“Youth Detention”, Lee Bains III & The Glory Fires

+Artículo publicado en ROCK I+D

El tercer álbum de estudio de Lee Bains y sus `Fuegos Sagrados´, Youth Detention (Don Giovanni Records), se consagra como una apuesta vital y actualizada contra las injusticias y las desigualdades en el sur de Estados Unidos, además de funcionar como un mensaje de repulsa juvenil a una vida tradicional. Sin grandes cambios estilísticos respecto a sus dos discos anteriores, quizás gana en suavidad, Lee Bains mantiene su apuesta por lo que ya se denominó como el movimiento `cowpunk´, un southern rock de guitarras distorsionadas, ritmos progresivos hacia un estribillo y voces cáusticas a lo Joe Strummer.

La banda que acompaña a Lee Bains, Eric Wallace (guitarra) y los hermanos Adam y Blake Williamson (bajo y batería respectivamente), construyen Youth Detention en torno a un feedback de guitarra como colchón armónico del que surge el resto, algo que ya se aprecia en sus dos álbumes anteriores, Sweet Disorder (2015) y Dereconstructed (2014). La estructura simple y clásica de bajo, guitarra y batería cabalga a riendas de manifiestas ráfagas de distorsión que despegan y colisionan con el resto de instrumentos en un marcado, y muchas veces, exhausto estribillo hacia el clímax.

“Se trata de desmantelarme a mí mismo y a los discursos que he ido tomando”, comenta Lee Bains en la carta de presentación del disco. “Llevar la juventud a examen y conocer los procesos a través de los cuales hemos forjado nuestras identidades, como a su vez de las diferentes comunidades a las que pertenecemos o que se encuentran en tensión”.

Estas diferencias entre comunidades se plasman en temas como la desinversión urbana, la tensión racial, la lucha de clases, la gentrificación, la homofobia, el fanatismo religioso o la desindustrialización. Algunos de los recursos de los que se sirve para plasmar las líneas de conflicto son la inclusión entre las pistas de slogans insurreccionales (“I can change!”), voces de niños en grito (“Crooked Letters”) o conversaciones entrecortadas (al final de “Sweet Disorder” y al comienzo de “Good Old Boy”).

Y es precisamente, en estas conversaciones entrecortadas, donde se establece la parte lírica del disco. Las letras de Bains son retazos compuestos de imágenes, pensamientos, anécdotas y metáforas que se superponen unas con otras como una serie de mapas visuales para crear cacofonía y confusión en la narración. Los espacios son lugares cotidianos, comunes, colectivos: cafeterías, iglesias, campos de béisbol, gasolineras… en los que se desarrolla la acción y los distintos puntos de vista de cada personaje.

Bains define el punk como “la facultad de investigar quién eres y cuál es tu mejor versión”. Por ello, se ve impelido a descifrar el sonido y clima social de su ciudad natal, Birmingham, Alabama. Esta autoexploración remite a su educación sureña, es ahí donde el artista encuentra los ecos de un lugar sacudido por el fanatismo y la injusticia, heridas sociales que aún están por cicatrizar. Por ejemplo, en “I Heard God!” menciona la existencia de una pintada en una pared que dice “GO TO CHURCH OR DE DEVIL WILL GET YOU”.

Pero no serviría de nada esta investigación en sus propias raíces si no ofrece unos parámetros de actuación: la identificación y posterior rebelión colectiva. Un sentimiento de comunidad florece para hacer la rebelión efectiva: “Tengo un pueblo, una historia, un lugar que se viene sobre mí. No quiero ser una tapadera, una ausencia, un gran silencio” (“Whitewash”).

Este mensaje recuerda mucho a personalidades del rock que ya trazaron una redefinición del denostado y conflictivo espíritu americano. Entre ellas, sobresale el boss y su E Street Band o el propio Johny Cash. Al igual que Springsteen, Lee Bains y The Glory Fires comulgan con la idea de crear una música que dé voz y esté al servicio de los oprimidos, que exteriorice gritos de reunión y lucha colectiva, que sirva de impulso a ese cambio de paradigma y mentalidad para dejar atrás antiguos fantasmas.

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“Lo bueno que tiene el Rock and Roll es que puedes hacer lo que te dé la puta gana”, entrevista a Tangerine Flavour

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Ayer Valladolid volvió a vibrar con el rock más puro y joven en la sala Porta Caeli de la mano de las bandas Baby Sultan, Tangerine Flavour y Treme. Tras una noche larga y de excesos, me dispongo a trascribir la entrevista que les hice a Pablo Martín y Miguel Polonio, guitarristas de la banda Tangerine Flavour. También fue una noche de reencuentro con viejos amigos ya que a Pablo le conocí hace seis años, cuando todavía éramos unos críos y disfrutábamos, tanto o más que ahora, subiéndonos a un escenario. A su vez, también recogí unas breves declaraciones de Treme, la última banda que salió a tocar, y que próximamente también trascribiré en esta web.

Ahora centrémonos en Tangerine Flavour, una banda totalmente nueva, con sonidos que sin duda retrotraen a garitos del Madrid más suburbano y castizo, con ese rugido de Strato tan característico y reconocible. Y no es de extrañar que varios de los asistentes mencionaran durante la actuación eso de “cómo se nota que son de Madrid”.

