Tras el abandono de los actores, el público desaloja la sala en silencio

Toda mi vida ha sido un fraude

David Foster Wallace

Toda vida es un proceso de demolición

F. Scott Fitzgerald

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Escribíamos sobre drogas porque nunca tuvimos la libertad y valentía suficiente para tomarlas, 

dormíamos en hoteles de mala muerte porque teníamos en nuestras manos libros de Bolaño,

fingíamos desmayos en lugares públicos y en conciertos porque se lo vimos a hacer a alguien en la televisión, 

nos emborrachábamos hasta acabar con nuestros hígados porque era lo único que no aparecía en el guión de la felicidad de los anuncios de Coca-Cola,

nos alimentábamos de animales muertos y comida basura porque pecábamos de hambre tras tardes enteras fumando marihuana,

no creíamos jamás en el verano porque era depresivo y aburrido, 

preferíamos en su caso el frío debido a que era extraordinariamente bello pasear con abrigos largos, 

fumábamos en los bares cigarro tras cigarro al descubrir que la sala no tenía escape de humo,

escribíamos largos poemas porque creíamos en la resurrección en alguno de nosotros de Allen Ginsberg, 

conducíamos de noche escuchando “Riders On The Storm” solo para ver si a la mañana siguiente seguíamos vivos,

nos encerrábamos en habitaciones de diez metros cuadrados para ver cuánto tardaba cada uno de nosotros en salir, 

cuando éramos niños nos enganchamos a la Game Boy, cuyos juegos nunca nos enseñaron la muerte de Pikachu, y para cuando le asesinaron ya fue tarde,

comenzamos a ver películas porno a la edad de 12 años, con lo que nuestra primera vez no fue tan tan tan tan

subíamos fotos a Instagram de nuestras aventuras para que todo el mundo creyera que nos lo estábamos pasando bien de verdad

creíamos en la revolución sin movernos de casa, 

pintábamos en las paredes grafitis WORKING CLASS, allí, en los barrios donde nacimos 

y luego nos acomodamos en sucios y caprichosos chalés adosados en zonas residenciales,

íbamos a los hospitales al filo del amanecer exigiendo la B12, 

nos dolían las muelas y no dijimos ni mu

no teníamos ni tenemos concepto de la verdad y no nos importaba ni importa,

creíamos que todo se resumía en un acorde de Mark Knopfler, 

conseguimos jamás llorar con las películas románticas, dejar de besar a las chicas con saliva, hacer el amor en sitios confortables,

nacimos para el excremento voluntariamente 

y nos hicimos excremento,

salíamos con chicas totalmente destrozadas porque nosotros también estábamos totalmente destrozados,

llorábamos de tristeza y emoción al leer poemas coprofágicos de Leopoldo María Panero cuando hablaba de su amada desde su exilio loquero,

viajábamos a París cada vez que la cartera lo permitía para morir aplastados por todos los spleen posibles de Baudelaire, 

arañábamos los transportes públicos con cúter y vomitábamos en su suelo,

nos hicimos vegetarianos porque creímos que estaba de moda, 

había mucha gente alrededor nuestro y 

no nos importaba,

no, 

y tal vez mañana este rostro que nos compone

no será jamás nuestro.

 

 

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ESPECIAL POST Nº100: “Los 10 libros de mi vida”

Antes de todo quería aclarar lo que significa la lectura y en su total, la literatura. En realidad una enfermedad. Algo que una vez entras, no sales. Una sensación de leer ansiosa cada vez que descubres un nuevo libro. Una especie de destino que sin saberlo llega. Algo, donde por lo menos, dentro uno se siente poderoso. Mientras el mundo se empeña en hundirnos y la vida va menguando, leer y escribir reconstruye. Es como una especie de rebeldía. Como decía Luis Rosal en un verso, “pon en orden tus llagas y disponte a escribir, ésta es tu rebeldía, no tienes otra cosa que llevarte a la boca…”

1. The Lord Of The Rings (El Señor De Los Anillos), J. R. R. Tolkien (trilogía: La Comunidad Del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno Del Rey, Ed. Debolsillo). Mi regalo de comunión no pasó por mal regalo. Fue la primera novela de verdad que leí, con tan solo 9 años. La literatura fantástica, como sabéis los que conocéis mis preferencias y manías literarias, no tiene un sitio privilegiado en mi literatura. Sin embargo, creí indispensable mencionar como primera lectura la obra maestra de Tolkien. Mi madre aún recuerda ir a charlar con el profesor de mi clase sobre mis malos estudios debido a ese maldito libro. Me tenía que castigar sin leer. Y ahora ha pasado el tiempo y esta novela queda como una especie de poso en el subconsciente. Cuando la releo de vez en cuando, la leo con otros ojos. Quizás con los del niño que fui, con los ojos de haber descubierto ante sí el cáncer de la literatura, de hallar ante sí el foso del pensamiento, la cultura y los mundos infinitos que se vislumbran en un simple párrafo. Ahora “El Señor de los Anillos” yace en la habitación apilado junto a más libros corrientes, ajado por el tiempo y con hojas hasta despegadas, debido a que en su tiempo se hizo mi mejor amigo, y es por ese simple motivo por el que me veo obligado a incluirle en el puesto número 1.

