“Relatives in Descent”, Protomartyr (2017, Domino Recording Co.)

 

Protomartyr alternan pasajes bellos y relajados con ritmos rápidos, sin dejar de lado sus raíces oscuras y opresivas

ARTÍCULO PUBLICADO EN ROCK I+D

She´s just trying to reach you, she´s just trying to reach you, she´s just trying to reach you…” Así, como una obsesión enfermiza, arranca el nuevo álbum de Protomartyr, el grupo de Detroit formado por Joey Casey, Greg Ahee, Scott Davidson y Alex Leonard. Aunque siempre se les ha categorizado como un grupo de post-punk, con su notable precursor The Agent Intellect (2015), estas doce nuevas canciones vienen a ensanchar el estilo de la banda y alternar pasajes bellos y relajados, con momentos de frenesí noise y ritmos rápidos, sin olvidar sus raíces oscuras y opresivas.

Guitarras inflamadas con frases armónicas desconcertantes, bajos post-punk, ritmos de baterías primitivos a lo Moe Tucker y una voz grave y encriptada que se estira hasta el final de las pistas. 

Según la propia banda, el álbum presenta doce variaciones sobre un mismo tema, en este caso “la naturaleza inognoscible de la verdad” y “el temor existencial que a menudo acompaña a ese sufrimiento”. Además de poner énfasis en “la desinformación y confusión cotidianas”. Esto se ve claramente en el sigle y primera canción del disco “A private understanding”, donde en un mismo texto conviven figuras que van desde el griego Heráclito de Éfeso –y su conocida sentencia “Nadie se baña en un mismo río dos veces”-, o el líder soviético Joseph Stalin, quien tiene un furtivo y misterioso encuentro con Elvis en una caravana.

“A private understanding” marca la tónica general del sonido de este Relatives in Descent: guitarras inflamadas con frases armónicas desconcertantes, ritmos de batería que sostienen la pieza musical por los aires y una voz encriptada que se estira hasta el final de la pista. “Here is the thing” recuerda mucho a esa furia punk de The Agent Intellect. La sorpresa llega con “My Children”, donde un envolvente bajo post-punk nos da la bienvenida a ese repetitivo “pass on, pass on” que observa el hecho de tener hijos como un acto de creación sagrado que permite que la historia continúe, para finalizar con una categórica afirmación: “porque no tengo nada que ofrecer a mis hijos”. Un guiño al “Suffragette City” de David Bowie se deja intuir al final, con ese “don´t lean on me, man”.

El mensaje del álbum reflexiona sobre “la naturaleza incognoscible de la verdad” y “el temor existencial que a menudo acompaña a ese sentimiento”, algo reflejado en “Windsor Hum” o “My children”

Caitriona” resuelve en dos minutos lo que exige un buen tema de punk rock, arrancando con toda la fuerza y desinflándose en un punteo incisivo según llega al final. “The Chuckler” sigue de cerca a la anterior, alternando partes melódicas con guitarras histriónicas y desbocadas y un estribillo potente cargado de melodía y pesimismo. La batería repite machaconamente un dos por cuatro al más puro estilo Moe Tucker en The Velvet Underground.

Un inquietante y misterioso ruido metálico por todo el mundo ha hecho saltar las teorías más conspiranoicas. Se trata de “El Hum”, un fenómeno audible que ni los científicos más reputados son capaces de explicar. Movimientos de placas, corrientes marinas endiabladas chocando entre sí e, incluso, contacto extraterrestre, son algunas de las explicaciones que la comunidad virtual ha ido asociando a esta rareza. Ninguna conclusión ha sido esclarecedora. De esto trata “Windsor Hum”, un hipnótico y desconcertante tema de casi cinco minutos que representa a la perfección toda esa narrativa de la confusión reinante en la sociedad actual.

