El hombre que casi conoció a Mick Ronson

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“Mira, tío”, me decía llevando la vista a una fotografía antigua.

Se trataba de Alex, uno de los mejores amigos que tuve y que algún día, sin saber por qué, dejamos de vernos.

Era un fanático de Bowie y sus Arañas de Marte: llevaba toda su adolescencia buscando el vinilo original, el fechado justo en el año en el que salió al mercado, la primera edición musical en plástico coleccionable del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”.

Yo, como muchos me conocéis, siempre fui más de Lou Reed. En las largas tertulias que teníamos en el colegio y en mi habitación siempre me ganaba, alegando que el “Transformer” de Lou Reed era una absoluta copia del “Ziggy Stardust”, y que Lou Reed dejó en manos del Duque Blanco todo el disco. “Puede ser”, le respondía yo, “pero <<Walk On The Wild Side>> es una canción que Bowie no hubiera podido hacer jamás.”

Ahora muchas veces cuando vuelvo a escuchar “Walk On The Wild Side” no me acuerdo ni de Alex ni de Lou Reed ni de nada: solo pienso en cómo, dónde y cuándo moriré, algún día, en un futuro que espero lejano.

Alex se fue de mi ciudad nada más acabar la E.S.O. Justo cuando comenzamos a flirtear con drogas suaves. Justo cuando empezamos a vivir la “época rock” en la vida de una persona. El takeawalkonthewildside. Cuando en el recreo corríamos a escondernos en la esquina más oculta para fumar un pitillo discreto, intentando ser ajenos a la vista de los profesores que vigilaban celosamente de que todo fuera correcto, sintiéndonos libres e irresponsables, un poco punks, viendo eso de fumar en el colegio como una especie de trastada. Toda esa rebeldía adolescente hizo que comenzaran a caer suspensos.

A Alex le caían más que a mí, ya que yo, al fin y al cabo, siempre mantuve un poco la cordura.

Ello deparaba a Alex graves discusiones familiares, hasta que, tras acabar la Educación Secundaria a golpetazos, le obligó su madre a ponerse a trabajar dándole con la realidad en las narices con eso de que “tú no eres de estudiar”.

Entonces, le perdí por completo de vista.

Los primeros versos que escribí fueron en clase de Lengua y Literatura, a la par que Alex, mientras el mareo del cigarro mal liado de tabaco Virginia castigaba nuestras gargantas puras aún. Yo nací en la poesía con versos cursis, muy románticos e infantiles, como bien puede ser el inicio de cualquier poeta. Alex, sin embargo, solo hablaba de su idolatrado Ziggy Stardust. Yo le decía que lo que escribía no era poesía porque no rimaba. Ignorante de mí. Seguramente muchos de los poemas sin rima que escribía Alex a David Bowie y a su teatro musical tenían por entonces muchísima más calidad que toda la sarta de gilipolleces en verso que he escrito yo ayer, hoy y mañana.

Fueron unos años bonitos pero también muy conflictivos.

Éramos los “raros” de la clase. Pasábamos de cero a cien en nada, de la vitalidad y la fuerza, a la angustia, la soledad y la tristeza. Tal como ahora. Pero creo que antes no estaba tan controlado, a diferencia de ahora. Eso quizás es lo que nos empujó a escribir. A ser auténticos en lo que hacíamos. A ser nosotros mismos y mandar a la mierda a todo aquél o aquello que se nos pusiera encima.

Eso es el punk: buscar otro camino. Aceptar tus diferencias respecto al resto y, de alguna forma, llevar las cosas a cabo por otro camino. Ahora me pregunto si Alex seguirá escribiendo, al igual que yo.

La fotografía que nombraba al inicio enseña el camerino de una de las actuaciones de Bowie y su banda en la gira del Ziggy Stardust. En ella, posan el padre de Alex y Mick Ronson, mano derecha de Bowie y productor del disco.

Alex hablaba de su padre, que murió desgraciadamente cuando él tenía tan solo nueve años, como aquél que una noche tuvo la oportunidad de ver al Duque. Alex quería haber estado allí, en ese camerino sucio de algún lugar de la gira europea del grupo de rock, al lado de su padre, conociendo a las Arañas de Marte. Cuando Alex era niño, su padre le aseguró haber hecho todo lo posible por acceder al camerino de David Bowie, pero un portero se lo impidió por la fuerza. Así que se tuvo que conformar con una foto y el intercambio de unas pocas palabras con Mick Ronson, mano derecha de Bowie.

