La música y las palabras

Debe ser que esto de escribir en blogs ya está trasnochado. Me explico: me hace sentir “raro” dedicar un espacio humilde de mi tiempo para anotar una serie de pensamientos aquí. A la velocidad a la que van los tiempos, lo de tener un blog y dar rienda suelta de alguna forma a ese fluir de ideas personales, acomodadas, bajo una luz tenue de escritorio y tras un largo día de trabajo, me resulta algo más que extraño. ¿Para qué? De alguna forma siempre he sentido el impulso de escribir. No sé por qué, siempre he sentido que debía contar algo. “¿Te gusta escribir?”, me han estado preguntando desde que adquirí conciencia de ser. “Se ve que te gusta escribir”. ¿Qué significa escribir?


He escrito mucho en este blog desde que lo comencé allá por 2012, en mi primer año de carrera universitaria en Periodismo. Ya han pasado seis años. Madre mía. Y sigo encontrándome aquí, en este blog desangelado y desatendido. Dispuesto a escribir una vez más. ¿Qué es lo que pasa? Hoy me ha saltado un mensaje de WordPress diciendo “¡¡Feliz Aniversario!!”. Y aquí estoy otra vez. Escribiendo. ¿Por qué? Creo que muchas veces, la mayoría de las cosas que hago no tienen explicación.

Lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Un espacio donde desperdigar palabras y nombres, en el que vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.

Animado por Eva Campos, mi profesora de ‘Innovaciones tecnológicas aplicadas al periodismo’ (un título de asignatura con un cariz bastante prehistórico en cuanto a cultura digital se refiere), decidí hacer un blog que documentara mis pasiones verdaderas: la escritura y el Rock&Roll. Recuerdo que vino hacia mi silla y vio que ponía en el subtítulo: “jazz, doo-wop, post-rock…” y una infinidad de estilos más de los que en su momento yo me creía el altavoz. Y me dijo “¿Te gusta el jazz?”. Yo no había pasado de los discos de Coltrane y Davis, pero si ponía “jazz” en el subtítulo ya se suponía que estaba hecho un ducho en la materia. En todo caso, lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Y ese era el ambiente propicio para este blog, un blog donde encontrar todo lo que mi mente frágil y maltrecha de adolescente discurría y podía adquirir, un espacio donde desperdigar palabras y nombres, vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.


La verdad, los mejores profesores son los que, sin una intención real manifiesta o sin querer, te animan a emprender grandes caminos de una forma entusiasta y completamente desinteresada. No el típico chapas que te viene diciendo lo que tienes que aprender de cara al examen o qué debes hacer para ganar dinero y procurar tener una vida digna y cómoda. De alguna forma, le estoy agradecido a Eva, en donde quiera que esté o si lee este post.
Ya hace seis años. Se me ponían los ojos como platos al leer a William S. Burroughs así como toda la literatura beat, lloraba borracho en la calle con las melodías de Tom Waits y tenía alucinaciones mágicas sin apenas consumir ninguna droga aparentemente letal con los discos de My Bloody Valentine o Radiohead. Por poner algunos ejemplos. Eso era la adolescencia y así la pasé. Para las personas de mi generación, la adolescencia todavía no ha acabado, y espero que dure unos cuantos años más. Aunque a decir verdad, ya todos parecen más adultos.


Incluso yo me veo como un adulto. Tengo un trabajo estable y hago lo que quiero, lo que siempre quise: escribir. La sensación que arrastraba desde el instituto, ese impulso irrefrenable y apasionado de coger el bolígrafo y escribir en el folio en blanco permanece en mí, y ahora sé que se va a quedar conmigo para siempre. Pase lo que pase, haga lo que haga.

La música es el catalizador de toda relación humana con el mundo y las personas. Es el lazo que une y ata para siempre, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y quiénes vamos a ser

En los últimos meses, he abandonado la literatura y la poesía y me centré en escribir reseñas de música. Qué mejor placer que el de desentrañar discos, tanto actuales como del pasado. A decir verdad, la música es el único valor intangible y permamente que siempre está ahí, más que la propia literatura o el tan cadudo periodismo. Lo digo y lo diré siempre: la música es el catalizador de toda relación con el mundo y las personas, con el entorno. Es el lazo que une y que ata para siempre, la verdad inmutable que desentraña todo proceso o acción, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y qué vamos a ser. Una forma de amar verdadera y real, más allá de los gestos o las emociones.


La música es lo mejor de la vida. No exige nada, solo ofrece. Ni siquiera es interesada, vanidosa o engreída, siempre está ahí para vincularte al rugir imperioso de la experiencia y del anhelo. Del gozo. Dicen por ahí que la vida se mide en momentos, y mis mejores momentos están llenos de música, incluso en el más precioso silencio, donde solo los sonidos corrientes funcionan como escalera a la más alta cumbre de la sensación.

Todo esto gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Dedicaba mi tiempo libre a escribir. En la etapa de parado desesperado puedes hacer muchas locuras. Yo me mantuve firme en mi compromiso con la palabra. Proyecté la novela que tanto ansiaba escribir y que nunca llegué a terminar. Fue en vano. Quizás ahora consiga fuerzas para hacerlo. Al final, la cotidianidad y el trabajo sepultaron toda tentativa de imaginación. Tuve la suerte, la enorme suerte, de poder trabajar en lo que siempre quise trabajar: escribir en un medio de comunicación. Y así me llegó la oportunidad, sin esperarlo ni imaginarlo. La enorme suerte de aprender de periodistas de verdad, de oficio y de carrera. Todo gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y a las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

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Noah Cicero: “EEUU es el gran experimento de si los humanos pueden compartir un pedazo de tierra sin matarse unos a otros”

*Entrevista publicada originalmente en la Revista Quimera, número de octubre de 2016.

Y el tedio norteamericano nos va encerrando como ningún otro tedio del mundo.

William S. Burroughs, El almuerzo desnudo.

Al igual que Burroughs atrapaba y definía en un desfile sinfónico y literario las vidas de los freaks más despreciables del siglo pasado, los escritores norteamericanos de la escena alternativa vuelven a hacer lo propio con este mundo contemporáneo y globalizado. En este mundo repleto de comunicaciones vacías y crisis permanentes, en este mundo constantemente amenazado por el terrorismo y la guerra de civilizaciones, en este mundo donde encontrar un buen trabajo para la gente de clase obrera resulta casi un milagro. Donde las promesas que nos hicieron sobre un futuro prolífico al terminar los estudios quedaron sepultadas bajo toda la nube gigantesca de publicidad y comentarios en redes sociales. Donde quejarse ya no es suficiente. Donde los gobiernos bajan sus pantalones a las grandes multinacionales y las dejan campar a sus anchas. Donde hay mano de obra barata. Donde todavía se asesina y se juzga tan solo por el color de la piel.

