Gente que arde como fabulosos cohetes amarillos en el cielo o la razón de todas nuestras idas y venidas

índice

Todo el loco torbellino de todo lo que iba a pasar empezó entonces; aquel torbellino que mezclaría a todos mis amigos y a todo lo que me quedaba de familia en una gran nube de polvo sobre la Noche Americana. Carlo le habló del viejo Bull Lee, de Elmer Hassel de Jane: Lee estaba en Texas cultivando yerba, Hassel, en la cárcel de isla de Riker, Jane perdida por Times Square en una alucinación de benzedrina, con su hijita en los brazos y terminando en Bellevue. Y Dean le habló a Carlo de gente desconocida del Oeste como Tommy Snark, el tiburón de pata de palo de los billares, tahúr y maricón sagrado. Le habló de Roy Johnson, el gran Ed Dunkel, de sus troncos de la niñez, sus amigos de la calle, de sus innumerables chicas y de las orgías y las películas pornográficas, de sus héroes, heroínas y aventuras. Corrían calle abajo juntos, entendiéndolo todo del modo en que lo hacían aquellos primeros días, y que más tarde sería más triste y perceptivo y tenue. Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un <<¡Ahhh!>>.

Jack Kerouac, “On the Road”, Capítulo 1

Anuncios

ESPECIAL POST Nº100: “Los 10 libros de mi vida”

Antes de todo quería aclarar lo que significa la lectura y en su total, la literatura. En realidad una enfermedad. Algo que una vez entras, no sales. Una sensación de leer ansiosa cada vez que descubres un nuevo libro. Una especie de destino que sin saberlo llega. Algo, donde por lo menos, dentro uno se siente poderoso. Mientras el mundo se empeña en hundirnos y la vida va menguando, leer y escribir reconstruye. Es como una especie de rebeldía. Como decía Luis Rosal en un verso, “pon en orden tus llagas y disponte a escribir, ésta es tu rebeldía, no tienes otra cosa que llevarte a la boca…”

1. The Lord Of The Rings (El Señor De Los Anillos), J. R. R. Tolkien (trilogía: La Comunidad Del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno Del Rey, Ed. Debolsillo). Mi regalo de comunión no pasó por mal regalo. Fue la primera novela de verdad que leí, con tan solo 9 años. La literatura fantástica, como sabéis los que conocéis mis preferencias y manías literarias, no tiene un sitio privilegiado en mi literatura. Sin embargo, creí indispensable mencionar como primera lectura la obra maestra de Tolkien. Mi madre aún recuerda ir a charlar con el profesor de mi clase sobre mis malos estudios debido a ese maldito libro. Me tenía que castigar sin leer. Y ahora ha pasado el tiempo y esta novela queda como una especie de poso en el subconsciente. Cuando la releo de vez en cuando, la leo con otros ojos. Quizás con los del niño que fui, con los ojos de haber descubierto ante sí el cáncer de la literatura, de hallar ante sí el foso del pensamiento, la cultura y los mundos infinitos que se vislumbran en un simple párrafo. Ahora “El Señor de los Anillos” yace en la habitación apilado junto a más libros corrientes, ajado por el tiempo y con hojas hasta despegadas, debido a que en su tiempo se hizo mi mejor amigo, y es por ese simple motivo por el que me veo obligado a incluirle en el puesto número 1.

2. Les Fleures Du Mal (Las Flores Del Mal), Charles Baudelaire (varias ediciones). Puede que este libro sea mi fetiche en mi particular biblioteca. Desde que lo leí, con apenas 14 años, la sombra de Baudelaire me persigue cada día y cada noche, por todas las calles, en las paredes de mi habitación, y en cada libro de poemas que leo. Porque dicen que cuando encuentras a TU LIBRO intentas ver en los demás libros lo que viste en él. Como con las mujeres y el primer amor. Decía que era mi fetiche, porque pesadillas y delirios aparte acerca del poeta francés que lo escribió, no sé si dejaré algún día de comprar ediciones de todo tipo de esta obra poética. Las dos últimas fueron compradas en los mercadillos de la orilla del Sena, por un precio más que razonable para fechar de 1930-1940 ambas ediciones. Hasta ahora, llevo cinco de la misma obra y autor. Creo que no dejaré de comprar ediciones en la vida. Una bilingüe, dos en español, y dos en francés. Sí, al fin y al cabo, Baudelaire fue una especie de padre existencial en una época de mucha tormenta en mi vida. Baudelaire sin duda, descubrió mi dolor, y a su vez comprendí que no tenía solución, pero por lo menos se podía atravesar y encarar a partir de la metáfora y la rebeldía. La rebeldía de un poema. La verdadera poesía. Fue entonces a partir de la lectura de Las Flores cuando de verdad pude llamar a lo que escribía “poesía”. Muchas personas en conversaciones paralelamente relacionadas con la existencia, aseguran que hay un momento de lucidez en tu historia en el que te das cuenta de lo que has sido, eres y serás en el resto de tu vida, y realmente creo que esa respuesta me fue desvelada al arrancar del jardín de la Biblioteca Pública de Valladolid estas flores malignas.

