El día que desaparecimos de la Tierra (SWANS en el Teatro Barceló)

Fuente: Facebook Oficial

*Artículo publicado en ROCK I+D

“Esto no es música. Esto es otra cosa, pero está claro que no es música”. Esta era una de las frases más oídas antes, durante y después del concierto ofrecido por SWANS el pasado miércoles en el abarrotado Teatro Barceló de Madrid. Dirigidos por el frontman más poderoso de toda la escena alternativa, Michael Gira, volvieron a subirse al escenario una noche más para presentar su último trabajo, el soberbio y contundente The Glowing Man.Ataviados con sus característicos vaqueros tejanos y con su semblante siempre severo y penetrante, la banda arrancó con “The Knot”una pieza instrumental de 45 minutos de duración.

Luis Boullosa en su brutal enciclopedia El puño y la letra. Creación literaria y Rock&Roll Underground, además de presentar a Michael Gira como “el primer y último hombre de la Tierra”, subraya en líneas generales que un concierto de SWANS es un acontecimiento mayor, de vital importancia, que marca profundamente la vida de cualquier insensato que decide acudir. Además, avisa de que ninguna banda toca tan alto como ellos, llegando a un volumen extremo y auditivamente casi imposible.

Y más o menos así fue. En la cola, los porteros del local repartían tapones de oídos, ya que lo que el público iría a vivir ahí dentro se trataba, literalmente, de un proceso entrópico de liberación de energía más propio de las experiencias enteógenas que de la mera musicología.

La atmósfera se llenó de sinestesias, visiones, sacudidas ultrasónicas y relámpagos de ruido. Gira, en estado de gracia y de espaldas al público, ejerció de chamán supremo, para a los pocos minutos convertirse en un transmisor de energía en un continuo subir y bajar de brazos en dirección a los asistentes. Y eso es, en especial, otro de los detalles que hacen de SWANS una banda poseedora de un poder inusitado. Alejados de la vanidad y del ego, su papel se reduce a meros transmisores de espiritualidad en forma de ruido implacable, incognoscible por la mente humana, y su valor estriba en la proyección de todo eso a modo de regalo. De ahí que no se pueda ni comparar sus álbumes, fríamente arreglados y producidos, con la abrasión de su directo. Prueba de ello es que, en las partes más altas, no solo podías notar que el suelo y todo a tu alrededor temblaba, si no también tu ropa, tu cuerpo, tus órganos. Esa espiritualidad solo se define como un viaje de ida y vuelta de la antípodas de la mente y del espíritu hacia lo sagrado. También por ello, que sea tan complejo y difícil de explicar con palabras.

SWANS es una banda que aglutina a personas de todo tipo. Desde veinteañeros obsesionados por la escena noise neoyorkina y el post punk –entre los que me incluyo-, hasta amantes de lo extremo -grindcore, black metal y derivados. Las camisetas eran la forma más plausible de identificar subgéneros. Precisamente es ahí donde nace la imposibilidad de etiquetar o aportar una conclusión definitiva al género musical que los SWANS representan.

En una gira que promete ser la última, ofrecieron un repaso a su última etapa en forma de trilogía (The Seer, To Be Kind The Glowing Man), alejada del histrionismo punk y la asfixia mecánica de sus primeros álbumes. El público, más que entregado, se dividía entre los pasmados, los que se aburrían, los que cerraban los ojos para sentir y los que, directamente, no entendían lo que allí estaba pasando. Otros hacían headbanging en las partes más rudas al no poder encontrar una forma mejor de canalizar la energía que la banda proyectaba con cada tema.

La segunda canción escogida para la ocasión fue “Screen Shot”, un chute de vigor y potencia a base de bajo y batería después de la densidad del primer corte. Más tarde, sorprendieron con “Cloud of Uknowing”, quizás el tema más redondo de la noche por su escalada de intensidad de menos a más y de más a menos, quedando al final un cálido susurro de Gira junto con el débil punteo de guitarra de Norman Westberg, apoyado en el pedal steel de un orgulloso Christoph Hahn. La última canción no podía ser otra que “The Glowing Man”, una obra magna de media hora cambiante, circular, introspectiva, apoteósica.

Tras más de dos horas y media, volver a la realidad resultaba prácticamente imposible. SWANS habían conseguido hacerte desaparecer. Tan solo quedaba ese regusto amargo, esa nostalgia, que permanece como rastro agónico del viaje. Miraras donde mirases, los cuerpos y las sustancias, tanto naturales como artificiales, parecían perder su consistencia; diluidas y difuminadas, te hacían sentir en tus propias carnes aquello que ya decían los místicos: la realidad verdadera es solo un simulacro de otra realidad más compleja, una fantasmagoría o destello del misterio que está ahí y envuelve todas las cosas.

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“Antigua y Barbuda”, Ángel Stanich (Sony, 2017)

Recuerdo una noche en la que aterido de frío fumaba un cigarrillo a las puertas del bar Borsalino. Serían las doce de la noche de uno de esos domingos especiales por el micrófono abierto que llenaba el bar de artistas y público en la escena nunca olvidada pero siempre triste y emergente de Valladolid. Allí acudían, y acuden hasta el día de hoy, dos domingos a la semana en formato acústico y bajo las prohibiciones y amenazas de nuestro querido Ayuntamiento, en aquella época gobernado por el dinosaurio popular León de la Riva.