En un mundo más o menos parecido o similar, basan sus historias autores como Noah Cicero, escritor norteamericano de 35 años, quien no solo ha sobrevivido al aburrimiento más letal en ciertas partes de Norteamérica, sino también al ocaso industrial de su ciudad natal: Youngstown, Ohio. Una ciudad que a finales de los años 70 cerró su principal industria, la siderurgia, dejando a cientos de personas en la calle y deparando consecuencias similares a las ya vividas en nuestro país a raíz de la recesión económica: la emigración como último recurso para todos esos jóvenes que, como Cicero, debieron partir hacia zonas más prósperas.

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Noah ha publicado más de siete novelas en diez años, desde The Human War en 2003 (Fugue State Press), una novela antibelicista contra la administración Bush y la guerra de Irak, hasta su novela más conocida, Best Behavior, publicada en España en 2011 por la editorial Pálido Fuego. También ha participado en antologías de poesía como VOMIT (El Gaviero, 2013) junto a otros autores del momento como Tao Lin, Dorothea Lasky, Megan Boyle o Jordan Castro.

Pero sin duda la mejor obra que resume el pensamiento de Cicero es una de título largo que simplifica el estilo de vida occidental en cinco puntos: “Trabaja. Cuida a tus hijos. Paga tus impuestos. Obedece la ley. Compra cosas”.

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Cicero conoce desde dentro la complejidad que tienen personajes anónimos para desenvolverse en la sociedad americana y conseguir un seguro médico. A través de sus novelas podemos indagar en la alienación de unos seres que no saben qué hacer con el tiempo que les ha tocado vivir, como con una sociedad que asienta sus leyes en el consumo masivo de productos e imágenes.

Desde unos ultramarinos en Las Vegas, Noah Cicero admite haber conseguido salir de su ciudad, la ciudad que le vio crecer y que actualmente vive sumida en el caos y la despoblación. A día de hoy compagina su trabajo con la escritura, tanto de libros de ficción como de poesía, estudia obras filosóficas contemporáneas y cena con editores, profesores y escritores que como él, decidieron dar la espalda al establishment literario.

Toda esta corriente de nuevos escritores norteamericanos alternativos se sirve de sus propios medios para editar y publicar sus libros. No sería nada nuevo añadir que basta con un simple click en Google para dar con archivos PDF llenos de relatos cortos, poemas y ficciones, en páginas web como Bear Parade, Electric Literature o Lazy Fascist Press.

En los últimos días hemos estado hablado con Noah Cicero para ver qué tal le va en su nueva ciudad, Los Ángeles, y para conocer sus opiniones sobre temas que están de actualidad: el inesperado ascenso a la presidencia del gobierno estadounidense del magnate Donald Trump, la crisis de los refugiados que asola Europa o la situación económica de ciudades en bancarrota, como su ciudad natal, Youngstown.

La conversación nos ha llevado por diferentes temas que preocupan al escritor, como las drogas y las adicciones, su vena existencialista, budismo, literatura, música, Internet y, como no, el aburrimiento americano al que Burroughs se refería.

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P: ¿Cuándo decidiste dedicarte a la novela y por qué?

R: Creo que nunca decidí ser novelista. Un novelista es una persona que se levanta un día y dice “Soy novelista” y luego escribe novelas románticas o de terror. O bien escoge una carrera de Bellas Artes y escribe sobre gente con síndrome de Asperger o sobre un padre y un hijo mientras el mundo se acaba. Nunca he pensado “soy novelista”. He tenido arrebatos increíbles, así como muchas sensaciones especiales en diferentes experiencias, y luego he escrito sobre ello. Si llega a las 180 páginas el documento de Word, se convierte en novela; si solo tiene 10 páginas, es un relato corto; una página, un poema. Pero nunca, en toda mi vida, pensé en ser escritor. Nunca le he dicho a nadie “Soy escritor”, frecuentemente alego que tan solo escribo cosas por diversión.

E: ¿Cuál es tu método para escribir novelas?

C.: Para escribir poemas, ensayos o hacer entrevistas voy al Sturbucks y bebo café helado. Me pongo los cascos y me emociono mucho y escribo rapidísimo, a veces lloro un poquito.

Para la ficción uso un escritorio pegado a una pared. Tengo un ordenador especial con el que escribir ficción, un ordenador portátil IBM. Me encanta su teclado y que el ratón sea una bola roja en el medio del teclado, lo que me permite escribir lo más rápido posible. Internet va muy lento en dicho ordenador, no tiene cortafuegos así que no puedo meterme en Facebook ni navegar por Internet. Solo tengo que trabajar.

Mi método consiste en pensar constantemente sobre lo que quiero escribir unos días antes. Tengo una personalidad obsesiva e insana. Escribo lo que voy a escribir en mi cabeza primero, probablemente el 90% se hace en mi cabeza. Luego me siento y tecleo con mucha rapidez. Me encanta la experiencia de pensar sobre la escritura, la experiencia de escribir y la experiencia de leerlo para unirlo todo. Y creo que si escribes con naturalidad, sin necesidad de editar, el texto se vuelve mucho más original y humano.

E: Has vivido en la ciudad de Youngstown, en Ohio. La revista Forbes eligió esta ciudad como una de las veinte ciudades más miserables para vivir. Pienso en otras ciudades, como Detroit, donde el gobierno ha cerrado más de cincuenta escuelas públicas en los últimos dos años. ¿Son razones suficientes para estar enfadado?

C.: Hace que no vivo en Youngstown cuatro años. Ahora vivo en Las Vegas. Crecer en Youngstown deparó consecuencias terribles en mi vida. Es un área muy pobre, no hay trabajos buenos, la universidad a la que fui era horrible pero tenía que ir ya que estaba a diez minutos de mi casa y no tenía ningún tipo de ayuda familiar ni guía en la vida. Todos los adultos que me rodeaban eran alcohólicos y adictos a las drogas. Youngstown nunca ha tenido una comunidad universitaria que ayuda a la gente pobre, ahora que estoy en Las Vegas la cosa es distinta y la Universidad hace todo lo que puede para que tengas un trabajo. No todo Norteamérica es como Youngstown, he estado en cuarenta estados y he vivido en varios de ellos. Hay estados y gobiernos locales que de verdad funcionan eficientemente. La gente de Ohio debe o bien cambiar de sitio o bien arreglar sus propios problemas. El gobierno federal de Youngstown no es, en mi opinión, la causa directa de que la situación sea tan miserable.