3. Howl (Aullido), Allen Ginsberg (ed. Anagrama). Con Ginsberg descubrí la forma. Cómo decirlo. El Rock&Roll. Los automóviles. Las alucinaciones de yagué. Las fiestas. El alcohol. Los cigarrillos acompañados de hermosos poemas. El ritmo. El puto jazz. La bohemia de un tiempo ya agotado. Lo que de verdad podríamos llamar vida. Pero también la fugacidad del tiempo y de la diversión, de los fines de semana y de los estados ebrios, y la permanencia inquebrantable de la locura, la soledad y el dolor en nuestra mente tan retorcida. Los suicidios. Los saxofones y los micrófonos (esto ya lo dije). Usar el amor como primera arma contra el silencio y propaganda capitalista. Tener presente el odio como una forma más de aburrimiento. A Karl Marx. La contemplación. La belleza de la amistad. El rostro del animal en la mirada del ser humano. La crueldad. El escepticismo. Miles Davis. Las conversaciones hipsters en cualquier bar o tejado o casa abandonada. Las jam-sessions. En definitiva, otro trozo de mí mismo. De mi manera de pensar. De mí mismo, de nuevo.

4. Antología Poética (1970-2000), Leopoldo María Panero (ed. de Túa Blesa, Editorial Visor). Qué decir del que ya sabéis que es para mí el mejor poeta en lengua hispana. Soy un bestia. Muchos lo dicen cuando les comento esto. “Con la de poetas que ha habido y te atreves a decir eso…”. Pues sí señores. Y no solo me une a Leopoldo sus letras. Más en plan confesión, lo que me une a Leopoldo es la tierra, el aire que respiró, los ríos que atravesó, las montañas que le resguardaron. Los campos de Castilla, los cuales son sus orígenes geográficos, en Astorga, León. Además, familia de lejana ya de mi padre, en los años en los que la familia Panero estuvo en terrible auge y era conocida en toda España por asuntos de todo tipo, tenían una relación cercana a ellos. Esto es debido a que ellos vivían en La Bañeza, otro pueblo de León más o menos cercano a Astorga. Mi padre me relató que su primo leonés, se trataba de vez en cuando de joven con la familia Colinas, donde se encuentra como referente máximo Antonio Colinas, poeta novísimo a la vez que Leopoldo, y estos a su vez, los Colinas, tenían contacto con los Panero. Yo no viví ni en esa época ni tampoco puedo presumir de haber conocido a los Panero ni a los Colinas. Sin embargo, cuando visioné con mis ojos las películas-documental que tanto Ricardo Franco como Jaime Chavárri realizaron sobre la familia Panero y su ambiente, no pude evitar verme reflejado en ese ambiente castellano. Fue como una pequeña chispa que se me encendió el leer a Leopoldo. Ver que esa nada de la que continuamente habla en sus poemas, ese vacío del que cuelgan ahorcados los versos, ese límite o agujero de realidad en el que se sumerge, no es otro que las depresiones geográficas de la estepa castellana. Mi estepa. Me sucedió lo mismo, por ejemplo, con Antonio Colinas y su poesía neo-romántica. Pero Leopoldo es diferente. Sin duda este libro del que os hablo, es mi lectura de “mesilla de noche” y nunca lo he dejado anclado en cada uno de mis viajes y aventuras. Es como otro corazón de supervivencia para mí. No podría desprenderme de él, ni dejar de leerlo en temporadas por más que quisiera. Quizás por eso acarreo una desesperación nata que yo llamo “de escritor” (en referencia a Enrique Vila-Matas). Porque sí, colegas, una vez que leí a Leopoldo fue como bajar a los infiernos y darte cuenta que nadie había pulsado el botón del ascensor, que no estaban abajo las llamas y la destrucción , sino arriba, en el aire. Solo espero tener la oportunidad de poder conectar físicamente con Leopoldo, llegar a verle y charlar, antes de que la enfermedad realmente se lo lleve por delante; aunque, como asegura en múltiples entrevistas mil veces cuando afirma que se ha intentado matar y le han intentado matar por todos los medios, pero “yo no me muero ni pa´trás, nunca lo conseguirán”.

5. Rayuela, Julio Cortázar (Varias ediciones). Jamás olvidaré aquellas tardes que empleé en la lectura de este libro. Apenas un adolescente inexperto, que solo devoraba poesía y se embarcó en las aventuras parisinas de estos argentinos exiliados. Puede ser que este sea el libro que me abriera a la prosa, aunque debería entrar también un Raymond Carver por ahí. Acudía a casa de mi abuela en la Huerta del Rey de Valladolid, la Gran Biblioteca como lo llamaba yo, y hacía que pasaran las horas pasando páginas y agotando los ojos por sus páginas viejas y un tanto descuidadas. Tardé menos de un mes en leer el tochazo de libro. Desde la primera frase hasta la última Cortázar me hizo enmudecer con su relato. Y también enamorarme más de la mítica ciudad de París. Este libro tiene algo de apocalíptico. En cada episodio y final del mismo. Yo mismo contemplaba el fin del mundo representado con el caer del día sobre el sofá, mientras la Maga se desnudaba y Rocamadour lloraba, mientras el mate de los personajes se acababa, mientras las clochards se mojaban en el Puente de Alejandro. Qué bueno Cortázar. Qué bueno lo que hiciste por este pobre aprendiz de escritor.