Foto: Patricia Olmo

-Patricia Olmo

Tangerine Flavour está formada por Miguel Polonio (guitarra y voz), Pablo Martín (guitarra), Fernando Lima (bajo y voz) y Emilio Bonilla (batería), cuatro chavales con una edad comprendida entre los veinte años y con mucha música a sus espaldas, mucho background malasañero y mucha experiencia con las pentatónicas. Y con motivo del lanzamiento de su primer single, “Devil´s in me”, un tema honesto, enérgico y potente que consolida a la perfección el sonido de la banda, recorren varios puntos de la geografía española. Nos hemos colado en el camerino, ese glorioso y reducido espacio para los abrazos y los sudores, para conocer de cerca a los integrantes de Tangerine Flavour.

¿Qué tal estáis? ¿Qué se siente en vísperas de un concierto como el de hoy en Valladolid?

Pablo: Pues ya es la segunda vez en mi vida que toco aquí, en Valladolid y, como es evidente, con muchísimas ganas de petarlo y que la gente que ha venido diga “joe, estos chavales de Madrid tocan guay y tal”.

Miguel: Muy bien, con muchas ganas; es la primera vez en mi caso.

Vuestro rollo es el rock and roll y el blues. ¿Cómo veis el género, sigue estando de moda o ya no tiene tanto tirón entre los jóvenes como en el pasado a raíz de los nuevos estilos?

Miguel: Yo creo que es el inicio. El blues, el rock and roll es la música que da origen a otros estilos que están más de moda o son más actuales. Pero todo el que quiera volver a las raíces debe acudir sin duda a estos géneros.

Pablo: De la banda, Miguel y yo somos los que tenemos una base más clásica, más de blues, más de rock, y somos los que aportamos esa parte a Tangerine Flavour. Sin embargo, Fernando y Emilio, el bajista y el batería, le dan un toque que ya se sale un poco del blues, del rock, para alcanzar un rollo más “modernete” y así acercar mejor nuestra música a la gente que no está tan metida como nosotros. Tenemos un poco de todo, desde la psicodelia, al pop y al funky.

Para conoceros un poco mejor, ya que sois una banda relativamente nueva, ¿cómo nació el grupo?

Pablo: Yo ya tenía a Miguel fichado desde hace tiempo y compartíamos música y demás por redes sociales. Nos dimos cuenta de que teníamos gustos muy parecidos… Bruce Springsteen, The Band… y dije “con este tío quiero tocar”. Un día le llamé, se lo comenté y así ocurrió. Luego él trajo a Emilio, un gran fichaje a la batería ya que acababa de dejarlo con su anterior grupo. Y bueno, ya vino Fernando que es colega mío de la Universidad y nos juntamos y así a primera vista hubo un gran feeling.

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Estáis presentando vuestro single “Devil´s in me”. ¿Para cuándo una grabación más larga? Hay algún EP a la vista, un disco…

Pablo: Eso hay que hablarlo con el señor productor.

Miguel: Para cuando haya pasta y posibilidad de grabar. De momento hemos empezado con algo pequeñito para que la gente lo escuche y tal. Es una producción que hemos terminado hace relativamente poco y sin unos patrones que fijarnos a la hora de conseguir un sonido. Estamos empezando y buscando un sonido propio y nuestro, y de la forma más pura y natural posible. Tampoco llevamos muchas horas juntos en el estudio y sabemos que necesitamos todavía más tiempo para conseguir sacar el sonido que perseguimos.

Pablo: Estamos muy agradecidos a Luis Yepes, un gran amigo nuestro de la escena madrileña, quien nos hizo la mezcla del single con una visión muy particular, muy suya, y que supo dar el toque maestro, el toque que necesitábamos.

¿Podríais adelantarnos nuevas fechas de la gira?

Pablo: Mañana mismo tocamos en Plasencia, el 25 en Ávila, el 26 en Segovia y luego el 2 de abril volvemos a Madrid con un grupo de Galicia que se llaman The Pretty Shirt, y por último, el 30 de abril en las Rozas. De momento esas son las fechas confirmadas.

Tres grupos que definan a Tangerine Flavour.

Miguel: Led Zeppelin, los Stones y los Faces.

Hablemos de Madrid, ¿cómo está la escena musical allí? ¿Han cambiado algo las cosas con respecto a las salas tras el cambio del grupo municipal?

Pablo: Los problemas vienen ya de antes. Ni Aguirre ni Carmena han sabido todavía atender las demandas de los músicos y las bandas locales. Y sí, es cierto, hay muchos grupos y no tantas salas. El problema tiene que ver con las condiciones que te ponen en Madrid para tocar en salas, en el sentido de que son un poco abusivas. No te dan nada de margen para conseguir el público deseado y que la banda rentabilice los shows. Una cosa que sí que es cierto, por ejemplo, es que cuando salimos de Madrid, las condiciones de las salas suelen ser mucho mejores. Por lo general, en Madrid, las condiciones de las salas son bastante jodidas.

Miguel: Bueno, al menos ya pueden entrar los menores en las salas, algo que mermaba mucho la asistencia a conciertos y la difusión de los grupos locales. Una cosa positiva, al menos.

Siguiendo en Madrid, algún grupo con el que os quedéis, con el que hayáis tocado y que, como vosotros, están empujando fuerte para salir.