Yo, para disputar sus palabras, describía también los grandes logros rockeros por parte de mi padre:

Bruce Springsteen en el Estadio Calderón en la gira del “Tunnel Of Love”.

Prince y Michael Jackson, cuando ambos atravesaban su buena racha.

Lou Reed, en un teatro escondido de Salamanca en la gira del “New York”.

Pero mi padre nunca estuvo en un camerino de alguien famoso, como el de Alex. Mi padre era más disperso en cuanto a artistas, al contrario que el de Alex, que, al igual que su hijo, para él solo existía David Bowie. Y para mi amigo Alex esa foto simbolizaba lo que comúnmente se suele llamar “triunfo”. Esa foto en la que se veía a su padre de joven cuando aún él no había nacido, al lado del guitarrista de David Bowie, simbolizaba para Alex todo. Posiblemente, la gloria reflejada en una imagen, el éxtasis de toda una vida de seguimiento a un solo artista.

Y ahora me imagino a Alex tirado en su habitación escuchando “Rock&Roll Suicide” mientras Bowie susurra a voz en grito que no está solo.

Yo terminé el Bachillerato e hice Periodismo. Para entonces, no volví a ver a Alex. Quizás esté en otra ciudad buscando trabajo. O trabajando, con suerte. La verdad, nunca he intentado buscarle, lo que se dice, en serio. Pensé en lo que nos diríamos si nos volviéramos a encontrar. Después de haber compartido tantas aventuras y momentos en nuestra adolescencia se haría difícil. Sería un trago complicado.

Él muchas veces decía que iba a ser músico, como David Bowie. Yo probé también con la música, más o menos a la edad en la que dejé de tener contacto con él. Pero había demasiadas cosas. Por ello me metí en Periodismo, siguiendo la línea parental de gustos dispersos. Vi en el Periodismo un oficio en el que había de todo y a mí siempre me gustó ese “de todo”. A Alex, como a su padre, solo le gustaba David Bowie. Yo, como mi padre, me abrí a muchos más géneros musicales y artistas. Y quizás esa fue la razón por la que escogí Periodismo una vez llegado el día. Porque necesitaba estar pendiente de cualquier cosa. Quizás para sentirme ligado a ello, al mundo, a las personas, ligado a todo.

Ahora vuelve a sonar “Walk On The Wild Side” y no me acuerdo de Alex. Ni de Lou Reed. Ni de David Bowie. Ni en los cigarros que fumábamos a escondidas en el recreo. Ni del padre de Alex. Ni en Mick Ronson o en la fotografía. Solo pienso al escuchar la voz de Lou Reed rasgando el silencio de mi habitación en cómo, dónde y cuándo moriré.

Quizás la canción que más me haga pensar en Alex y en el tiempo que compartimos sea aquélla titulada “Life On Mars?”. El único temazo de Bowie que gustaba a Alex fuera del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”. Creo que la razón por la que pienso en él es por el significado intrínseco de la canción. Porque el recuerdo de Alex, tal y como demuestran estas líneas si las han leído con atención, es el de un chico totalmente atolondrado que presumía de tener un padre, que además de muerto, veía como triunfador, solo por haber llegado al camerino de la banda de Bowie. Pero no con Bowie mismo, sino que con su guitarrista. Con lo que ese triunfo no es completo, no está entero. Al fin y al cabo, me hace pensar que ese mismo triunfo no es más que una ilusión: Mick Ronson es una ilusión, el recuerdo es una ilusión, la lucha por la vida y por todo lo que quieres es una ilusión… Esta es una de las razones que me dan pie a pensar en lo absurdo de la existencia.

En lo vano que es todo esto de vivir.

En lo desgraciados que somos.

Alex a veces se me aparece en sueños diciendo que ha encontrado vida en Marte, “sentado en un trasto de hojalata, viendo el inmenso color azul del planeta Tierra, sin nada qué hacer”.

Pensándolo bien no quiero volver a ver a Alex. Ni en sueños siquiera. Supongo que seguirá buscando, esta vez por Internet y como loco, el LP original del Ziggy Stardust del año en el que salió al mercado, y que por error a su padre algún día se le olvidó adquirir en la época.

Pero bueno, al fin y al cabo todo esto es un jodido error, ¿no?