6. Sur les cimes du désespoir (En las cimas de la deseseración), Émil M. Cioran (Anagrama). Desde que leí la primera letra hasta la última de este libro sentí miedo. Miedo por mí. Porque sí, porque su escritor cuando lo escribió tenía la edad que tenía yo cuando lo leí, 17 años. Y como dice en el prólogo, “de no haberlo escrito me habría suicidado”. Y ese existencialismo extremo que nos pinta Cioran en cada uno de sus libros, pero especialmente en este, donde en mi opinión, la escritura no estaba controlada o depurada por el propio escritor. Es decir, sinceridad en su estado supremo. Todo el mundo habla de las obras Silogismos de la amargura Aciago demiurgo. Yo me quedo con esta. Con su novela límite. Que de no haberla escrito se hubiera suicidado. Más tarde, recurrí a varios ensayos del filósofo español Fernando Savater sobre este personaje para descubrir su vida y obra más profundamente y me asusté aún más. Me dio terror porque la vida de Cioran en su sentido más interior se parecía mucho a la mía. Pensé entonces que esta no era mi época. Mi época era escribir en francés siendo rumano cuando a Camus se le hacía mucho más caso dando sus habituales conferencias que a Angela Merkel. 

7. Arder en el agua Apagarse en el fuego, Charles Bukowski (ed. La poesía, Señor Hidalgo). De entre todas las numerosas obras de Bukowski siempre dije que me quedaba con la poesía. Porque como decía su amigo músico americano Tom Waits, “Bukowski es un poeta”. No digo que de prosa no sirva, novelas como Cartero, su primera obra y para mí la mejor novela, o los cuentos de relatos Música de cañerías, son sin duda auténticas obras literarias. Pero Bukowski para la poesía es algo superior. Una poesía marcada por las imágenes de las que ya nos acostumbramos una vez leer sus novelas y relatos, narrativa, perdedora, ebria y con ciertos toques clásicos de lo que hubiera podido ser este señor si no se hubiera echado a la bebida y los bares de L.A. “El dolor es absurdo/ porque existe”, versos como este no merecen ni explicación. O el poema “Abraza la Oscuridad” que yo recité en un vídeo. “El genio de la multitud”. Cualquiera. Bukowski figura en mi biblioteca personal como un referente literario, como la sombra de lo que significa una buena poesía con ritmo y sincera, sin miramientos. Como la vida misma. Tanto, que a veces nos pueda asustar y sorprender, y es ahí donde reside su grandeza. Muchas veces soñé perderme por todos esos bares de mala muerte y encontrarme a un viejo apoyado en la barra lanzando improperios a todo el que dignase pasar por su lado. 

8. Antología poética, Luis García Montero (Visor). Poemarios que siempre he leído son “El jardín extranjero” o “Completamente viernes”. Para mí Luis ha desarrollado una poesía urbana impecable. Otra de las obras con las que más me he sentido identificado. Qué bello era escaparme de casa cuando el tedio se aproximaba a mis rodillas y salir con un libro de Luis y un cigarrillo, ná más, a un portal de mi barrio y ponerme a leer. Las horas se me pasaban inéditas entre los versos de este autor. Fue uno de mis más claros referentes para la poesía que desarrollé durante dos años para mi primer poemario “Historia del Relámpago”. Cuando leí a García Montero vi una alternativa a toda esa poesía del sentimiento de Pablo Neruda. Situarla dentro de la ciudad y que la misma ciudad te llevara por cada una de sus esquinas. Luego el amor. Cuántas veces y cuántos momentos he tenido que correr a sus poemas cuando de verdad estaba terriblemente jodido sentimentalmente. Lo más importante de la poesía de Montero para mí es la metáfora, y también que sea una poesía destinada a todo el mundo, pero siempre salida de los fondos obreros y humildes. 

9. The Infinite Jest (La broma infinita), David Foster Wallace (Debolsillo). Qué brutal. Qué novela. Sinceramente si queréis poner a salvo vuestra mente y vuestra cordura, no la leáis. DFW ve como principal enemigo en su escritura al lector. Eso es lo más sorprendente de todo. Que hasta el propio título tiene significado saliendo del meramente literario. La rabia de Foster Wallace de ver un mundo que se descomponía, un mundo que en su novela distópica va contra el hombre, en el que no hay escapatoria y se es continuamente perseguido, vaya a ser por cualquiera o por uno mismo, donde la única evasión factible y verdadera es el propio suicidio, es desolador. Todo ello es desolador. Y en mi opinión, lo que hace DFW aparte de narrarnos este super-relato, es depurarse a sí mismo y al mundo. Una especie de autocrítica asentada bajo los cimientos de la organización humana que se caen en cada palabra y capítulo. Que sí, que nadie está a salvo. Nadie. Ni si quiera de sí mismo. Cuando comencé a leer esta obra estratosférica sentí un vértigo que me duró hasta la última página. Te descompone. Ten cuidado porque duele. No el dolor que pueda aplicarte un poema o una emoción no, un dolor físico y mental que te deja desasistido ante la propia palabra que solo expresa VERDAD.