Pablo: Nos gustan mucho unos chavales de Rivas que se llaman Mr. Wilfred.

Miguel: Y Lía & Yepes, por supuesto, que son grandes amigos nuestros y tocan de puta madre.

Y para terminar, ¿qué proyectos tenéis de aquí a un corto plazo?

Miguel: Seguir tocando donde nos dejen y poco a poco seguir sumando gente, experiencias…

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¿Cómo definiríais el “rock and roll actitud”?

Pablo: Fundamentalmente pasártelo bien. Como siempre dice Miguel Polonio lo bueno que tiene el rock and roll es que puedes hacer lo que te dé la puta gana.

Miguel: ¡Eso lo quitas! (Risas)

Pablo: (Risas) Puedes hacer lo que te dé la gana y que no pase nada, ya que tienes la excusa de que “somos rock and roll”.

Luis Yepes: “Me paso los días enteros escribiendo y haciendo música”

Después de varias semanas sin pasar por el blog, os traigo una entrevista a uno de los músicos más prometedores de la escena nacional. Su nombre es Luis Yepes, y aparte de ser amigo mío desde hace años, ha sacado un EP este año con sus propias canciones que ha dejado a toda la crítica sorprendida.

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“Baile de muertos” es un proyecto de cinco canciones producido por Borja Costa y el mismo Luis Yepes. Lanzado al mercado digital por Low Whistle Records, una discográfica que acaba de nacer y que está dando unos pasos muy grandes. Y es que “Baile de muertos” ya ha sido reseñado en varias revistas de música importantes (El Mundo de Tulsa y Efe Emepor el mismo Juanjo Ordás, entre otras) y este blog, que ha crecido junto a la obra de Luis, no podía quedarse atrás. 

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En “Baile de muertos” encontramos el estilo que tanto ha marcado a Luis Yepes a lo largo de sus años de aprendizaje (dentro de los cuales he tenido el lujo de estar presente): guitarras a lo Bolan, experimentaciones con sintes, mucho rock castizo madrileño y letras cargadas de calidad y compromiso. 

Aún recuerdo una tarde en el bar Penicilino de Valladolid, cuando la noche caía, y descansábamos apoltronados en la terraza con nuestros cigarros de liar. Conversaciones que podrían durar siglos en torno a Springsteen y a Lou Reed, improvisaciones de guitarra en descampados, conciertos y conciertos, pasar la noche en un sofá, preguntándonos cada poco tiempo si nuestro destino iba a ser el mismo que el de Amy Winehouse (por ejemplo), huidas al extrarradio y mucho tiempo perdido con la mejor compañía. Ya hace dos años más o menos, este blog recogía una entrevista en plan colegueo que enlazo aquí por si queréis leerla. 

Además, la salida al mercado de su primer trabajo discográfico no es casualidad, ya que personalmente creo que tanto él con su disco, como yo con mi libro, formamos una piña. Si algún día me preguntan a qué suena mi libro de poemas, “La muerte del Hombre Orquesta”, después de enunciar una lista larga de artistas de prestigio, sin duda suena a Luis Yepes. Porque somos hermanos a nivel artístico. Porque Luis cree en lo mismo que creo yo, aunque hace tiempo que no le vea por diferentes compromisos. Nos criaron en la misma pecera en lugares diferentes. 

Enrique Zamorano: “Baile de muertos” es un EP que contiene muchos estilos que se amparan bajo el genérico de “rock”. En apenas cinco canciones das pinceladas sobre varios estilos: desde el glam rock pasando por el indie y la canción de autor. Particularmente, siempre he pensado que los mejores artistas son los que se arriesgan y acogen en su música diferentes géneros elementales que les han ido nutriendo. ¿Qué piensas de todo esto?

Luis Yepes: Me gusta arriesgar, y me gusta que cada canción sea diferente, aunque no pienso demasiado en si estoy arriesgando o en si una canción es más glam y otra más pop. Aunque me dé cuenta de ello, son canciones, solo trato de que conjunten unas con otras y, que dentro del mismo género, no haya enormes contrastes ni, por el contrario, resulte todo monótono. Se trata de jugar, de intentar contar cosas nuevas, conseguir un estilo propio.

EZ: ¿Cómo te ha resultado lanzarte al mundo musical con un trabajo propio siendo solista?

LY: Mucho entusiasmo y ganas de trabajar. Hay que pasar por muchos malos momentos y sufrir hasta obtener los resultados, pero cuando los obtienes es como cumplir un sueño. Provoca temor el no saber con qué te vas a encontrar, qué respuesta vas a obtener de la gente, pero una vez estás dentro casi ni te enteras. Va pasando el tiempo, vas recogiendo frutos, pero te mantienes tan ocupado que apenas puedes pararte a pensar en dónde te has metido, solo tratas de disfrutar y de continuar.

 

EZ: Las letras son importantes en el disco y se nota que has estado muy pendiente de lo que quieres decir. ¿Qué escritores, así como músicos, te han inspirado a la hora de escribir las letras para el álbum?