¿Aún no han escuchado mi canción favorita? 

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Tras el abandono de los actores, el público desaloja la sala en silencio

Toda mi vida ha sido un fraude

David Foster Wallace

Toda vida es un proceso de demolición

F. Scott Fitzgerald

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Escribíamos sobre drogas porque nunca tuvimos la libertad y valentía suficiente para tomarlas, 

dormíamos en hoteles de mala muerte porque teníamos en nuestras manos libros de Bolaño,

fingíamos desmayos en lugares públicos y en conciertos porque se lo vimos a hacer a alguien en la televisión, 

nos emborrachábamos hasta acabar con nuestros hígados porque era lo único que no aparecía en el guión de la felicidad de los anuncios de Coca-Cola,

nos alimentábamos de animales muertos y comida basura porque pecábamos de hambre tras tardes enteras fumando marihuana,

no creíamos jamás en el verano porque era depresivo y aburrido, 

preferíamos en su caso el frío debido a que era extraordinariamente bello pasear con abrigos largos, 

fumábamos en los bares cigarro tras cigarro al descubrir que la sala no tenía escape de humo,

escribíamos largos poemas porque creíamos en la resurrección en alguno de nosotros de Allen Ginsberg, 

conducíamos de noche escuchando “Riders On The Storm” solo para ver si a la mañana siguiente seguíamos vivos,

nos encerrábamos en habitaciones de diez metros cuadrados para ver cuánto tardaba cada uno de nosotros en salir, 

cuando éramos niños nos enganchamos a la Game Boy, cuyos juegos nunca nos enseñaron la muerte de Pikachu, y para cuando le asesinaron ya fue tarde,

comenzamos a ver películas porno a la edad de 12 años, con lo que nuestra primera vez no fue tan tan tan tan

subíamos fotos a Instagram de nuestras aventuras para que todo el mundo creyera que nos lo estábamos pasando bien de verdad

creíamos en la revolución sin movernos de casa, 

pintábamos en las paredes grafitis WORKING CLASS, allí, en los barrios donde nacimos 

y luego nos acomodamos en sucios y caprichosos chalés adosados en zonas residenciales,

íbamos a los hospitales al filo del amanecer exigiendo la B12, 

nos dolían las muelas y no dijimos ni mu

no teníamos ni tenemos concepto de la verdad y no nos importaba ni importa,

creíamos que todo se resumía en un acorde de Mark Knopfler, 

conseguimos jamás llorar con las películas románticas, dejar de besar a las chicas con saliva, hacer el amor en sitios confortables,

nacimos para el excremento voluntariamente 

y nos hicimos excremento,

salíamos con chicas totalmente destrozadas porque nosotros también estábamos totalmente destrozados,

llorábamos de tristeza y emoción al leer poemas coprofágicos de Leopoldo María Panero cuando hablaba de su amada desde su exilio loquero,

viajábamos a París cada vez que la cartera lo permitía para morir aplastados por todos los spleen posibles de Baudelaire, 

arañábamos los transportes públicos con cúter y vomitábamos en su suelo,

nos hicimos vegetarianos porque creímos que estaba de moda, 

había mucha gente alrededor nuestro y 

no nos importaba,

no, 

y tal vez mañana este rostro que nos compone

no será jamás nuestro.

 

 

Chuck Palahniuk dura y dura y dura

Una dice:

-¿Has oído ese aplauso? Hemos ganado. Está claro que hemos ganado. 

Un joven borracho les dice:

-¿Y qué habéis ganado?

Y la chica dice:

No hay premio ni nada de eso, pero está claro que hemos ganado. 

Chuck Palahniuk, “Festival del Testículo”, de Error humano (Literatura Mondadori, 2005, traducción de Javier Calvo)