10. Exhumación, Antonio J. Rodríguez & Luna Miguel (Alpha Mini). Es el único libro de la lista que no he leído. Y os diré por qué. En primer lugar, porque no lo he encontrado y yo no soy muy dado a las compras por Internet. En segundo lugar, la causa de haberlo añadido a la lista fue que me parecía indispensable incluir a estos dos autores noveles juntos. Descubrí a Antonio J. por Luna. Unos versos, un vídeo en YouTube fueron los que me catapultaron a esta literatura. Luna Miguel sin duda es para mí la perfecta poesía moderna. Es una pena que en nuestro país la poesía no tenga una difusión tan prolífica como la narrativa. Sinceramente, cuando encontré a Luna, pude hallar la voz poética perfecta para los tiempos actuales. Sí, estoy enamorado de cada uno de sus versos, de cada una de sus caídas y sus pensamientos estériles. Quiero ser de mayor como ella. Antonio J. y su novela, “Fresy Cool” me salvaron la vida. En medio de todo ese estado habitual mío de desesperación literaria y existencial, encontré una senda. Y era esa novela. Aunque tras unas relecturas la novela se queda un poco lejos de lo que los buenos críticos de literatura caracterizarían como “una buena novela”, me salvó la vida. Cuando leía “Fresy Cool” salía de toda esa nube de desesperación y me hacía vivir. Porque el personaje se me pegaba a la piel. Cada una de sus aventuras, acciones, pensamientos y conversaciones, me hacía poder vivir conmigo mismo. Puede que lo llamen “sentirte identificado con el personaje”, pero va más allá. Como dije, me salvó la vida. En realidad, la novela que llevo haciendo durante alrededor seis meses que lleva el título “THC”, es una especie de versificación de lo que leí en Fresy Cool, aderezada con intentos narrativos de DFW y todo el mundo beat de Burroughs o Bukowski. Antonio J. y Luna Miguel me enseñaron lo bonito que es “ser decadente”. Antes me sentía muy frustrado y desasistido. Después, sentí que entraba a formar parte del mundo literario. Que debía esforzarme. Y lo iba a conseguir. Espero conseguirlo algún día. Desde aquí quiero dar las gracias a estos dos autores que sé (o eso espero) que leerán esto. Algún día espero conoceros, ir para Barcelona y corrernos una buena juerga todos juntos. Gracias, de nuevo.

Muchas gracias a todos por seguirme durante estos 100 posts y espero que sean otros cien. La literatura, como París (en boca de Enrique Vila-Matas), no se acaba nunca. Como el Rock. Como la música en definitiva. Como el amor (en la visión de Lou Reed). Como la grandeza del hombre que aseguraba Allen Ginsberg. La literatura no se acaba nunca, es un camino de ida pero sin billete de vuelta. Aquí me tenéis hasta que quede un último libro en el planeta para seguir atendiendo a vuestros comentarios e intereses. Para seguir sirviendo a todo este suicidio loco y premeditado que es la escritura y la lectura. Gracias desde el fondo de mi habitación. La luz aún no ha llegado. La luz no es nuestra.

Una peculiar clase de poesía es posible a primera hora de la mañana…

Las canciones de Waits describen a borrachos, putas, ladronzuelos, tipos refugiados en pequeñas poblaciones, tugurios grasientos, conducir toda la noche, establecimientos de coches usados, tiroteos en hoteles y The Heart Of The Saturday Night.

Geoffrey Himes sobre Tom Waits, The Washington Post, 29 de Octubre de 1979.

O bien,

el equilibrio lo preservan los caracoles que ascienden por los riscos de Santa Mónica;

la suerte es pasear Western Avenue abajo y que las chicas del salón te griten,

<<¡Hola, cariño!>>

el milagro es tener a cinco mujeres enamoradas de ti a los cincuenta y cinco años,

y la bondad es que solo eres capaz de amar a una de ellas.

el regalo es tener a una hija más gentil de lo que eres tú, cuya risa sea más refinada que la tuya.

la paz te llega al conducir un Volks del 67 azul por las calles como un adolescente,

con la radio sintonizada en El Presentador Que Más Te Quiere,

sintiendo el sol, sintiendo el sólido zumbido de un motor nuevo mientras vas como una aguja por entre el tráfico.

la gracia está en ser capaz de que te guste la música rock, la música sinfónica, el jazz…

cualquier cosa que contenga la energía genuina de la alegría.