E: Varios de tus libros hablan sobre personajes con trabajos mal pagados que luchan por sobrevivir en un mundo cruel y a quienes les resulta imposible mejorar su calidad de vida. ¿Ha empeorado la situación tras estos años?

C.: Si vives en Youngstown seguramente. Best Behavior habla sobe una época en América, en la cual América estaba cambiando de una economía generalizada masculina y blanca, a una economía participativa y especializada. Desde 1995 hasta 2010 el mundo cambió, y nuestros padres no supieron cómo ayudarnos, ellos habían estado viviendo en el mismo paradigma que había desde la Segunda Guerra Mundial, y ellos no tuvieron ni idea de qué decir a sus hijos. Nuestros padres no nos mandaron a un colegio con informática, no hablaron a los jóvenes de especializarse, solo las clases altas y educadas sabían que los ordenadoras y la industria médica iba a dominar el mundo en 2015, pero los padres de la clase obrera no lo sabían, así que ellos no nos pusieron al día sobre aquellos títulos universitarios, por lo que un montón de nosotros pasaron sus 20 años tropiezo tras tropiezo. Sin embargo creo que ahora, si un padre dice a su hijo “debes estudiar informática, debes ir a una universidad para estudiar un título especializado”, estarían francamente de acuerdo.

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E: En tus libros aparecen muchos personajes con serios problemas de adicciones. ¿Podrías hablar desde tu experiencia personal y tu opinión sobre las drogas?

C.: Como muchas personas he tomado drogas en las fiestas de sábado cuando tenía 20 años, pero ya no lo he vuelto a hacer. Creo fervientemente que los adictos a las drogas son seres indefensos. No soporto estar rodeado por ellos. Mi madre fue adicta durante 30 años y está destruida como persona. Mi hermano fue adicto y murió. He tenido muchos amigos que han muerto o están en prisión por las drogas. Las drogas son el anti-zen y convierten a las personas en indefensas. No son conscientes de nada, no trabajan para mejorarse a sí mismos ni a su sociedad, lo único que buscan es conseguir droga. Ahora, si tú quieres fumar marihuana o tomar Aderall una noche de sábado, o si estás teniendo un ataque de pánico puedes tomar Xanax, pero yo no creo para nada que esas cosas sean una respuesta para alguien. Trabajo con dos personas jóvenes, ambas nacidas en América; una es una chica mitad afgana, mitad boliviana, algunas veces bebe vodka a sorbitos y va a ser arquitecta. La otra chica es de raza inca e hispana, no pierde el tiempo con las drogas y va a ser astrónoma. En definitiva, me importan muchísimo más las personas que serán arquitectas o astrónomas que las que toman setas o fuman crack.

E: ¿Es el aburrimiento la peor sensación de este siglo?

C: La peor sensación para la gente blanca de mi generación es no estar capacitados para vivir a la altura de las vidas de nuestros padres. Muchos nunca podrán comprarse una casa, tener un patio, tener un sueño. Hay algunos que lo intentan, pero se endeudan muchísimo; luego una cosa va mal y todo se va al garete. Mis abuelos tenían casas, patios, esposas, y cuatro niños en octavo curso. Mis padres tenían casas, patios, esposas y tres niños con nivel de instituto. Vivo en un pequeño apartamento con un título de bachillerato y trabajo en una tienda de comestibles; sin casa, sin mujer, sin niños, sin nada. A ojos de mis padres, soy un completo fracaso en la vida.

Por otra parte, los afroamericanos viven intentando hacerse camino en el mundo de la educación y en los trabajos de oficina. Por tanto, ellos deben trabajar mucho más y más DURO para llegar a entender qué hay que hacer en estas nuevas circunstancias. Ellos también tienen la presión de la gente blanca y negra que les ven como “embajadores de toda su raza”. Los afroamericanos están siendo disparados, bien por arma de fuego o táser, por agentes de policía. En 2015, 1.186 personas fueron asesinadas y no tuvieron un juicio justo. Sin juicio, sin abogados, simplemente les disparan por causas realmente estúpidas. La oportunidad de encontrar mejores trabajos ha sido posible hasta hace muy poco.

Si en este país haces algo malo, te disparan con táser o con pistola. Hubo una mujer de mediana edad que se emborrachó una noche de sábado con sus amigos y la policía le jodió por estar haciendo demasiado ruido. A raíz de eso, una chica negra de 13 años ya no seguirá yendo a clase porque su madre murió la semana pasada y ella cayó en depresión, la policía vino y la disparó.

Aquí no hay tranquilidad. Hay 2´2 millones de personas en prisión ahora mismo, la mayoría de ellos negros, por no hacer nada salvo ser negros.

En el caso de los latinos, tienen que soportar a los políticos y a sus gritos de “construyamos muros” y “hay que echarles” y “aprended inglés”. Los medios de comunicación permiten que esto siga ocurriendo, Fox News ha dedicado ríos de tinta a los horribles comentarios del señor Trump. Los latinos trabajan en este país, pagan sus impuestos y hacen esfuerzos por aprender inglés. Y toda esa jodida gente blanca estúpida no les quiere dejar en paz.

En el caso de los asiáticos, están bajo mucho estrés debido a que sus padres les exigen a sus hijos que sean perfectamente parecidos a los blancos, así que los niños intentan parecerse a los blancos y acaban perdidos entre dos culturas sin desarrollar al cien por cien un sentido de identidad. Conozco a varios asiáticos que son profesores y doctores; tienen un buen salario, una casa, pero no tienen un mero sentido de identidad.

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E: Has afirmado que actualmente hay 2´2 millones de personas encarceladas, la mayoría de ellos negros, por no hacer nada salvo ser negros. Es obvio que Estados Unidos es un país con altos niveles de represión. Desde Europa, Estados Unidos se ha visto siempre como el país de la libertad y de la democracia. ¿Qué fue mal? ¿Qué diferencias encuentras entre otros países como Europa?

