“Forget”, Xiu Xiu (Polyvinil Record Co. 2017)

(Artículo publicado en ROCK I+D)

Art rock, experimental, drone, noise… Xiu Xiu es la prueba palpable de que categorizar y separar géneros no sirve para nada. Su nuevo lanzamiento, Forget, es un ejercicio de contemporaneidad frente a lo ya dicho, lo ya cantado, lo ya argumentado. Buscar la autenticidad dentro de la vanguardia a estas alturas es más que un reto; se trata de la pepita de oro que nunca aparece. Y Xiu Xiu con este trabajo han encontrado su espacio de acción `pop´después de varios años buscándose con obras musicales diríamos, performáticas, como Kling Klang, el único disco en el mundo fabricado a partir de 999 vibradores de plástico atados a una estatua del artista conceptual Danh Vo en las calles de Brooklyn.

Forget olvida –nunca mejor dicho- el discurso primigenio de Xiu Xiu y ahonda en una tónica pop que muy seguramente servirá de epítome de una nueva generación musical que aún está por venir. Adelantados a su época, Jamie Stewart y compañía han diseñado un álbum mucho más accesible que sus predecesores pero sin dejar atrás su sello de identidad. A lo largo de las diez canciones que lo componen somos sorprendidos por la imparable masa de ruido blanco, beats violentos y lacerantes, cacofonías aisladas y arreglos industriales que se suceden de manera maniática, caótica y exasperada por todas las pistas.

Las dos primeras canciones, “The Call” y “Queen of the Losers” resultan ser una bofetada directa al oyente. La voz, inflada hasta lo grotesco, se asemeja muchísimo a los registros graves de un David Bowie que se ha ido de viaje a Japón para no regresar jamás. El golpe de efecto llega con el tercer corte, “Wondering”. Sin duda, fácilmente puede llegar a ser una de las mejores canciones en lo que llevamos de año. Muy difícil no caer en la tentación de darle al replay una vez termina.

“Get Up” y “Hay Choco Bananas” marcan el respiro necesario del disco. La primera arranca con una atmósfera sencilla y espacial construida con tan solo tres acordes de guitarra. Stewart aquí decide regalarnos una voz alejada del histrionismo y un correcto solo de guitarra despide el tema entre bambalinas de ruido. “Hay Choco Bananas”, mucho más industrial, conserva algunos momentos de belleza e interioridad con la presencia de un coro femenino encubierto tras capas y capas de música concreta.

“Jenny GoGo” resulta ser el plato fuerte de la colección. Con unos bajos e inspiración cien por cien new wave, las cacofonías, los gritos entrecortados y el hermetismo retoman el protagonismo. Pura seña de identidad de la banda americana. “At Last, At Last” seduce por su parte interpretativa y sus cambios de ritmo. Ambas canciones parecen ilustrar una búsqueda del pensamiento automático y casi esquizofrénico, tanto por la parte musical como por las letras. Una huida traumática y angustiosa del imperio de lo efímero hacia lo extraño, lo abyecto. Una constatación de la vileza del tiempo presente camuflada sobre pantallas inoculantes de deseo.

La canción que da título al álbum, “Forget”, representa lo que podría ser un David Bowie en mitad de un exorcismo. Si creíamos haber tomado tierra, nada más lejos de la realidad. “Petite”, en cambio, se enmarca como la balada del disco. Sencilla y esquelética, de producción cien por cien orgánica, con arreglos de cuerda en el estribillo y la voz planeando en las alturas, parece expresar la debilidad del ser humano frente a lo divino.

“Because I was born dead. And I was born to die”. De esta forma se despide la mayúscula “Faith, Torn Apart”, y por ende, el disco. Un tema de ocho minutos labrado a partir de un sintetizador ensordecedor y disociativo que avanza hacia una pieza de spoken word recitada por el artista queer de performance Vaginal Davis. En resumen, un álbum para perder el aliento, para escuchar tanto en soledad como en compañía y ser triturado por las capas de ruido, distorsión y mensajes encriptados que en él se contienen.

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“Everything Now”, Arcade Fire (Sonovox, Columbia, 2017)

Artículo publicado en ROCK I+D

 

Los polifacéticos Arcade Fire entregan un álbum que sirve como avance pero también como síntesis perfecta de todo lo que han ido persiguiendo desde que comenzaron a hacer música. Everything Now es un disco que sigue de cerca la estela de su predecesor Reflektor y abre nuevos puntos de vista y caminos que pese a ser conocidos, todavía sorprenden.

El disco puede dividirse en dos partes claramente diferenciadas, con una apuesta clave por la condensación y austeridad del mensaje, ya que se compone de 13 canciones de las cuales cuatro son preludios, interludios o epílogos. La primera parte amanece en el tema que da nombre al álbum, “Everything Now”, precedido de una intro, y que comparado a lo que viene después, se queda algo flojo. A decir verdad, sirve como mapa sonoro de lo que iremos descubriendo a lo largo de los minutos, pero también puede pasar perfectamente por un corte desechado de Reflektor. Partida y regreso al funk ochentero.

El siguiente tema, “Signs of life”, demuestra mucho más. En primer lugar, la tónica general del álbum: un claro y manifiesto contraste entre lo festivo y la charanga funkie adolescente, y la incertidumbre, el aburrimiento y la ausencia de referentes, guías o significados en medio de la noche del desierto de la juventud. Por un lado la diversión enfermiza, automática y rutinaria, y por otro, temas como el suicidio o la depresión en las letras.

