dinero y procurar tener una vida digna y cómoda. De alguna forma, le estoy agradecido a Eva, en donde quiera que esté o si lee este post.
Ya hace seis años. Se me ponían los ojos como platos al leer a William S. Burroughs así como toda la literatura beat, lloraba borracho en la calle con las melodías de Tom Waits y tenía alucinaciones mágicas sin apenas consumir ninguna droga aparentemente letal con los discos de My Bloody Valentine o Radiohead. Por poner algunos ejemplos. Eso era la adolescencia y así la pasé. Para las personas de mi generación, la adolescencia todavía no ha acabado, y espero que dure unos cuantos años más. Aunque a decir verdad, ya todos parecen más adultos.


Incluso yo me veo como un adulto. Tengo un trabajo estable y hago lo que quiero, lo que siempre quise: escribir. La sensación que arrastraba desde el instituto, ese impulso irrefrenable y apasionado de coger el bolígrafo y escribir en el folio en blanco permanece en mí, y ahora sé que se va a quedar conmigo para siempre. Pase lo que pase, haga lo que haga.

La música es el catalizador de toda relación humana con el mundo y las personas. Es el lazo que une y ata para siempre, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y quiénes vamos a ser

En los últimos meses, he abandonado la literatura y la poesía y me centré en escribir reseñas de música. Qué mejor placer que el de desentrañar discos, tanto actuales como del pasado. A decir verdad, la música es el único valor intangible y permamente que siempre está ahí, más que la propia literatura o el tan cadudo periodismo. Lo digo y lo diré siempre: la música es el catalizador de toda relación con el mundo y las personas, con el entorno. Es el lazo que une y que ata para siempre, la verdad inmutable que desentraña todo proceso o acción, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y qué vamos a ser. Una forma de amar verdadera y real, más allá de los gestos o las emociones.


La música es lo mejor de la vida. No exige nada, solo ofrece. Ni siquiera es interesada, vanidosa o engreída, siempre está ahí para vincularte al rugir imperioso de la experiencia y del anhelo. Del gozo. Dicen por ahí que la vida se mide en momentos, y mis mejores momentos están llenos de música, incluso en el más precioso silencio, donde solo los sonidos corrientes funcionan como escalera a la más alta cumbre de la sensación.

Todo esto gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Dedicaba mi tiempo libre a escribir. En la etapa de parado desesperado puedes hacer muchas locuras. Yo me mantuve firme en mi compromiso con la palabra. Proyecté la novela que tanto ansiaba escribir y que nunca llegué a terminar. Fue en vano. Quizás ahora consiga fuerzas para hacerlo. Al final, la cotidianidad y el trabajo sepultaron toda tentativa de imaginación. Tuve la suerte, la enorme suerte, de poder trabajar en lo que siempre quise trabajar: escribir en un medio de comunicación. Y así me llegó la oportunidad, sin esperarlo ni imaginarlo. La enorme suerte de aprender de periodistas de verdad, de oficio y de carrera. Todo gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y a las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Char (Hola de nuevo)

Hace unos meses que no actualizo el blog. Se ve que ha llegado la hora en la que por fin pierdo la esperanza y de forma silenciosa abandono este espacio intangible llamado Internet. Hay más de 25o posts aquí. Casi 300 publicaciones que forman parte de todo lo que he sido desde que empecé la Universidad. Tampoco he sido. Solo a veces. Cuando la lucidez me invadía y me sentaba frente al ordenador para publicar alguna entrevista, escribir una opinión, muchos poemas y, sobre todo, creer en la música y la literatura, los dos grandes temas generales de mi blog.

Actualmente, estoy trabajando como becario en la edición local y regional de El Mundo, El Diario de Valladolid. Estoy trabajando en lo que me gusta de verdad y lo que escogí por vocación. A pesar de todas las dificultades y contradicciones que la profesión entraña, estoy bastante contento. Es periodismo. Me permite entrar en contacto con otras realidades y conocer, al menos mejor que antes, como funciona la sociedad en la que nos hallamos inmersos, conocer sus preocupaciones y sus denuncias, ver desde arriba toda la estructura de poderes que hay montada: quién lucha, quién padece, quién firma, quién reparte y quién manda. Quién y qué piensan. Me he enfrentado a reportajes que iban desde un árbol caído en el parque más famoso y concurrido de la ciudad a reportajes de los que sentirme orgulloso y realizado. 