2. Les Fleures Du Mal (Las Flores Del Mal), Charles Baudelaire (varias ediciones). Puede que este libro sea mi fetiche en mi particular biblioteca. Desde que lo leí, con apenas 14 años, la sombra de Baudelaire me persigue cada día y cada noche, por todas las calles, en las paredes de mi habitación, y en cada libro de poemas que leo. Porque dicen que cuando encuentras a TU LIBRO intentas ver en los demás libros lo que viste en él. Como con las mujeres y el primer amor. Decía que era mi fetiche, porque pesadillas y delirios aparte acerca del poeta francés que lo escribió, no sé si dejaré algún día de comprar ediciones de todo tipo de esta obra poética. Las dos últimas fueron compradas en los mercadillos de la orilla del Sena, por un precio más que razonable para fechar de 1930-1940 ambas ediciones. Hasta ahora, llevo cinco de la misma obra y autor. Creo que no dejaré de comprar ediciones en la vida. Una bilingüe, dos en español, y dos en francés. Sí, al fin y al cabo, Baudelaire fue una especie de padre existencial en una época de mucha tormenta en mi vida. Baudelaire sin duda, descubrió mi dolor, y a su vez comprendí que no tenía solución, pero por lo menos se podía atravesar y encarar a partir de la metáfora y la rebeldía. La rebeldía de un poema. La verdadera poesía. Fue entonces a partir de la lectura de Las Flores cuando de verdad pude llamar a lo que escribía “poesía”. Muchas personas en conversaciones paralelamente relacionadas con la existencia, aseguran que hay un momento de lucidez en tu historia en el que te das cuenta de lo que has sido, eres y serás en el resto de tu vida, y realmente creo que esa respuesta me fue desvelada al arrancar del jardín de la Biblioteca Pública de Valladolid estas flores malignas.

3. Howl (Aullido), Allen Ginsberg (ed. Anagrama). Con Ginsberg descubrí la forma. Cómo decirlo. El Rock&Roll. Los automóviles. Las alucinaciones de yagué. Las fiestas. El alcohol. Los cigarrillos acompañados de hermosos poemas. El ritmo. El puto jazz. La bohemia de un tiempo ya agotado. Lo que de verdad podríamos llamar vida. Pero también la fugacidad del tiempo y de la diversión, de los fines de semana y de los estados ebrios, y la permanencia inquebrantable de la locura, la soledad y el dolor en nuestra mente tan retorcida. Los suicidios. Los saxofones y los micrófonos (esto ya lo dije). Usar el amor como primera arma contra el silencio y propaganda capitalista. Tener presente el odio como una forma más de aburrimiento. A Karl Marx. La contemplación. La belleza de la amistad. El rostro del animal en la mirada del ser humano. La crueldad. El escepticismo. Miles Davis. Las conversaciones hipsters en cualquier bar o tejado o casa abandonada. Las jam-sessions. En definitiva, otro trozo de mí mismo. De mi manera de pensar. De mí mismo, de nuevo.

4. Antología Poética (1970-2000), Leopoldo María Panero (ed. de Túa Blesa, Editorial Visor). Qué decir del que ya sabéis que es para mí el mejor poeta en lengua hispana. Soy un bestia. Muchos lo dicen cuando les comento esto. “Con la de poetas que ha habido y te atreves a decir eso…”. Pues sí señores. Y no solo me une a Leopoldo sus letras. Más en plan confesión, lo que me une a Leopoldo es la tierra, el aire que respiró, los ríos que atravesó, las montañas que le resguardaron. Los campos de Castilla, los cuales son sus orígenes geográficos, en Astorga, León. Además, familia de lejana ya de mi padre, en los años en los que la familia Panero estuvo en terrible auge y era conocida en toda España por asuntos de todo tipo, tenían una relación cercana a ellos. Esto es debido a que ellos vivían en La Bañeza, otro pueblo de León más o menos cercano a Astorga. Mi padre me relató que su primo leonés, se trataba de vez en cuando de joven con la familia Colinas, donde se encuentra como referente máximo Antonio Colinas, poeta novísimo a la vez que Leopoldo, y estos a su vez, los Colinas, tenían contacto con los Panero. Yo no viví ni en esa época ni tampoco puedo presumir de haber conocido a los Panero ni a los Colinas. Sin embargo, cuando visioné con mis ojos las películas-documental que tanto Ricardo Franco como Jaime Chavárri realizaron sobre la familia Panero y su ambiente, no pude evitar verme reflejado en ese ambiente castellano. Fue como una pequeña chispa que se me encendió el leer a Leopoldo. Ver que esa nada de la que continuamente habla en sus poemas, ese vacío del que cuelgan ahorcados los versos, ese límite o agujero de realidad en el que se sumerge, no es otro que las depresiones geográficas de la estepa castellana. Mi estepa. Me sucedió lo mismo, por ejemplo, con Antonio Colinas y su poesía neo-romántica. Pero Leopoldo es diferente. Sin duda este libro del que os hablo, es mi lectura de “mesilla de noche” y nunca lo he dejado anclado en cada uno de mis viajes y aventuras. Es como otro corazón de supervivencia para mí. No podría desprenderme de él, ni dejar de leerlo en temporadas por más que quisiera. Quizás por eso acarreo una desesperación nata que yo llamo “de escritor” (en referencia a Enrique Vila-Matas). Porque sí, colegas, una vez que leí a Leopoldo fue como bajar a los infiernos y darte cuenta que nadie había pulsado el botón del ascensor, que no estaban abajo las llamas y la destrucción , sino arriba, en el aire. Solo espero tener la oportunidad de poder conectar físicamente con Leopoldo, llegar a verle y charlar, antes de que la enfermedad realmente se lo lleve por delante; aunque, como asegura en múltiples entrevistas mil veces cuando afirma que se ha intentado matar y le han intentado matar por todos los medios, pero “yo no me muero ni pa´trás, nunca lo conseguirán”.