“Algunos chicos se odian a sí mismos y pasan su vida resentidos con sus padres. Algunas chicas odian su cuerpo,  se miran en el espejo esperando el feedback. Dicen, Dios, hazme famoso; si no puedes, tan solo haz que no duela, solamente haz que no sea doloroso” (“Creature Confort”). A partir de aquí se hace más que evidente la identificación con la cultura `millenial´, con todas las connotaciones del término, tanto positivas como negativas: que sea lo que tenga que ser, pero que no duela. La canción se erige como crítica pero también como apología a esa zona de confort que conlleva al descrédito de uno mismo o la pérdida de autoestima. Sin embargo, en el otro extremo de la baraja, el mundo se presenta como hostil y doloroso.

“Peter Pan” resulta ser la canción más adictiva del disco, un corte “dub” a modo de pastilla alucinógena que hace que todo sea buen rollo. Bajos inflados e inflamados, contundentes, melodía pegadiza y un aire ligero, a camino entre lo hawaiano y lo industrial. Pero lejos de la envoltura pop de la forma, el contenido es mucho más oscuro, donde no se deja de ahondar en la muerte, los llantos y el deseo, como no podía ser de otro modo, de no crecer jamás.

Llegamos al ecuador del álbum. Parada para respirar y continuar. Desde este punto, Arcade Fire volverán a la esencia de sus primeros álbumes y el tono festivo irá decreciendo en pos del lamento. Nos encontramos con dos piezas cortas tituladas “Infinite Content”. La primera, que cierra la primera parte, es una píldora histriónica y sobredimensionada que contrasta con la siguiente, más reposada y nostálgica. “Electric Blue”, uno de los singles del álbum, peca de un excesivo lirismo con una Régine en un registro agudísimo. A estas alturas, resulta imposible no pensar en los Bee Gees o en Frankie Goes To Hollywood.  

“Put your money on me” y  “We don´t deserve love” condensan a la perfección el fondo dramático del disco, algo que siempre ha estado en Arcade Fire y en sus primeros álbumes, sobre todo en The Funeral (2004). Regreso a las señas de identidad de la banda, la primera posee un sonido cercano al italo-disco y al synthpop en un diálogo sostenido entre Win y Régine que progresa hacia un coro final y conjunto. En la segunda, su estribillo pop lleva las riendas. Suavidad y contención en la voz, muy cercana a la última etapa de su ídolo y referente, David Bowie.

El último tema, “Everything Now (Continued)”, decepciona bastante como canción de cierre, con un corte abrupto al final y sin nada destacable respecto a las demás. En definitiva, Arcade Fire con este nuevo álbum ahondan más en su miscelánea rock y funkie, sin mucha innovación respecto a “Reflektor”, salvo en su excelso regreso al sentido trágico que les hizo coronarse como una de las bandas más importantes de la época. Cada uno encontrará aquí su propio salvavidas, su momento de dispersión y éxtasis, pero también su corona de espinas. Los canadienses han vuelto a erigirse como la banda sonora de una juventud hastiada y perdida en un remolino de fiestas e incertidumbre por el futuro. Reto más que conseguido.

Ziggy vive (Diez canciones para creer en su regreso a la Tierra)

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Poco más de 48h. han pasado desde la muerte de David Bowie. Desde este blog quiero homenajearle a través de las que fueron para mí sus diez mejores canciones. Aún recuerdo el día en el que, siendo casi un preadolescente entré en una tienda de discos y me llevé el Ziggy Stardust. Fue el primer disco que me compré tras haber ahorrado dinero, junto con el Transformer de Lou Reed.

Cuestionar la fuerza y la grandeza de las canciones y discos de Bowie es un pecado. El artista camaleónico por antonomasia hizo de su repertorio algo totalmente único y nuevo, incluso cuatro décadas después de su nacimiento como fenómeno artístico. Inimitable e inigualable, de composiciones complejas y ambiguas, siempre explorando y yendo más allá de lo que otros artistas se atrevieron. David Bowie consiguió reafirmarse como un extraterrestre ante todas las mentes y oídos de su tiempo, como genio, como individualidad creadora fuera de todo patrón humano, y era poseedor de una imagen que va mucho más allá de la música. Aquí les dejo con las canciones que más me marcaron de toda su discografía.

1-. “Heroes” (Heroes, 1977). Quizás sea la mejor canción de Bowie por su potencia, mensaje y universalidad. Y básicamente eso, siempre que la escucho me siento parte del universo. El feedback de guitarra que sostiene toda la canción parece construir una enorme pirámide de sonido, acompañado por el complicado tono agudo de Bowie, imposible de cantar o imitar.

2-. “Life on Mars?” (Hunky Dory, 1971). Bowie, aparte de tener una mente siempre puesta en la vanguardia y la innovación, consiguió en este tema unir la melodía pop con las imágenes poéticas de corte surrealista que provocó que se convirtiera automáticamente en un himno generacional.

3-. “Rock & Roll Suicide” (The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, 1972). Una canción tan corta y en continuo crescendo dan todos los méritos para situar a su creador en las cimas de la composición. Además, este tema tiene la gracia de ser el cierre del que es mi disco favorito de Bowie a título personal. En realidad, esta canción es la que mejor resume ese choque épico entre David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. En sus dos minutos y medio de duración nos encontramos de todo: comienzo en acústico, progreso eléctrico y final apoteósico con metales. Quizás una de las canciones más importantes de la época, y su amplitud hace que cuarenta años después de su lanzamiento funcione como un himno al sentimiento de sentirte apartado.