LY: Desde los más raros a los más recurrentes. He crecido con las letras de Springsteen y de Dylan, son los que siempre están presente. Luego están Bowie, Marc Bolan, Lou Reed, Mike Scott, Cohen o incluso Billie Joe Armstrong. Todos ellos son gente que crea mundos increíbles, juegan con las palabras y utilizan un lenguaje con el que me identifico. Podría decirte decenas más, así como todos los escritores y poetas de la generación beat. Casi toda mi inspiración nace de artistas extranjeros, aunque no la voy buscando, simplemente disfruto leyendo y escuchando, así es como brotan las ideas. A nivel nacional, descubro más con la literatura y la poesía que con lo musical. Me fascinan Miguel Hernández, los Panero, y aprendo mucho con Benjamín Prado y con José A. Goytisolo, al que descubrí a través de Paco Ibáñez. No digo que todos estos hayan sido inspiración en las canciones del disco, sino solo mis referentes principales. No suelo escribir pensando en las letras o los escritos de alguien, solo pongo en práctica todo lo que ellos me han enseñado y me siguen enseñando, tratando de conseguir una voz propia.

 

EZ: A la hora de hacer canciones, ¿español o inglés? ¿Cómo ves que se expresa mejor uno, en tu lengua o en una lengua extranjera?

LY: Creo que uno se expresa mejor en su lengua, sin duda, pero cualquier idioma, siempre que lo conozcas, es válido. El escribir en tu lengua materna te permite jugar más con el lenguaje, crear metáforas, los dobles sentidos, etc., cosa que en otro idioma que no sea el tuyo, personalmente, es más difícil. Siempre se dice que hacer canciones en inglés es mucho más fácil, que todo suena bien y que el español es más complicado fonéticamente, pero ahí está el reto. Yo escribo canciones tanto en español como en inglés, solo que cuando escribo en español siento que estoy trabajando, que realmente intento expresar algo, mientras que el hacerlo en inglés me lo tomo como un pasatiempo.

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EZ: ¿Cómo ves, en grandes rasgos, el panorama musical español actual?

LY: A mí actualmente, casi todo en general, me suena muy sintético, no solo a nivel nacional, sino internacional. Creo que los que están arriba se arriesgan muy poco, mientras que hay decenas de grupos emergentes que hacen cosas mucho más interesantes pero no reciben el interés que merecen. Parece como si se estuviese produciendo un cambio hacia una nueva dirección, pero no se sabe muy bien a dónde. Aunque en todo esto influye la situación política y social. Todo el tema del I.V.A., los cierres de salas, etc., ya lo conocemos todos, hay menos conciertos, la gente va menos, y es mucho más difícil sobrevivir haciendo música.

EZ: ¿Qué consejo darías a todos esos músicos que están comenzando y tienen ganas de dar el salto?

LY: Trabajo, mucho trabajo y plena dedicación. No tiene mucho misterio. Dicen que en la música hay que tener suerte, que hay que estar en el lugar y momento adecuados, y puede que sea así, pero la única forma de llegar a que eso ocurra es trabajando y moviéndose todo lo posible.

EZ: Madrid ha sido tu cuna vital tanto musical como personalmente. ¿Eso se refleja en tus canciones?

Por supuesto. Creo que Madrid es una ciudad que o la amas, o la detestas. Yo aún no tengo claro qué hago de esas dos cosas, aunque no soy mucho de adorar lugares. Lo que sí estoy seguro es que las mayores experiencias de mi vida no me habrían ocurrido en otro lugar. El ritmo de vida frenético de la ciudad afecta al estado de ánimo y, por lo tanto, a la hora de escribir. En el ámbito musical, tienes la suerte de que todas las noches hay conciertos, todas las noches hay lugares a donde puedes ir. Eso es fantástico.

EZ: ¿Cómo nació el proyecto Low Whistle Records o cómo te llamaron?

LY: No tengo mucha idea de cómo surgió, solo sé que me llamaron cuando el proyecto estaba comenzando para participar en un par de trabajos. Retomé el contacto con Borja Costa después de varios años, y ahí comenzó todo.

EZ: ¿Cómo de difícil es el camino para una nueva discográfica independiente que acaba de nacer?

LY: Actualmente en España el camino de toda empresa que acaba de nacer es muy difícil, y más si se trata de la creación de arte y cultura. Las ayudas económicas son mínimas o nulas, y tienes que tener muy presente qué estás haciendo, por qué estás apostando y con qué vas a arriesgar. Hay que saber no desesperarse, disfrutar de los buenos momentos y los pequeños frutos que te vaya dando el proyecto, y tener mucha paciencia y constancia.

EZ: La música madrileña ha estado viviendo reiteradas prohibiciones y trabas por parte de los gobernantes. En Valladolid estamos igual o quién sabe, peor. ¿Cuál es tu mensaje al respecto?

LY: Todo me parece una gran mierda. El prohibir tocar en las calles me parece una auténtica estupidez, sin más. Es como una forma de intentar tenerlo todo controlado, supongo que por la imagen. Lo que uno se encuentra por las calles de una ciudad forma parte de la cultura del sitio, en donde entra tanto el que va vendiendo bolígrafos con lucecitas, como el que se pone con su violín en la entrada del metro, y regular ese tipo de actividad es un error. Uno puede valorar a un músico de la calle, diciendo si es mejor o peor que otro que hay cien metros más adelante, pero si la actividad es lícita, no se puede prohibir a nadie a que toque en la calle por considerar que no tiene nivel. Habrá que salir a tocar a la calle con el título superior de conservatorio grapado en la frente.