5. Rayuela, Julio Cortázar (Varias ediciones). Jamás olvidaré aquellas tardes que empleé en la lectura de este libro. Apenas un adolescente inexperto, que solo devoraba poesía y se embarcó en las aventuras parisinas de estos argentinos exiliados. Puede ser que este sea el libro que me abriera a la prosa, aunque debería entrar también un Raymond Carver por ahí. Acudía a casa de mi abuela en la Huerta del Rey de Valladolid, la Gran Biblioteca como lo llamaba yo, y hacía que pasaran las horas pasando páginas y agotando los ojos por sus páginas viejas y un tanto descuidadas. Tardé menos de un mes en leer el tochazo de libro. Desde la primera frase hasta la última Cortázar me hizo enmudecer con su relato. Y también enamorarme más de la mítica ciudad de París. Este libro tiene algo de apocalíptico. En cada episodio y final del mismo. Yo mismo contemplaba el fin del mundo representado con el caer del día sobre el sofá, mientras la Maga se desnudaba y Rocamadour lloraba, mientras el mate de los personajes se acababa, mientras las clochards se mojaban en el Puente de Alejandro. Qué bueno Cortázar. Qué bueno lo que hiciste por este pobre aprendiz de escritor.

6. Sur les cimes du désespoir (En las cimas de la deseseración), Émil M. Cioran (Anagrama). Desde que leí la primera letra hasta la última de este libro sentí miedo. Miedo por mí. Porque sí, porque su escritor cuando lo escribió tenía la edad que tenía yo cuando lo leí, 17 años. Y como dice en el prólogo, “de no haberlo escrito me habría suicidado”. Y ese existencialismo extremo que nos pinta Cioran en cada uno de sus libros, pero especialmente en este, donde en mi opinión, la escritura no estaba controlada o depurada por el propio escritor. Es decir, sinceridad en su estado supremo. Todo el mundo habla de las obras Silogismos de la amargura Aciago demiurgo. Yo me quedo con esta. Con su novela límite. Que de no haberla escrito se hubiera suicidado. Más tarde, recurrí a varios ensayos del filósofo español Fernando Savater sobre este personaje para descubrir su vida y obra más profundamente y me asusté aún más. Me dio terror porque la vida de Cioran en su sentido más interior se parecía mucho a la mía. Pensé entonces que esta no era mi época. Mi época era escribir en francés siendo rumano cuando a Camus se le hacía mucho más caso dando sus habituales conferencias que a Angela Merkel. 

7. Arder en el agua Apagarse en el fuego, Charles Bukowski (ed. La poesía, Señor Hidalgo). De entre todas las numerosas obras de Bukowski siempre dije que me quedaba con la poesía. Porque como decía su amigo músico americano Tom Waits, “Bukowski es un poeta”. No digo que de prosa no sirva, novelas como Cartero, su primera obra y para mí la mejor novela, o los cuentos de relatos Música de cañerías, son sin duda auténticas obras literarias. Pero Bukowski para la poesía es algo superior. Una poesía marcada por las imágenes de las que ya nos acostumbramos una vez leer sus novelas y relatos, narrativa, perdedora, ebria y con ciertos toques clásicos de lo que hubiera podido ser este señor si no se hubiera echado a la bebida y los bares de L.A. “El dolor es absurdo/ porque existe”, versos como este no merecen ni explicación. O el poema “Abraza la Oscuridad” que yo recité en un vídeo. “El genio de la multitud”. Cualquiera. Bukowski figura en mi biblioteca personal como un referente literario, como la sombra de lo que significa una buena poesía con ritmo y sincera, sin miramientos. Como la vida misma. Tanto, que a veces nos pueda asustar y sorprender, y es ahí donde reside su grandeza. Muchas veces soñé perderme por todos esos bares de mala muerte y encontrarme a un viejo apoyado en la barra lanzando improperios a todo el que dignase pasar por su lado. 

