A Place To Bury Strangers: “Siempre tocamos para perder el control”

Ya podéis leer mi estreno como colaborador en la fantástica revista Rock I+D con una entrevista al grupo de noise rock A Place To Bury Strangers, también conocidos como “La Banda Más Ruidosa de Nueva York”.

Si os molan los ambientes ampulosos de The Jesus and Mary Chain, Joy Division, The Velvet Underground o Spacemen 3 y las guitarras psicodélicas y estratosféricas de Hendrix, Beck y compañia, esta es vuestra banda. En una conversación telemática con su líder, Oliver Ackermann, hablamos de sus discos, experiencias, Nueva York y cómo ha cambiado la banda a lo largo de la década.

http://www.revistarock-id.com/a-place-to-bury-strangers-siempre-tocamos-hasta-perder-el-control/

“Nueva York hierve de ruido. Al caer el último rayo de sol sobre el río Hudson, la ciudad adquiere un tono ocre que tiñe la bahía con una luz nostálgica. Una pintada callejera en el norte de Manhattan reza: “El mundo sigue ahí aunque mires para otro lado”. Los ciudadanos, enterrados bajo el imperio de los rascacielos, son solo meros extraños que se entrecruzan y confunden de un punto a otro de la gran metrópoli. Más allá, un tío sin escrúpulos aniquila una batería y destroza los platos mientras el botón rojo del REC parpadea en una oscura y sumergida sala de estudio de Brooklyn.

Ellos declaran ser una mera banda de pop que toca canciones muy alto. Después de cuatro álbumes de estudio y una década subidos a los escenarios, A Place To Bury Strangers, el trío formado Oliver Ackermann (guitarra y voz), Dion Lunadon (bajo) y Tim Gregorio (batería), se encuentran trabajando en el proceso de grabación de su quinto álbum, cuyo título y fecha de lanzamiento todavía son una incógnita….”

 

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El día en que nos negamos firmemente a llamar poesía a la oscuridad

Como todos ya sabéis, hoy nos ha dejado el gran Cohen. Me enteré nada más despertar, alguien me susurró al oído “ha muerto” y, evidentemente, ya no pude volver a coger el sueño. Salí a la calle con un libro en la mano de su poesía reunida y con el gesto triste. Releí con atención sus versos en los vagones de metro y frente a los rascacielos de Nuevos Ministerios. Esos poemas que hablan de dioses y de esclavos. De pobreza. De vino y de canciones. De paisajes nevados y de personas como Anne, Marianne o el propio Hitler. De misericordia y anhelo. De budismo y de esperanza. En definitiva, de la humanidad como colectivo y de su relación con lo invisible que acecha y cuya naturaleza solo puede conocerse a través de la contemplación y del amor.

Poco hay más que añadir que no sepáis ya. Los genios con los que crecimos, no solo mi generación sino también la de nuestros padres e incluso abuelos, están desapareciendo. En este blog, que ya cuenta con seis años de edad, su estela ha aparecido muchas veces. Nunca habrá nadie como Leonard, por muchos imitadores que surjan a lo largo del tiempo. Nunca olvidaré la noche en que escuché por primera vez “Chelsea Hotel No.2”. O “Famous Blue Raincoat” (que me sirvió para titular un poema de La muerte del Hombre Orquesta). O “The Partisan”. Cualquier tema que tomemos de su cancionero nos devuelve la esencia del hombre erguido con su guitarra en el centro de las luces de un Nueva York mortecino, cargado de sombras y modernidad, dispuesto a entonar con su personalísima voz, rasgada y grave, un “so long…” para más tarde quedarnos deslumbrados con sus letras, producto directo de su don mágico con las palabras y su lucha contra sí mismo y sus semejantes.

Este es mi particular homenaje a Leonard Cohen. He escogido cinco poemas del volumen A mil besos de profundidad, editado por Visor y traducido por Alberto Manzano. No he querido “postear” las típicas canciones; en la red hay mucho ruido y está muy de moda eso de apuntarse a los pésames de figuras claves de la cultura musical. En vez de eso, he ido a sus libros de poemas. De todos sus discos, me quedo con Songs of Love and Hate (1971). Es el primero que escuché y el que creo que resalta con mayor precisión la obra musical de Cohen. Podéis leer los poemas mientras suena, apagado y triste, diciéndonos adiós o quizás hasta luego.

 

BIENVENIDA A ESTAS LÍNEAS

De La energía de los esclavos (1972)

 

Bienvenida a estas líneas

Hay una guerra en marcha

pero trataré de que te sientas a gusto

No sigas mi conversación

es solo nerviosismo

¿No hice el amor contigo

cuando éramos estudiantes del Este?

Sí, la casa está cambiada

pronto ocuparán el pueblo

he retirado todo

lo que pudiera animar al enemigo

Estamos solos

hasta que cambien los tiempos

y los que han sido traicionados

regresen como peregrinos a este momento

en que no nos rendimos

y nos negamos firmemente

a llamar poesía a la oscuridad.