y la probabilidad que vuelve a ti es la más baja y profunda tristeza

tú tirado sobre ti mismo entre las paredes de la guillotina enojado por el ruido del teléfono o las pisadas de cualquiera pasando;

pero la otra probabilidad- la alegre euforia que siempre llega a continuación-

hace que la chica en la caja del supermercado se parezca a Marilyn

como Jackie antes de que pillaran a su amante de Harvard

como la chica en el instituto que todos seguíamos hasta su casa.

hay algo que te ayuda a creer en algo más aparte de la muerte:

alguien en un coche que se aproxima por una calle demasiado estrecha,

y él o ella se hacen a un lado para dejarte pasar,

o el viejo luchador Beau Jack abrillantando zapatos después de haber despilfarrado toda la cuenta bancaria

en fiestas

en mujeres,

en parásitos

tarareando, respirando sobre el cuero,

dándole al trapo mirando arriba y diciendo_

<<qué demonios, disfruté durante un buen rato, y eso es mejor que nada>>.

a veces me siento amargado pero el sabor a menudo fue dulce.

es solo que he temido decirlo

es como cuando tu mujer te dice:

<<dime que me quieres>>, y tú no puedes.

si me ves sonriente en mi Volks azul saltándome un semáforo naranja conduciendo recto hacia el sol

estaré atrapado

en los brazos

de una vida loca

pensando en artistas del trapecio en enanos con grandes cigarros en un invierno ruso de los primeros años 40 en Chopin con su bolsa de tierra polaca en una vieja camarera que me trae otra taza de café y se ríe

mientras lo hace.

lo mejor de ti

me gusta más de lo que imaginas.

los otros no cuentan salvo porque tienen dedos y cabezas

y alguno de ellos ojos

y la mayoría piernas

y todos ellos

buenos y malos sueños

y un camino que seguir.

la justicia está en todas partes y funciona

y las ametralladoras y los sapos

y los setos así te lo dirán.

Charles Bukowski.

Párrafo atrofiado, ¿y tú no?

Anoche cuando llegué a casa con un dolor de huesos importante, fruto de lo malo que es el deporte, sumándole el dolor de pulmones de lo que puede resultar una noche cargada de tedio sin vistas a la iluminación, recurrí de nuevo a la grandiosa obra del escritor norteamericano William S. Burroughs, El almuerzo desnudo, publicada por primera vez en 1959. 

Lo más destacable de esta novela tan desgarradora, con las miradas puestas fijamente a la arcada tanto física como psíquica, es su veracidad y honestidad. Es cien por cien honesta en su escritura, aunque todo nos resulte tan irreal, kafkiano y gonzo. 

Es por todo ello, hoy el dolor ha aumentado, y no se me ha ocurrido otra cosa que testificar que he sobrevivido a la lectura de este libro. Para ello, he agarrado la grabadora y me he dispuesto a grabar lo que creo que son para mí varios de los mejores fragmentos de este libro. La calidad del sonido no es muy buena, pero espero que por lo menos os causen algo del vértigo que me producen a mí estas palabras alineadas que un día un Burroughs en pleno delirio y al borde de la destrucción total, periodismo venido de los mismos infiernos.

HONESTIDAD en su estado pleno, ya que todo en esta vida es igual de asqueroso que los hechos de este libro. Esta non-fiction novel tiene más veracidad que toda nuestra propia vida y existencia. Joderos en vuestras sillas. Cual amanecer de un Gregor Samsa.

Memorias de los artistas cachorros: “Éramos unos niños” (Patti Smith, 2010).

Patti Smith siempre ha sido una artista que me ha llamado mucho la atención. Primero por su música, que para mí es un crisol de estilos, naciendo desde el Rock&Roll stoniano y avanzando hacia la vanguardia de grupos tales como la Velvet, sin olvidar que es considerada la “Reina del Púnk” por sus discos posteriores, estilo y carácter ante un escenario. Por lo tanto, su estilo musical digamos, es más que considerable.

Su mejor disco, sin duda, Horses (1970). Épico, brillante, poético y danzante, una oración a la sociedad perdida de hipppies, neorrománticos, simbolistas, modernistas y artistas alojados en el famoso Chelsea Hotel de New York. Es una oda a toda esa generación americana de artistas que se creían libres y fuera de todo control moral, social y político. Fue producido bajo la ayuda de John Cale, segunda alma de la Velvet y cuyos discos en solitario, que aunque no están a la altura de la otra alma de la Velvet, Lou Reed, no tienen ningún desperdicio. La ayuda de John Cale es inestimable a la hora de conferir lo épico e inmortal que tiene el disco, sin quitar motivos a la espectacular y universal voz desgarrada de Patti, que hace que todo se levante cuando ella canta, recita, habla, murmura.

Aquí podemos ver al trío más famoso neoyorkino: John Cale, Patti Smith y Lou Reed.