8. Antología poética, Luis García Montero (Visor). Poemarios que siempre he leído son “El jardín extranjero” o “Completamente viernes”. Para mí Luis ha desarrollado una poesía urbana impecable. Otra de las obras con las que más me he sentido identificado. Qué bello era escaparme de casa cuando el tedio se aproximaba a mis rodillas y salir con un libro de Luis y un cigarrillo, ná más, a un portal de mi barrio y ponerme a leer. Las horas se me pasaban inéditas entre los versos de este autor. Fue uno de mis más claros referentes para la poesía que desarrollé durante dos años para mi primer poemario “Historia del Relámpago”. Cuando leí a García Montero vi una alternativa a toda esa poesía del sentimiento de Pablo Neruda. Situarla dentro de la ciudad y que la misma ciudad te llevara por cada una de sus esquinas. Luego el amor. Cuántas veces y cuántos momentos he tenido que correr a sus poemas cuando de verdad estaba terriblemente jodido sentimentalmente. Lo más importante de la poesía de Montero para mí es la metáfora, y también que sea una poesía destinada a todo el mundo, pero siempre salida de los fondos obreros y humildes. 

9. The Infinite Jest (La broma infinita), David Foster Wallace (Debolsillo). Qué brutal. Qué novela. Sinceramente si queréis poner a salvo vuestra mente y vuestra cordura, no la leáis. DFW ve como principal enemigo en su escritura al lector. Eso es lo más sorprendente de todo. Que hasta el propio título tiene significado saliendo del meramente literario. La rabia de Foster Wallace de ver un mundo que se descomponía, un mundo que en su novela distópica va contra el hombre, en el que no hay escapatoria y se es continuamente perseguido, vaya a ser por cualquiera o por uno mismo, donde la única evasión factible y verdadera es el propio suicidio, es desolador. Todo ello es desolador. Y en mi opinión, lo que hace DFW aparte de narrarnos este super-relato, es depurarse a sí mismo y al mundo. Una especie de autocrítica asentada bajo los cimientos de la organización humana que se caen en cada palabra y capítulo. Que sí, que nadie está a salvo. Nadie. Ni si quiera de sí mismo. Cuando comencé a leer esta obra estratosférica sentí un vértigo que me duró hasta la última página. Te descompone. Ten cuidado porque duele. No el dolor que pueda aplicarte un poema o una emoción no, un dolor físico y mental que te deja desasistido ante la propia palabra que solo expresa VERDAD.

10. Exhumación, Antonio J. Rodríguez & Luna Miguel (Alpha Mini). Es el único libro de la lista que no he leído. Y os diré por qué. En primer lugar, porque no lo he encontrado y yo no soy muy dado a las compras por Internet. En segundo lugar, la causa de haberlo añadido a la lista fue que me parecía indispensable incluir a estos dos autores noveles juntos. Descubrí a Antonio J. por Luna. Unos versos, un vídeo en YouTube fueron los que me catapultaron a esta literatura. Luna Miguel sin duda es para mí la perfecta poesía moderna. Es una pena que en nuestro país la poesía no tenga una difusión tan prolífica como la narrativa. Sinceramente, cuando encontré a Luna, pude hallar la voz poética perfecta para los tiempos actuales. Sí, estoy enamorado de cada uno de sus versos, de cada una de sus caídas y sus pensamientos estériles. Quiero ser de mayor como ella. Antonio J. y su novela, “Fresy Cool” me salvaron la vida. En medio de todo ese estado habitual mío de desesperación literaria y existencial, encontré una senda. Y era esa novela. Aunque tras unas relecturas la novela se queda un poco lejos de lo que los buenos críticos de literatura caracterizarían como “una buena novela”, me salvó la vida. Cuando leía “Fresy Cool” salía de toda esa nube de desesperación y me hacía vivir. Porque el personaje se me pegaba a la piel. Cada una de sus aventuras, acciones, pensamientos y conversaciones, me hacía poder vivir conmigo mismo. Puede que lo llamen “sentirte identificado con el personaje”, pero va más allá. Como dije, me salvó la vida. En realidad, la novela que llevo haciendo durante alrededor seis meses que lleva el título “THC”, es una especie de versificación de lo que leí en Fresy Cool, aderezada con intentos narrativos de DFW y todo el mundo beat de Burroughs o Bukowski. Antonio J. y Luna Miguel me enseñaron lo bonito que es “ser decadente”. Antes me sentía muy frustrado y desasistido. Después, sentí que entraba a formar parte del mundo literario. Que debía esforzarme. Y lo iba a conseguir. Espero conseguirlo algún día. Desde aquí quiero dar las gracias a estos dos autores que sé (o eso espero) que leerán esto. Algún día espero conoceros, ir para Barcelona y corrernos una buena juerga todos juntos. Gracias, de nuevo.