Chuckie siempre en las librerías…

Eso, eso otro y también eso todavía peor

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No crees en lo que escribes
vivíamos cinco en una habitación
dejábamos que los psicólogos nos estudiaran por dinero
lo gastábamos en licor de malta y en el tabaco
de liar más barato que encontrábamos
no nos querían en el trabajo y nosotros
sólo nos queríamos el uno al otro
cada amigo y sus cuerpos desnudos
cubiertos de goterones de pintura del techo y de vino
gays y heteros bailando culo con culo
extraños vagando y vagando y vagando y
ya nada era sorprendente ni vergonzoso
y luego el peso del tiempo, y luego su muerte a solas
y el tiempo y el tiempo y el tiempo y
hemos crecido, sabes que hemos crecido
con el xanax y el wellbutrin
el zoloft y el klonopin
el lexapro y el adderall
nos gastamos los vales de comida en el súper de whole foods
aprendimos a cocinar y a hacer yoga
ya no nos enteramos cuando el alargador
se rompe ni del sonido de tu cuerpo contra el suelo
somos cáscaras somos cáscaras somos cáscaras
y sabes que todos compartimos la misma sombra
BRITANNY WALLACE (VERSIÓN DE ELISABETH FALOMIR)

Lo que hacíamos cuando no había nada que hacer (III): “Tu supermercado personal”

[Hoy doy por terminado este curioso ciclo de relatos de ficción que algún día me vino a la cabeza escribir titulado “Lo que hacíamos cuando no había que hacer”. Este tercero, el último, lo he titulado “Tu mercado personal”, haciendo una especie de juego de palabras con los títulos de los otros dos relatos (aquí el 1 y aquí el 2). A modo de conclusión de los anteriores. Vuelvo a avisaros que son relatos de ficción, aunque parezcan autobiográficos o no se entienda como ficción, las historias que aquí se cuentan son mera invención mía. Espero que os guste esta última parte, que por el contenido, parece que dará que hablar.]

Super personal

Voy caminando dirección San Pablo con el corazón encogido y la boca seca, hiperventilando, supliendo la ausencia de sustancia con el café y los cigarrillos, ahí voy, yo y mis pies tan desactivados por la tormenta de ideas que ahora sacuden mi mente, con la cabeza gacha y las manos sudorosas. He quedado con El Rubio y Maliboo para tomar un poco, aquí, en el ala norte de la ciudad. Son las ocho de la tarde y hace un calor espantoso, cosas del mes de Julio, pienso. Aún estoy a tiempo de no ir y no arriesgarme y poner un poco todo en orden, o eso es lo que pienso, mientras Nick Cave canta como un lobo sobre los acordes de “Higgs Boson Blues.”

            Llego a San Pablo con la boca seca (esto ya venía de antes) y en los auriculares tronando reggaetón, vamos a pasarlo bien, pienso, cuando encuentro sentados en la acera a El Rubio y Maliboo. El Rubio, galán vallisoletano donde los haya, con su melena cayéndole por los hombros sucia y desangelada. Maliboo, presa del pánico underground de los garitos más sexys y atractivos de la ciudad, se las daba de gogó para costearse la merca.

            Esto va por el odio y nada más, esto va por el odio y nada más, pienso mientras estrecho sus manos tan sudorosas como las mías.

            Maliboo dice que hay que tener cuidado, que las redadas por esta plaza han aumentado de aquí a unos días considerablemente, que al menor indicio o señal de “coche azul a la vista” salgamos corriendo y tiremos todo o mejor se lo demos al kiosquero y él ya sabrá, o a cualquiera que pase sea hombre o mujer, niño  o niña, abuelo o abuela.

            El Rubio apuesto galán y corcel, famoso por sus encargos de condones talla XL, masca chicle nervioso.

            Mientras esperamos, nos desesperamos y cabreamos. Tanto es así que el calor me hace ir a otra cafetería a por otro café. El café calma la sed de sustancias del organismo, pero no durante mucho tiempo. Conocí a un yonqui de por aquí que al verse sin dinero ni amigos a quien acudir, consumió ocho cafés en menos de seis horas, con lo que los más allegados a él, véase su familia, le descubrieron en la habitación tirado y le llevaron al hospital atacado de hiperventilación, ataque de ansiedad y depresión mental.

            Ahora El Rubio ha tirado el chicle y está fumando de manera compulsiva tabaco negro. Maliboo hace posiciones con sus manos pequeñas y sudorosas, evitando el aburrimiento.

            Al fin llega nuestro díler y admite cabreo, que si es imposible esto de encargos de última hora, que tenían que haber avisado antes… el pobre está sacándose las PAU para mayores de 23 años y argumenta que tiene el examen dentro de dos días y aún no había empezado a estudiar, y no estudiaría hasta que se librara de una vez de los negocios y el sacrificio que estos suponen, como ir a vender droga a yonquis de segunda mano como nosotros.

