Los retratos que ya no dicen nada. Una metáfora de la soledad

La contemplación como vía absoluta de escape. Redefinir la contemplación. En un mundo tan lleno de estímulos como en el que vivimos, saber conjugar pretérito con pluscuamperfecto visual, entender ambas cosas a riesgo de convertirte en un ente transversal a camino entre lo digital y lo real, y perecer en el intento.

Sábado. Seis de la tarde. La casa en la que siempre estuve. Nada sorprendente. Todo esmeradamente en su sitio. Solo. Ningún ruido. La pereza se aposenta sobre mis rodillas. Hace unos minutos, jugaba al ajedrez en línea. Una excelente forma de dejar que el tiempo pase. Ahora, nada. Todos los dispositivos apagados. Me reclino contra los cojines y me quedo mirando al techo. Es algo que hago a menudo y recomiendo. Posiblemente, en otra época, en otra vida, habría escrito un poema sobre ello. Tendría la cantidad perfecta y equilibrada de metáforas para no deprimir en exceso ni resultar aburrido.

Miro a mi alrededor. Reparo en un hecho en el que no había caído desde hace muchos años, quizás cuando era niño y me sorprendía por todas las cosas de mi entorno. Esos cuadros. Retratos del ayer. Gente que ya no está y gente que sigue aquí, con unos cuantos años más, por cierto. Gente a la que le gusta decir “Te quiero”. Mi familia. Perdida en el tiempo y en la sagaz ironía de las circunstancias.

“Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, estoy seguro que sería noise o shoegaze”

La prima aquella que hacía la comunión ese día tan lluvioso en el que tuvimos que refugiarnos en un soportal. La prima que, como una beata santificada que hace alarde de su fe en Dios, sujeta un crucifijo con los ojos llorosos y una emoción infantil en el gesto. Pequeñas actuaciones para cosas que en las que dejamos de creer hace tiempo. Los abuelos en la España negra que ya no volveré a ver. Caminan por una ciudad en ruinas, aunque a decir verdad toda foto en blanco y negro parece estar hecha en una ciudad sumida en la decadencia. Los tíos que eran tan felices antes de casarse, jóvenes, con los pómulos en llamas y la mente en otra parte. La férrea dictadura. Paquito, ‘el de las ostias como panes’. El ladrido del perro vagabundo en el barrio de Las Delicias cuando había tan solo cuatro casas y un molino.

Si estás leyendo esto y te encuentras en casa, te invito a que te acerques al salón. El corazón de los hogares. Todas esas caras, permanentes a cualquier actualización o filtro digital, carcomidas por el polvo y la abulia. Todas esas imágenes ya no nos pertenecen. Están ahí, pero nosotros ya no las vemos. No hacen nada de ruido, es más, son puro silencio. Rostros secos tan fáciles de quemar. Si todavía no te has percatado, hay gente que te quiere y a la que quieres y está presente en tu salón, observándote con su mirada eterna cargada de mutismo, sin voz. No estás solo. Están contigo, aunque no digan nada y te percates de su presencia en el mismo momento en que por fin te decides a pasar el trapo por sus caras iluminadas.

“La función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad”

Los retratos. Esa obsesión por retratar lo humano. Lo que nos define y nos constituye, la mirada. Creo que mi retratista favorito es Francis Bacon (no es ninguna sorpresa a estas alturas), con su visión visceral, cárnica, de la composición facial y corporal. Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, seguro que sería noise o shoegaze. Recuerdo una conversación noctámbula en la que hablábamos sobre la naturaleza de las imágenes en la antigüedad. Cuando los cuadros eran más que simples cuadros y conformaban una ventana al espacio. Casi nadie tenía acceso a las obras de arte, a ese tipo de abstracción, y se tenían que conformar con la magia de las vidrieras de las iglesias y su descomposición desorbitante de colores sobre el mármol frío.

“Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental”. 

Esas imágenes ya están muertas. Como los portarretratos del salón. Pocos artefactos visuales son sorprendentes en la actualidad. La carrera tecnológica nos ha conducido a un huracán de avances, a una democratización de las imágenes, que no ha hecho más que socavar cada uno de sus principios y maravillas. Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental. En un principio, la intuición me dice que albergaban vida ahí dentro -nunca subestimes el poder de una mirada-, y que servían, más allá de la decoración, para no sentirte tan solo. 

Algo más o menos parecido puede suceder ahora mismo con las redes sociales en las que los amigos o conocidos suben su día a día. El famoso y terrorífico ‘Gran Hermano’ de George Orwell parece que al final nos lo creamos y lo aceptamos nosotros mismos. De alguna forma, la función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad. En la intimidad del hogar o en la publicidad de tu teléfono móvil, donde ya todos somos agentes publicitarios de nosotros mismos que se autoexplotan, el valor sigue siendo el mismo: “no estás solo”. Hay gente al otro lado. En el papel fotosensible, impermeables al paso del tiempo, o bien en la pantalla de píxels, caducos hasta la saciedad. 

Tal vez, la clave esté en pasar desapercibido, regresar a los retratos y a la contemplación, y no decir nada más. Volver a Bacon. O insertarte un chip con el que poder vivir eternamente conectado. Ambas opciones parecen apuntar a un mismo sentido. Una soledad metafísica imposible de racionalizar o categorizar que nos vuelve locos enfermos de la imagen. Esa cosa tan intangible que incluso se puede pensar con los ojos cerrados y no tartamudear a la hora de admitir la fascinación que ejerce en nosotros, los protagonistas.  

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