Las cervezas ya habían hecho su efecto. Yo estaba hablando con un grupo de Tom Waits y música americana. Una de esas personas era un chico encorvado con una frondosa y larga barba, el pelo enmarañado. Estaba en los huesos, aunque la última vez que lo vi en directo parecía aún más delgado.

Conocía a un tal Ángel Stanich de oídas, había estudiado Periodismo (como yo), y tenía un disco producido por Javier Vielba –orgulloso y carismático padrino de toda una generación de músicos pucelanos- que por aquel entonces era inencontrable, Camino Ácido, y que más tarde supondría una auténtica revolución dentro del panorama musical español. Pero a pesar de las influencias o reminiscencias con otras bandas, Stanich es un artista diametralmente distinto a los demás, con una personalidad y actitud revolucionariamente únicas.

De alguna manera, Stanich es el artista que todo el mundo pedía a voces y que apareció de improviso y sin avisar. En eso se resume el éxito y el reconocimiento más allá de los premios y los logros: en saber tocar la tecla que todo el mundo espera, la fibra sensible que todavía no ha sido pulsada, la canción que todos esperamos pero aún no se ha hecho.

Esas fueron, a grandes rasgos, las sensaciones que dejaron Camino Ácido y sus trabajos posteriores, los sencillos Jesús Levitante, Carbura!, los EPs Cuatro rayos cayeron (2015) y el más reciente, Siboney (2017).

Y tres años después, nos encontramos con Antigua y Barbuda, un álbum grabado a la old school, con todos los músicos encerrados en el estudio y de una sola toma. El disco supone un progreso estilístico en la carrera del artista, incluyendo nuevas y acertadas propuestas sonoras, como la inclusión de electrónica o secciones de cuerdas y vientos. La apertura, “Escupe Fuego”, es una canción redonda de pop bailable, ochentera, con la voz en pleno estado de gracia que cambia de registros de agudo a grave. Una de las cosas que sorprenden de este nuevo disco es la estructura de las canciones, muchas veces circular, y cuya duración fácilmente sobrepasa los cinco minutos. También fascina el gran dominio de la voz, entre el gorgojeo crooner y la calidez lisérgica.

Hay canciones que a la primera escucha ya se intuyen como futuros éxitos, como ya sucedió en su día con “Metralleta Joe” o “Carbura!”. Es el caso de “Mátame Camión” y su adictivo ritmo de southern rock. Cabe destacar la potente e importante colaboración al sintetizador de Juan Izquierdo, mago de los teclados en The Levitants. En general, Stanich se ha cubierto las espaldas de músicos cien por cien entregados a la causa que saben lo que se les exige en cada canción. Es así el caso de la guitarra psicotrópica de Víctor L. Pescador, la correcta línea de bajo de Alex Izquierdo y los redobles de batería la más puro estilo Bonham de Lete G. Moreno.

“Galicia Calidade” es una ensoñación lenta al más puro estilo Grateful Dead con un final apoteósico y lleno de ritmo. “Un día épico”, ya aparecida en Siboney, parece ser una parodia de sí mismo o un guiño premeditado a ese camino lleno de ácido. “Casa Dios” es una pieza de voz rasgada y melodía implacable que abre al oyente hacia un espacio de paisajes y horizontes lejanos.

“Prefiero ser Bob Dylan que Manuel Campo Vidal”, se escucha en grito en “Hula Hula”, una de los puntos fuertes del álbum en el que Stanich resuelve sus cuitas existenciales y a modo de exhortación, declama malévolas ideas sobre una base a camino entre el soul y el funky.

Además de ganar en sonido, Stanich demuestra haber hecho un enorme progreso en las letras. Podía haberse conformado y entregar un segundo camino ácido, pero en vez de eso ha hecho autocrítica y ha avanzado en esa pátina de humor iconoclasta, ese ingenio surrealista que le caracteriza.

Camaradas” es una divertidísima canción donde hace el amor frente a un cuadro del Caudillo con su amor obrero y crítico. “Le Tour´95” es un tema acelerado sobre la soledad que recuerda mucho a esa mitología outsider de la que siempre ha hecho gala. “Río Lobos” es el momento pausado del disco, envolvente y tranquilo. “Cosecha” es el final que el oyente esperaba, el “Amanecer Caníbal” de Antigua y Barbuda. Un desconcertante epílogo con una base de cello espectacular.

“Alice Glass EP”, Alice Glass (Loma Vista Recordings, 2017)

Artículo publicado en ROCK I+D

“¿Valgo la pena o no valgo nada? / ¿Llegaré a entenderlo alguna vez? / Me vendí a él / Sé tu propia víctima / Y con este juego de cuerdas / Átame”. Así arranca el nuevo álbum de Alice Glass, voz, referente y símbolo vivo del grupo canadiense Crystal Castles hasta su renuncia en 2014 alegando circunstancias personales y profesionales. Ahora, tres años después, lanza un EP de seis canciones por sorpresa y casi sin haber avisado a nadie. Su primer single, “Without Love”, con un vídeo promocional muy barroco y sobrecargado de elementos visuales, rompe la furia descarnada y vital de su antigua banda y se adentra en lo vulnerable, el dolor y la traición.