            Entonces el alivio es máximo cuando Maliboo tiene entre sus manos el saquito de hierba que espolvorea en la palma de su mano derecha para luego guardárselo en el sujetador apretadíiiiiiisssimo debido a que guarda unos pechos de la talla 100. El Rubio y yo agarramos un poco y también pillamos una papelina de cocaína.

            El Rubio dice que ha quedado con su novio gay y que se va ya. Maliboo y yo nos quedamos solos sin saber qué hacer, fumando el hachís y la hierba en la estatua de un duque o príncipe de no sé qué sitio, supongo que de nuestra ciudad, un personaje honorable en su tiempo, suponemos, y entonces nos quedamos en silencio pensando qué habría que hacer para ser “honorable” en los tiempos de hoy en día.

            La serotonina se libera y las neuronas se relajan.

            Look at me, I´m flying….

          Maliboo me pregunta sobre lo que voy a hacer ahora, yo la digo que pensaba ir a la biblioteca pública a coger prestado unos libros de poesía y novela, y ella dice que no tiene nada que hacer, que está muy sola y que no tiene nada que hacer de aquí a unos siglos, o eso pensé yo al ver su cara de aburrimiento y tedio consumiéndose con el humo del porro. Entonces yo le digo que me puede acompañar, que siempre voy solo a las bibliotecas y que es un lugar muy solitario y silencioso cuando no hay nadie con quien romper el sacrosanto ruido blanco de estudio o de papel viejo que flota en el ambiente. Nos metemos un poco de coca de la papelina que nos han vendido y marchamos rumbo a la biblioteca pública donde cojo un libro de Samuel Beckett que aún no he leído y otro de Nabokov. Maliboo solo lee cómics de Mafalda y así salimos y nos entran unas ganas espantosas de ir al baño, pero ya estamos muy lejos de la biblioteca, y el corazón se nos acelera fruto supongo de la crisis psíquica que debía estar tronando en nuestra cabeza, y es así cuando le invito a otro café para calmar la liberación de serotonina en nuestras glándulas adolescentes liberadas. Maliboo dice que tiene que ir al baño y que esté al loro por cualquier cosa que pueda suceder, dentro o fuera del bar, dentro o fuera del baño, que si tardaba mucho me largara, vaya yo a saber por qué, es lo que pienso, no sé la causa de su mandato, pero salgo a la terraza aún con el efecto del hachís en la mente y fumo tabaco negro mirando los coches pasar tan solitarios en esta tarde de julio, casi sin hacer el más mínimo ruido y creo que pienso que es una bonita escena digna de escribir algún día como hoy, y que debo sacar con el móvil una foto del instante y/o subirla al Instagram donde todo el mundo se preguntaría qué égloga urbana debe suponer una foto de una calle vacía en la que pasan 1 o 2 coches. Así Maliboo sale del baño antes de lo que pensaba y le agarro de la mano y le doy un beso en la mejilla pudiendo oler su sudor cayendo por su frente joven de manera estrepitosa y constante. Entonces me miro la camiseta y veo que está totalmente empapada y soluciono con que debemos de ir a algún lugar con aire acondicionado.

           Vamos los dos de manera lenta para evitar la hiperventilación ahora causada por el efecto de la coca y vemos a las parejitas por la calle caminar a nuestro ritmo, para lo cual nos quedamos de nuevo en silencio, pensando seguramente en nosotros, en si alguna vez podríamos ser una de esas parejitas cursis y broncíneas, que van a la piscina los días de verano y se van de viaje a un lugar de costa. Para entonces Maliboo saca su mp3 poniendo música mákina y bakala house,

          dónde están los nervios con esta música, pienso yo,

        para lo que enciendo un nuevo cigarro de tabaco negro y doy una calada gigantesca, paso la canción y escuchamos 

           

            Entro en un bar para mear donde me llevo el susto de mi vida cuando de repente noto en la nuca el filo de una navaja de un furioso cuáquero cani de mierda que parece afectado por la subida de la hipoteca. Le digo que paso de sus líos y cubriéndome, salgo del baño sin mear por el susto, agarro a Maliboo por el brazo y volvemos a correr.