Muchas gracias a todos por seguirme durante estos 100 posts y espero que sean otros cien. La literatura, como París (en boca de Enrique Vila-Matas), no se acaba nunca. Como el Rock. Como la música en definitiva. Como el amor (en la visión de Lou Reed). Como la grandeza del hombre que aseguraba Allen Ginsberg. La literatura no se acaba nunca, es un camino de ida pero sin billete de vuelta. Aquí me tenéis hasta que quede un último libro en el planeta para seguir atendiendo a vuestros comentarios e intereses. Para seguir sirviendo a todo este suicidio loco y premeditado que es la escritura y la lectura. Gracias desde el fondo de mi habitación. La luz aún no ha llegado. La luz no es nuestra.

“Que todo esto te ahorque por fin a un lugar que no existe” (II) Vida y obra de L. M. Panero.

De nuevo vuelvo a rescatar de entre las estanterías de mi habitación los poemarios de mi poeta más admirado en toda la geografía española: Leopoldo María Panero. 

Leopoldo María Panero, tan castellano como yo, a pesar de haber nacido en Madrid, ha sido, es y sigue siendo el poeta maldito por antonomasia de este país. “La destruction fut ma beatrice”, que diría el poeta francés Stephàne Mallarmé es la frase que mejor lo califica. Este hombre ha conocido todo tipo de desastres. No voy a hablar esta vez de su vida, ya que al fin y al cabo os la suponéis: drogas, numerosos e incontables intentos de suicidio, cárceles y exilios en manicomios por rendirse ante su gran hermana, la locura. 

Un artículo leído en el blog del escritor Javier Calvo sobre Stewart Home me dieron las claves sobre la base de admiración de un lector hacia escritores y libros que ha leído. Y básicamente es que siempre hay un par de autores que leíste una vez que quedaron tintados en caligrafía de fuego en tu actividad lectora o ser. Y en mi caso, Panero es uno de ellos.

Baudelaire, Ginsberg y Panero para mí forman el tríptico poético que busco siempre cuando leo más libros de poesía. Siempre que leo un poema busco algo de esos tres en él, si no, puede que sea muy difícil que me guste determinada poesía. Panero es uno de esos tres escritores que forman para mi la puerta de acceso al resto del arte escrito en verso, al de la poesía. Y lo bueno del asunto es que todavía sigue vivo y escribiendo más que nunca, a diferencia de los dos otros autores anteriormente mencionados.

Es por ello por lo que quiero compartir con vosotros de nuevo otros tres poemas (como tres eran los poetas mencionados) a modo de regalo que un día a mi me causaron cierto insomnio asustado ante la grandeza de sus versos y las sensaciones que me imprimían.

El primer poema lo extraigo del poemario Poemas del manicomio de Mondragón (1987) titulado “El loco mirando desde la puerta del jardín”, en el que podemos meternos en los ojos, como bien reza el título, del autor que pasmado describe la caída de la realidad y la figura de la locura:

Hombre normal que por un momento

cruzas tu vida con la del esperpento

has de saber que no fue por matar al pelícano

sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros

y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada

de demonio o de dios debo mi ruina.

El segundo poema que saco a relucir “Los misteriosos sobrevivientes” perteneciente al poemario Last River Together (1980), un poema que no podría ser más sufrido, como hierro hirviendo se clava en el alma. Advertencia: angustia total.

Dime si destruye mi mirada, dime si

queman más mis ojos que la furia del tiempo,

y que este espacio vacío en que los sueños prometen suicidio , y quiénes (…)

mienten vistiendo a la vida con el traje del Espectro,

dime quiénes son, y qué es esto

que huye del ser como el ciervo del

cazador al crepúsculo, el vago

crepúsculo que se extiende como llanura infinita,

desafiando cualquier horizonte, el vasto

crepúsculo sin perspectiva que es ya toda la vida… pero dime

quiénes son, borradas

todas las señales del cielo y caída

sobre la tierra una vez más la luna, cuando

ya la noche no puede llamarse noche, y

los hombres se buscan ciegos en la noche,

quiénes entonces, dime quiénes, en el aire sin tiempo

hozan aún y escarban como cerdos en la

llanura sin sueño de la nada, y me

preguntan por mí, por ellos, cuando

nada queda por vivir.

El último poema de esta entrega, será “Primer Amor”, extraído del conjunto de poemas nombrados como Primeros Poemas escritos antes de 1970. Es uno de los primeros poemas del autor que aún así no tiene desperdicio:

Esa sonrisa que me llega como el poniente

que se aplasta contra mi carne que hasta entonces sentía solo calor o frío

esta música quemada o mariposa débil como el aire que quisiera tan solo un alfiler para evitar su caída

ahora

cuando el reloj avanza sin horizonte o luna sin viento sin bandera

esta tristeza o frío

no llames a mi puerta deja que el viento se lleve tus labios

este cadáver que todavía guarda el calor de nuestros besos

dejadme contemplar el mundo en una lágrima

Ven despacio hacia mí luna de dientes caídos

dejadme entrar en la cueva submarina

atrás quedan las formas que se suceden sin dejar huella

todo lo que pasa y se deshace dejando tan solo un humo blanco

atrás quedan los sueños que hoy son solo hielo o piedra

agua dulce como un beso desde el otro lado del horizonte

Pájaros pálidos en jaulas de oro.