He comprobado la función social de la comunicación de masas, y el compromiso que contraes con la gente a la que estás escuchando e informando. Pienso en los ERES de Lauki y Dulciora. En sus más de 500 familias a la espera de ver cómo se pierde su puesto de trabajo. Y, también, el haberles visto luchar con todas sus fuerzas para que eso no suceda. Valladolid es una ciudad cuya industria se basa principalmente en la agroalimentación y el automóvil. Hay un montón de familias con un millón de historias detrás. Puede sonar kitsch. Lo acepto. Siempre he intentado encontrar historias, la mayoría de las veces en forma de ficción y según mi propia imaginación; en el caso del periodismo te das cuenta que hay un montón de historias reales esperando ahí fuera. Ya no eres tú, son los demás. Sus historias, sus vivencias, sus opiniones y sus vidas. El periodismo es el germen de la escritura creativa. Porque escribir sólo de uno mismo, al final puede resultar patético, infantil y tedioso. Cuando haces periodismo tienes que hablar del Otro. Y eso es importante: es la expresión global de una sociedad, por muy podrido, manipulado y vendido que sea. 

Hay que reconocerlo: ya no escribo tanta ficción como antes, estoy demasiado ocupado con la realidad. Los horarios matadores que tengo me están haciendo adquirir la conciencia periodística de perseguir la noticia; lo actual, lo inmediato, lo espontáneo. Y, sobre todo, escribir. Siempre. Escribir. Antes de ser periodista, es decir, antes de haber trabajado en un periódico, tampoco dedicaba tanto tiempo diario a la escritura. Ahora es mi trabajo. Como mucho, aguantaba hasta las dos horas escribiendo. Cuando estás en contacto permanente con la información y el lenguaje durante ocho horas diarias, que es lo que estoy, aprendes a dominar mejor las palabras y sin duda creo que esta profesión ayuda a expresarse mejor y a escribir correctamente. Aunque mis textos acaben llenos de erratas pues, ¿si no te equivocas como esperas hacerlo bien? 

Ahora escribo como pinta un artista, como toca el piano un músico, como se sube al andamio un albañil… Escribir de forma más realista. Y, por supuesto, saber aplicarlo a la ficción. Calibrar mejor ambas dosis. Descubrir historias. 

Tras esta parrafada, quiero cerrar este post con el nuevo single de Crystas Castles y su correspondiente traducción. Al leer las lyrics en Internet me encantó. Y pensé en subirla al blog, como ya he hecho alguna vez con canciones de Crystal Castles.  Sin más, volveré por aquí más pronto que tarde, estoy seguro. 

CHAR

(by Crystal Castles) 

(Traducción libre, que no libertina)

temo que te encuentren

y yo no puedo hacer nada

un siglo de tu tiempo incalculable

para cometer un crimen sin víctimas

jura que cuidarás de tus sarpullidos

jura que los castigarás con el látigo

puedes esconderte en mi diadema

pon una correa cuando vayan a por ti

al año siguiente dirás que no quisiste

les castigarás cuando te extravíes

ante la piel amarilla no pueden apartar la mirada

comienza una colección de escabeche

porque todo lo que haces es llorar

las termitas susurran para consolarte

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

temo que te encuentren

y yo no puedo hacer nada

un siglo de tu tiempo incalculable

para cometer un crimen sin víctimas

jura que cuidarás de tus sarpullidos

jura que los castigarás con el látigo

puedes esconderte en mi diadema

pon una correa cuando caminen sobre ti

al año siguiente dirás que no quisiste

les castigarás cuando te extravíes

ante la piel amarilla no pueden apartar la mirada

comienza una colección de escabeche

porque todo lo que haces es llorar

las termitas susurran para consolarte

y yo no puedo hacer nada

para cometer un crimen sin víctimas

un siglo de tu tiempo incalculable.