4º-  “Station to Station” (Station to Station, 1976). Siempre escucho esta canción cuando estoy triste. Lanzada en la época en la que el Duque Blanco jugueteaba con la cocaína y los libros de ocultismo, “Station to Station” supone una innovación en su sonido, un paso radical a la experimentación, fusionando estilos que van desde el kraut, al funk o al soul. Además, es en este álbum cuando nace el término <<New Age>>, y Bowie fue uno de los pioneros de este movimiento artístico. Lo que más me llama la atención de este tema es el nihilismo que desprende, con ese “it´s too late…” final.

5º-. “Space Oddity” (Space Oddity, 1969). La canción más famosa, tan grande e inmensa que sin duda funciona como una de las bandas sonoras clave de finales de los 60 y principios delos 70. Es imposible definir lo que esta canción significa, algo así como el “Take a walk on the wild side” o el “The Passenger” dentro de la discografía de Bowie. “Space Oddity” te atrapa y no te suelta, te conviertes en un ser prendado ante su oscuridad y su lirismo. Un precioso timbre de voz acompañado por una guitarra acústica que lanzó directamente al estrellato al artista inglés.

6º-. “Wild is the wind” (Station to Station, 1976). Una de las baladas más arrebatadoras de todos los tiempos, aquí la voz se vuelve lacrimosa y espesa, como una nana de cuna que canta al amor y al tiempo perdido. Compuesta por los músicos Dimitri Tiomkin y Ned Washington para la película homónima de 1957. Ha salido en multitud de películas y anuncios, y es sin duda una de las obras cumbres de la música de la década de los setenta. A su vez, ha servido de notoria influencia en grupos de noise como Sonic Youth o en bandas cercanas al grunge como Screaming Trees o Smashing Pumpkies.

7º-. “The man who sold the world” (The Man who sold the world, 1970). Esta popular canción llevada al gran público gracias a la versión de Nirvana en su Unplugged in New York, ya presagiaba el talento compositor de David Bowie recién estrenados los 70. Una canción que se mueve entre lo siniestro y lo infantil, entre lo excéntrico y lo pop, y cuya producción resulta compleja y exuberante. En definitiva, otro himno que añadir al amplio abanico de estilos y sonidos del camaleón.

8º-. “Rebel Rebel” (Diamond Dogs, 1974). En mi opinión, esta canción es la canción que siempre quisieron componer los Rolling Stones y que Bowie les robó de la forma más descarada. Un rock eléctrico con un riff de guitarra cien por cien glam rock marca T-Rex que hace que lanzarse a la pista de baile sea algo inevitable. Al margen de sus canciones más oscuras, este tema de cuatro minutos y medio te infunde toda la energía y positividad que caracteriza el ser joven y salir a divertirse.

9º-. “Suffragette City” (The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, 1972). Una de las más importantes canciones de Rock and Roll de todos los tiempos. Muchos señalan “Moonage Dream” o “Starman” como las canciones más reseñables dentro del Ziggy Stardust, pero creo que “Suffragette City” es todavía más rompedora. Esa guitarra de Mick Ronson y su ecualización han dado luz a un montón de bandas, por no hablar del teclado epiléptico que le acompaña marca Velvet Underground y el inesperado break del final. Un tema lleno de energía que puso a Bowie a la cabeza del nuevo rock de los setenta.

10º-. “Subterraneans” (Low, 1977). Para terminar, una lista con canciones de Bowie no es nada sin atravesar aunque sea de refilón su etapa de vanguardia total. Mano a mano con Brian Eno, Bowie nos entregó el álbum Low, quizás uno de los cócteles musicales más difíciles de digerir de toda el rock. Señalo esta canción aunque el álbum entero vale por sí solo. Los sintetizadores campan a sus anchas creando texturas sonoras avanzadas a su tiempo, como un lago helado donde es placentero sumergirse.

Luis Yepes: “Me paso los días enteros escribiendo y haciendo música”

Después de varias semanas sin pasar por el blog, os traigo una entrevista a uno de los músicos más prometedores de la escena nacional. Su nombre es Luis Yepes, y aparte de ser amigo mío desde hace años, ha sacado un EP este año con sus propias canciones que ha dejado a toda la crítica sorprendida.

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“Baile de muertos” es un proyecto de cinco canciones producido por Borja Costa y el mismo Luis Yepes. Lanzado al mercado digital por Low Whistle Records, una discográfica que acaba de nacer y que está dando unos pasos muy grandes. Y es que “Baile de muertos” ya ha sido reseñado en varias revistas de música importantes (El Mundo de Tulsa y Efe Emepor el mismo Juanjo Ordás, entre otras) y este blog, que ha crecido junto a la obra de Luis, no podía quedarse atrás. 

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En “Baile de muertos” encontramos el estilo que tanto ha marcado a Luis Yepes a lo largo de sus años de aprendizaje (dentro de los cuales he tenido el lujo de estar presente): guitarras a lo Bolan, experimentaciones con sintes, mucho rock castizo madrileño y letras cargadas de calidad y compromiso. 

Aún recuerdo una tarde en el bar Penicilino de Valladolid, cuando la noche caía, y descansábamos apoltronados en la terraza con nuestros cigarros de liar. Conversaciones que podrían durar siglos en torno a Springsteen y a Lou Reed, improvisaciones de guitarra en descampados, conciertos y conciertos, pasar la noche en un sofá, preguntándonos cada poco tiempo si nuestro destino iba a ser el mismo que el de Amy Winehouse (por ejemplo), huidas al extrarradio y mucho tiempo perdido con la mejor compañía. Ya hace dos años más o menos, este blog recogía una entrevista en plan colegueo que enlazo aquí por si queréis leerla. 