EZ: Te fuiste a Galicia para grabar “Baile de muertos”. Esta manera de grabar y producir discos recuerda muchísimo a cómo se hacía antes, el ejemplo más recurrente es el mítico disco “Exile On Main Street” de los Stones. ¿Es de ese modo como surge el mejor de los ambientes para trabajar en una obra artística, en aislamiento y concentración?

LY: A veces te tienes que adaptar a lo que sea. Nunca puedes planear cómo te van a salir las cosas. Nosotros pudimos aislarnos completamente una semana entera allí, nos dedicamos totalmente, grabamos casi todo y reescribimos las letras una y otra vez, todo ello en siete días. Llevamos un ritmo frenético y fue agotador, pero lo pasamos muy bien. No podríamos haberlo hecho en ese tiempo de otra forma. Parece que el ambiente idílico es parecido a ese, el tener un lugar donde poder alejarte de todo y centrarte únicamente en el trabajo, pero también es necesario el contacto humano. Si te pasas un mes entero encerrado sin saber más allá de lo que hay entre esas paredes, puedes acabar muy quemado y aislarte aún más o rechazar la vida social posteriormente. Puede ser peligroso.

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EZ: Borja Costa, productor de “Baile de muertos”, ha aportado un sonido a tus canciones de lo más profesional. A su vez, con otros músicos de la plantilla de Low Whistle Records como Daniel Torea o Vincent do Val. Lo que siempre se ha preguntado, a nivel de producción, ¿es necesario un buen equipo o más bien lo que prima es el conocimiento y la sabiduría musical para una correcta producción?

LY: En mi caso, prefiero el conocimiento. He visto gente con equipos de la hostia sacando un sonido pésimo. Me gusta la gente que, con los mínimos recursos, saca todo el partido posible y los aprovecha. Prefiero al que me graba una pandereta con un micro barato, aporreándola contra una caja de cartón porque sabe que así obtendrá el sonido que se busca, que al que me lo graba con cinco micros carísimos para alardear.

EZ: Una vez has sacado “Baile de muertos” y programado gira, ¿cuáles son tus proyectos a largo plazo o las aspiraciones que más te llenan de ilusión para afrontarlas?

LY: De momento, continuar moviendo este trabajo. Me paso los días enteros escribiendo y haciendo música, lo que ocurra en el futuro no lo pienso demasiado, no voy a hacer otra cosa más que música. Supongo que he de ser ambicioso, pero lo que tenga que ocurrir, ya se irá viendo en el día a día, por ahora, continuar trabajando.

36 horas sin Reed

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1. Lo mejor de Lou Reed era la habilidad para hacer sentir al oyente parte de sus historias. Esa personalización de sus canciones fue lo que nos llevó a quererle tanto. Esa autenticidad fuera de toda imagen o estilos. Esa sensación de susurro que transmitían sus canciones más íntimas. Ese abrazo de padre al acabar el día, cuando te sentabas a escuchar cada uno de sus discos. Esa fuerza arrolladora que transmitía en los escenarios y las canciones, diciendo continuamente, “aquí estoy yo y aquí los demás”. 

2. Estoy que me subo por las paredes. Siento que algo está cambiando dentro de mí ante los últimos acontecimientos de las últimas horas. Unas pocas horas después de la muerte de mi ídolo y artista favorito, cumplía 20 años. Unas pocas horas después de la muerte de mi ídolo y artista favorito, acababa definitivamente mi obra en prosa, “Últimas Carreras Por Los Subterráneos”. Estos tres días se han sucedido muy deprisa. Mi cabeza también va deprisa. Como la canción “All Tomorrow´s Parties” sobre la que tantas veces arañamos paredes antes de salir a la ciudad a emborracharnos y a bailar.

3. No os podéis perder el artículo que ecribí en honor a Reed en la revista que tengo con mi compañeros y amigos de la Facultad, RevistaOfftopic. Aquí os dejo el enlace. Estas fueron mis primeras reacciones tras la muerte del cantante neoyorkino.

4. Los mejores discos de Lou, en mi opinión y en orden de importancia, son Berlin, The Velvet Underground & Nico, Transformer, Coney Island Baby y, aunque os suene raro, Lulú. 

5. Berlín brilla por sí solo. No hay ninguno mejor. El disco más triste y decadente de la historia, la verdadera obra maestra de Reed. Uno de los discos que más he escuchado durante toda mi vida, junto al Born To Run de Springsteen y Desire de Dylan.  El disco que me cambió la vida de cuajo. Posiblemente si no hubiera llegado a él con 12 años, jamás me hubiera dado por escribir poesía, por tener la visión del mundo que tengo ahora, por adoptar la contemplación del arte como rutina y en su expresión máxima. Sin duda, la obra artística junto a Las Flores del Mal de Baudelaire que más me ha influido en mi vida y formación.

6. Transformer y Coney Island Baby son dos hermanos que se complementan. La diferencia entre ambos discos estriba en que en el primero están las mejores canciones que compuso Reed y la influencia de Bowie. El Coney Island es más puro, más personal y auténtico. Ahí veo la importancia de ambos.