Precisamente, este tema termina con los siguientes versos: “Dime qué escupir / No me digas qué tragar”, referidos a la última canción del primer álbum de Crystal Castles, la extraordinariamente sencilla, onírica y pacífica –en contraste con la agresividad del resto de su cancionero-, “Tell me what to swallow”. Y esto hace deducir que la carta de presentación del álbum esconde una gran parte de rencor hacia la figura de Ethan Kath, brazo compositor de Crystal Castles, además de una intención más que manifiesta de rechazo hacia su pasado.

Glass divide las canciones de su nuevo disco entre “ser devorado por hormigas rojas” y “ser engullido lentamente por una serpiente”. Digamos que aquí se establece una clara disyuntiva temática en el álbum: la preferencia por una muerte lenta y dolorosa, o tal vez una muerte rápida, sangrienta y explosiva. Pero, en ambos casos, la muerte.

No es casualidad que en la próxima gira de presentación esté apadrinada por uno de los mayores expertos en hablar “desde el otro lado”, Marilyn Manson. Además, la estética del videoclip de “Without Love” recoge una gran influencia del imaginario del Anticristo Superstar.

En general, Alice Glass EP  no tiene nada que ver con Crystal Castles. La vanguardia electrónica de los pioneros del witch house queda relegada a un dark wave espeso, de difícil digestión, donde la melodía se esconde bajo capas de ruido blanco y gritos entrecortados, anfetamínicos, pero sin llegar a enganchar, un batiburrillo de sonidos que en ocasiones suenan urgentes, pero que a la larga quedan aparcados a una vulnerable e ingenua vociferación de un juguete roto.

La chica que con tan solo dieciséis años rompió los cánones y abrió una brecha en la música electrónica contemporánea, que escuchaba Darkthrone en el camerino y se emborrachaba a base de Jack Daniel´s antes, durante y después de salir a escena, que terminaba perdida en peleas multitudinarias con el público a mitad de los shows, ahora se muestra frágil, perdida, humillada y con ganas de revancha.

El álbum se salva en canciones como “Forgiveness”, con una base muy apropiada de synthwave, “Natural Selection”, con ese grito descarnado en medio del silencio, o en la última canción, la suave y críptica “The Altar”. El resto, para los fieles amantes de los incasillables Crystal Castles, queda de relleno. Será que el género nació y murió con los tres primeros discos de la banda canadiense, a pesar de los numerosos imitadores que se subieron al carro, como Crim3s, White Ring o Blvck Ceiling.

Parece que ya no queda nada de su actitud indómita y feroz, en detrimento de un estilo e imagen de diva iconoclasta del house experimental. Las mejores fiestas de nuestra generación estaban presididas por su voz ecualizada en el sintetizador de Ethan Kath, ahora es otra quien ocupa su lugar e intenta a duras penas ser lo que ella fue. Quizás eso sea lo que en el fondo, más le duele a Alice Glass. El paso -y peso- del tiempo, la imposibilidad de seguir con algo cuyo sentido se perdió entre aludes de flashes, drogas y fama. Ni en Crystal Castles ni en su propia vida. La cruel y triste sensación de ya no estar ahí.

 

“Everything Now”, Arcade Fire (Sonovox, Columbia, 2017)

Artículo publicado en ROCK I+D

 

Los polifacéticos Arcade Fire entregan un álbum que sirve como avance pero también como síntesis perfecta de todo lo que han ido persiguiendo desde que comenzaron a hacer música. Everything Now es un disco que sigue de cerca la estela de su predecesor Reflektor y abre nuevos puntos de vista y caminos que pese a ser conocidos, todavía sorprenden.

El disco puede dividirse en dos partes claramente diferenciadas, con una apuesta clave por la condensación y austeridad del mensaje, ya que se compone de 13 canciones de las cuales cuatro son preludios, interludios o epílogos. La primera parte amanece en el tema que da nombre al álbum, “Everything Now”, precedido de una intro, y que comparado a lo que viene después, se queda algo flojo. A decir verdad, sirve como mapa sonoro de lo que iremos descubriendo a lo largo de los minutos, pero también puede pasar perfectamente por un corte desechado de Reflektor. Partida y regreso al funk ochentero.

El siguiente tema, “Signs of life”, demuestra mucho más. En primer lugar, la tónica general del álbum: un claro y manifiesto contraste entre lo festivo y la charanga funkie adolescente, y la incertidumbre, el aburrimiento y la ausencia de referentes, guías o significados en medio de la noche del desierto de la juventud. Por un lado la diversión enfermiza, automática y rutinaria, y por otro, temas como el suicidio o la depresión en las letras.

“Algunos chicos se odian a sí mismos y pasan su vida resentidos con sus padres. Algunas chicas odian su cuerpo,  se miran en el espejo esperando el feedback. Dicen, Dios, hazme famoso; si no puedes, tan solo haz que no duela, solamente haz que no sea doloroso” (“Creature Confort”). A partir de aquí se hace más que evidente la identificación con la cultura `millenial´, con todas las connotaciones del término, tanto positivas como negativas: que sea lo que tenga que ser, pero que no duela. La canción se erige como crítica pero también como apología a esa zona de confort que conlleva al descrédito de uno mismo o la pérdida de autoestima. Sin embargo, en el otro extremo de la baraja, el mundo se presenta como hostil y doloroso.