Además, la salida al mercado de su primer trabajo discográfico no es casualidad, ya que personalmente creo que tanto él con su disco, como yo con mi libro, formamos una piña. Si algún día me preguntan a qué suena mi libro de poemas, “La muerte del Hombre Orquesta”, después de enunciar una lista larga de artistas de prestigio, sin duda suena a Luis Yepes. Porque somos hermanos a nivel artístico. Porque Luis cree en lo mismo que creo yo, aunque hace tiempo que no le vea por diferentes compromisos. Nos criaron en la misma pecera en lugares diferentes. 

Enrique Zamorano: “Baile de muertos” es un EP que contiene muchos estilos que se amparan bajo el genérico de “rock”. En apenas cinco canciones das pinceladas sobre varios estilos: desde el glam rock pasando por el indie y la canción de autor. Particularmente, siempre he pensado que los mejores artistas son los que se arriesgan y acogen en su música diferentes géneros elementales que les han ido nutriendo. ¿Qué piensas de todo esto?

Luis Yepes: Me gusta arriesgar, y me gusta que cada canción sea diferente, aunque no pienso demasiado en si estoy arriesgando o en si una canción es más glam y otra más pop. Aunque me dé cuenta de ello, son canciones, solo trato de que conjunten unas con otras y, que dentro del mismo género, no haya enormes contrastes ni, por el contrario, resulte todo monótono. Se trata de jugar, de intentar contar cosas nuevas, conseguir un estilo propio.

EZ: ¿Cómo te ha resultado lanzarte al mundo musical con un trabajo propio siendo solista?

LY: Mucho entusiasmo y ganas de trabajar. Hay que pasar por muchos malos momentos y sufrir hasta obtener los resultados, pero cuando los obtienes es como cumplir un sueño. Provoca temor el no saber con qué te vas a encontrar, qué respuesta vas a obtener de la gente, pero una vez estás dentro casi ni te enteras. Va pasando el tiempo, vas recogiendo frutos, pero te mantienes tan ocupado que apenas puedes pararte a pensar en dónde te has metido, solo tratas de disfrutar y de continuar.

 

EZ: Las letras son importantes en el disco y se nota que has estado muy pendiente de lo que quieres decir. ¿Qué escritores, así como músicos, te han inspirado a la hora de escribir las letras para el álbum?

LY: Desde los más raros a los más recurrentes. He crecido con las letras de Springsteen y de Dylan, son los que siempre están presente. Luego están Bowie, Marc Bolan, Lou Reed, Mike Scott, Cohen o incluso Billie Joe Armstrong. Todos ellos son gente que crea mundos increíbles, juegan con las palabras y utilizan un lenguaje con el que me identifico. Podría decirte decenas más, así como todos los escritores y poetas de la generación beat. Casi toda mi inspiración nace de artistas extranjeros, aunque no la voy buscando, simplemente disfruto leyendo y escuchando, así es como brotan las ideas. A nivel nacional, descubro más con la literatura y la poesía que con lo musical. Me fascinan Miguel Hernández, los Panero, y aprendo mucho con Benjamín Prado y con José A. Goytisolo, al que descubrí a través de Paco Ibáñez. No digo que todos estos hayan sido inspiración en las canciones del disco, sino solo mis referentes principales. No suelo escribir pensando en las letras o los escritos de alguien, solo pongo en práctica todo lo que ellos me han enseñado y me siguen enseñando, tratando de conseguir una voz propia.

 

EZ: A la hora de hacer canciones, ¿español o inglés? ¿Cómo ves que se expresa mejor uno, en tu lengua o en una lengua extranjera?

LY: Creo que uno se expresa mejor en su lengua, sin duda, pero cualquier idioma, siempre que lo conozcas, es válido. El escribir en tu lengua materna te permite jugar más con el lenguaje, crear metáforas, los dobles sentidos, etc., cosa que en otro idioma que no sea el tuyo, personalmente, es más difícil. Siempre se dice que hacer canciones en inglés es mucho más fácil, que todo suena bien y que el español es más complicado fonéticamente, pero ahí está el reto. Yo escribo canciones tanto en español como en inglés, solo que cuando escribo en español siento que estoy trabajando, que realmente intento expresar algo, mientras que el hacerlo en inglés me lo tomo como un pasatiempo.

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EZ: ¿Cómo ves, en grandes rasgos, el panorama musical español actual?

LY: A mí actualmente, casi todo en general, me suena muy sintético, no solo a nivel nacional, sino internacional. Creo que los que están arriba se arriesgan muy poco, mientras que hay decenas de grupos emergentes que hacen cosas mucho más interesantes pero no reciben el interés que merecen. Parece como si se estuviese produciendo un cambio hacia una nueva dirección, pero no se sabe muy bien a dónde. Aunque en todo esto influye la situación política y social. Todo el tema del I.V.A., los cierres de salas, etc., ya lo conocemos todos, hay menos conciertos, la gente va menos, y es mucho más difícil sobrevivir haciendo música.

EZ: ¿Qué consejo darías a todos esos músicos que están comenzando y tienen ganas de dar el salto?

LY: Trabajo, mucho trabajo y plena dedicación. No tiene mucho misterio. Dicen que en la música hay que tener suerte, que hay que estar en el lugar y momento adecuados, y puede que sea así, pero la única forma de llegar a que eso ocurra es trabajando y moviéndose todo lo posible.