“Don´t go to Antacita” es una suerte de hard rock con aires punk que recuerda mucho a The Clash, sobre todo por la voz de Casey, que en el estribillo parece resucitar la vieja gloria de Joe Strummer. Un tema redondo. En “Up the Tower” vuelve el ritmo machacón que avanza hacia un estribillo furioso donde la voz, fuera de sí, repite una y otra vez que arrojen fuera al rey defenestrado, según una novela de Thomas de Quincey, de quien reconocen la influencia.

Protomartyr se consolida como una de las bandas más potentes del legado del post-punk. Furiosos, estridentes y descarnados, con letras plagadas de angustia existencial, incomunicación y crítica sociológica.  

El ambiente onírico y de medio tiempo de “Night-Blooming Cereus” supone ser el punto más tranquilo del disco. La letra remite al poeta afroamericano Robert Hayden, que escribió un poema con el mismo nombre. La gentrificación y la remodelación urbana de espacios de resistencia parece ser el tema central de la canción. “En medio de la muerte de todas las cosas / solo en la oscuridad la flor llega a enraizar / no bajo el ojo desdeñoso o mediante la mano de la empresa / florece en la noche”.

La misantropía hardcore punk de “Male Plague” vuelve a situar al álbum en su punto álgido. El bajo destaca sobre todo lo demás en “Corpses in Regalia”, a la vez que el rasgueo desorientador de guitarra. Así, llegamos al final, con “Half Sister”, sin duda una de las mejores del álbum, donde un poderoso riff a contratiempo se arrastra hasta un final apoteósico donde Joey Casey vuelve a esa idea paranoica y obsesiva inicial: “She´s just trying to reach you….”

NOTA: 8´7

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GARAGE

En este nuevo post musical, quisiera contaros mis experiencias con el estilo musical garagetodo un placer. Esta entrada de alguna manera se la debo a una chica que se llama Annie a quién le descubrí la maravillosa idea de pasar una tarde en Charly Blues, mítica tienda de discos vallisoletana (que por cierto dentro de poco habrá aquí un especial sobre dicha tienda). Mientras yo ojeaba mis mitos habituales musicales, algo de pop clásico, algo de blues o algo también de punk, Annie se me acercó con un disco que llevaba un título muy curioso: “LOS PEYOTES”. 

A partir de ese día, las noches en el Fuzztone se prolongaban hasta las tantas de la madrugada acompañados de más amigos y mucho rockabilly y mucha cerveza y muy poco hígado para tanta visión acelerada nocturna. Me metí de lleno en el mundo de las pin-ups, de los creepies y las películas de Serie B, de la fealdad tras el rostro de un Elvis Presley hecho Frankenstein modo b/n comido por su propia hermosura. 

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God blessed ELVIS

Qué grandes los Cramps. Cuando yo creía que era simplemente una peli de superhéroes o algo así. Qué grandes los Cynics que fuimos a ver a Sala Porta Caeli. Qué grandes los Hives vestidos de traje tocando “Walk Idiot Walk”.

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Y más grande aún The Gallardos. Banda que conocí por la red, cuando un correo llegó a mi bandeja de entrada de Hotmail de un tal chico granadino llamado Jose. Pidiéndome amablemente que les escuchara y les hiciera una crítica personal. Pues desde aquí quiero deciros que sigáis así, que yo ya tardé más en meterme en la onda garage. Tanto, que apenas me enteré cuando a los 12 años ya escuchaba a la Velvet Underground y sucumbía ante los acordes de baja fidelidad de “Waiting for the Man”. Y esos, más o menos, fueron en mi opinión la mejor música de la historia. La imperfecta, la que suena como las alcantarillas (a excepción de Tom Waits), la que cuando subes el volumen a tope tienes ganas de vibrar y saltar por toda la cocina. 

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Desde aquí, quisiera dedicarles mi entrada a los amigos Gallardos granadinos por su confianza en mí y en lo que escribo. Seguid así y espero algún día conoceros en persona. UN ABRAZO MUY GRANDE!