“Peter Pan” resulta ser la canción más adictiva del disco, un corte “dub” a modo de pastilla alucinógena que hace que todo sea buen rollo. Bajos inflados e inflamados, contundentes, melodía pegadiza y un aire ligero, a camino entre lo hawaiano y lo industrial. Pero lejos de la envoltura pop de la forma, el contenido es mucho más oscuro, donde no se deja de ahondar en la muerte, los llantos y el deseo, como no podía ser de otro modo, de no crecer jamás.

Llegamos al ecuador del álbum. Parada para respirar y continuar. Desde este punto, Arcade Fire volverán a la esencia de sus primeros álbumes y el tono festivo irá decreciendo en pos del lamento. Nos encontramos con dos piezas cortas tituladas “Infinite Content”. La primera, que cierra la primera parte, es una píldora histriónica y sobredimensionada que contrasta con la siguiente, más reposada y nostálgica. “Electric Blue”, uno de los singles del álbum, peca de un excesivo lirismo con una Régine en un registro agudísimo. A estas alturas, resulta imposible no pensar en los Bee Gees o en Frankie Goes To Hollywood.  

“Put your money on me” y  “We don´t deserve love” condensan a la perfección el fondo dramático del disco, algo que siempre ha estado en Arcade Fire y en sus primeros álbumes, sobre todo en The Funeral (2004). Regreso a las señas de identidad de la banda, la primera posee un sonido cercano al italo-disco y al synthpop en un diálogo sostenido entre Win y Régine que progresa hacia un coro final y conjunto. En la segunda, su estribillo pop lleva las riendas. Suavidad y contención en la voz, muy cercana a la última etapa de su ídolo y referente, David Bowie.

El último tema, “Everything Now (Continued)”, decepciona bastante como canción de cierre, con un corte abrupto al final y sin nada destacable respecto a las demás. En definitiva, Arcade Fire con este nuevo álbum ahondan más en su miscelánea rock y funkie, sin mucha innovación respecto a “Reflektor”, salvo en su excelso regreso al sentido trágico que les hizo coronarse como una de las bandas más importantes de la época. Cada uno encontrará aquí su propio salvavidas, su momento de dispersión y éxtasis, pero también su corona de espinas. Los canadienses han vuelto a erigirse como la banda sonora de una juventud hastiada y perdida en un remolino de fiestas e incertidumbre por el futuro. Reto más que conseguido.

“Youth Detention”, Lee Bains III & The Glory Fires

+Artículo publicado en ROCK I+D

El tercer álbum de estudio de Lee Bains y sus `Fuegos Sagrados´, Youth Detention (Don Giovanni Records), se consagra como una apuesta vital y actualizada contra las injusticias y las desigualdades en el sur de Estados Unidos, además de funcionar como un mensaje de repulsa juvenil a una vida tradicional. Sin grandes cambios estilísticos respecto a sus dos discos anteriores, quizás gana en suavidad, Lee Bains mantiene su apuesta por lo que ya se denominó como el movimiento `cowpunk´, un southern rock de guitarras distorsionadas, ritmos progresivos hacia un estribillo y voces cáusticas a lo Joe Strummer.

La banda que acompaña a Lee Bains, Eric Wallace (guitarra) y los hermanos Adam y Blake Williamson (bajo y batería respectivamente), construyen Youth Detention en torno a un feedback de guitarra como colchón armónico del que surge el resto, algo que ya se aprecia en sus dos álbumes anteriores, Sweet Disorder (2015) y Dereconstructed (2014). La estructura simple y clásica de bajo, guitarra y batería cabalga a riendas de manifiestas ráfagas de distorsión que despegan y colisionan con el resto de instrumentos en un marcado, y muchas veces, exhausto estribillo hacia el clímax.

“Se trata de desmantelarme a mí mismo y a los discursos que he ido tomando”, comenta Lee Bains en la carta de presentación del disco. “Llevar la juventud a examen y conocer los procesos a través de los cuales hemos forjado nuestras identidades, como a su vez de las diferentes comunidades a las que pertenecemos o que se encuentran en tensión”.

Estas diferencias entre comunidades se plasman en temas como la desinversión urbana, la tensión racial, la lucha de clases, la gentrificación, la homofobia, el fanatismo religioso o la desindustrialización. Algunos de los recursos de los que se sirve para plasmar las líneas de conflicto son la inclusión entre las pistas de slogans insurreccionales (“I can change!”), voces de niños en grito (“Crooked Letters”) o conversaciones entrecortadas (al final de “Sweet Disorder” y al comienzo de “Good Old Boy”).

Y es precisamente, en estas conversaciones entrecortadas, donde se establece la parte lírica del disco. Las letras de Bains son retazos compuestos de imágenes, pensamientos, anécdotas y metáforas que se superponen unas con otras como una serie de mapas visuales para crear cacofonía y confusión en la narración. Los espacios son lugares cotidianos, comunes, colectivos: cafeterías, iglesias, campos de béisbol, gasolineras… en los que se desarrolla la acción y los distintos puntos de vista de cada personaje.

Bains define el punk como “la facultad de investigar quién eres y cuál es tu mejor versión”. Por ello, se ve impelido a descifrar el sonido y clima social de su ciudad natal, Birmingham, Alabama. Esta autoexploración remite a su educación sureña, es ahí donde el artista encuentra los ecos de un lugar sacudido por el fanatismo y la injusticia, heridas sociales que aún están por cicatrizar. Por ejemplo, en “I Heard God!” menciona la existencia de una pintada en una pared que dice “GO TO CHURCH OR DE DEVIL WILL GET YOU”.