EZ: Madrid ha sido tu cuna vital tanto musical como personalmente. ¿Eso se refleja en tus canciones?

Por supuesto. Creo que Madrid es una ciudad que o la amas, o la detestas. Yo aún no tengo claro qué hago de esas dos cosas, aunque no soy mucho de adorar lugares. Lo que sí estoy seguro es que las mayores experiencias de mi vida no me habrían ocurrido en otro lugar. El ritmo de vida frenético de la ciudad afecta al estado de ánimo y, por lo tanto, a la hora de escribir. En el ámbito musical, tienes la suerte de que todas las noches hay conciertos, todas las noches hay lugares a donde puedes ir. Eso es fantástico.

EZ: ¿Cómo nació el proyecto Low Whistle Records o cómo te llamaron?

LY: No tengo mucha idea de cómo surgió, solo sé que me llamaron cuando el proyecto estaba comenzando para participar en un par de trabajos. Retomé el contacto con Borja Costa después de varios años, y ahí comenzó todo.

EZ: ¿Cómo de difícil es el camino para una nueva discográfica independiente que acaba de nacer?

LY: Actualmente en España el camino de toda empresa que acaba de nacer es muy difícil, y más si se trata de la creación de arte y cultura. Las ayudas económicas son mínimas o nulas, y tienes que tener muy presente qué estás haciendo, por qué estás apostando y con qué vas a arriesgar. Hay que saber no desesperarse, disfrutar de los buenos momentos y los pequeños frutos que te vaya dando el proyecto, y tener mucha paciencia y constancia.

EZ: La música madrileña ha estado viviendo reiteradas prohibiciones y trabas por parte de los gobernantes. En Valladolid estamos igual o quién sabe, peor. ¿Cuál es tu mensaje al respecto?

LY: Todo me parece una gran mierda. El prohibir tocar en las calles me parece una auténtica estupidez, sin más. Es como una forma de intentar tenerlo todo controlado, supongo que por la imagen. Lo que uno se encuentra por las calles de una ciudad forma parte de la cultura del sitio, en donde entra tanto el que va vendiendo bolígrafos con lucecitas, como el que se pone con su violín en la entrada del metro, y regular ese tipo de actividad es un error. Uno puede valorar a un músico de la calle, diciendo si es mejor o peor que otro que hay cien metros más adelante, pero si la actividad es lícita, no se puede prohibir a nadie a que toque en la calle por considerar que no tiene nivel. Habrá que salir a tocar a la calle con el título superior de conservatorio grapado en la frente.

EZ: Te fuiste a Galicia para grabar “Baile de muertos”. Esta manera de grabar y producir discos recuerda muchísimo a cómo se hacía antes, el ejemplo más recurrente es el mítico disco “Exile On Main Street” de los Stones. ¿Es de ese modo como surge el mejor de los ambientes para trabajar en una obra artística, en aislamiento y concentración?

LY: A veces te tienes que adaptar a lo que sea. Nunca puedes planear cómo te van a salir las cosas. Nosotros pudimos aislarnos completamente una semana entera allí, nos dedicamos totalmente, grabamos casi todo y reescribimos las letras una y otra vez, todo ello en siete días. Llevamos un ritmo frenético y fue agotador, pero lo pasamos muy bien. No podríamos haberlo hecho en ese tiempo de otra forma. Parece que el ambiente idílico es parecido a ese, el tener un lugar donde poder alejarte de todo y centrarte únicamente en el trabajo, pero también es necesario el contacto humano. Si te pasas un mes entero encerrado sin saber más allá de lo que hay entre esas paredes, puedes acabar muy quemado y aislarte aún más o rechazar la vida social posteriormente. Puede ser peligroso.

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EZ: Borja Costa, productor de “Baile de muertos”, ha aportado un sonido a tus canciones de lo más profesional. A su vez, con otros músicos de la plantilla de Low Whistle Records como Daniel Torea o Vincent do Val. Lo que siempre se ha preguntado, a nivel de producción, ¿es necesario un buen equipo o más bien lo que prima es el conocimiento y la sabiduría musical para una correcta producción?

LY: En mi caso, prefiero el conocimiento. He visto gente con equipos de la hostia sacando un sonido pésimo. Me gusta la gente que, con los mínimos recursos, saca todo el partido posible y los aprovecha. Prefiero al que me graba una pandereta con un micro barato, aporreándola contra una caja de cartón porque sabe que así obtendrá el sonido que se busca, que al que me lo graba con cinco micros carísimos para alardear.

EZ: Una vez has sacado “Baile de muertos” y programado gira, ¿cuáles son tus proyectos a largo plazo o las aspiraciones que más te llenan de ilusión para afrontarlas?

LY: De momento, continuar moviendo este trabajo. Me paso los días enteros escribiendo y haciendo música, lo que ocurra en el futuro no lo pienso demasiado, no voy a hacer otra cosa más que música. Supongo que he de ser ambicioso, pero lo que tenga que ocurrir, ya se irá viendo en el día a día, por ahora, continuar trabajando.

Uh-uh-uh-uh-uh (“Street Hassle”, Lou Reed, 1978)

Una vez más, dedico un nuevo post a mi artista favorito: Lou Reed. Recato de la memoria discográfica de finales de los 70 uno de los álbumes menores, pero no menos poderosos, del artista neoyorkino: Street Hassle (Arista Records, 1978). Este podría ser el último disco de corte glam de la discografía de Lou Reed. 

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Bastante deficiente en cuanto a repertorio, solo se deja un par de temas buenos y una auténtica obra maestra en su interior: la canción que da título al disco, en el tercer track. Podíamos decir que la única innovación en el disco pasa por las armonías vocales que usa Reed. Muchísimo más queer, más transexualizadas (no llegando al timbre femenino, sino más bien haciendo de su voz masculina algo terriblemente gay), más sensibles al vibrato, y sobre todo, más hirientes. Porque lo que merece recuperar de este disco son las letras. Al margen del resto de discos de pop glam de Lou (Transformer, Sally Can´t Dance…), las letras se dejan el bucolismo de, por ejemplo, un “Perfect Day”, o el vocabulario venido del hampa drogadicto, de hits como “Walk On The Wild Side”, para adentrarse en la violencia y la suciedad que usaba antes en The Velvet Underground. 

Las guitarras están más cargadas, siguiendo un poco la línea de su amigo Bowie, llegando a aterrizar en una atmósfera de glam rock personal que unía de alguna forma ese toque suave de Transformer con la acidez, tanto musical como letrística, de la Velvet. La incursión también de cuerdas y algún que otro metal, seguramente fruto de la moda del momento, encabezada por la fusión de rock y orquesta de los Rolling Stones en su Exile On Main Street. 

Pero en realidad, Street Hassle no es un disco para escuchar si aún no sabes quién es Lou Reed o más bien te cae mal. Lou Reed en este disco está en su salsa, no obedeciendo a una discográfica. La violencia, la ambigüedad sexual, las drogas y los yonkis… todo lo provocativo reunido. Es por ello que este disco merece escucharse desde ese prisma, desde el papel que ha ejercido Lou Reed desde el día en que se le ocurrió coger una guitarra: un mariconazo malévolo y perturbado, pero sin embargo, a la vez cautivador y romántico. Una especie de Frankenstein del rock, un Elvis al que le van los consoladores, una versión vulgar de Bowie, un héroe moderno en una época en la que a los héroes se les compraba con el dinero, un representante en las filas de afectados por la heroína y el speed, una mala jugada de la psiquiatría del siglo XX, y sobre todo, el artista más original, polémico, camaleónico y carismático, llegándose a burlar hasta de sí mismo y de su público. 

La única canción que merece rescatar de esta fechoría titulada “Street Hassle” no es otra que la ópera rock, la que en su día, me hizo a mí leer a William Burroughs (habiendo llegado a dedicar la canción Lou al escritor) y tirar a la basura toda mi escritura rematadamente infantil y pedante, para dar de bruces con el esperpento. Como decía Enrique Bunbury, “¿por qué siempre conviene alegrar a la gente? / también de vez en cuando / está bien… asustar un poco.”

No os podéis perder el vídeo, de las mejores uniones imágenes-música en todo el rock. Y, sobre todo, la letra, que habla de cómo se lo monta un yonki con un transexual para luego asesinarle. El vídeo es demasiado bonito para la letra que suena de fondo. Demasiado romántico, demasiado saturday night, aunque bien guarda sus partes sórdidas y con doble sentido. Y como no, con un final absolutamente épico, repitiendo la sentida frase en un sentido obsesivo

LOVE HAS GONNE AWAY…”

y el arrepentimiento

“OHHH BABY, PLEASE DON´T SLIP AWAY…”

El hombre que casi conoció a Mick Ronson

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“Mira, tío”, me decía llevando la vista a una fotografía antigua.

Se trataba de Alex, uno de los mejores amigos que tuve y que algún día, sin saber por qué, dejamos de vernos.

Era un fanático de Bowie y sus Arañas de Marte: llevaba toda su adolescencia buscando el vinilo original, el fechado justo en el año en el que salió al mercado, la primera edición musical en plástico coleccionable del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”.

Yo, como muchos me conocéis, siempre fui más de Lou Reed. En las largas tertulias que teníamos en el colegio y en mi habitación siempre me ganaba, alegando que el “Transformer” de Lou Reed era una absoluta copia del “Ziggy Stardust”, y que Lou Reed dejó en manos del Duque Blanco todo el disco. “Puede ser”, le respondía yo, “pero <<Walk On The Wild Side>> es una canción que Bowie no hubiera podido hacer jamás.”

Ahora muchas veces cuando vuelvo a escuchar “Walk On The Wild Side” no me acuerdo ni de Alex ni de Lou Reed ni de nada: solo pienso en cómo, dónde y cuándo moriré, algún día, en un futuro que espero lejano.

Alex se fue de mi ciudad nada más acabar la E.S.O. Justo cuando comenzamos a flirtear con drogas suaves. Justo cuando empezamos a vivir la “época rock” en la vida de una persona. El takeawalkonthewildside. Cuando en el recreo corríamos a escondernos en la esquina más oculta para fumar un pitillo discreto, intentando ser ajenos a la vista de los profesores que vigilaban celosamente de que todo fuera correcto, sintiéndonos libres e irresponsables, un poco punks, viendo eso de fumar en el colegio como una especie de trastada. Toda esa rebeldía adolescente hizo que comenzaran a caer suspensos.

A Alex le caían más que a mí, ya que yo, al fin y al cabo, siempre mantuve un poco la cordura.

Ello deparaba a Alex graves discusiones familiares, hasta que, tras acabar la Educación Secundaria a golpetazos, le obligó su madre a ponerse a trabajar dándole con la realidad en las narices con eso de que “tú no eres de estudiar”.

Entonces, le perdí por completo de vista.

Los primeros versos que escribí fueron en clase de Lengua y Literatura, a la par que Alex, mientras el mareo del cigarro mal liado de tabaco Virginia castigaba nuestras gargantas puras aún. Yo nací en la poesía con versos cursis, muy románticos e infantiles, como bien puede ser el inicio de cualquier poeta. Alex, sin embargo, solo hablaba de su idolatrado Ziggy Stardust. Yo le decía que lo que escribía no era poesía porque no rimaba. Ignorante de mí. Seguramente muchos de los poemas sin rima que escribía Alex a David Bowie y a su teatro musical tenían por entonces muchísima más calidad que toda la sarta de gilipolleces en verso que he escrito yo ayer, hoy y mañana.

Fueron unos años bonitos pero también muy conflictivos.

Éramos los “raros” de la clase. Pasábamos de cero a cien en nada, de la vitalidad y la fuerza, a la angustia, la soledad y la tristeza. Tal como ahora. Pero creo que antes no estaba tan controlado, a diferencia de ahora. Eso quizás es lo que nos empujó a escribir. A ser auténticos en lo que hacíamos. A ser nosotros mismos y mandar a la mierda a todo aquél o aquello que se nos pusiera encima.

Eso es el punk: buscar otro camino. Aceptar tus diferencias respecto al resto y, de alguna forma, llevar las cosas a cabo por otro camino. Ahora me pregunto si Alex seguirá escribiendo, al igual que yo.

La fotografía que nombraba al inicio enseña el camerino de una de las actuaciones de Bowie y su banda en la gira del Ziggy Stardust. En ella, posan el padre de Alex y Mick Ronson, mano derecha de Bowie y productor del disco.

Alex hablaba de su padre, que murió desgraciadamente cuando él tenía tan solo nueve años, como aquél que una noche tuvo la oportunidad de ver al Duque. Alex quería haber estado allí, en ese camerino sucio de algún lugar de la gira europea del grupo de rock, al lado de su padre, conociendo a las Arañas de Marte. Cuando Alex era niño, su padre le aseguró haber hecho todo lo posible por acceder al camerino de David Bowie, pero un portero se lo impidió por la fuerza. Así que se tuvo que conformar con una foto y el intercambio de unas pocas palabras con Mick Ronson, mano derecha de Bowie.

Yo, para disputar sus palabras, describía también los grandes logros rockeros por parte de mi padre:

Bruce Springsteen en el Estadio Calderón en la gira del “Tunnel Of Love”.

Prince y Michael Jackson, cuando ambos atravesaban su buena racha.

Lou Reed, en un teatro escondido de Salamanca en la gira del “New York”.

Pero mi padre nunca estuvo en un camerino de alguien famoso, como el de Alex. Mi padre era más disperso en cuanto a artistas, al contrario que el de Alex, que, al igual que su hijo, para él solo existía David Bowie. Y para mi amigo Alex esa foto simbolizaba lo que comúnmente se suele llamar “triunfo”. Esa foto en la que se veía a su padre de joven cuando aún él no había nacido, al lado del guitarrista de David Bowie, simbolizaba para Alex todo. Posiblemente, la gloria reflejada en una imagen, el éxtasis de toda una vida de seguimiento a un solo artista.

Y ahora me imagino a Alex tirado en su habitación escuchando “Rock&Roll Suicide” mientras Bowie susurra a voz en grito que no está solo.

Yo terminé el Bachillerato e hice Periodismo. Para entonces, no volví a ver a Alex. Quizás esté en otra ciudad buscando trabajo. O trabajando, con suerte. La verdad, nunca he intentado buscarle, lo que se dice, en serio. Pensé en lo que nos diríamos si nos volviéramos a encontrar. Después de haber compartido tantas aventuras y momentos en nuestra adolescencia se haría difícil. Sería un trago complicado.

Él muchas veces decía que iba a ser músico, como David Bowie. Yo probé también con la música, más o menos a la edad en la que dejé de tener contacto con él. Pero había demasiadas cosas. Por ello me metí en Periodismo, siguiendo la línea parental de gustos dispersos. Vi en el Periodismo un oficio en el que había de todo y a mí siempre me gustó ese “de todo”. A Alex, como a su padre, solo le gustaba David Bowie. Yo, como mi padre, me abrí a muchos más géneros musicales y artistas. Y quizás esa fue la razón por la que escogí Periodismo una vez llegado el día. Porque necesitaba estar pendiente de cualquier cosa. Quizás para sentirme ligado a ello, al mundo, a las personas, ligado a todo.

Ahora vuelve a sonar “Walk On The Wild Side” y no me acuerdo de Alex. Ni de Lou Reed. Ni de David Bowie. Ni en los cigarros que fumábamos a escondidas en el recreo. Ni del padre de Alex. Ni en Mick Ronson o en la fotografía. Solo pienso al escuchar la voz de Lou Reed rasgando el silencio de mi habitación en cómo, dónde y cuándo moriré.