[Think About Good Times] CORRE, ROCKER (Sabino Méndez, 2000)

Yo, si en otra vida fui algo, muy posiblemente hubiera sido rocker. 

Si hubiera nacido en otra época, en aquella en que la democracia no había igualado aún a todos a la cultura de masas y a aceptar todo lo que acepta el prójimo.

Sí, llevaría una bonita harley y unas relucientes botas de cuero entalladas. Las chicas rubias de pelis antiguas se pararían a ver la moto cada vez que pasara por la calle a 120 km/h. Iría a los conciertos más rock de toda la ciudad, habría vivido el takeawalkonthewildside traficando y haciendo la calle con los emigrantes de Francia, India o EEUU. Tendría una hermosa colección de discos de Elvis Presley o Chuck Berry, y un grupo de rockabilly-punk a imagen de los Clash. Creería en la reencarnación de Brian Jones. Acudiría a las grandes salas de la época, como la Rockola en Madrid. ETC…

Eso, más o menos, es lo que me hace sentir este libro que os quiero presentar en este nuevo post. Corre, rocker (Crónica personal de los Ochenta), escrito por Sabino Méndez y editado en el 2000 por Espasa Calpe S.A. No hace falta que informe sobre quién es Sabino. Todos le conocéis. Mítico compositor de Loquillo & los Trogloditas y camuflado en la guitarra rítmica en sus conciertos. Canciones como “Cadillac Solitario” (más que una canción una oración en toda la historia del rock español), “Rock&Roll Star” o “Todo el Mundo Ama A Isabel”.

Qué grande Sabino. Os dejo con un párrafo de un libro para que disfrutéis:

Yo era joven. Quería ver la vida que yo imaginaba verdadera, respirarla, desechar las sensaciones de segunda mano. Recuperé los viejos libros de los bohemios y me dirigí hacia la marginalidad. Escapé del trueno y di en el relámpago. No se trata de saber si acertaré o no; cada uno de nuestros yoes es irrepetible y el único drama irreversible es que uno de ellos se aniquile en el intento. De así suceder, se aborta el maravilloso espectáculo de la exuberancia de posibles identidades que lo sucederán. Solo deseo que no desfallezcáis. Puede que estas líneas os resulten abstrusas, pero si conseguís pasar de las alucinaciones de este primer capítulo, el resto es cuesta abajo. Tras esta prosa silvestre y alicatada que irá perdiendo fuerza progresivamente no se esconde otra cosa que, tenedlo en cuenta, un canto al ser humano. 

Interesante, no? Qué maravilla. Lo mejor es que este viejo rockero escribe de lujo. Por no hablar de las citas que se incluyen en el libro, que son de lo mejorcito, desde T.S. Elliot hasta Cioran o Camus. Un libro imprescindible para todos aquellos que queráis adentraros en las memorias literarias de una de las bandas más influyentes y carismáticas de los últimos cincuenta años. Y también, para aquellos que nostálgicos, desearían haber nacido en otra época. Donde no había DJs ni Reggaeton, verdad? Se ve que ahora eso es lo que prima. Pues muy bien. Think About Good Times… Yo me quedo entonces en el pasado.

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A mí, este libro me desveló que en otra vida tendría que haber sido rocker. Y también cuando ayer en un bar de Valladolid abandoné la lectura del libro para ponerme a bailar cual hippie apresado por la cocaína “La Mataré”.

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Loquillo, “A solas”, Valladolid, Teatro Calderón 7/3/2012

“Cuando dije a mi discográfica que iba a hacer un álbum de poesía se río delante de mi cara”, Loquillo nos aseguraba en alguna parte del concierto. Es por ello que a pesar de lo complicado que resulta sacar discos de poesía cantada o recitada acompañada de música, Loquillo se ha sabido sobreponer a los gustos y comodidades que los demás artistas se pueden permitir. Porque él lleva la palabra artista grabada a fuego en la frente. Sabe apreciar lo que es un buen poema y una canción. Ayer lo demostró.