Si queréis saber más de este poeta y su poesía solo tenéis que clicar aquí e inmediatamente os saldrá la primera entrega de esta especie de no-categoría, “Que todo esto te ahorque a un lugar que no existe”.

Fuente de la imagen 1: escritores.org

Fuente de la imagen 2: elzo-meridianos.blogspot.com

An American Night y Gustavo Martín Garzo.

Os informo que recientemente he ganado el concurso literario “Gustavo Martín Garzo” de relatos organizado por el I.E.S. Arca Real de Valladolid por un relato titulado “An American Night” y que dejo aquí para que leáis y opinéis si lo deseáis. También lo subiré en breve a la plataforma megustaescribir.com donde podréis leerlo en formato PDF y ver las impresiones de los demás escritores. Un saludo y muchas gracias.

Small Change got rained on his own 38

Tom Waits.

Saxo saxo saxo saxo desafina.

Cómo remontaremos la noche, cómo haremos de la tragedia comedia, hey, tell me, atracaremos la tienda de helados o robaremos papeles tintados con la cara del presidente más feo de la historia. Los chicos se baten en la noche, pelea callejera, street hassle. Navajas que brillan bajo la luz débil de la farola que refleja la vida y la muerte, la sobredosis y el cielo. Y piensan, todos es posible sobre la noche precipitada americana por el resquicio débil en la conjetura de un tejado mojado pararrayos paralunas donde se pueda dormir sintiendo el frío de locos de su esqueleto. Adormeciendo sus mentes y despertando al cuerpo. Bendiciendo a Ginsberg aullando al anochecer, desafiándose en medio de la calle, buscando hadas y ángeles, en los grandes rascacielos cuando solo encontraban la corbata y el capital a modo de escupitajo a sus cabezas, que cruzaron las grandes dunas de baldosas sobre sus coches de faros torcidos y apedreados, que un fin de semana fueron al desierto para cantar the End y depurar las puertas de la perfección, para verlo todo infinito a la luna, y rompieron a llorar al ver el basilisco gigante que les mordía los pies. Y allí estaban ellos, jodiendo a Moloch hasta la eternidad o hasta que las fuerzas se les fueran, para rivalizar a la noche y su arista de tres puntas oscuras, para echar un pulso desnudo en la acera de lluvia con la moral, y para buscar la luz libertadora inventada al final de una posible salida que les separara de los edificios, de las cloacas, del esperpento, de las empresas, del dinero, del calor flamígero del sol que les mataba y desvelaba sus cuerpos.

Sólo rezaban al saxo saxo saxo saxo

Los agentes del día cafeína, azúcar y Lucky Strike participan en el efecto cadena del nuevo impulso a una nueva mañana cansada con borregos yendo a trabajar como las ovejas al pasto. Ahora, somos más libres, como un viejo boxeador que aspira a alcanzar a Dios con su puño, como todos aquellos que buscan un gusano o ratón debajo de su cama que los hace mantener las noches en vela y sólo lo buscan para matarlo, como aquellos hijos bastardos cobardes, daddy please, give me more money, ellos piden, sólo para gastárselo en el Blanco que les destruirá el tabique nasal y el cerebro, o los viejos consumidores de la pastilla azul que sueñan, o una simple invitación a la tristeza marcada por Tom, en las puertas de un cementerio presente, cuyos cipreses aspiran a ser más altos y estirarse como una erección y llegar al cielo, como el boxeador. Sólo sigue tus instintos, Jack, instintos bañados en teléfonos amarillos que llaman a alguien a las tantas de la madrugada para sobrevivir o para morir sepultado por los camiones del curro. No sabes lo suficiente, nadie lo sabe, sólo el saxo saxo saxo

Un grupo de amigos taladra jukebox en asientos vacíos tragaperras de la ciudad, pasan de largo neones gigantescos por sus ojos y sus venas se hinchan con la adrenalina. Maniquíes desnudos o llevando faldas calzones bragas, parados como hijos de la esfinge en antiguos escaparates de la calle 38. Parecen que se les van a comer los extraterrestres absorbiéndolos con sus luces fantásticas y usted mira como si hubiera algo raro o parecido distinto en sus miradas de la suya.

Y jura, jura, jura, jura al saxo saxo saxo

Y el pobre hombre de bar abandonado mira como el tiempo pasa debajo del culo de su botella de cristal vacía de ginebra buscando algo nuevo allí y admirando la belleza de la madurita de la esquina con sus piernas desnudas del color azul glaciar salivar del poema que representa un semáforo. Entonces alguien saca una weapon y todo el mundo se agacha temiendo el fogonazo pero nadie reza. Nadie. Puede que todos piensen en que aquel chico dispare y los atraviese, y manchen sus camisas grises del color de la amargura púrpura de esmalte, o que una nueva ayuda caiga del cielo en forma de policía, o que saque cualquier de ellos otra gun y dispare a desparpajo a su amenazador, o que ellos mismos sean sus propios cazadores y se entreguen al fogonazo simultáneo al último capítulo encerrado en el último segundo del sorbo de su vaso vacío de ginebra.