Quizás la canción que más me haga pensar en Alex y en el tiempo que compartimos sea aquélla titulada “Life On Mars?”. El único temazo de Bowie que gustaba a Alex fuera del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”. Creo que la razón por la que pienso en él es por el significado intrínseco de la canción. Porque el recuerdo de Alex, tal y como demuestran estas líneas si las han leído con atención, es el de un chico totalmente atolondrado que presumía de tener un padre, que además de muerto, veía como triunfador, solo por haber llegado al camerino de la banda de Bowie. Pero no con Bowie mismo, sino que con su guitarrista. Con lo que ese triunfo no es completo, no está entero. Al fin y al cabo, me hace pensar que ese mismo triunfo no es más que una ilusión: Mick Ronson es una ilusión, el recuerdo es una ilusión, la lucha por la vida y por todo lo que quieres es una ilusión… Esta es una de las razones que me dan pie a pensar en lo absurdo de la existencia.

En lo vano que es todo esto de vivir.

En lo desgraciados que somos.

Alex a veces se me aparece en sueños diciendo que ha encontrado vida en Marte, “sentado en un trasto de hojalata, viendo el inmenso color azul del planeta Tierra, sin nada qué hacer”.

Pensándolo bien no quiero volver a ver a Alex. Ni en sueños siquiera. Supongo que seguirá buscando, esta vez por Internet y como loco, el LP original del Ziggy Stardust del año en el que salió al mercado, y que por error a su padre algún día se le olvidó adquirir en la época.

Pero bueno, al fin y al cabo todo esto es un jodido error, ¿no?

¿Aún no han escuchado mi canción favorita? 

No me importa morir descuartizado en tus manos estimada hermana

Como te has ganado mi cabeza/que entrando candidata/has salido presidenta/y ahora pienso en ti/y me doy cuenta/mientras tú andes por el mundo/mi casa estará cerca/y aunque yo haga una dieta de tristeza/si tú eres quien cocina/algo más que mierda/habrá en la mesa,

He vuelto después de doce días de infarto entre exámenes y largas noches sin dormir. Bowie saca disco nuevo el próximo 12 de marzo con el título de “The Next Day”. Depeche Mode acaban de presentar nuevo single de su próximo disco que saldrá el 26 de marzo titulado “Delta Machine”. The Strokes acaban también de lanzar título y nueva fecha de lanzamiento de su nuevo álbum. Bring Me The Horizon más de lo mismo. Green Day con Tré! hacen lo mejor después de American Idiot. Nick Cave & the Bad Seeds vuelven después de cinco años con “Push the sky away” y sus tiernas baladas de hombre tremendamente preocupado por el pecado. Reediciones de Fleetwood Mac (Rumours, uno de los mejores discos de los 70´) y anuncio de gira mundial con comienzo el 4 de abril , The Smashing Pumpkins (Mellon Collie and the infinite sadness) y T-Rex (The slider 40th anniversary boxset). Nuevo disco de Quique González que llevará por título “Delantera Mítica” (single aquí). Se publica una edición coleccionista con todos los temas de Guthrie (incluido inéditos) con hojas y dibujos de su pluma. Hay rumores por ahí de que Led Zeppelin podrían hacer nueva gira tras la salida de su “Celebration Day” el pasado año. Todas estas cosas interesantes apuntan los comienzos de este 2013. Al final, se ve que sobrevivimos al fin del mundo. 

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Portada de “Woody at 100”, disco por su centenario

Y ahora vuelvo a ti/¿qué es lo que hacemos?/Pues haremos lo de siempre/llegar a este punto y ya veremos/y es que más que un capricho tu cuerpo/que no sé lo que pasa/que lo pego al mío y enloquezco/me caíste en gracia a la primera/que mira que eres zorra/que de invierno me fui a primavera

Muy pronto enloqueceremos. Todos, uno a uno caeremos como pajaritos. Ando metido en libros de postmodernismo. John Barth, Manuel Vilas, Eloy Fernández Porta y su “afterpop”, Thomas Pynchon (a éste intentándolo leer más bien)… Pero sin duda el más importante de todos ellos Agustín Fernández Mallo. Su poemario “Antibiótico” es de lo mejor que he leído en bastante tiempo en poesía. Pronto leeré la nueva novela de Antonio J. Rodríguez, “El principio de la incompetencia”. Y Luna Miguel para este mes que viene de febrero nos anuncia “La tumba del marinero”. Qué ganas. 

“la esperanza cóncava que se forma,

al mear sobre nieve” (AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO)

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Y es que no puedo evitar/sentirme un poco y además/el tiempo es verdugo que castiga/dame una rosa/dame un clavel/dame un cuchillo/hazme trozos provócame/una de dos o nos matamos/o lo hacemos por última vez

Me relaja comprar discos. En esta semana de abultado estrés he conseguido “Al Alba”, de Luis Eduardo Aute (el Leonard Cohen español y que me perdone Sabina), los mejores éxitos de Parálisis Permanente y varios LP´s antiguos de Screamin´ Jay Howkins. Ah! Y una gran joya que encontré por casa: The Court Of The King Crimson. Qué pasada. 

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Quisiera también agradecer con este post a Bizarre Enfant, una compañera de clase y bloggera al igual que yo, por su detalle tan bonito de componer un poema hacia mí persona. Si de algo vale la escritura es para hacer feliz a los demás o que se lo pasen bien. Y en el caso de Paula, al considerarme “poeta” es mucho. Y yo estoy muy contento de que se lo pase bien conmigo y que disfrute. Muchas gracias, Bizarre. Estás tan chalada como yo. No lo dudes ni lo olvides. El poema lo podéis leer aquí.

Si os preguntáis de qué son los poemas que hay al principio, BNR. Mítico grupo madrileño. Esto es su homenaje, al igual que el título de este post. Y ahora, una foto de Bowie que me encanta, para adornar el final y este post de vuelta. Y para esperar “The next day”…

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