Dejando a un lado la música, yo lo que quería hablar en esta entrada era de su libro póstumo de memorias, Éramos unos niños (2010) que alude directamente a su historia y a la de su eterno amante, Robert Mapplethorpe. Es un rico libro de memorias tan perfectamente escrito, con una sinceridad y amor, en definitiva, sensibilidad que sobre sale en cada una de sus páginas y nos contagia casi como una enfermedad y hace que creamos que nuestra artista está al otro lado de la habitación relatando uno por uno todos los acontecimientos que la sucedieron en el San Francisco, Nueva York y París de finales de los sesenta. En definitiva, es uno de esos pocos libros que cuando lo comienzas intentas no leerlo muy rápido y devorarlo, sino saborear y entretenerte con él de una manera lenta y sentida, además de rezar para que nunca se acabe o tarde en acabarse.

Muchas cosas se han dicho acerca de Robert, y se dirán muchas más. Los chicos adoptarán sus andares. Las chicas se pondrán vestidos blancos y llorarán la pérdida de sus rizos. Lo condenarán y lo adorarán. Censurarán o idealizarán sus excesos. Al final, la verdad se hallará en su obra, la esencia corpórea del artista. No se deteriorará. El hombre no puede juzgarla. Porque el arte alude a Dios y, en última instancia, le pertenece.

Estas son las preciosas palabras que refiere Patti a Robert en una especie de prólogo de tan solo siete líneas. Pero me gustaría resaltar un párrafo más de Patti que a su vez se universaliza y mete en la piel del sentimiento artístico de todo artista. Puedo decir que es una de las más bellas metáforas que he leído jamás sobre los comienzos de todo artista o por decirlo así, el bicho que te infecta de la sensibilidad artística que te inundará para todo el resto de tu vida:

Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque Homboldt, junto a la orilla del río Prairie. (…) Un largo cuello curvo se alzó de un vestido de plumas blancas.

“Cisne” dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzo el vuelo.

La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas. El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. “Cisne”, repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.

Impresionante, verdad? Este es el primer párrafo narrativo del libro, para que más o menos os hagáis una idea de qué clase de libro se trata. El libro es tan sincero y verídico como la propia artista, un artista de verdad, con todas las letras, que salió de su casa porque quería ser libre y sufrió lo que era graves dolores de tripa debido a la primera enfermedad humana, que es el hambre, que conoció cada rincón de Nueva York haciéndolo un hueco en el idealismo al transformarlo en cuadro, poema o canción, que sufrió en primera persona todo lo que significaba la decadencia de los artistas cuando no sabían otra cosa que meterse jeringuillas, que atravesó el umbral de oscuridad para depurar su poesía tal y como su amado virtual Rimbaud hizo, que se convirtió en leyenda siendo tan solo una hormiga en medio de una sociedad capitalista inflexible y de hierro, y en definitiva, que amó a Mapplethorpe como a la vida en sí y todos sus lugares y rincones.

Robert Mapplethorpe y Patti Smith posando y dando imagen a toda su generación de artistas.

Fuente de la imagen 1: taringa.net

Fuente de la imagen 2: weheartit.com

Fuente de la imagen 3: mondosonoro.com

Fuente de la imagen 4: elhombreconfuso.wordpress.com

An American Night y Gustavo Martín Garzo.

Os informo que recientemente he ganado el concurso literario “Gustavo Martín Garzo” de relatos organizado por el I.E.S. Arca Real de Valladolid por un relato titulado “An American Night” y que dejo aquí para que leáis y opinéis si lo deseáis. También lo subiré en breve a la plataforma megustaescribir.com donde podréis leerlo en formato PDF y ver las impresiones de los demás escritores. Un saludo y muchas gracias.

Small Change got rained on his own 38

Tom Waits.

Saxo saxo saxo saxo desafina.

Cómo remontaremos la noche, cómo haremos de la tragedia comedia, hey, tell me, atracaremos la tienda de helados o robaremos papeles tintados con la cara del presidente más feo de la historia. Los chicos se baten en la noche, pelea callejera, street hassle. Navajas que brillan bajo la luz débil de la farola que refleja la vida y la muerte, la sobredosis y el cielo. Y piensan, todos es posible sobre la noche precipitada americana por el resquicio débil en la conjetura de un tejado mojado pararrayos paralunas donde se pueda dormir sintiendo el frío de locos de su esqueleto. Adormeciendo sus mentes y despertando al cuerpo. Bendiciendo a Ginsberg aullando al anochecer, desafiándose en medio de la calle, buscando hadas y ángeles, en los grandes rascacielos cuando solo encontraban la corbata y el capital a modo de escupitajo a sus cabezas, que cruzaron las grandes dunas de baldosas sobre sus coches de faros torcidos y apedreados, que un fin de semana fueron al desierto para cantar the End y depurar las puertas de la perfección, para verlo todo infinito a la luna, y rompieron a llorar al ver el basilisco gigante que les mordía los pies. Y allí estaban ellos, jodiendo a Moloch hasta la eternidad o hasta que las fuerzas se les fueran, para rivalizar a la noche y su arista de tres puntas oscuras, para echar un pulso desnudo en la acera de lluvia con la moral, y para buscar la luz libertadora inventada al final de una posible salida que les separara de los edificios, de las cloacas, del esperpento, de las empresas, del dinero, del calor flamígero del sol que les mataba y desvelaba sus cuerpos.