Pero no serviría de nada esta investigación en sus propias raíces si no ofrece unos parámetros de actuación: la identificación y posterior rebelión colectiva. Un sentimiento de comunidad florece para hacer la rebelión efectiva: “Tengo un pueblo, una historia, un lugar que se viene sobre mí. No quiero ser una tapadera, una ausencia, un gran silencio” (“Whitewash”).

Este mensaje recuerda mucho a personalidades del rock que ya trazaron una redefinición del denostado y conflictivo espíritu americano. Entre ellas, sobresale el boss y su E Street Band o el propio Johny Cash. Al igual que Springsteen, Lee Bains y The Glory Fires comulgan con la idea de crear una música que dé voz y esté al servicio de los oprimidos, que exteriorice gritos de reunión y lucha colectiva, que sirva de impulso a ese cambio de paradigma y mentalidad para dejar atrás antiguos fantasmas.

A Place To Bury Strangers: “Siempre tocamos para perder el control”

Ya podéis leer mi estreno como colaborador en la fantástica revista Rock I+D con una entrevista al grupo de noise rock A Place To Bury Strangers, también conocidos como “La Banda Más Ruidosa de Nueva York”.

Si os molan los ambientes ampulosos de The Jesus and Mary Chain, Joy Division, The Velvet Underground o Spacemen 3 y las guitarras psicodélicas y estratosféricas de Hendrix, Beck y compañia, esta es vuestra banda. En una conversación telemática con su líder, Oliver Ackermann, hablamos de sus discos, experiencias, Nueva York y cómo ha cambiado la banda a lo largo de la década.

http://www.revistarock-id.com/a-place-to-bury-strangers-siempre-tocamos-hasta-perder-el-control/

“Nueva York hierve de ruido. Al caer el último rayo de sol sobre el río Hudson, la ciudad adquiere un tono ocre que tiñe la bahía con una luz nostálgica. Una pintada callejera en el norte de Manhattan reza: “El mundo sigue ahí aunque mires para otro lado”. Los ciudadanos, enterrados bajo el imperio de los rascacielos, son solo meros extraños que se entrecruzan y confunden de un punto a otro de la gran metrópoli. Más allá, un tío sin escrúpulos aniquila una batería y destroza los platos mientras el botón rojo del REC parpadea en una oscura y sumergida sala de estudio de Brooklyn.

Ellos declaran ser una mera banda de pop que toca canciones muy alto. Después de cuatro álbumes de estudio y una década subidos a los escenarios, A Place To Bury Strangers, el trío formado Oliver Ackermann (guitarra y voz), Dion Lunadon (bajo) y Tim Gregorio (batería), se encuentran trabajando en el proceso de grabación de su quinto álbum, cuyo título y fecha de lanzamiento todavía son una incógnita….”

 

Luis Boullosa: “Nunca ha habido bandas tan buenas como ahora”

La verdad está bajo tierra. Así reza el subtítulo de una difunta Karate Press a la espera de un nuevo número que documente en sus páginas los contemporáneos y subterráneos  sonidos de una juventud que creció bajo pósters de Hüsker Dü, The Jesus and Mary Chain o Dead Kennedys, entre muchos otros. Mientras tanto, su director y creador, Luis Boullosa, vuelve a entregarnos un nuevo tomo para devorar y escuchar sini parar: Santos y Francotiradores, la segunda cara de la moneda de su anterior trabajo, El puño y la letra, ambos publicados en 66rpm.

978849453305

En primer lugar, llevaba mucho tiempo queriendo conocerle e intercambiar unas palabras. Resulta que ha venido a la capital a la librería bar Vergüenza Ajena, cuna de conspiradores dedicados al artificio pagano de la poesía, para presentar su último trabajo. Santos y Francotiradores, como su predecesor, analiza desde un punto de vista vital y literario, las carreras y trayectorias musicales de autores como Rafa Berrio, Josele Santiago, Fernando Alfaro, Javier Colis o Niño de Elche, como a su vez, sirve de punto de partida para entender a bandas más crípticas y poco conocidas, como Mursego, Orthodox o Pylar.

“Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres”. Esta cita, de Viaje al fin de la noche del maestro Céline, abre el primer episodio del libro y nos puede servir como punto de partida para aproximarnos más a las personalidades artísticas que en el libro salen retratadas. Figuras diversas donde están inscritas (y descritas) las rara avis del rock español, desde los dandys obsesionados con Pessoa, como Berrio, hasta la experimentación punk y visceral de Xavier Castroviejo y su banda, Blooming Latigo.

Luis Boullosa, en un concierto de las Hienas Telepáticas
Luis Boullosa, en un concierto de las Hienas Telepáticas

Viernes, dos de la tarde. Salgo de casa con una mochila en la que hay un cuaderno de notas con la entrevista preparada, novelas que nunca leo, tabaco y los libros de Boullosa de la mano. Cuando nos presentamos, nos estrechamos un cándido y amistoso abrazo que rompe el hielo y rápidamente empezamos a hablar de música y periodismo. Ha traído a un amigo suyo, Juan Glez quien, como a él, le encanta conversar. El resto de las horas se nos va entre cervezas, cigarros y preguntas, tanto es así que nos olvidamos por completo de hacer la comida de rigor, y eso que el Vergüenza Ajena es uno de los mejores sitios para comer en todo el centro de Madrid.