Domingo

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foto quemada

Han pasado dos meses en los que no he actualizado el blog. Tiempo que he gastado en buscar trabajo, leer, escribir y divertirme. También para pensar. Me engancho a juegos sencillos, como el solitario; nunca necesité de motivos importantes para sobrevivir al tiempo. Me he perdido en largos paseos por la ciudad, he subido a algún que otro tejado para otear todo desde arriba y comprobar que, tal y como me temía, nada es excesivamente importante. He estado escuchando mucha música y descubriendo grupos nuevos. También he asistido a algún que otro concierto de la ciudad; ante todo, hay que apoyar tu escena local. He ido a alguna exposición y he tomado contacto con gente del arte de diferentes disciplinas. He buscado la inspiración en pequeños detalles y sensaciones de la vida cotidiana; se dice que para ser feliz necesitas enamorarte de las pequeñas cosas. El tedio no me molesta tanto. Nos hemos acostumbrado al frío.

También he estado pensando en nuevos proyectos y en nuevas ideas que un día quizás, sacaré adelante. Entre ellos, un disco de música experimental que exigirá bastante paciencia por parte del oyente. Un EP de una banda ficticia que aún no tiene nombre definitivo. Alterno grabaciones de teclado y órgano con partituras de guitarra. Tendrá spoken-word, música ambiental, algo de folk rock, distorsiones e idas de olla. Supongo que gustará a pesar de su pésima calidad de sonido, pensada a conciencia y que seguramente levantará algunas ampollas a quien se asome a su contenido.

A su vez, sigo con la novela; nunca se acaba. He estado recopilando textos que he escrito desde este tiempo para atrás y el volumen de archivos Word creados y guardados en la memoria USB donde guardo todos mis trabajos da miedo. Demasiado que quitar, que corregir y que pulir. He conseguido engancharme de verdad a las historias de los personajes ficticios que he creado y la emoción es lo único que me ayuda para seguir adelante y terminar de una vez.

Por último, y como tampoco quería hacer un post tan largo, os dejo con una canción que he traducido. “The Whale Song” es una canción perfecta para una noche de domingo, del grupo de rock alternativo estadounidense Modest Mouse en su EP No one´s first and you´re next.

LA CANCIÓN DE LA BALLENA

(por Modest Mouse)

(Traducción libre que no libertina)

 

 

supongo que soy un explorador

así que debo encontrar una salida

así todos podrían encontrar una salida

nos mantienen dentro

para echarnos

estoy ascendiendo

pero desearía estar hundiéndome

y no es como

si hubiese habido una advertencia

fuimos felices

y no es como

si hubiese habido que lamentarse

en la advertencia

supongo que soy un explorador

así que debería haber encontrado una salida

así todos podrían encontrar una salida

en lugar de ver, un vecino afuera

dios, debería haber encontrado una salida

fue la última vez

que fuimos felices

algún día fuimos felices

supongo que fui un explorador

así que debería haber encontrado una salida

así todos podrían encontrar una salida

Mamá y yo. Principios de Rock: “Wolfmother”.

Cuando las tareas literarias o de estudio me obligan a salir de casa para acudir al otro punto de la ciudad en busca de una biblioteca llena de más estudiantes como yo y me obligo a levantarme a una hora pudiente, mi madre se ofrece a acercarme para que así no tarde tanto con el camino más lento, que es el autobús urbano.

A través del camino, escuchamos viejas cintas y discos de la buena época, como la llamamos. Bowie, el viejo Lou, Nina Simone, Rolling Stones, the Doors, Deep Purple, Yes, Al Stewart…y una lista más que extensa. Siempre que llegamos al final del recorrido, escuchamos lo que es el single, la canción del disco, la elemental. Entonces es cuando desenfundamos un Ducados de nuestras respectivas cajetillas de tabaco para comenzar el día. Y nos quedamos ahí parados, estancados, viendo como la ciudad comienza el día. Dos generaciones distintas, unidas. La música, la unión. Una belleza, el instante se podría decir. También se podría decir que si esto fuera un anuncio de Kinder o de Actimel con las interesantes y pintorescas juventudes del PP a la cabeza, expresaría la mítica frase ridícula de familia feliz hecha y derecha a la imagen del sistema, “es nuestro momento”.

No. No hay frase. Ya habla Bowie con su frase (Ground control to Major Tom…), Marc Bolan (Children of the revolutiono Jim Morrison (Riders on the storm…). 

Esta mañana la enseñé mi nueva adquisición discográfica. Un grupo llamado “La madre del lobo” o Wolfmother, con su disco homónimo. Mi madre, como pensaréis, ha flipado. Saltaba “Woman”, y no paraba de sonreír, dios, es Led Zeppelin. O el puente de “White Unicorn”, esto son los Doors! Por no hablar de “Vagabond”. Mi madre estaba en una nube. Y más cuando le dije que era un grupo moderno. El disco de Wolfmother ha sido como una metáfora de nuestras situaciones. Una música de otro tiempo adaptada a la modernidad. Mi madre y yo, unidos en el tiempo, en un espacio donde el tiempo deja de serlo, donde no importa cuándo nací yo ni ella, sino que estamos ahí escuchando lo mismo. Lo que ella escuchaba en su tiempo, sigue hoy en día. El mánager de los Beatles menciona en un reportaje expresando la notable fama de su grupo con la frase de “esta banda es tan grande que en el próximo milenio se seguirán escuchando sus canciones”. Wolfmother es un grupo que atestigua esa declaración. A todos los nostálgicos de música antigua, de la música buena, devolverles su tiempo. Vi en los ojos de mi madre lo que veo yo ahora en los míos con mi música. No ha habido nada mejor. Identificación al cien por cien. ¿Por qué seremos tan iguales? ¿Los genes? ¿El puto tabaco? La música. Que no solo sirve para bailar por mucho que intenten demostrarlo la publicidad y la cultura del stablishment de estos tiempos.

 Sin duda, os recomiendo a este grupo si no lo habéis escuchado. Cabe decir, que lo escuchas un rato y te puede llegar a cansar. No porque sean todas las canciones iguales, sino porque teniendo a los Stones o a Black Sabbath en tu habitación, para qué imitaciones. Sin embargo hay que tenerle bastante presente, pues creo que este disco es una especie de homenaje a todos esos grupos. Todas las grandes canciones de todos los grandes grupos clásicos se pueden ver en el disco. Un ejemplo es la canción “Love Train”, que sin duda esos ritmos no pueden salir más que del “Simpathy for the Devil”.

Mi favorita es “Vagabond”. Primero por la mezcla de banjo con electricidad, a lo country-rock. Luego, porque lo único que expresa es libertad. Eso que siento cada vez que me meto en el coche con mi madre y que sirve para evadirse y disfrutar totalmente de las voces que un día se apagaron o que a día de hoy les cuesta arrancar, y que, por supuesto, Wolfmother pone en himno. Como bien dicen sus versos:

Cause I tell you anything about livin´ free.

Cómo agarrar por los cuernos el “Baba O´Riley” de the Who sin que Roger Daltrey ni Pete Townshend se enfaden de alguna manera. Lección #666.

1. El acid-rock de los Who suena guay en mi cuarto.

2. La vuelta de París ha sido agradable. Volver a casa tras dos semanas fuera me ha reportado volver a recomenzar todo de nuevo con vistas a nuevos proyectos e ilusiones de futuro que espero alcanzar algún día. También echaba en falta a gente que espero ver en los próximos días.

3.  La vuelta de París no ha sido agradable. Me pareció demasiado poco tiempo para hacerme con la capital francesa, aún así tengo recuerdos imborrables que permanecerán intactos por más que pase el tiempo. Creo que el ir a París me ha cambiado de alguna forma. Se ha dibujado aquel lugar como el lugar de mis sueños.

4. Retomar un par de contactos sociales y preparar con Love In Veins lo que podría ser nuestro homenaje a tres años de carrera musical que después de Agosto permanecerá en puntos suspensivos y decisiones. Tocaremos en Plaza Colón delante de un montón de personas para un concurso de Valladolid. Os iré informando en cuanto tenga la fecha concreta por si estáis de camino y deseáis venir.

5. El acid-rock de los Who suena tedioso en estos días de verano.

6. Lo pasamos muy bien y sin duda han sido de los mejores momentos de nuestra vida (o por lo menos de la mía). Love In Veins está en todos vosotros que habéis sentido algo especial al escuchar nuestros temas. El encontrarte con gente que saca a la calle una camiseta con el logo del grupo no tiene precio y más todavía que sean de Madrid y otros lugares en los que casi ni has estado y te paren por Cantarranillas a altas horas de la madrugada y con cachis de cerveza en la mano, Juggermaisters saliendo de la barra y futbolines melancólicamente abarrotados.

7. La novela sigue en activo más que nunca. Solo necesito el empuje final que me lleve al final de una manera inmediata. Y claro, todo eso hay que escribirlo, pero la forma ya la tiene. Bastante contento con ella. Seguiré informando.

8. Ahora recopilaré antiguos poemas para un nuevo poemario que tengo pensado presentar en un concurso local. También espero volver a la senda poética y crear nuevos. Pero ya sabéis amigos, que la poesía te coge en callejones cerrados y sin salida. Hay que escuchar. “Permanece angustiado” (sic.) Sacarle la navaja y enfrentarte a ella para que haga deslizar la palabra y no sacarla a la fuerza como si fuera una especie de ciencia. Os mantendré informado de todo ello,  aussi. 

9. Cómo mola la versión ácida de los Who del “Twist & Shout”. Demasiado buena. Demasiado bueno el Who´s Last (1984, año de Orwell, me acaba de venir a la mente xD). Cómo molan los Who. Cómo molan.

10. Entiendo a Cortázar cuando en sus múltiples entrevistas afirma que París tiene algo especial para la mente incansablemente activa de un escritor/escritora.

11. Me puse definitivamente enserio con “La broma infinita” de David Fucking Wallace, como lo llaman por algún blog de por ahí que hace que no pueda evitar una risa crónica. Voy alrededor de la página 400. Creo que cada vez consigo atrapar más el meollo, pero a medida que sigues leyendo también sufres la sensación de hallarte más perdido. Este libro algún día acabará conmigo. Con todos nosotros. Tengo pensado a raíz de su lectura nuevos contenidos en mi blog sobre DFW y LBI. Os sorprenderán (eso espero).

12. Sin duda, la mejor canción de los Who, salvando el himno “My Generation” es “Baba O´Riley”. Cómo molan.

13. Siguiendo por ahí, ya he encontrado mi lista personal definitiva de las 20 mejores canciones del Rock&Roll y cuando las tenga aclaradas no dudaré en compartirlas con vosotros, abriendo una nueva sección/categoría dedicada a lo que se me antojan las piezas más bellas de la historia de la música popular.

14. Seguiré leyendo LBI como una rata en la habitación. Devorando y desgajando cada palabra. Encontrar en una palabra un mundo. Única función del poeta. O como diría Leopoldo, a quien tengo que volver también en breve, “contar ciervos en el llano/ es deporte de poeta,/ de hombres es buscar avaro/ placer en una cuchara/ oro en el excremento/ para que el aullido muera.”

15. Other voice: “como un viejo chupando un limón seco/ así es el acto poético.”

16. Os dejo con estos agorafóbicos versos del maestro Leopoldo para retirarme a leer/seguir con los Who/hacer la comida/ir al bar a por una cañita mañanera/THC.

17. Qué bien suenan los Who en los tiempos de hoy. Qué bien.

Non, je ne regrette de rien…

 

y ahí estábamos, sur les Champs de Mars, cuatro chicos vallisoletanos al borde del eclipse parisino completado con Champán barato y cigarrillos express, a los pies de la Gran Torre y con los ojos húmedos una noche lluviosa de Agosto, como cualquier canción del genio Jim Morrison & the Doors. Y no nos arrepentimos de nada, como diría la Piaf con su canción que tantas veces escuchamos en la capital de las luces.