Sólo rezaban al saxo saxo saxo saxo

Los agentes del día cafeína, azúcar y Lucky Strike participan en el efecto cadena del nuevo impulso a una nueva mañana cansada con borregos yendo a trabajar como las ovejas al pasto. Ahora, somos más libres, como un viejo boxeador que aspira a alcanzar a Dios con su puño, como todos aquellos que buscan un gusano o ratón debajo de su cama que los hace mantener las noches en vela y sólo lo buscan para matarlo, como aquellos hijos bastardos cobardes, daddy please, give me more money, ellos piden, sólo para gastárselo en el Blanco que les destruirá el tabique nasal y el cerebro, o los viejos consumidores de la pastilla azul que sueñan, o una simple invitación a la tristeza marcada por Tom, en las puertas de un cementerio presente, cuyos cipreses aspiran a ser más altos y estirarse como una erección y llegar al cielo, como el boxeador. Sólo sigue tus instintos, Jack, instintos bañados en teléfonos amarillos que llaman a alguien a las tantas de la madrugada para sobrevivir o para morir sepultado por los camiones del curro. No sabes lo suficiente, nadie lo sabe, sólo el saxo saxo saxo

Un grupo de amigos taladra jukebox en asientos vacíos tragaperras de la ciudad, pasan de largo neones gigantescos por sus ojos y sus venas se hinchan con la adrenalina. Maniquíes desnudos o llevando faldas calzones bragas, parados como hijos de la esfinge en antiguos escaparates de la calle 38. Parecen que se les van a comer los extraterrestres absorbiéndolos con sus luces fantásticas y usted mira como si hubiera algo raro o parecido distinto en sus miradas de la suya.

Y jura, jura, jura, jura al saxo saxo saxo

Y el pobre hombre de bar abandonado mira como el tiempo pasa debajo del culo de su botella de cristal vacía de ginebra buscando algo nuevo allí y admirando la belleza de la madurita de la esquina con sus piernas desnudas del color azul glaciar salivar del poema que representa un semáforo. Entonces alguien saca una weapon y todo el mundo se agacha temiendo el fogonazo pero nadie reza. Nadie. Puede que todos piensen en que aquel chico dispare y los atraviese, y manchen sus camisas grises del color de la amargura púrpura de esmalte, o que una nueva ayuda caiga del cielo en forma de policía, o que saque cualquier de ellos otra gun y dispare a desparpajo a su amenazador, o que ellos mismos sean sus propios cazadores y se entreguen al fogonazo simultáneo al último capítulo encerrado en el último segundo del sorbo de su vaso vacío de ginebra.

Desafinando en la pura noche, como ruido de fondo, saxo saxo saxo saxo

Gran arcada ebria sobre el palacio de los ascensores y los cuervos que los guardan. Ellos creían que era locura arte saxo pero no, todo era real. Sus manos lentas crujían en orden pero el Blanco  y la Enana Marrón los paralizaba. Nadie cierra sus ojos a la noche, nadie. Sus ojos chocan contra la carne y el peyote que les permite ver sobre ella. Los gitanos. Las fregonas. La lejía, lejía blanca, cristalina y mortal en el estómago. El Ejército de la Salvación. Los micrófonos y los suicidios. Estertores mudos cargados de espejismo y nihilismo, rebeldía revuelta sobre la sopa del viejo que la sopla con los labios y Dylan Thomas, último poeta maldito, Dylan Thomas, danos de comer de tus manos de opio e incienso y bendice nuestros pasos con el poder de la hecatombe y que nos sirva de almohada para romper las ventanas de nuestra sucia y aburrida habitación que se come poco a poco el nihilismo nihilismo nihilismo y Freud y los porros y las pajas y la bebida. Y toda su ingeniería, nuestra ingeniería, directa al pozo de la conciencia, agujero negro de la razón, y al vértigo y a la altura que en su noche se precipita como  cascada abundante en forma de lluvia y por las mañanas renace de sus cuerpos los cuales permanecen abrasados como salchichas del puesto de la calle 48. Y no hay taras ni peajes, ellos corren la carrera hacia el artista cachorro, Dylan Thomas, de nuevo, Dylan Thomas mezclado con ron.

Y que te acompañe el saxo, el saxo saxo  saxo

Y ahora mismo ellos buscan el infinito a través de los ejes cartesianos hacia el sabor cervecero de un sábado por la noche y se arrepienten de haber caminado tanto para llegar a un callejón sin salida que les prolonga y el cual no ven por la neblina serpiente que nubla sus pupilas y que intentan retroceder por ella a la tierra y al soslayo del camaleón agazapado en la oscuridad, al placer del olor a unas bragas de lycra y látex en el placer de hacer de una hormiga un elefante en el placer de buscar sólo por buscar o por aburrimiento o por el placer de estamparse con el fin de la pared, el hígado and the pills de su depresión cardíaca aislada en un agujero de enfermedad por pompas de nicotina. Sienten que no hay barreras. Sólo un peaje al aullido. Al eslabón perdido, a la conciencia. Al corazón de New Orleans, al jazz. Al lamento y olvido de aquella Idea que sólo los atormenta por existir. Y mientras agrupan fuerzas para Once upon a time, olores a cocina, cocacína de la suciedad, a platos vacíos sin comida y bolsos vacíos y cajas vacías y pechos vacíos y cabezas vacías todo vacío, just like that, en el eje transversal contra la perfección de una vida.