C: América es el país más rico del mundo, y el país más rico del mundo siempre es el más cabrón. Cuando España y Portugal eran ricas aniquilaron a los nativos americanos durante cien años, y robaron africanos para venderles como esclavos. Cuando Inglaterra era el país más rico, mandó a sus prisioneros a Australia y creó el terror por toda la tierra. Los países más ricos son siempre brutales, básicamente porque ellos no quieren dejar de ser ricos.

E: Tu país está viviendo un momento muy importante. Donald Trump acaba de ser elegido presidente de Estados Unidos. En Europa, los expertos en comunicación describen el fenómeno Trump como “populista”. Tras estas largas décadas de lucha por los derechos de los negros en América, ¿la situación ha ido a peor? ¿Crees que el odio ha aumentado?

C: Piensa en algo: en España el 84% de los ciudadanos son españoles, y más del 16% restante son europeos, con más o menos un 70% de católicos. Esto es algo normal en toda Europa, el país es predominantemente homogéneo en cuanto a razas se refiere. América no es así, nosotros tenemos un 63% de blancos, pero blancos diferentes: católicos, protestantes, italianos, judíos; en definitiva, blancos que llevan en América 400 años y blancos que llevan aquí 50 años.

La familia de mi madre se remonta a 1620 en la época del Mayflower (nombre del barco que transportó a los primeros ingleses separatistas al nuevo mundo), pero la familia de mi padre no vino aquí hasta los años 20 del siglo pasado. Luego, hay como un 12% de africanos que fueron esclavos, un 16% de hispanos, un 5% de asiáticos y un 1% de nativos americanos. Imagina si España se levanta mañana con un 30% de protestantes locos, un 16% de Libia y un 12% de Tayikistán. Apuesto lo que quieras a que habría conflicto.

América es el Gran Experimento de si los humanos de esta tierra pueden vivir todos juntos y compartir una sola pieza de tierra sin matarse unos a otros. Ahora mismo estoy sentado en un Starbucks con gente proveniente de África, Europa y Asia y dos lesbianas. Puede parecer algo exagerado y loco ahora, pero el sueño no está roto, el Gran Experimento sigue vivo. Capullos como Trump solo nos han hecho más fuertes en nuestra fe de que podemos conseguirlo.

E: Esta situación de odio puede ser comparada con la crisis de los refugiados sirios y el ascenso de partidos de extrema derecha, como está sucediendo en Francia, Alemania u Holanda. ¿Crees que pronto nos veremos envueltos en una verdadera guerra de civilizaciones?

N: La gente europea de América y Europa han estado en guerra con Oriente Medio desde 1960, si no antes. El infierno de la guerra tendrá cerca de 2.300 años y se podría remontar a las Guerras Púnicas entre Roma y Cartago. La primera guerra de América fue en 1801 con las Guerras Bárbaras; desde entonces, siempre hemos estado en guerra con el otro. Parece que nunca vaya a acabar. Quizás haya alguna tradición pésima entre aquellas personas para luchar entre ellos.

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E: Afirmaste en una entrevista para eldiario.es que el Papa Francisco estaba luchando contra los estados imperialistas, la austeridad promovida por los gobiernos y la cultura dictatorial del mundo empresarial. ¿Te consideras católico?

C: No soy católico, mi padre y toda su familia lo han sido desde hace probablemente 1.900 años. La tendencia familiar acaba conmigo, ya que me siento mucho más cerca del budismo. Cuando leo un libro sobre religión es budismo, pienso que cualquier libro religioso que leas determina lo que eres, básicamente. Si lees sobre astrología para encontrar ayuda espiritual eres una persona que cree en los horóscopos, si les el Bhagavad Gita una vez al año, eres hindú. Mi única amiga es atea y lee “Despertar” de Kate Chopin una vez al año. Por tanto, se puede decir que ella cree en la religión de K. Chopin. Si por el contrario no lees nada y no fortaleces tu espíritu, no eres nada.

E: Al leer tus libros se pueden encontrar influencias que van desde el existencialismo, hasta la ficción transgresiva con un fuerte discurso anticapitalista de fondo. Tu estilo a la hora de escribir se ha comparado con autores tan grandes como Sartre, Samuel Beckett o William Burroughs. Hoy en día, ¿cuáles son los autores que más te interesan?

C: Los autores que has nombrado pertenecen a mis lecturas de 20 años. Ahora tengo 35 y, como es evidente, he cambiado. Aún amo todos esos autores. Pero ahora, quiero que la gente lea libros como Bestiario, de Lily Hoang, Soy una estación que no existe en este mundo de Kim Kyung Ju, No seas un capullo, de Brad Warner y Feminista mala de Roxane Gay.

E: También te gusta la música. ¿Es la música una inspiración para ti? ¿Podrías nombrar algunas de las bandas que escuchas ahora?

  1. C: Me encanta Slow Club, Screaming Females y Perota Chingú. Me gustan muchísimo las voces femeninas. Me encanta la música que es triste pero que suena ligeramente alegre. Odio la música que suena triste a propósito, como un piano tocado suave. Creo que los músicos que hacen canciones tristes sonando alegres son verdaderos maestros. También escucho muchísimo a George Jones, él es puramente sincero y sus canciones van siempre de personas que se mienten así mismas, se emborrachan para darse cuenta de que no hacen otra cosa que mentirse a sí mismas. Me encanta.

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E: Has publicado más de seis libros en diez años. ¿Te consideras un autor prolífico?

C: No me considero a mí mismo como un “autor”. Los autores publican en grandes imprentas, hacen un montón de dólares con sus ventas, o son profesores que ganan concursos. Gano algo de dinero al mes pero no lo suficiente como para poder vivir, y nunca he ganado concursos. A decir verdad, nunca me he presentado a ninguno. No pienso en mis libros pasados, ya los he escrito. Escribo porque adoro la emocionante experiencia de escribir. Me gusta que mis libros se publiquen porque es divertido, me permite conocer a gente y cenar de vez en cuando gratis. Pero, en cuanto termino un libro, ya dejo de pensar en él.

E: Al margen del progreso económico, ¿qué es lo peor de escribir novelas?

C: No hay nada malo en escribir novelas.

E: ¿Qué tienes pensado de aquí en adelante? ¿Estás trabajando en algo nuevo?

N.C: Acabo de escribir un libro sobre Budismo y Existencialismo, y ahora estoy buscando editor. También estoy trabajando en un libro corto de poemas y estoy planeando escribir una novela corta en el verano sobre vivir en el Grand Canyon.