7. Lulú, el último disco que grabó junto a Metallica, es una auténtica revisión moderna de The Velvet Underground & Nico. Pensemos en cómo sentó el Álbum del Plátano en sus tiempos. En la biografía que leí de Reed hace un par de años, durante el espectáculo warholiano Exploding Plastic Inevitable la gente huía atemorizada al oír los primeros acordes de “Venus In Furs”Lulú, siendo el último disco de Reed, yo ya lo contemplo como una obra de culto. No voy a entrar a criticar el disco, eso dará para otro post, pero escuchen simplemente la última canción, “Junior Dad”. Parece que Lou acepta su destino, que no le queda tiempo, y nos regala una auténtica obra mística. No es lógico tantos minutos de chill out al final de tanta destrucción. Lulu es el disco-metáfora de toda la obra lourrediana. La belleza de “Junior Dad” (escuchad solo la versión del disco que es la que vale, no la del directo) solo es posible medirla a través de sus letras, sus riffs pacíficos y la voz cascada de Lou pidiendo que le sujetemos en la última ola de su vida.

8. Creo que esto es un fin de etapa en mi vida. Algo se va tras la muerte de Lou Reed. Quizás el desencanto de saber que ya no le volveremos a ver subido a un escenario o que ya no sacará más discos originales (aunque bien es sabido que las disqueras y el mercado ahora se liarán a brindarle homenajes en forma de productos). Además de ello, he cumplido mis 20 años y he terminado mi primera obra en prosa. Algo ha cambiado dentro de mí y fuera. Estoy emocionado. Como diría algún poeta por ahí, estoy enamorado. 

9. Cómo viviremos el resto de los años sin el padre de nuestra influencia. Cuántas bandas podremos formar, cuántas canciones y poemas componer, cuántos viajes a Coney Island no programados, después de su muerte. Cuántas veces haremos el amor sin ese “Perfect Day” o esa “Pale Blue Eyes” de fondo, al saber que ya no está su creador… Cuántas veces tendremos el deseo de matarnos sin Berlin de fondo. Cuánta paz podremos transmitir a los demás sin el pop reposado de Coney Island Baby, todas nuestras ilusiones hechas trizas. Y cuántas veces nos ahogaremos en el abismo escuchando el Metal Machine Music sabiendo que ya no está. Ahora sí que estás en el lado salvaje. 

El hombre que casi conoció a Mick Ronson

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“Mira, tío”, me decía llevando la vista a una fotografía antigua.

Se trataba de Alex, uno de los mejores amigos que tuve y que algún día, sin saber por qué, dejamos de vernos.

Era un fanático de Bowie y sus Arañas de Marte: llevaba toda su adolescencia buscando el vinilo original, el fechado justo en el año en el que salió al mercado, la primera edición musical en plástico coleccionable del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”.

Yo, como muchos me conocéis, siempre fui más de Lou Reed. En las largas tertulias que teníamos en el colegio y en mi habitación siempre me ganaba, alegando que el “Transformer” de Lou Reed era una absoluta copia del “Ziggy Stardust”, y que Lou Reed dejó en manos del Duque Blanco todo el disco. “Puede ser”, le respondía yo, “pero <<Walk On The Wild Side>> es una canción que Bowie no hubiera podido hacer jamás.”

Ahora muchas veces cuando vuelvo a escuchar “Walk On The Wild Side” no me acuerdo ni de Alex ni de Lou Reed ni de nada: solo pienso en cómo, dónde y cuándo moriré, algún día, en un futuro que espero lejano.

Alex se fue de mi ciudad nada más acabar la E.S.O. Justo cuando comenzamos a flirtear con drogas suaves. Justo cuando empezamos a vivir la “época rock” en la vida de una persona. El takeawalkonthewildside. Cuando en el recreo corríamos a escondernos en la esquina más oculta para fumar un pitillo discreto, intentando ser ajenos a la vista de los profesores que vigilaban celosamente de que todo fuera correcto, sintiéndonos libres e irresponsables, un poco punks, viendo eso de fumar en el colegio como una especie de trastada. Toda esa rebeldía adolescente hizo que comenzaran a caer suspensos.

A Alex le caían más que a mí, ya que yo, al fin y al cabo, siempre mantuve un poco la cordura.

Ello deparaba a Alex graves discusiones familiares, hasta que, tras acabar la Educación Secundaria a golpetazos, le obligó su madre a ponerse a trabajar dándole con la realidad en las narices con eso de que “tú no eres de estudiar”.

Entonces, le perdí por completo de vista.

Los primeros versos que escribí fueron en clase de Lengua y Literatura, a la par que Alex, mientras el mareo del cigarro mal liado de tabaco Virginia castigaba nuestras gargantas puras aún. Yo nací en la poesía con versos cursis, muy románticos e infantiles, como bien puede ser el inicio de cualquier poeta. Alex, sin embargo, solo hablaba de su idolatrado Ziggy Stardust. Yo le decía que lo que escribía no era poesía porque no rimaba. Ignorante de mí. Seguramente muchos de los poemas sin rima que escribía Alex a David Bowie y a su teatro musical tenían por entonces muchísima más calidad que toda la sarta de gilipolleces en verso que he escrito yo ayer, hoy y mañana.

Fueron unos años bonitos pero también muy conflictivos.

Éramos los “raros” de la clase. Pasábamos de cero a cien en nada, de la vitalidad y la fuerza, a la angustia, la soledad y la tristeza. Tal como ahora. Pero creo que antes no estaba tan controlado, a diferencia de ahora. Eso quizás es lo que nos empujó a escribir. A ser auténticos en lo que hacíamos. A ser nosotros mismos y mandar a la mierda a todo aquél o aquello que se nos pusiera encima.