Desafinando en la pura noche, como ruido de fondo, saxo saxo saxo saxo

Gran arcada ebria sobre el palacio de los ascensores y los cuervos que los guardan. Ellos creían que era locura arte saxo pero no, todo era real. Sus manos lentas crujían en orden pero el Blanco  y la Enana Marrón los paralizaba. Nadie cierra sus ojos a la noche, nadie. Sus ojos chocan contra la carne y el peyote que les permite ver sobre ella. Los gitanos. Las fregonas. La lejía, lejía blanca, cristalina y mortal en el estómago. El Ejército de la Salvación. Los micrófonos y los suicidios. Estertores mudos cargados de espejismo y nihilismo, rebeldía revuelta sobre la sopa del viejo que la sopla con los labios y Dylan Thomas, último poeta maldito, Dylan Thomas, danos de comer de tus manos de opio e incienso y bendice nuestros pasos con el poder de la hecatombe y que nos sirva de almohada para romper las ventanas de nuestra sucia y aburrida habitación que se come poco a poco el nihilismo nihilismo nihilismo y Freud y los porros y las pajas y la bebida. Y toda su ingeniería, nuestra ingeniería, directa al pozo de la conciencia, agujero negro de la razón, y al vértigo y a la altura que en su noche se precipita como  cascada abundante en forma de lluvia y por las mañanas renace de sus cuerpos los cuales permanecen abrasados como salchichas del puesto de la calle 48. Y no hay taras ni peajes, ellos corren la carrera hacia el artista cachorro, Dylan Thomas, de nuevo, Dylan Thomas mezclado con ron.

Y que te acompañe el saxo, el saxo saxo  saxo

Y ahora mismo ellos buscan el infinito a través de los ejes cartesianos hacia el sabor cervecero de un sábado por la noche y se arrepienten de haber caminado tanto para llegar a un callejón sin salida que les prolonga y el cual no ven por la neblina serpiente que nubla sus pupilas y que intentan retroceder por ella a la tierra y al soslayo del camaleón agazapado en la oscuridad, al placer del olor a unas bragas de lycra y látex en el placer de hacer de una hormiga un elefante en el placer de buscar sólo por buscar o por aburrimiento o por el placer de estamparse con el fin de la pared, el hígado and the pills de su depresión cardíaca aislada en un agujero de enfermedad por pompas de nicotina. Sienten que no hay barreras. Sólo un peaje al aullido. Al eslabón perdido, a la conciencia. Al corazón de New Orleans, al jazz. Al lamento y olvido de aquella Idea que sólo los atormenta por existir. Y mientras agrupan fuerzas para Once upon a time, olores a cocina, cocacína de la suciedad, a platos vacíos sin comida y bolsos vacíos y cajas vacías y pechos vacíos y cabezas vacías todo vacío, just like that, en el eje transversal contra la perfección de una vida.

Por una última vez, saxo saxo saxo saxo retumba en la oscuridad de la noche Americana y devuelve la inspiración a tus hijos swing, a tus Sultans of Swing, a tus hijos naturales de Mark Knopfler, y en letras Allen Ginsberg, a tus gitanos, a tus repudiados, a tus poetas, a tus animales, a tus víctimas, a tus siervos, a tus tristezas, a tus noches, a tus desenfrenados hijos de la locura y del valle secreto que acudimos a tu llamada.

Enrique Zamorano. (Historia del Relámpago, 2011)

Desire, Bob Dylan (1976)

Este es el disco que siempre quiso hacer Cat Stevens, maestro de la música pop oriental. Es un disco que nos remite a cualquier fumadero de opio indio, o a los duros, soleados y pedregosos desiertos de Palestina o quizás también a orillas de los anchos mares orientales donde quedó varada una sirena que por el marinero no fue escuchada.

Me atrevería a decir que es la obra definitiva de Dylan. Es el hijastro de toda la discografía dylaniana. Es el disco vanguardista y diferente de Dylan, aparte de su salto al rock eléctrico conHighway 61.

Aún recuerdo cómo llegué a escuchar este disco. Primero he de decir que es el primer disco de Dylan que escuché, antes que ningún otro. Bueno, más bien, había escuchado alguna cancioncilla folk perteneciente al Freewheelin´ y The Times They Are A Changing, pero de pasada. Pero este disco me adentró en el mundo dylaniano y fue el responsable de la adicción a este artista que todavía conservo. Mi padre me quiso enseñar la música que residía grabada en una cinta que compró por el 78. Cuando escuché los primeros acordes de “Hurricane”, la canción que abre el disco, no me sentía yo. Sentí que ante mi se abría un mundo fabuloso de guitarras, acordes, violines y harmónicas. Quedé impresionado por la fuerza arrolladora de esta máquina incansable justiciera y púgil de más de ocho minutos.