El concierto fue más o menos una reunión de viejos amigos. Loquillo, siempre muy querido en todo el país, formando parte de la banda sonora de las vidas de gente de todas las edades y caracteres, encandiló y enamoró a todo el teatro. Cercano, ameno, afable… Bajó dos veces del escenario para situarse a la altura del público y darse un amplio paseo con baile incluido por el pasillo de las butacas. Tanta era la cercanía, que una admiradora de la primera fila no pudo contener la emoción y acudió a darle un abrazo y dos besos que el cantante la devolvió cortés y elegantemente.

Cada poema que atacaba en el escenario cargaba de intensidad el concierto. Antes de salir a tocar, apagadas ya las luces, saltaba una vieja canción folk francesa de Jacques Brel, sino me falla la intuición musical, dándonos butaca a lo que íbamos a presenciar. Comienzo del concierto con los poemas hechos canción de su último disco “Su nombre era el de todas las mujeres”. Poemas de Luis Alberto de Cuenca acompañados de música. Canciones que no dejaban indiferentes a nadie por sus temas y letras: la cocaína (“La noche blanca”), de amor (“Cuando paseo por la castellana”, favorita de mi querida acompañante) o de intenciones políticas (“Polítical incorrectness”). Todo ello para presentar lo que iba a ser el concierto, que muchos como yo, creían que iban a ver guitarras y ritmos stonianos, cuando en realidad valía más la palabra junto a la música y la perfecta escenificación del músico barcelonés, que daba un vigor sobresaliente a cada poema que salía de su boca. El resto de los temas consiguieron hacer saltar la lagrimilla seguramente a cualquiera que tuviera un mínimo de sensibilidad, en poemas como “No volveré a ser joven” de Jaime Gil de Biedma, pero también algún baile de los antiguos, de los que hacía un tal Elvis Presley, y aplausos continuos en canciones tan rockeras como “La mala reputación” o “El hombre de negro” (versión del genio Cash) que recordaban al fabuloso disco del maestro Dylan, “Blonde on Blonde”.

Y no de canciones vive el hombre, pues la banda que le acompaña en esta gira no podía ser mejor, con el guitarrista Jaime Stinus, leyenda viva del rock español y antiguo miembro de Loquillo y los Trogloditas. Al violín y dando una aportación esencial al directo, cabe destacar la figura de Julia de Castro, implacable, y bailando en los temas donde el violín sobraba como una antigua clochard de algún barrio parisino, aportando a las canciones una consistencia melódica que dejaba boquiabiertos a los presentes. Un contrabajo a manos de Alfonso Alcalá Conde, subido de volumen daba a su vez a las canciones aquellos ritmos jazzy perdidos en estos tiempos modernos, sumados a la batería del francés Laurent Eric Castagnet, que llevaba el ritmo de las canciones de manera perfecta y haciendo fácil lo difícil. Santiago Sáez Comet a manos de un órgano hammond que también funcionaba en algunos temas de sintetizador y ponía los pelos de punta a los espectadores y una eficaz guitarra acústica que daba consistencia y ritmo a las canciones de Jesús García Rodríguez.

Una vez más Loquillo demostró ganarse al público y hacer ver que no todo lo importante en esta vida es el dinero, lo comercial, el conformismo, los patrones esenciales en la música, sino que también se pueden hacer cosas muy interesantes saliéndote del acorde de Fa y sin refugiarse en una melodía beat. Aquella fue una noche de encuentros, de viejas sensaciones que algunos presentes habían olvidado debido a la situación de los tiempos de hoy en día, y de hacernos recordar, que antes de músicos, poetas, amantes, políticos incorrectos y currantes somos hombres. Hombres con sensibilidades y querencias al desnudo, con sus aspiraciones, ilusiones e ideas al frente de nuestra vida.