 

 

HAGO ESTA CANCIÓN PARA VOS

De La energía de los esclavos (1972)

Hago esta canción para vos

Señor del Mundo

que lo tienes todo en el mundo

menos esta canción.

 

 

LA MÚSICA SE DESLIZÓ JUNTO A NOSOTROS

De Flores para Hitler (1964)

 

Me gustaría recordarle

a la dirección

que las bebidas están aguadas

y la encargada del guardarropa

tiene sífilis

y la banda está formada

por antiguos monstruos de la SS

De todas formas, ya que es

Nochevieja

y tengo cáncer de labio

me pondré mi

sombrero de papel sobre mi

conmoción cerebral y bailaré

 

 

ME PREGUNTO CUÁNTA GENTE EN ESTA CIUDAD

De La caja de especias de la tierra (1961)

Me pregunto cuánta gente en esta ciudad

vive en habitaciones amuebladas.

Cuando de noche me asomo a mirar los edificios

juro que veo un rostro en cada ventana

que me devuelve la mirada

y cuando me doy la vuelta

me pregunto cuántos vuelven a sus escritores

y escriben esto mismo.

 

 

CANTA AL PEZ, ABRAZA A LA BESTIA

De La caja de especias de la tierra (1961)

Canta al pez, abraza a la bestia,

Pero no salgas de la charca

Con medio cuerpo de caballo

Ni alas en la espalda.

Duerme como un hombre junto a los lobos dormidos

Sin anhelo por un cielo especial

Que oscurezca y cubra de pelo tus manos.

Animales, no matéis por el corazón humano

Pues bajo pechos de escamas o carne llorará.

Oh golondrina, sé un corazón en el alto pecho del viento.

Y con tu sangre cantarina haz de los miembros del cielo un río.

Los muertos están empezando a respirar:

Veo a mi padre salpicando luz como una joya

En el negro lodo del pantano.

Uh-uh-uh-uh-uh (“Street Hassle”, Lou Reed, 1978)

Una vez más, dedico un nuevo post a mi artista favorito: Lou Reed. Recato de la memoria discográfica de finales de los 70 uno de los álbumes menores, pero no menos poderosos, del artista neoyorkino: Street Hassle (Arista Records, 1978). Este podría ser el último disco de corte glam de la discografía de Lou Reed. 

street

Bastante deficiente en cuanto a repertorio, solo se deja un par de temas buenos y una auténtica obra maestra en su interior: la canción que da título al disco, en el tercer track. Podíamos decir que la única innovación en el disco pasa por las armonías vocales que usa Reed. Muchísimo más queer, más transexualizadas (no llegando al timbre femenino, sino más bien haciendo de su voz masculina algo terriblemente gay), más sensibles al vibrato, y sobre todo, más hirientes. Porque lo que merece recuperar de este disco son las letras. Al margen del resto de discos de pop glam de Lou (Transformer, Sally Can´t Dance…), las letras se dejan el bucolismo de, por ejemplo, un “Perfect Day”, o el vocabulario venido del hampa drogadicto, de hits como “Walk On The Wild Side”, para adentrarse en la violencia y la suciedad que usaba antes en The Velvet Underground. 

Las guitarras están más cargadas, siguiendo un poco la línea de su amigo Bowie, llegando a aterrizar en una atmósfera de glam rock personal que unía de alguna forma ese toque suave de Transformer con la acidez, tanto musical como letrística, de la Velvet. La incursión también de cuerdas y algún que otro metal, seguramente fruto de la moda del momento, encabezada por la fusión de rock y orquesta de los Rolling Stones en su Exile On Main Street. 

Pero en realidad, Street Hassle no es un disco para escuchar si aún no sabes quién es Lou Reed o más bien te cae mal. Lou Reed en este disco está en su salsa, no obedeciendo a una discográfica. La violencia, la ambigüedad sexual, las drogas y los yonkis… todo lo provocativo reunido. Es por ello que este disco merece escucharse desde ese prisma, desde el papel que ha ejercido Lou Reed desde el día en que se le ocurrió coger una guitarra: un mariconazo malévolo y perturbado, pero sin embargo, a la vez cautivador y romántico. Una especie de Frankenstein del rock, un Elvis al que le van los consoladores, una versión vulgar de Bowie, un héroe moderno en una época en la que a los héroes se les compraba con el dinero, un representante en las filas de afectados por la heroína y el speed, una mala jugada de la psiquiatría del siglo XX, y sobre todo, el artista más original, polémico, camaleónico y carismático, llegándose a burlar hasta de sí mismo y de su público. 

La única canción que merece rescatar de esta fechoría titulada “Street Hassle” no es otra que la ópera rock, la que en su día, me hizo a mí leer a William Burroughs (habiendo llegado a dedicar la canción Lou al escritor) y tirar a la basura toda mi escritura rematadamente infantil y pedante, para dar de bruces con el esperpento. Como decía Enrique Bunbury, “¿por qué siempre conviene alegrar a la gente? / también de vez en cuando / está bien… asustar un poco.”

No os podéis perder el vídeo, de las mejores uniones imágenes-música en todo el rock. Y, sobre todo, la letra, que habla de cómo se lo monta un yonki con un transexual para luego asesinarle. El vídeo es demasiado bonito para la letra que suena de fondo. Demasiado romántico, demasiado saturday night, aunque bien guarda sus partes sórdidas y con doble sentido. Y como no, con un final absolutamente épico, repitiendo la sentida frase en un sentido obsesivo

LOVE HAS GONNE AWAY…”

y el arrepentimiento

“OHHH BABY, PLEASE DON´T SLIP AWAY…”

Memorias de los artistas cachorros: “Éramos unos niños” (Patti Smith, 2010).

Patti Smith siempre ha sido una artista que me ha llamado mucho la atención. Primero por su música, que para mí es un crisol de estilos, naciendo desde el Rock&Roll stoniano y avanzando hacia la vanguardia de grupos tales como la Velvet, sin olvidar que es considerada la “Reina del Púnk” por sus discos posteriores, estilo y carácter ante un escenario. Por lo tanto, su estilo musical digamos, es más que considerable.

Su mejor disco, sin duda, Horses (1970). Épico, brillante, poético y danzante, una oración a la sociedad perdida de hipppies, neorrománticos, simbolistas, modernistas y artistas alojados en el famoso Chelsea Hotel de New York. Es una oda a toda esa generación americana de artistas que se creían libres y fuera de todo control moral, social y político. Fue producido bajo la ayuda de John Cale, segunda alma de la Velvet y cuyos discos en solitario, que aunque no están a la altura de la otra alma de la Velvet, Lou Reed, no tienen ningún desperdicio. La ayuda de John Cale es inestimable a la hora de conferir lo épico e inmortal que tiene el disco, sin quitar motivos a la espectacular y universal voz desgarrada de Patti, que hace que todo se levante cuando ella canta, recita, habla, murmura.

Aquí podemos ver al trío más famoso neoyorkino: John Cale, Patti Smith y Lou Reed.

Dejando a un lado la música, yo lo que quería hablar en esta entrada era de su libro póstumo de memorias, Éramos unos niños (2010) que alude directamente a su historia y a la de su eterno amante, Robert Mapplethorpe. Es un rico libro de memorias tan perfectamente escrito, con una sinceridad y amor, en definitiva, sensibilidad que sobre sale en cada una de sus páginas y nos contagia casi como una enfermedad y hace que creamos que nuestra artista está al otro lado de la habitación relatando uno por uno todos los acontecimientos que la sucedieron en el San Francisco, Nueva York y París de finales de los sesenta. En definitiva, es uno de esos pocos libros que cuando lo comienzas intentas no leerlo muy rápido y devorarlo, sino saborear y entretenerte con él de una manera lenta y sentida, además de rezar para que nunca se acabe o tarde en acabarse.

Muchas cosas se han dicho acerca de Robert, y se dirán muchas más. Los chicos adoptarán sus andares. Las chicas se pondrán vestidos blancos y llorarán la pérdida de sus rizos. Lo condenarán y lo adorarán. Censurarán o idealizarán sus excesos. Al final, la verdad se hallará en su obra, la esencia corpórea del artista. No se deteriorará. El hombre no puede juzgarla. Porque el arte alude a Dios y, en última instancia, le pertenece.

Estas son las preciosas palabras que refiere Patti a Robert en una especie de prólogo de tan solo siete líneas. Pero me gustaría resaltar un párrafo más de Patti que a su vez se universaliza y mete en la piel del sentimiento artístico de todo artista. Puedo decir que es una de las más bellas metáforas que he leído jamás sobre los comienzos de todo artista o por decirlo así, el bicho que te infecta de la sensibilidad artística que te inundará para todo el resto de tu vida:

Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque Homboldt, junto a la orilla del río Prairie. (…) Un largo cuello curvo se alzó de un vestido de plumas blancas.

“Cisne” dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzo el vuelo.

La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas. El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. “Cisne”, repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.

Impresionante, verdad? Este es el primer párrafo narrativo del libro, para que más o menos os hagáis una idea de qué clase de libro se trata. El libro es tan sincero y verídico como la propia artista, un artista de verdad, con todas las letras, que salió de su casa porque quería ser libre y sufrió lo que era graves dolores de tripa debido a la primera enfermedad humana, que es el hambre, que conoció cada rincón de Nueva York haciéndolo un hueco en el idealismo al transformarlo en cuadro, poema o canción, que sufrió en primera persona todo lo que significaba la decadencia de los artistas cuando no sabían otra cosa que meterse jeringuillas, que atravesó el umbral de oscuridad para depurar su poesía tal y como su amado virtual Rimbaud hizo, que se convirtió en leyenda siendo tan solo una hormiga en medio de una sociedad capitalista inflexible y de hierro, y en definitiva, que amó a Mapplethorpe como a la vida en sí y todos sus lugares y rincones.

Robert Mapplethorpe y Patti Smith posando y dando imagen a toda su generación de artistas.

Fuente de la imagen 1: taringa.net

Fuente de la imagen 2: weheartit.com

Fuente de la imagen 3: mondosonoro.com

Fuente de la imagen 4: elhombreconfuso.wordpress.com