Otra canción que tiene un valor personal añadido, es “Oh Sister”. Preciosa balada flamígera y arrulladora, como una vuelta al nacer y a la infancia, que hace recorrer las calles de uno mismo y te causa pena, pero también esperanza y amor por los lugares de los que vienes y por el que fuiste en un pasado.

Como último apunte de canciones, “Sara” quedará grabada en mi oído y corazón siempre debido a que es la primera canción que oí sonar tocando la guitarra y alzando la voz acompañado por mi banda de rock and roll, Love In Veins. Es una de las canciones que más he escuchado y tocado en toda mi vida y que nunca dejaré de escuchar por más que pase el tiempo. Inmortal canto de amor a las aventuras vividas  con la mujer de su vida, Sara Lowndes.

El resto de las canciones que conforman el disco no son para nada peores. No nos podemos olvidar el toque mexicano al cantar en español “Romance In Durango” o la inmortal y larga “Joey”, sin olvidarnos de la asiática y lamento índico “One More Cup Of Coffee” y los acordes arriesgados y la voz perfecta de “Black Diamond Bay”, entre otras. Enfin, un disco para escuchar de principio a fin, disfrutando de las esencias orientales y musicales que Dylan nos deja.

La gira que siguió al disco fue para muchos críticos la mejor de la carrera de Dylan. “The Rolling Thunder Revue” banda que incluía a figuras no musicales como puede ser el gran  poeta estadounidense beat Allen Ginsberg que daba vueltas por el escenario borracho y colocado, y músicos de la talla de Mick Ronson (conocido por el trabajo con Bowie) o Joan Baez (cantautora favorita de nuestro músico) que acompañaban a Dylan, que salía al escenario con la tez pintada de blanco (a modo payaso, pero un payaso freak, como el estilo del resto de personajes del escenario), y un traje a modo de bata circense. El espectáculo, según recuerdan los afortunados asistentes que lo vieron, fue memorable. Después de dar un par de conciertos, Dylan haría sobre la gira una película, llamada Renaldo and Clara.

Os dejo con el tracklist del disco para que podáis conocer las canciones, lo malo es que Dylan es un artista tan buscado en la red, que los del código de autor han retirado casi al completo sus vídeos de canciones en YouTube, así que no puedo adjuntaros enlace. Aún así si tenéis Spotify, solo tenéis que buscar las canciones.

1. “Hurricane”  (8:33)

2. “Isis”  (6:58)

3. “Mozambique” (3:00)

4. “One More Cup Of Coffee” (Valley Below) (3:43)

5. “Oh, Sister” (4:05)

6. “Joey” (11:05)

7. “Romance in Durango” (5:50)

8. “Black Diamond Bay” (7:30)

9. “Sara” (5:29)

A quien me leyere…

Bienvenidos a mi blog. Mi blog es un aullido más. Un aullido ginsbergiano. Tratar el arte y la cultura desde el lado menos convencional, más nocturno, alternativo, heterodoxo, idealista.

Cuando el que escribe, a usted lector interesado que devora lo que de mi puño sale como un gusano de seda, tenía apenas doce años cuando llegó a sus manos sin saberlo, sin quererlo, sin mero interés, una cinta-cassete que ponía en la cubierta: “Berlín”. Pertenecía a un artista que siempre me dejó la curiosidad en la boca al haberlo oído varias veces de boca de mis padres. Era Lou Reed. Uno de los discos más extraños que escuché jamás. Cambió mi vida al instante. Antes era uno más, alguien como todos los demás, pero ese disco me hizo darme cuenta de que el insomnio es por algo, que nadie pone voz a los mendigos y que detrás de la televisión y la propaganda hay un mundo mucho más amplio y rico. Como en el poema de Cortázar, aquel llamado “Background”, la vuelta hacia atrás, el sumergirse en un lago y quedarse bloqueado, sin respiración, el puñetazo en la sien, la parte trasera de todos los bares… Todo eso es esencial, imprescindible e indica mucho más de nosotros que las simples acciones, palabras y pensamientos. El todo está debajo de las cosas, en su parte trasera, donde nadie se atreve a explorar, en la aventura ciega, en los rincones más inexplorados por la conciencia.

Este blog está atado a eso. Como buen estudiante de periodismo, estar al servicio de la verdad, destapar aquellas “verdades”, aquellas “realidades”, que pasan desapercibidas con contenido cultural. Ya que, el progreso de nuestra civilización solo está en manos de la cultura. Y necesitamos el progreso ahora como agua de mayo.

Escuché “Berlin” toda la noche y supe lo que en verdad valía el insomnio. Es por ello por lo que, como decía el gran filósofo existencialista Emile Michelle Cioran, todo lo interesante que se escribe es parte de nuestro insomio. Espero que disfruten con el banquete que tengo preparados y que nunca se queden saciados.