Cartel de la presentación "Santos y Francotiradores"
Cartel de la presentación “Santos y Francotiradores”

Alrededor de las ocho de la tarde, el bar se va llenando de gente y comienza la presentación. La grabadora de mi móvil hierve tras más de dos horas grabando. Demasiado que escribir en un solo artículo; tanto es así, que en breves subiré PDF para quien la quiera leer o descargar al completo.

“Nunca ha habido tantas bandas buenas como ahora”. Hacia una nueva crítica

La misión del libro es clara: hablar de las cosas que están pasando ahora. Por ello, Santos y Francotiradores es un documento atípicamente fresco y actual sobre lo más interesante que ha pasado en la escena musical patria y subterránea desde los años 90 hasta ahora. “El otro día, en una librería, fui a la sección de música y observé que de todos los libros que había, la mayoría eran revisiones, biografías… La reivindicación que hacemos es: Vamos a hablar del ahora, no de lo que pasó hace 20 años”, asevera.

Además, Luis se moja y asegura que “nunca ha habido tantas bandas buenas como las que hay ahora. Hay muchos mejores grupos que los que había hace 20 años, y dentro de 20 años habrá muchísimos mejores grupos de los que había ahora. En los 90 hubo una explosión, pero todos copiaban”. Esta creencia basada en que la música de antes era mejor tiene su reflejo en la industria y el negocio musical: “La música y el negocio musical no son lo mismo”, avisa. “El que existe ahora es negocio de la nostalgia, el del tipo que se gasta 70 euros en cajas recopilatorias de grupos de antaño”.

Luis Boullosa no duda a la hora de criticar a la “vieja guardia musical”. Ante la sobredosis  de información que existe hoy en día, Luis exige la creación de un “buen estamento crítico y potente, real, y que sea capaz de filtrar y de separar la calidad de la basura”. En definitiva, “la ceguera producida por la sobredosis de información” solo se corrige con “una nueva crítica que se replantee todo el concepto de la crítica”.

Perdido en Bandcamp. “Nuestra generación gobierna el país, y así nos va”

“Paso horas enteras delante del ordenador, en Bandcamp, haciendo el gilipollas, clico en los perfiles de gente que sigue a una banda que me gusta y poco a poco descubro cosas nuevas“, confiesa a la pregunta de cómo suele descubrir bandas nuevas. “A lo largo del día, a lo mejor doy con treinta bandas que no conoceré ni volveré a ellas ni por el forro, de las cuales todas tocan bien, diez son un poco crías y tres me resultan acojonantes”.

Bandcamp, YouTube, son plataformas con las que la juventud de ahora llega a sus ídolos. “Los chavales de ahora están criándose en YouTube, un chico que quiere tocar el bajo se mete en YouTube y al instante tiene a los mejores músicos de bajo a su disposición”, asegura. A raíz de esto, el miembro de Las Hienas Telepáticas carga contra su generación y la crítica musical imperante: “Muchos críticos no tienen ni puta idea de lo que está pasando, dicen eso de `Nuestra generación…´. Nuestra generación no ha hecho nada. Nuestra generación es la que gobierna el país, y así nos va.”

Cómo surge Santos y Francotiradores. Plan e improvisación

“Soy un poco anarca a la hora de hacer un libro”, reconoce Boullosa. “Aprovecho todo tipo de cosas, desde los libros de tus viejos a las cosas que te dice la gente y te ayudan a continuar. Si tú recibieras el libro en base a cosas que ya sabes, el libro sería más rígido. Yo, como el lector, voy descubriendo cosas a medida que escribo, y eso hace que el relato sea más vivo”. A su vez, reconoce el periodista y músico, “recibes mucho de mucha gente, no eres tú el que está divagando si no que hay treinta tipos detrás contándote cosas sobre su vida”, y advierte: “Hay un punto en el que mis libros dejar de estar planeados y pasan a ser pura improvisación.”

Medios e Internet: el estado de la prensa musical en España

“Los medios se han anquilosado”, sentencia Luis. “Tú eres un tío con un potencial de diez y estás en un medio de comunicación que te pide un cinco. Das cuatro, si intentas dar diez te castigan, porque ellos no quieren diez, quieren otra cosa”. A esto se contrapone, los siempre tan necesarios y urgentes fanzines. “El producto final de un fanzine independiente tiene muchísima más calidad que el de cualquier medio que te paga por escribir. ¿Por qué? Porque les das a los periodistas la libertad de escribir. ¿De qué quieres hablar? ¿Cuántas páginas quieres?”. Y concluye: “El estado de la prensa musical española es malo, pero no es por falta de mimbres individuales, sino porque los medios se han convertido en un soporte deficitario para sobrevivir y han intentado competir con Internet en su propio campo. Y han fracasado.”

Una posición vital sin caer en la “egomanía”

“¿Cómo puedo guiar a alguien a través de una serie de historias y discos?”, se pregunta Luis cuando le menciono el marcado carácter vital y personal del libro. “Pues no hay mejor manera que hablar de lo que para ti vitalmente ha supuesto esa historia. Mi libro es personal, claro que sí, pero no es un canto al ego personal; sino, escribiría sobre mí y no sobre cincuenta tíos distintos. Si yo quiero explicar cómo escuchaba determinada generación un disco en el año 96 te cuento la verdad: comprándole entre tres y yendo a casa de uno a escucharle”. Además, menciona al periodista Jaime Gonzalo como referente, “un tío que escribía mezclando su propia vida en ello”.