Por una última vez, saxo saxo saxo saxo retumba en la oscuridad de la noche Americana y devuelve la inspiración a tus hijos swing, a tus Sultans of Swing, a tus hijos naturales de Mark Knopfler, y en letras Allen Ginsberg, a tus gitanos, a tus repudiados, a tus poetas, a tus animales, a tus víctimas, a tus siervos, a tus tristezas, a tus noches, a tus desenfrenados hijos de la locura y del valle secreto que acudimos a tu llamada.

Enrique Zamorano. (Historia del Relámpago, 2011)

Desire, Bob Dylan (1976)

Este es el disco que siempre quiso hacer Cat Stevens, maestro de la música pop oriental. Es un disco que nos remite a cualquier fumadero de opio indio, o a los duros, soleados y pedregosos desiertos de Palestina o quizás también a orillas de los anchos mares orientales donde quedó varada una sirena que por el marinero no fue escuchada.

Me atrevería a decir que es la obra definitiva de Dylan. Es el hijastro de toda la discografía dylaniana. Es el disco vanguardista y diferente de Dylan, aparte de su salto al rock eléctrico conHighway 61.

Aún recuerdo cómo llegué a escuchar este disco. Primero he de decir que es el primer disco de Dylan que escuché, antes que ningún otro. Bueno, más bien, había escuchado alguna cancioncilla folk perteneciente al Freewheelin´ y The Times They Are A Changing, pero de pasada. Pero este disco me adentró en el mundo dylaniano y fue el responsable de la adicción a este artista que todavía conservo. Mi padre me quiso enseñar la música que residía grabada en una cinta que compró por el 78. Cuando escuché los primeros acordes de “Hurricane”, la canción que abre el disco, no me sentía yo. Sentí que ante mi se abría un mundo fabuloso de guitarras, acordes, violines y harmónicas. Quedé impresionado por la fuerza arrolladora de esta máquina incansable justiciera y púgil de más de ocho minutos.

Otra canción que tiene un valor personal añadido, es “Oh Sister”. Preciosa balada flamígera y arrulladora, como una vuelta al nacer y a la infancia, que hace recorrer las calles de uno mismo y te causa pena, pero también esperanza y amor por los lugares de los que vienes y por el que fuiste en un pasado.

Como último apunte de canciones, “Sara” quedará grabada en mi oído y corazón siempre debido a que es la primera canción que oí sonar tocando la guitarra y alzando la voz acompañado por mi banda de rock and roll, Love In Veins. Es una de las canciones que más he escuchado y tocado en toda mi vida y que nunca dejaré de escuchar por más que pase el tiempo. Inmortal canto de amor a las aventuras vividas  con la mujer de su vida, Sara Lowndes.

El resto de las canciones que conforman el disco no son para nada peores. No nos podemos olvidar el toque mexicano al cantar en español “Romance In Durango” o la inmortal y larga “Joey”, sin olvidarnos de la asiática y lamento índico “One More Cup Of Coffee” y los acordes arriesgados y la voz perfecta de “Black Diamond Bay”, entre otras. Enfin, un disco para escuchar de principio a fin, disfrutando de las esencias orientales y musicales que Dylan nos deja.

La gira que siguió al disco fue para muchos críticos la mejor de la carrera de Dylan. “The Rolling Thunder Revue” banda que incluía a figuras no musicales como puede ser el gran  poeta estadounidense beat Allen Ginsberg que daba vueltas por el escenario borracho y colocado, y músicos de la talla de Mick Ronson (conocido por el trabajo con Bowie) o Joan Baez (cantautora favorita de nuestro músico) que acompañaban a Dylan, que salía al escenario con la tez pintada de blanco (a modo payaso, pero un payaso freak, como el estilo del resto de personajes del escenario), y un traje a modo de bata circense. El espectáculo, según recuerdan los afortunados asistentes que lo vieron, fue memorable. Después de dar un par de conciertos, Dylan haría sobre la gira una película, llamada Renaldo and Clara.

Os dejo con el tracklist del disco para que podáis conocer las canciones, lo malo es que Dylan es un artista tan buscado en la red, que los del código de autor han retirado casi al completo sus vídeos de canciones en YouTube, así que no puedo adjuntaros enlace. Aún así si tenéis Spotify, solo tenéis que buscar las canciones.

1. “Hurricane”  (8:33)

2. “Isis”  (6:58)

3. “Mozambique” (3:00)

4. “One More Cup Of Coffee” (Valley Below) (3:43)

5. “Oh, Sister” (4:05)

6. “Joey” (11:05)

7. “Romance in Durango” (5:50)

8. “Black Diamond Bay” (7:30)

9. “Sara” (5:29)