Uh-uh-uh-uh-uh (“Street Hassle”, Lou Reed, 1978)

Una vez más, dedico un nuevo post a mi artista favorito: Lou Reed. Recato de la memoria discográfica de finales de los 70 uno de los álbumes menores, pero no menos poderosos, del artista neoyorkino: Street Hassle (Arista Records, 1978). Este podría ser el último disco de corte glam de la discografía de Lou Reed. 

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Bastante deficiente en cuanto a repertorio, solo se deja un par de temas buenos y una auténtica obra maestra en su interior: la canción que da título al disco, en el tercer track. Podíamos decir que la única innovación en el disco pasa por las armonías vocales que usa Reed. Muchísimo más queer, más transexualizadas (no llegando al timbre femenino, sino más bien haciendo de su voz masculina algo terriblemente gay), más sensibles al vibrato, y sobre todo, más hirientes. Porque lo que merece recuperar de este disco son las letras. Al margen del resto de discos de pop glam de Lou (Transformer, Sally Can´t Dance…), las letras se dejan el bucolismo de, por ejemplo, un “Perfect Day”, o el vocabulario venido del hampa drogadicto, de hits como “Walk On The Wild Side”, para adentrarse en la violencia y la suciedad que usaba antes en The Velvet Underground. 

Las guitarras están más cargadas, siguiendo un poco la línea de su amigo Bowie, llegando a aterrizar en una atmósfera de glam rock personal que unía de alguna forma ese toque suave de Transformer con la acidez, tanto musical como letrística, de la Velvet. La incursión también de cuerdas y algún que otro metal, seguramente fruto de la moda del momento, encabezada por la fusión de rock y orquesta de los Rolling Stones en su Exile On Main Street. 

Pero en realidad, Street Hassle no es un disco para escuchar si aún no sabes quién es Lou Reed o más bien te cae mal. Lou Reed en este disco está en su salsa, no obedeciendo a una discográfica. La violencia, la ambigüedad sexual, las drogas y los yonkis… todo lo provocativo reunido. Es por ello que este disco merece escucharse desde ese prisma, desde el papel que ha ejercido Lou Reed desde el día en que se le ocurrió coger una guitarra: un mariconazo malévolo y perturbado, pero sin embargo, a la vez cautivador y romántico. Una especie de Frankenstein del rock, un Elvis al que le van los consoladores, una versión vulgar de Bowie, un héroe moderno en una época en la que a los héroes se les compraba con el dinero, un representante en las filas de afectados por la heroína y el speed, una mala jugada de la psiquiatría del siglo XX, y sobre todo, el artista más original, polémico, camaleónico y carismático, llegándose a burlar hasta de sí mismo y de su público. 

La única canción que merece rescatar de esta fechoría titulada “Street Hassle” no es otra que la ópera rock, la que en su día, me hizo a mí leer a William Burroughs (habiendo llegado a dedicar la canción Lou al escritor) y tirar a la basura toda mi escritura rematadamente infantil y pedante, para dar de bruces con el esperpento. Como decía Enrique Bunbury, “¿por qué siempre conviene alegrar a la gente? / también de vez en cuando / está bien… asustar un poco.”

No os podéis perder el vídeo, de las mejores uniones imágenes-música en todo el rock. Y, sobre todo, la letra, que habla de cómo se lo monta un yonki con un transexual para luego asesinarle. El vídeo es demasiado bonito para la letra que suena de fondo. Demasiado romántico, demasiado saturday night, aunque bien guarda sus partes sórdidas y con doble sentido. Y como no, con un final absolutamente épico, repitiendo la sentida frase en un sentido obsesivo

LOVE HAS GONNE AWAY…”

y el arrepentimiento

“OHHH BABY, PLEASE DON´T SLIP AWAY…”

Nada que hacer

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“Would you pull me up?”, versos de gente norteamericana muy tarada pasan por mi mente y no hay nada que hacer. Nada que hacer. Apuntes, caligrafía patética, café tras café. Escuchar siempre la misma música, el mismo disco sucio de Tom Waits. Nada que hacer. Releer viejas novelas: Los detectives salvajes, El almuerzo desnudo, Le Spleen de Paris… Comenzar nuevas lecturas: Tao Lin, Anne Sexton, los libros de Roger Wolfe que aún no he leído o no terminé de leer, Marcelo Lillo (nuevo descubrimiento de literatura hispanoamericana)… “Would you come to me? / if I was half drowning, / an arm about the last wave” Nada que hacer. La ropa tendida. La obsesión de que el árbol y la soga digan mi nombre una vez más, que llamen en medio de la noche. Qué noche es esta. En la que te vas. Nada que hacer. Matar el tiempo con el tabaco. Viejo amigo. Oigo la soledad: solo me oigo. Pizarnik gritando dentro de la memoria. Aquí mi poesía fracasada, aquí mi verso libre cancerígeno, aquí mi letra despreciada hasta por mí mismo. Nada que hacer. Los apuntes sobre la mesa, intactos. Tiempo de exámenes. Tiempo de hacer las maletas e irse a otro lugar. Ojalá. Ojalá tuviéramos los cojones, si, los tuviéramos… pero el tiempo estaba equivocado, todo está equivocado. Muchas veces me pregunto qué es lo que hay que tener, qué se necesita. Nada que hacer. Qué, qué, qué. Estoy casi desnudo. No puedo salir a la calle así, no puedo aterrizar en el mundo exterior con estas pintas. No puedo terminar el poema. No puedo mirar el vacío de los peces y la altura de las águilas desde el poema. No puedo acabar esto sin el poema. Mi poema que cae de mis manos como hijo deforme y apátrida. Nada que hacer. La comida, quizás. Dormir. Ducharme. Fumar. Fumar de nuevo. Nada que hacer. Ni guitarra, ni papel en blanco. Ya es tarde. Es tarde para eso. Para lo que tú sabes. Para lo que los dos sabemos. 

Supergay y violento, como debe ser (memorabilia de un genio)

Cuenta Lou Reed en varias entrevistas y antes de tocar la canción “Street Hassle” en concierto, que para escribirla se inspiró en el escritor americano William S. Burroughs. 

Y menudo vídeo…

“Gamberros rockeros adolescentes toman por asalto las calles de todas las naciones. Irrumpen en el Louvre y arrojan ácido al rostro de la Gioconda. Abren puertas de zoos, manicomios, cárceles, revientan las conducciones de agua con martillos neumáticos, rompen a hachazos el suelo en los lavabos de los aviones comerciales, apagan faros a tiros, liman los cables del ascensor hasta dejar un solo hilo, conectan las alcantarillas a los depósitos de agua, arrojan tiburones y rayas, angulas eléctricas y candirús a las piscinas (el candirú es un pez pequeño en forma de anguila o gusano de medio centímetro de grosor y de unos cinco de largo que circula por ciertos ríos de mala reputación de la cuenca del Amazonas, y que se cuela por la picha o por el culo, o por el coño de las mujeres faute de mieux, y se queda allí enganchado gracias a sus espinas afiladas sin que se sepa bien con qué objeto porque no ha habido ningún voluntario que observe in situ el ciclo vital del candirú), meten el Queen Mary a toda máquina en el puerto de Nueva York vestidos de marineros, hacen carreras con aviones y autobuses de pasajeros, irrumpen vestidos de bata blanca en hospitales y clínicas llevando serruchos y hachas y bisturíes de un metro de largo; sacan a los paralíticos de sus pulmones de acero (imitan sus ahogos revolcándose por el suelo con ojos desorbitados), ponen inyecciones con bombas de bicicleta, desconectan los riñones artificiales, cortan a una mujer por la mitad con una sierra quirúrgica de dos manos, meten piaras de cerdos gritones en la Bolsa, cagan en el suelo de las Naciones Unidas y se limpian el culo con tratados, pactos, alianzas. 

En avión y en coche, a caballo, camello o elefante, en tractores, en bicicletas o apisonadoras, a pie, en esquíes y trineos, muletas y saltadores, los turistas asaltan las fronteras, reclamando asilo con imperiosa exigencia <<ante la situación indescriptible en que se encuentra Libertonia>>; la Cámara de Comercio se esfuerza en vano por contener el desastre: 

-Por favor, no pierdan la serenidad. Solo son unos cuantos locos que se han escapado del manicomio.” 

William S. Burroughs, “El almuerzo desnudo”, pags. 54-55 Ediciones Anagrama.

ESPECIAL POST Nº100: “Los 10 libros de mi vida”

Antes de todo quería aclarar lo que significa la lectura y en su total, la literatura. En realidad una enfermedad. Algo que una vez entras, no sales. Una sensación de leer ansiosa cada vez que descubres un nuevo libro. Una especie de destino que sin saberlo llega. Algo, donde por lo menos, dentro uno se siente poderoso. Mientras el mundo se empeña en hundirnos y la vida va menguando, leer y escribir reconstruye. Es como una especie de rebeldía. Como decía Luis Rosal en un verso, “pon en orden tus llagas y disponte a escribir, ésta es tu rebeldía, no tienes otra cosa que llevarte a la boca…”

1. The Lord Of The Rings (El Señor De Los Anillos), J. R. R. Tolkien (trilogía: La Comunidad Del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno Del Rey, Ed. Debolsillo). Mi regalo de comunión no pasó por mal regalo. Fue la primera novela de verdad que leí, con tan solo 9 años. La literatura fantástica, como sabéis los que conocéis mis preferencias y manías literarias, no tiene un sitio privilegiado en mi literatura. Sin embargo, creí indispensable mencionar como primera lectura la obra maestra de Tolkien. Mi madre aún recuerda ir a charlar con el profesor de mi clase sobre mis malos estudios debido a ese maldito libro. Me tenía que castigar sin leer. Y ahora ha pasado el tiempo y esta novela queda como una especie de poso en el subconsciente. Cuando la releo de vez en cuando, la leo con otros ojos. Quizás con los del niño que fui, con los ojos de haber descubierto ante sí el cáncer de la literatura, de hallar ante sí el foso del pensamiento, la cultura y los mundos infinitos que se vislumbran en un simple párrafo. Ahora “El Señor de los Anillos” yace en la habitación apilado junto a más libros corrientes, ajado por el tiempo y con hojas hasta despegadas, debido a que en su tiempo se hizo mi mejor amigo, y es por ese simple motivo por el que me veo obligado a incluirle en el puesto número 1.

2. Les Fleures Du Mal (Las Flores Del Mal), Charles Baudelaire (varias ediciones). Puede que este libro sea mi fetiche en mi particular biblioteca. Desde que lo leí, con apenas 14 años, la sombra de Baudelaire me persigue cada día y cada noche, por todas las calles, en las paredes de mi habitación, y en cada libro de poemas que leo. Porque dicen que cuando encuentras a TU LIBRO intentas ver en los demás libros lo que viste en él. Como con las mujeres y el primer amor. Decía que era mi fetiche, porque pesadillas y delirios aparte acerca del poeta francés que lo escribió, no sé si dejaré algún día de comprar ediciones de todo tipo de esta obra poética. Las dos últimas fueron compradas en los mercadillos de la orilla del Sena, por un precio más que razonable para fechar de 1930-1940 ambas ediciones. Hasta ahora, llevo cinco de la misma obra y autor. Creo que no dejaré de comprar ediciones en la vida. Una bilingüe, dos en español, y dos en francés. Sí, al fin y al cabo, Baudelaire fue una especie de padre existencial en una época de mucha tormenta en mi vida. Baudelaire sin duda, descubrió mi dolor, y a su vez comprendí que no tenía solución, pero por lo menos se podía atravesar y encarar a partir de la metáfora y la rebeldía. La rebeldía de un poema. La verdadera poesía. Fue entonces a partir de la lectura de Las Flores cuando de verdad pude llamar a lo que escribía “poesía”. Muchas personas en conversaciones paralelamente relacionadas con la existencia, aseguran que hay un momento de lucidez en tu historia en el que te das cuenta de lo que has sido, eres y serás en el resto de tu vida, y realmente creo que esa respuesta me fue desvelada al arrancar del jardín de la Biblioteca Pública de Valladolid estas flores malignas.

3. Howl (Aullido), Allen Ginsberg (ed. Anagrama). Con Ginsberg descubrí la forma. Cómo decirlo. El Rock&Roll. Los automóviles. Las alucinaciones de yagué. Las fiestas. El alcohol. Los cigarrillos acompañados de hermosos poemas. El ritmo. El puto jazz. La bohemia de un tiempo ya agotado. Lo que de verdad podríamos llamar vida. Pero también la fugacidad del tiempo y de la diversión, de los fines de semana y de los estados ebrios, y la permanencia inquebrantable de la locura, la soledad y el dolor en nuestra mente tan retorcida. Los suicidios. Los saxofones y los micrófonos (esto ya lo dije). Usar el amor como primera arma contra el silencio y propaganda capitalista. Tener presente el odio como una forma más de aburrimiento. A Karl Marx. La contemplación. La belleza de la amistad. El rostro del animal en la mirada del ser humano. La crueldad. El escepticismo. Miles Davis. Las conversaciones hipsters en cualquier bar o tejado o casa abandonada. Las jam-sessions. En definitiva, otro trozo de mí mismo. De mi manera de pensar. De mí mismo, de nuevo.

4. Antología Poética (1970-2000), Leopoldo María Panero (ed. de Túa Blesa, Editorial Visor). Qué decir del que ya sabéis que es para mí el mejor poeta en lengua hispana. Soy un bestia. Muchos lo dicen cuando les comento esto. “Con la de poetas que ha habido y te atreves a decir eso…”. Pues sí señores. Y no solo me une a Leopoldo sus letras. Más en plan confesión, lo que me une a Leopoldo es la tierra, el aire que respiró, los ríos que atravesó, las montañas que le resguardaron. Los campos de Castilla, los cuales son sus orígenes geográficos, en Astorga, León. Además, familia de lejana ya de mi padre, en los años en los que la familia Panero estuvo en terrible auge y era conocida en toda España por asuntos de todo tipo, tenían una relación cercana a ellos. Esto es debido a que ellos vivían en La Bañeza, otro pueblo de León más o menos cercano a Astorga. Mi padre me relató que su primo leonés, se trataba de vez en cuando de joven con la familia Colinas, donde se encuentra como referente máximo Antonio Colinas, poeta novísimo a la vez que Leopoldo, y estos a su vez, los Colinas, tenían contacto con los Panero. Yo no viví ni en esa época ni tampoco puedo presumir de haber conocido a los Panero ni a los Colinas. Sin embargo, cuando visioné con mis ojos las películas-documental que tanto Ricardo Franco como Jaime Chavárri realizaron sobre la familia Panero y su ambiente, no pude evitar verme reflejado en ese ambiente castellano. Fue como una pequeña chispa que se me encendió el leer a Leopoldo. Ver que esa nada de la que continuamente habla en sus poemas, ese vacío del que cuelgan ahorcados los versos, ese límite o agujero de realidad en el que se sumerge, no es otro que las depresiones geográficas de la estepa castellana. Mi estepa. Me sucedió lo mismo, por ejemplo, con Antonio Colinas y su poesía neo-romántica. Pero Leopoldo es diferente. Sin duda este libro del que os hablo, es mi lectura de “mesilla de noche” y nunca lo he dejado anclado en cada uno de mis viajes y aventuras. Es como otro corazón de supervivencia para mí. No podría desprenderme de él, ni dejar de leerlo en temporadas por más que quisiera. Quizás por eso acarreo una desesperación nata que yo llamo “de escritor” (en referencia a Enrique Vila-Matas). Porque sí, colegas, una vez que leí a Leopoldo fue como bajar a los infiernos y darte cuenta que nadie había pulsado el botón del ascensor, que no estaban abajo las llamas y la destrucción , sino arriba, en el aire. Solo espero tener la oportunidad de poder conectar físicamente con Leopoldo, llegar a verle y charlar, antes de que la enfermedad realmente se lo lleve por delante; aunque, como asegura en múltiples entrevistas mil veces cuando afirma que se ha intentado matar y le han intentado matar por todos los medios, pero “yo no me muero ni pa´trás, nunca lo conseguirán”.

5. Rayuela, Julio Cortázar (Varias ediciones). Jamás olvidaré aquellas tardes que empleé en la lectura de este libro. Apenas un adolescente inexperto, que solo devoraba poesía y se embarcó en las aventuras parisinas de estos argentinos exiliados. Puede ser que este sea el libro que me abriera a la prosa, aunque debería entrar también un Raymond Carver por ahí. Acudía a casa de mi abuela en la Huerta del Rey de Valladolid, la Gran Biblioteca como lo llamaba yo, y hacía que pasaran las horas pasando páginas y agotando los ojos por sus páginas viejas y un tanto descuidadas. Tardé menos de un mes en leer el tochazo de libro. Desde la primera frase hasta la última Cortázar me hizo enmudecer con su relato. Y también enamorarme más de la mítica ciudad de París. Este libro tiene algo de apocalíptico. En cada episodio y final del mismo. Yo mismo contemplaba el fin del mundo representado con el caer del día sobre el sofá, mientras la Maga se desnudaba y Rocamadour lloraba, mientras el mate de los personajes se acababa, mientras las clochards se mojaban en el Puente de Alejandro. Qué bueno Cortázar. Qué bueno lo que hiciste por este pobre aprendiz de escritor.

6. Sur les cimes du désespoir (En las cimas de la deseseración), Émil M. Cioran (Anagrama). Desde que leí la primera letra hasta la última de este libro sentí miedo. Miedo por mí. Porque sí, porque su escritor cuando lo escribió tenía la edad que tenía yo cuando lo leí, 17 años. Y como dice en el prólogo, “de no haberlo escrito me habría suicidado”. Y ese existencialismo extremo que nos pinta Cioran en cada uno de sus libros, pero especialmente en este, donde en mi opinión, la escritura no estaba controlada o depurada por el propio escritor. Es decir, sinceridad en su estado supremo. Todo el mundo habla de las obras Silogismos de la amargura Aciago demiurgo. Yo me quedo con esta. Con su novela límite. Que de no haberla escrito se hubiera suicidado. Más tarde, recurrí a varios ensayos del filósofo español Fernando Savater sobre este personaje para descubrir su vida y obra más profundamente y me asusté aún más. Me dio terror porque la vida de Cioran en su sentido más interior se parecía mucho a la mía. Pensé entonces que esta no era mi época. Mi época era escribir en francés siendo rumano cuando a Camus se le hacía mucho más caso dando sus habituales conferencias que a Angela Merkel. 

7. Arder en el agua Apagarse en el fuego, Charles Bukowski (ed. La poesía, Señor Hidalgo). De entre todas las numerosas obras de Bukowski siempre dije que me quedaba con la poesía. Porque como decía su amigo músico americano Tom Waits, “Bukowski es un poeta”. No digo que de prosa no sirva, novelas como Cartero, su primera obra y para mí la mejor novela, o los cuentos de relatos Música de cañerías, son sin duda auténticas obras literarias. Pero Bukowski para la poesía es algo superior. Una poesía marcada por las imágenes de las que ya nos acostumbramos una vez leer sus novelas y relatos, narrativa, perdedora, ebria y con ciertos toques clásicos de lo que hubiera podido ser este señor si no se hubiera echado a la bebida y los bares de L.A. “El dolor es absurdo/ porque existe”, versos como este no merecen ni explicación. O el poema “Abraza la Oscuridad” que yo recité en un vídeo. “El genio de la multitud”. Cualquiera. Bukowski figura en mi biblioteca personal como un referente literario, como la sombra de lo que significa una buena poesía con ritmo y sincera, sin miramientos. Como la vida misma. Tanto, que a veces nos pueda asustar y sorprender, y es ahí donde reside su grandeza. Muchas veces soñé perderme por todos esos bares de mala muerte y encontrarme a un viejo apoyado en la barra lanzando improperios a todo el que dignase pasar por su lado. 

8. Antología poética, Luis García Montero (Visor). Poemarios que siempre he leído son “El jardín extranjero” o “Completamente viernes”. Para mí Luis ha desarrollado una poesía urbana impecable. Otra de las obras con las que más me he sentido identificado. Qué bello era escaparme de casa cuando el tedio se aproximaba a mis rodillas y salir con un libro de Luis y un cigarrillo, ná más, a un portal de mi barrio y ponerme a leer. Las horas se me pasaban inéditas entre los versos de este autor. Fue uno de mis más claros referentes para la poesía que desarrollé durante dos años para mi primer poemario “Historia del Relámpago”. Cuando leí a García Montero vi una alternativa a toda esa poesía del sentimiento de Pablo Neruda. Situarla dentro de la ciudad y que la misma ciudad te llevara por cada una de sus esquinas. Luego el amor. Cuántas veces y cuántos momentos he tenido que correr a sus poemas cuando de verdad estaba terriblemente jodido sentimentalmente. Lo más importante de la poesía de Montero para mí es la metáfora, y también que sea una poesía destinada a todo el mundo, pero siempre salida de los fondos obreros y humildes. 

9. The Infinite Jest (La broma infinita), David Foster Wallace (Debolsillo). Qué brutal. Qué novela. Sinceramente si queréis poner a salvo vuestra mente y vuestra cordura, no la leáis. DFW ve como principal enemigo en su escritura al lector. Eso es lo más sorprendente de todo. Que hasta el propio título tiene significado saliendo del meramente literario. La rabia de Foster Wallace de ver un mundo que se descomponía, un mundo que en su novela distópica va contra el hombre, en el que no hay escapatoria y se es continuamente perseguido, vaya a ser por cualquiera o por uno mismo, donde la única evasión factible y verdadera es el propio suicidio, es desolador. Todo ello es desolador. Y en mi opinión, lo que hace DFW aparte de narrarnos este super-relato, es depurarse a sí mismo y al mundo. Una especie de autocrítica asentada bajo los cimientos de la organización humana que se caen en cada palabra y capítulo. Que sí, que nadie está a salvo. Nadie. Ni si quiera de sí mismo. Cuando comencé a leer esta obra estratosférica sentí un vértigo que me duró hasta la última página. Te descompone. Ten cuidado porque duele. No el dolor que pueda aplicarte un poema o una emoción no, un dolor físico y mental que te deja desasistido ante la propia palabra que solo expresa VERDAD.

10. Exhumación, Antonio J. Rodríguez & Luna Miguel (Alpha Mini). Es el único libro de la lista que no he leído. Y os diré por qué. En primer lugar, porque no lo he encontrado y yo no soy muy dado a las compras por Internet. En segundo lugar, la causa de haberlo añadido a la lista fue que me parecía indispensable incluir a estos dos autores noveles juntos. Descubrí a Antonio J. por Luna. Unos versos, un vídeo en YouTube fueron los que me catapultaron a esta literatura. Luna Miguel sin duda es para mí la perfecta poesía moderna. Es una pena que en nuestro país la poesía no tenga una difusión tan prolífica como la narrativa. Sinceramente, cuando encontré a Luna, pude hallar la voz poética perfecta para los tiempos actuales. Sí, estoy enamorado de cada uno de sus versos, de cada una de sus caídas y sus pensamientos estériles. Quiero ser de mayor como ella. Antonio J. y su novela, “Fresy Cool” me salvaron la vida. En medio de todo ese estado habitual mío de desesperación literaria y existencial, encontré una senda. Y era esa novela. Aunque tras unas relecturas la novela se queda un poco lejos de lo que los buenos críticos de literatura caracterizarían como “una buena novela”, me salvó la vida. Cuando leía “Fresy Cool” salía de toda esa nube de desesperación y me hacía vivir. Porque el personaje se me pegaba a la piel. Cada una de sus aventuras, acciones, pensamientos y conversaciones, me hacía poder vivir conmigo mismo. Puede que lo llamen “sentirte identificado con el personaje”, pero va más allá. Como dije, me salvó la vida. En realidad, la novela que llevo haciendo durante alrededor seis meses que lleva el título “THC”, es una especie de versificación de lo que leí en Fresy Cool, aderezada con intentos narrativos de DFW y todo el mundo beat de Burroughs o Bukowski. Antonio J. y Luna Miguel me enseñaron lo bonito que es “ser decadente”. Antes me sentía muy frustrado y desasistido. Después, sentí que entraba a formar parte del mundo literario. Que debía esforzarme. Y lo iba a conseguir. Espero conseguirlo algún día. Desde aquí quiero dar las gracias a estos dos autores que sé (o eso espero) que leerán esto. Algún día espero conoceros, ir para Barcelona y corrernos una buena juerga todos juntos. Gracias, de nuevo.

Muchas gracias a todos por seguirme durante estos 100 posts y espero que sean otros cien. La literatura, como París (en boca de Enrique Vila-Matas), no se acaba nunca. Como el Rock. Como la música en definitiva. Como el amor (en la visión de Lou Reed). Como la grandeza del hombre que aseguraba Allen Ginsberg. La literatura no se acaba nunca, es un camino de ida pero sin billete de vuelta. Aquí me tenéis hasta que quede un último libro en el planeta para seguir atendiendo a vuestros comentarios e intereses. Para seguir sirviendo a todo este suicidio loco y premeditado que es la escritura y la lectura. Gracias desde el fondo de mi habitación. La luz aún no ha llegado. La luz no es nuestra.