Excesos: “Al igual que los bares, escuchar toda la vida a la Velvet Underground también pasa factura”.

En general, las partes más interesantes del libro de Boullosa son los puentes que traza entre los diferentes artistas, puentes narrativos donde caben anécdotas, recuerdos y sensaciones personales, y que sirven para aportar cohesión, dramatismo y acción a la historia colectiva de los artistas presentes en el texto. Una de esas partes habla sobre los bares y su importante papel a la hora de conocer a diferentes personas y acumular experiencias. Un aspecto más que indispensable en toda carrera periodística.

En los bares he escuchado mucha música, he bebido mucho whiskey y he hecho un montón de buenos amigos”, defiende. “¿Pasa factura? Claro que pasa factura, como también pasa factura escuchar toda la vida discos de la Velvet Underground, ir en metro, no disfrutar de un sueldo digno o aguantar a la suegra”, reconoce. Lo bueno de los excesos, según Boullosa, es que “te permiten estar en sitios y momentos que te han dado un poso importante”. Ahora, afirma, “tengo una vida extremadamente tranquila y sana. No la he buscado, ni me he tenido que quitar de nada, porque nunca he tenido ese tipo de vida”.

Música comercial y música de mierda: criptofascismo

“Yo no tengo nada en contra de la música comercial”, admite Luis Boullosa. “Para mí hay música buena y música mala, aunque parezca una simplificación enorme. Si alguien me pone una canción comercial que escuchan millones de personas y me gusta, no tengo por qué reconocerlo. El proceso creativo de la música comercial ha ido degenerando más y más, y ya no se sabe hasta dónde puede llegar. En cambio, la música comercial de los años 70 era pura crema, también los medios”,  explica.

Hay un momento en el que se introduce un elemento “ético”, como lo denomina el periodista: “La música se evalúa en función a lo que vende. Eso da pie a `El que vende más se está vendiendo y nosotros somos los guerrilleros contraculturales que nos oponemos a eso´”. Boullosa no se opone a eso, ya que “se crean colectivos y asociaciones, a la vez que un entramado complejo del que sale muy buena música” pero, por otra parte, “se convierte en una especie de fascismo invertido o criptofascismo. Puede haber música profundamente pueril y despolitizada acojonante, incluso profundamente pueril, y a la vez buena”.

¿Cuál es la relación entre música y política? L. B. responde que en el primer blues o en el primer flamenco está “implícita, no es consciente y está hecha por pobres”. Los pioneros que inventaron ambos géneros, del que luego nacieron el resto de corrientes, “no querían hacer música contra el sistema”, el elemento político implícito fue “descodificado posteriormente por intelectuales de izquierda blancos”. De nuevo, Boullosa señala el ejercicio nostálgico como un mal amigo a la hora de discernir bien sobre estos temas: “Todas esas cosas sucedieron en una época en la que no viviste. Ahora, tú puedes coger un libro de historia y hacerte una idea, pero no estabas. Volvemos al embellecimiento a posteriori, todo el mundo quiere recordar la vida no como la mierda que fue entonces”. Y a la vez, desvela el carácter actual del libro y su verdadera misión:; “si cuentas lo que está pasando ahora no te ha dado tiempo material a pasarlo por el filtro embellecedor”.

La dominación vacía del indie o el triunfo de la música “inane”

Hace poco, en una entrevista con Pablo Und Destruktion, me aseguró que “no tenía ningún problema en que el underground llegara al gran público, lo que importa es el cómo, y  ese cómo es mediatizado por la industria”. Cuando le pregunto a Luis qué opina al respecto, me responde que “el underground en el momento en el que se generaliza deja de ser underground y ya no puedes llevar la chapita y decir ¡Qué guay soy!”. Para él, es algo que pasa en grupúsculos que hacen muchas cosas interesantes. Además, advierte, “el mainstream ya ni siquiera es mainstream, es otra cosa”. La música comercial hasta los 90, para Boullosa, podría funcionar como una fuerza artística en sí misma, “criticable, discutible, con mucha mierda, pero poderosa”. Ahora, afirma, “está prácticamente en extinción”.

“Nunca hemos tenido un mainstream tan pobre y un underground tan rico”, declara. El indie español lo define como “cuatro mataos con bandas de mierda que han sido capaces de hacer lo que cuatro mataos con bandas cojonudas no han sido capaces de hacer. Crearon una miniestructura económica de sellos y festivales, son la cuña. Si ahora tú quieres abrir campo no tienes que atacar a la música comercial, que es inexistente, tienes que tumbar a esos presuntos no comerciales que están haciendo tapón y pendientes de una música absolutamente detestable, inane o realmente mala, con la excusa de una supuesta independencia que nunca existió, porque aquí los únicos parámetros de independencia americanos no se exportaron, solo los sonidos, no había conciencia de base, nunca la hubo, solo un intento de llegar arriba con otros canales”.

Refiriéndose al indie, Luis asevera que es una cuña generacional que “debería caer, el caso es que no lo hará porque tú para tumbar a un tío bien organizado tienes que tener una estructura nueva y bien organizada”, y cita a Frank Zappa: “Tú lucha contra el Imperio, pero tienes que ser igual de exacto, indisciplinado y cabrón que el Imperio”. Sin embargo, reconoce Boullosa, existe la paradoja de que “siendo disciplinado y cabrón, no te distingues de tu enemigo”.

“Tengo una idea para este mundo: destruirlo por completo y empezar de nuevo”

“Yo puedo vivir ajeno a la música comercial. Me suda la polla, no estoy en esa guerra”, zanja con vehemencia. En la película América de Elia Kazan, un emigrante armenio para su viaje en Estambul, conoce a un anarquista turco y le dice: “Tengo una idea para este mundo: destruirlo por completo y empezar de nuevo”. Luis se sirve de esta frase para explicar su siguiente idea. “Muchas veces las voces interiores dicen `Tenemos que cambiar al califa´. Muchas veces, ni el califa ni el califato existen. ¿Cómo tumbamos todo y empezamos de nuevo”, a lo que responde: “No lo sé”.

Califa y Califato: Ética y estética de la resistencia

Al entrar en temas más antropológicos sobre la creación y la figura del artista, Luis admite no estar de acuerdo con la idea romántica de ser artista: “El ideal romántico del artista es una creación burguesa puramente sádica, violenta, porque para ser artista tienes que morirte de hambre, sufrir mogollón, y si no eres así, es que no eres artista, y los propios artistas se tragan esa mentira y son sufrientes vocacionales porque se creen una cosa que inventó un señor gordo en su casa”, afirma, a la vez que reivindica el derecho del artista a vivir de su oficio.

“¡Joder! ¡Mi fontanero vive debajo de un puente y se mete heroína! ¡Joder! ¡Cómo mola el fontanero!”, expresa en tono jocoso. “El sufrimiento que conlleva cualquier disciplina artística ya está ahí, no tienes que meterle un extra. La vida trae suficientes aventuras de por sí. Ese disfraz que muchos artistas han usado no lo ideó la resistencia, sino la burguesía que se descojona de ver toda la movida montada. La sociedad considera que un médico o un fontanero son necesarios, pero considera que el artista no es necesario, sino como un elemento de lujo y entertainment. Lo que pasa, advierte, es que “no genera un valor inmediato, pero la sociedad no puede prescindir del arte, se ha construido en torno a ello”.

El alma de España: política vs. costumbrismo

Hay una parte en Santos y Francotiradores en la que Boullosa hace un análisis muy certero sobre el pensamiento típico español, su guerracivilismo y su tendencia a reducirlo todo a ideas políticas y líderes. En dicho texto, el periodista se desmarca y condena ese posicionamiento derecha-izquierda para abrazar a la España de costumbres, una “conexión cultural ya dada”, que genera comunidad. Sin embargo, el periodista afirma que parte de las esencias de este país son “detestables, y la gente las acepta, se alegra y dice ¡Somos así!”, y pone de ejemplo el famoso Paquito el Chocolatero.

“Siempre se cree que la cultura popular es algo fácil de hacer, pero no es así, puede ser muy compleja”, indica. Marta Sanz, una “escritora a la que admiro y entrevisté alguna vez”, avisa que no es lo mismo cultura popular que cultura de masas. “Hay momentos de la historia en la que los medios de producción se aplican de forma brutal a la cultura popular, se estandariza y llega a toda partes, y de repente hay un tío en Hong Kong bailando twist”, expresa con tono divertido.

Los márgenes: una historia conjunta de marginados

Hacia el final del libro, Luis regala un texto personal e íntimo sobre su infancia y juventud en el que se describe como un ser marginado. Desde esta posición, desarrolló un espíritu a contracorriente que le ha llevado a ser quién es ahora y a moverse por los márgenes; esta es la teoría central sobre la que pivota Santos y Francotiradores: los artistas aquí retratados -Josele Santiago, Rafael Berrio, Xavier Castroviejo- entre otros, como Luis, siempre se han movido en las lindes del bosque, en los límites, la periferia, y desde ahí han apuntado disparos certeros y contundentes hacia la intrahistoria de una sociedad que se divierte con el reggaeton, el indie inane y descafeinado, y su hermano mayor, la Movida.

“Todos esos agravios de la infancia se superan en el momento en el que te das cuenta de que te importan tres carajos”, resume. “Por un lado, esa etapa de marginación infantil o juvenil fue un sufrimiento, pero por otro te obliga a una reacción, y esa reacción debe ser productiva”.

Pero no es lo mismo la marginación o lo marginal. Hay que diferenciar ambos conceptos: la marginación es cuando tienes diez años y quieres estar en un entorno y no te dejan, o te putean sin más. La marginalidad aparece cuando tú has comprendido esa situación y ya no aceptas seguir la doctrina de los subnormales y reírles las gracias. Al fin y al cabo, te van a seguir puteando durante toda tu vida. La sociedad tiene esos mecanismos”.

Sobre los márgenes antes mencionados, Luis afirma que es “donde nos obligaron a estar, hicimos del puteo una virtud, a la vez que somos capaces de empatizar con más gente que está dentro de esos circuitos que el integrado es incapaz”. Además, añade un apunte histórico cultural: “El canon cultural en el que vivimos actualmente ha sido construido por gente marginada. ¿Qué hacen los virtuosos? Escuchan Wagner. Si observas la lista de cómo se ha construido la cultura occidental te das cuenta que son todo tíos que han funcionado desde el margen”.