            Pienso en la comedia humana mientras entramos al Corte Inglés del paseo más largo de toda la ciudad, y con las luces y toda la decoración, la estampa tiene el fruto del sueño o en los peores casos, de la pesadilla. Y entonces se me va completamente la pinza y hago presionar mis dedos contra el pubis de Maliboo que en vez de darme una torta bien merecida en medio de todo el centro comercial me sorprende haciendo meter su mano derecha hasta el codo por la parte trasera de mi pantalón llegando a pellizcarme los huevos desde atrás. Estoy empalmado completamente y le digo que tengo que ir al baño y me dice que me acompaña y le digo que no tengo condón y entonces ella me dice que no importa, que se la meto por el culo y ya está, y yo le vuelvo a decir mintiendo que mejor no, que drogado no se me empalma y ella me dice que está chorreando por las bragas y yo le vuelvo a decir que vale, que podemos ir al baño pero que de sexo nada, que no estoy para muchos trotes, y ella se extraña poniendo 😦 , y me dice que si tengo novia o algo y si esa es la razón por lo que no quiero tener sexo con ella, y yo con la vista torcida y dibujando líneas en los círculos, le confieso que no me gustaría hacerlo en un sitio comercial, que me da vergüenza, con lo que acabamos en el baño de chicas en ropa interior debido al calor y sin tocarnos, una vez que ya me bajó la erección, fumando otro porro, y entonces yo pienso en la hora y veo dos relojes en sus pechos de talla 100, y me quedo mirándoles muy fijamente y entonces ella me dice que puedo chupar, y justo cuando voy a deslizar mi lengua por su carne tersa aparece el guardia de seguridad dando portazos amenazando con llamar a la policía y salimos despedidos de allí casi sin ropa, y corriendo por todo el centro comercial. El pulso se me acelera con lo que vuelve el efecto de la coca, produciéndome un agudo esfínter ayudado por las cuatro o cinco erecciones que he tenido durante el día, haciendo que me mee encima. Y bajamos corriendo por las escaleras metálicas, bajando piso tras otro deprisa, hasta llegar a la calle, donde seguimos corriendo, yo sin camiseta y ella con un pecho al aire, solo protegido por el sujetador apretadíiiiiiissimo a punto de desbordarse.

         Llegamos al parque de la ciudad donde procedemos a vestirnos y nos tumbamos en la hierba descansando, cuando me entra la tos aguda y decido liar un cigarrillo para entretenerme con algo, mientras Maliboo descansa a mi lado como si estuviera muerta. Toda mi ropa mojada de sudor y orina se seca al sol en el parque y cuando Maliboo parece que reacciona es para darme un beso en la mejilla, entonces miro en la mochila y no están los tres libros de Samuel Beckett, Nabokov y Mafalda, nos los hemos dejado en el baño. Entonces pensamos que tarde o temprano nos pillarían y no tendríamos nada que hacer, salvo evitar las cartas al correo de la policía o el ministerio ordenándonos pagar una multa por escándalo y fumar en un sitio público.

            Entonces yo pienso sobre qué hay que hacer para ser feliz en esta vida y pienso que al fin y al cabo estoy en uno de esos momentos felices, con Maliboo tumbado en el parque, mi pequeña dama alucinógena, y le lío un cigarro y fumamos muy quietos y juntos sintiendo el frescor del anochecer acariciarnos la nuca y la cara. Y ella dice que si me he meado y yo le digo que no y entonces ella dice con curiosidad que por qué huelo tan mal y yo le digo que no uso perfume y cuando corro transpiro mucho, y ella me abraza como se abraza a un árbol caído al que pronto van a talar. Y yo le abrazo tras un instante y compartimos ese momento de intercambio de fluidos en un beso que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y 

Vermillion (She isn´t real, I can´t make her real)

Ver

She seemed dressed in all of me stretched across my shame. All the torment and the pain leaked through and covered me. I’d do anything to have her to myself, just to have her for myself. Now I don’t know what to do, I don’t know what to do… when she makes me sad.

She is everything to me, the unrequited dream, the song that no one sings, the unattainable. She’s a myth that I have to believe in, all I need to make it real is one more reason.

I don’t know what to do,
I don’t know what to do
when she makes me sad.

But I won’t let this build up inside of me. 

A catch in my throat choke. Torn into pieces. I won’t. No. I don’t want to be this but I won’t let this build up inside of me (won’t let this build up inside of me)

She isn’t real. (I won’t let this build up inside me)
I can’t make her real. (I won’t let this build up inside me)
She isn’t real. (I won’t let this build up inside of me)
I can’t make her real.(I won’t let this build up inside of me)