Eso es el punk: buscar otro camino. Aceptar tus diferencias respecto al resto y, de alguna forma, llevar las cosas a cabo por otro camino. Ahora me pregunto si Alex seguirá escribiendo, al igual que yo.

La fotografía que nombraba al inicio enseña el camerino de una de las actuaciones de Bowie y su banda en la gira del Ziggy Stardust. En ella, posan el padre de Alex y Mick Ronson, mano derecha de Bowie y productor del disco.

Alex hablaba de su padre, que murió desgraciadamente cuando él tenía tan solo nueve años, como aquél que una noche tuvo la oportunidad de ver al Duque. Alex quería haber estado allí, en ese camerino sucio de algún lugar de la gira europea del grupo de rock, al lado de su padre, conociendo a las Arañas de Marte. Cuando Alex era niño, su padre le aseguró haber hecho todo lo posible por acceder al camerino de David Bowie, pero un portero se lo impidió por la fuerza. Así que se tuvo que conformar con una foto y el intercambio de unas pocas palabras con Mick Ronson, mano derecha de Bowie.

Yo, para disputar sus palabras, describía también los grandes logros rockeros por parte de mi padre:

Bruce Springsteen en el Estadio Calderón en la gira del “Tunnel Of Love”.

Prince y Michael Jackson, cuando ambos atravesaban su buena racha.

Lou Reed, en un teatro escondido de Salamanca en la gira del “New York”.

Pero mi padre nunca estuvo en un camerino de alguien famoso, como el de Alex. Mi padre era más disperso en cuanto a artistas, al contrario que el de Alex, que, al igual que su hijo, para él solo existía David Bowie. Y para mi amigo Alex esa foto simbolizaba lo que comúnmente se suele llamar “triunfo”. Esa foto en la que se veía a su padre de joven cuando aún él no había nacido, al lado del guitarrista de David Bowie, simbolizaba para Alex todo. Posiblemente, la gloria reflejada en una imagen, el éxtasis de toda una vida de seguimiento a un solo artista.

Y ahora me imagino a Alex tirado en su habitación escuchando “Rock&Roll Suicide” mientras Bowie susurra a voz en grito que no está solo.

Yo terminé el Bachillerato e hice Periodismo. Para entonces, no volví a ver a Alex. Quizás esté en otra ciudad buscando trabajo. O trabajando, con suerte. La verdad, nunca he intentado buscarle, lo que se dice, en serio. Pensé en lo que nos diríamos si nos volviéramos a encontrar. Después de haber compartido tantas aventuras y momentos en nuestra adolescencia se haría difícil. Sería un trago complicado.

Él muchas veces decía que iba a ser músico, como David Bowie. Yo probé también con la música, más o menos a la edad en la que dejé de tener contacto con él. Pero había demasiadas cosas. Por ello me metí en Periodismo, siguiendo la línea parental de gustos dispersos. Vi en el Periodismo un oficio en el que había de todo y a mí siempre me gustó ese “de todo”. A Alex, como a su padre, solo le gustaba David Bowie. Yo, como mi padre, me abrí a muchos más géneros musicales y artistas. Y quizás esa fue la razón por la que escogí Periodismo una vez llegado el día. Porque necesitaba estar pendiente de cualquier cosa. Quizás para sentirme ligado a ello, al mundo, a las personas, ligado a todo.

Ahora vuelve a sonar “Walk On The Wild Side” y no me acuerdo de Alex. Ni de Lou Reed. Ni de David Bowie. Ni en los cigarros que fumábamos a escondidas en el recreo. Ni del padre de Alex. Ni en Mick Ronson o en la fotografía. Solo pienso al escuchar la voz de Lou Reed rasgando el silencio de mi habitación en cómo, dónde y cuándo moriré.

Quizás la canción que más me haga pensar en Alex y en el tiempo que compartimos sea aquélla titulada “Life On Mars?”. El único temazo de Bowie que gustaba a Alex fuera del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”. Creo que la razón por la que pienso en él es por el significado intrínseco de la canción. Porque el recuerdo de Alex, tal y como demuestran estas líneas si las han leído con atención, es el de un chico totalmente atolondrado que presumía de tener un padre, que además de muerto, veía como triunfador, solo por haber llegado al camerino de la banda de Bowie. Pero no con Bowie mismo, sino que con su guitarrista. Con lo que ese triunfo no es completo, no está entero. Al fin y al cabo, me hace pensar que ese mismo triunfo no es más que una ilusión: Mick Ronson es una ilusión, el recuerdo es una ilusión, la lucha por la vida y por todo lo que quieres es una ilusión… Esta es una de las razones que me dan pie a pensar en lo absurdo de la existencia.

En lo vano que es todo esto de vivir.

En lo desgraciados que somos.

Alex a veces se me aparece en sueños diciendo que ha encontrado vida en Marte, “sentado en un trasto de hojalata, viendo el inmenso color azul del planeta Tierra, sin nada qué hacer”.

Pensándolo bien no quiero volver a ver a Alex. Ni en sueños siquiera. Supongo que seguirá buscando, esta vez por Internet y como loco, el LP original del Ziggy Stardust del año en el que salió al mercado, y que por error a su padre algún día se le olvidó adquirir en la época.

Pero bueno, al fin y al cabo todo esto es un jodido error, ¿no?

¿Aún no han escuchado mi canción favorita? 

BERLIN, Lou Reed (1973) El Infierno está aquí dentro

Sobre la maravilla de volver a enamorarse. De la perfección de un disco. De la habilidad para sentir tu vida pulsar en cada nota. De un arpegio de guitarra miles de veces escuchado y siempre sentido de la misma forma. De la fortuna de gozar y gozar con un disco. De seguir buscando un tiempo para volver a él y amarlo sobre todas las cosas. Sumergirte en su intrahistoria. De suicidarte en su columna vertebral de muerte y analizar la lluvia a partir de él.

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Toda esta serie de aspectos vuelven a mi cabeza cuando vuelvo a abrir el plástico y papel que separa el disco de mis manos, ¿qué disco? El BERLIN de Lou Reed, por supuesto.

Quizás este sea uno de los dos discos más especiales de mi vida. El otro, sin duda “Born To Run” de Bruce Springsteen. Gracias a ambos, y en especial al de Reed, pude crecer auspiciado entre los grandes del Rock. 

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El disco BERLIN de Lou Reed me atrevería a decir que es el disco más introspectivo de toda su carrera. Y quizás también el más extraño (y aquí me mojo muchísimo, ya que a rarezas a Lou no le gana nadie).

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La historia de Jim y Caroline, que Lou narra de forma magistral en todo el disco, me abrió las puertas al género underground, tanto en el marco literario como en el musical. Con Caroline pidiendo a Jim que la dejara de pegar mientras apura su última raya de speed y con su momento coral de espíritus en que marca su suicidio en la novena canción del álbum, “The Bed”, hizo que a esta alma que les escribe se le encogiera el corazón y abandonara las “historias de hadas” para entrar en el terreno de lo sucio, en el takeawalkonthewildside que Lou siempre quiso enseñarnos a lo largo de su carrera. 

Lou Reed, en el directo del disco, que acabó en película dirigida por Julian Schnabel
Lou Reed, en el directo del disco, que acabó en película dirigida por Julian Schnabel

Para mí este álbum es como en las letras, el poemario “Las Flores del Mal” de Charles Baudelaire. Una auténtica celebración del mal. De la oscuridad del ser humano. De sus tempestades. Sin atisbo a la alegría. De la tragedia definida desde un punto de vista totalmente escéptico. (“But me… I just don´t care at all”, una de los estribillos del disco, en “Men Of Good Fortune”)

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Lou Reed se nos hace cruel. Tras abandonar el glam alegre y órfico de Transformer, hermano gemelo del Ziggy Stardust de Bowie, justo en el momento en el que la laca y el make up (como definían en aquella época) que empezaban a ponerse de moda, conviviendo con las guitarras cargadas que tan bien supo ver Marc Bolan y los T-Rex. Un glam al que volvió inexplicablemente al año de sacar Berlin con Sally Can´t Dance. 

Lou Reed se nos pone crueles. Para mí, la época dorada de Lou. Una época que acaba con la sobria belleza de Coney Island Babytras el descargue y avalancha de Metal Machine Music. 

Pero sin duda, vuelvo a lo mismo. La tensión y carga dramática que tiene Berlin no lo hay en ningún disco por mucho que busquéis.  Asomarse al interior de cada una de sus canciones supone abordar una interminable espiral de preguntas sin respuestas y de dolores ocultos en lo profundo del ser de los personajes que en el disco se nos muestran. 

Aquí, en uno de los versos míticos de la canción "Caroline Says"
Aquí, en uno de los versos míticos de la canción “Caroline Says”

Nada más empezar, Lou nos sitúa en la pista del baile de un bar berlinés donde se supone que Jim y Caroline se conocieron. Y nos lo presenta de la forma más paradisíaca y literaria que podamos imaginar. OH, HONEY, IT WAS PARADISE. Como lo expresa, en medio del silencio. 

Amamos que nos escupan. Amamos el sexo indiscriminado. Necesitamos que pase algo en cualquier momento. Algo que nos transporte. (Como bien explica en sus libros Palahniuk) Necesitamos las guerras para tener algo de qué preocuparnos. No nos gusta la paz. Necesitamos PERMANECER ANGUSTIADOS a cada minuto para sentir el peligro o las manos apretando el cuello y con ello el paso definitivo a la muerte y un segundo de profunda sensación. Amamos los desastres pasionales porque nos enriquecen vitalmente. Queremos que nos pase lo más gordo, sobrevivir de ello y así poder contarlo y que todo el mundo se compadezca. La tragedia es nuestra hermana. La crueldad nuestro desayuno y cena. El aislamiento es lo que no toleramos. Una cárcel sin que pase nada. Sin guerras, sin tiranías, sin aflicción. Las lágrimas en documentales y películas de ciencia ficción son nuestro relax al acabar el día. 

Aquí, un relato de Schnabel de Caroline, protagonista central del disco.
Aquí, un relato de Schnabel de Caroline, protagonista central del disco.

Ahí está la explicación del valor que tiene esta obra musical. Simplemente, desconectad y sentir en vuestras vértebras el crujir de la desgracia y de la angustia más visceral: