“Lo que más”, Rubén Pozo.

El Rock and Roll ha vuelto y tiene nombre propio: Rubén Pozo. No se trata de un mero buen disco. Es un disco que dice mucho de su creador. Rubén Pozo se ha visto en la posición de editarse, grabarse y sacar adelante su nuevo disco, al contrario que su antiguo compañero Leiva, el cual se llevó toda la banda de Pereza, goza de una buena promoción de su disco y todo han sido facilidades para salir adelante con su obra. “Puedo contar con los dedos de una mano las personas que me han ayudado a sacar adelante el disco” afirmó Rubén en un medio de comunicación.

Lo que más (2012) es un disco de rocanrol. No deja medias tintas: rocanrol. Se deja de exquisiteces diplomáticas de lenguaje musical y afirma que se ha dejado la piel en cada canción, aunque afirma que siempre ha sido un músico, no un autor. Pero por dejarse la piel en el disco y sacar algo verdadero, cien por cien él, es por lo que es tan bueno este trabajo. Apenas dos canciones suenan de relleno. No es un disco como el de su compañero Leiva, que al parecer se ha quedado anclado en el último disco de Pereza, Aviones (2010). Además, el disco de Rubén posee un mayor concepto de disco, de unión entre sus canciones, es decir, elegidas y puestas en cada lugar por algún motivo que se desconoce. Pero se deja ver un orden e intención. En cambio el disco de Leiva, se hace ver más como un disco de canciones. También podemos descubrir que Rubén ha mejorado mucho en cuanto a la técnica (vocal e instrumental), aunque aún me sigo quedando con la voz y técnica de Leiva. Pero la producción de Lo que más  es muy destacable. Es un disco que con pocos medios se ha sabido colar entre los mejores de lo que llevamos de año.

Las canciones de Lo que más rompen un poco con la línea a la que nos tenía acostumbrados Rubén en los discos antiguos de Pereza. Posiblemente se han desprendido del sonido perezoso para sonar al cien por cien tal y como quiere su autor. Abre el disco “Nombre de Canción”, una canción rockera y con un gran ritmo que admite una voz de Rubén cuajada perfectamente a lo que pide la canción. Sigue “Pegatina”, el single. Una vez que se escucha varias veces va gustando más. Esas guitarras prestadas del guitarra Uoho de Extremoduro nos hacen ver que Rubén ha trabajado los géneros y el sonido. Sigue “Rucu Rucu”, una gran canción muy en la línea del Dylan eléctrico con la ambientación sonora y la voz de Rubén. Una canción bella y con energía y sentimiento que admite unas cuantas escuchas. “Las Horas Muertas” es difícil de clasificar y no cabe a demasiada exploración y comentario. Sin embargo llega “Chavalita”. Una gran canción que sigue muy de cerca el histórico y grandioso disco (muchos críticos de música lo han calificado como el mejor disco de toda la historia de la música) The River (1980) de Bruce Springsteen. Esos arreglos de piano acompañados de la base acústica de guitarra y ritmo lento recuerdan a canciones míticas de ese disco como “Independence Day” o “I wanna merry you”. Aquí Rubén Pozo se merece una gran ovación por hacer música que ha marcado muchas vidas desde los años 80. Música de verdad. La siguiente canción es “San Valentín”,  una canción que empieza con reposo para avanzar en una buena canción al estilo de los grandes del rock español como Loquillo, Burning, Gabinete Caligari… Una gran melodía e interpretación por parte de nuestro artista. El disco llega a la mitad con “Invierno”, una canción que la primera vez que escuchas te deja helado. Helado por su oscuridad, propia del disco Berlin de Lou Reed (si todavía se ha hecho algo tan grande como este disco), auspiciada por las baladas latinas del genio Calamaro. “Invierno” avanza hasta “Ozono”, otro medio tiempo genial, que yo califico como el “All Along the Watchtower” español. Esta canción sobresale del disco con rotundidad. El disco aterriza después de esta débil parada momentánea de dos canciones en “Como cualquiera”, una canción brillante propia del hard rock de los setenta de Led Zeppelin o los Black Sabbath. El pulso de la canción te hace saltar de la silla, sobre todo al final, en un solo muy de Jimmy Page que vibra en toda la instrumentación eléctrica de fondo. Debemos observar lo bien que se defiende la voz de Rubén en un terreno difícil como es esta canción de puro rock. “Nada más” es una canción que no logras pillar su sentido, quizás la única, junto a “Las Horas Muertas” que se catalogaría “de relleno”. El final de disco es perfecto con, para mí, la mejor canción que ha hecho Rubén hasta la fecha, “Mañana será otro día”. Cualidades notables del country y canciones acústicas de Springsteen o música de la época dorada de Tom Waits. Impresionante los tan bien marcados versos con la voz opaca de Rubén. Es en esta canción donde mejor podemos encontrar el estilo vocal de Rubén, que, cuando parecía no tan bueno en canciones de Pereza, con su disco en solitario y esta canción lo ha demostrado. Retoques pop en el final para dar a la canción su auge e impulso y ponerla un fin que deja los ojos húmedos de emoción por lo que transmite. El disco finalmente acaba con “Lo que más”, canción de cierre que da título al disco y con música bien hecha. Una guitarra diluida que suena como la de Syd Barrett, guitarrista de Pink Floyd, que hace que la canción no sea usual entre lo que actualmente se escucha y carga de personalidad al final.

Rubén Pozo con este disco ha encontrado su sitio en la música como autor. Ha saltado todas las barreras posibles para sacarlo adelante y su apuesta, en definitiva, ha resultado de éxito. Las redes sociales bullen con admiraciones por parte de nuestro recién salido cantautor. Un disco que ha sorprendido a muchos, ya que no suena para nada a lo que se había oído antes en un disco donde salía su rostro. Una mezcla de canciones para paladares exigentes de música que no suene a todo lo que suena, a aquello que se perdió con los años y vuelve de vez en cuando a retazos en los corazones de amantes de la buena música, y en definitiva, una muestra de que la honradez, la honestidad y el esfuerzo viene recompensado con la admiración y respeto que se ha ganado en el marco conceptual de la música y todos sus fieles.

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La sombra de Lou Reed.

Lou Reed siempre ha poseído una imagen muy polémica con respecto a su carrera musical y también por supuesto en lo relacionado a lo extra-musical. Es esa clase de artistas que o les odias sobre todos los demás artistas o les amas con todo lo que puede amar tu capacidad de emoción e instinto por el arte. A mí, me parece el mejor artista y músico (que me perdone Dylan, es su compañero en mi lista de los mejores) de todo lo que he escuchado hasta ahora. Mucha gente lo ha llegado a amenazar de muerte por el disco Lulú (2011) que elaboró junto a la banda de trash metal Metallica. A mí ese disco me emociona con una emoción imposible. He indagado en esas amenazas, opiniones en su mayoría hiperbolizadas que llegan a extremos donde la realidad y la ficción se confunden como cualquiera que está disgustado por algo y en un momento determinado de tensión suelta las mayores imbecilidades posibles. Pero la tesis, el ojo del huracán, los motivos que me llevan a hacer esta entrada no es romper una espada por Lou Reed, sino intentar hacer un ejercicio de comprensión hacia una de las personas más complejas de la historia, como es el genio Lou. Y he de deciros, que aunque suene irracional y muy exagerado, creo que Lou Reed se relame con los comentarios por parte de las personas que han atacado su disco de una forma descarnada e inconsciente.

Lou Reed ha sido siempre el padre de la provocación. Pero no de la provocación más humana y evidente, sino de la provocación en el sentido entero de la palabra, en su sentido puro. Es decir, no la provocación para producir disgusto, asco, cambio en el carácter interior de las personas. Lo suyo consistió y consiste en una provocación en su sentido propio, sin intento de contaminación a sus receptores, una provocación metafísica y necesaria, rebelde, que si esta no saliera y no la dejase fluir, estallaría algo en su ser que lo destruiría. El disco de Lulú me parece algo único. Al igual que lo fue el tan famoso The Velvet Underground & Nico (1967) que marcó a toda una generación y aún permanece vigente para muchas personas, y el escandaloso Metal Machine Music (1975) que si por aquel año existiera el Internet lo hubieran matado de verdad. Estos discos dicen mucho del último lanzado hasta la fecha. El primero, no solo sirvió para dar un golpe a la mesa del pop de por aquel entonces sino para dar un paso de futuro en la entrada del rock alternativo y el rock experimental (no psicodélico, no hay que confundirlo con Pink Floyd. Hay una diferencia clave, Lou Reed y la Velvet versaba la música sobre el realismo sucio de Delmore Swarchtz y la poesía y estilo beat, Pink Floyd era algo fuera de toda naturaleza). En el caso del Metal Machine Music, el mejor trabajo que ha hecho en toda su carrera y del que más orgulloso está,  (palabras del propio artista), se trata de un disco verdaderamente experimental, destructivo y apocalíptico. Grabado en una noche con las guitarras desafinadas completamente y los amplis con su potencia subida hasta su tope. Distorsión continua en ochenta minutos de disco.  Este disco está catalogado por los expertos como el peor disco de la historia. A mí, como seguro que a los chicos de Sonic Youth, les parece el mejor. Creador del noise industrial, sin haber entrado siquiera en la década del ochenta, cómo tragar un disco como ese, inducidor al suicidio, a la locura y a la violencia… Así es Lou Reed. Lo mismo pasa con Lulú. Lulú es un disco que interpone al receptor de la obra contra la obra misma. Como los dos discos anteriores mencionados. La música nos produce vértigo, arcadas. Aquí vemos la gran utilidad de contar con la música de una de las mejores bandas que han pisado el planeta, Metallica. Porque el disco Lulú es una obra solo de Reed, no de Metallica. Eso puede dar lugar a errores a la hora de tratar el disco, ya que un fan de Metallica sería incapaz de entenderlo a no ser que tenga en cuenta quien es Lou Reed. Por ello los que más se quejan del disco son los fans de Metallica. Pero es imprescindible entender que  de Metallica solo es la música, no el disco.

Pero no es eso a donde quiero llegar, sino a la increíble personalidad de Lou. El disco se compone de diez canciones. Las nueve primeras son horribles, un maltrato psíquico y moral a los oídos. Un lenguaje musical hostil y rudo que destrozan cualquier mente abierta a escuchar lo que se llama “música”. Pero hay un detalle. Y este es la última canción: Junior Dad. Una de las canciones más bellas que se han hecho nunca.

Escuchar con detalle el disco de principio a fin. Una y otra vez para entenderlo. Esa es la misión. Comprobar que las nueve canciones iniciales son horribles y descarnadas, nada humanas y fuera de todo contexto agradablemente musical. Salvando quizás The View Iced Honey que aún contienen algo de melodía pop y accesible. El resto son canciones compuestas desde el vacío y la discordia, la miseria y la deshumanización. Aún resuenan en mi mente versos tan horribles como “I wanna see your suicide” (“Quiero ver tu suicidio”). Pero después de toda esa tiniebla (no es el término correcto porque ni siquiera se presiente tiniebla o oscuridad, sino vacío e ira descarnada), después queda la gran luz que ilumina todo el paisaje del disco. No es casualidad que la canción Junior Dad dure veinte minutos, diez de los cuales es música ambiental, parecida a un disco anterior de Reed, Hudson River Wind Meditations. Muchos dicen que a esa canción la sobran los correspondientes minutos de ambiente, pero creo que es simbólico. En realidad, la canción no parece acabarse, sino que continúa diluyéndose el sonido hasta apagarse. Algo parecido sucede con el anterior mencionado Metal Machine Music, cuyo sonido (porque no merece llamarse música) no tiene fin. Pero dejan esos diez minutos de ambiente como para defender la profundidad y el mensaje del disco. Que no es otro que ese: la crudeza del sonido, de las letras, de los ruidos, de las palabras, de las canciones en general, resultan abocar hacia un final épico y luminoso, inspirador e inconsciente, confortable y simple. Ese es el motivo del disco. Por ello Junior Dad es la canción que más dura en el disco, porque está pensada como una forma de compensación, de bálsamo para el oyente, después de haberle puesto en los límites más horribles del lugar donde acaba la música y comienza el ruido y de donde acaba la creación y nace la destrucción.

Si Bob Dylan, Led Zeppelin, los Rolling Stones, Pink Floyd, o incluso la propia banda Metallica hubieran compuesto Junior Dad, la gente moriría en loas hacia ellos. Porque sí, amigos, estamos ante una de las canciones más bellas jamás creada, un ascenso moderno de samplers hacia los cielos, hacia la inocencia y el paraíso, en definitiva, una obra que como pocas y muchas, no se puede explicar fácilmente con las palabras. Es comenzar la canción y los riffs de Hammet y Hetfield , acompañados del golpe de bombo, caja y platos de Ulrich, y todo eso mezclado con la prodigiosa interpretación vocal de Reed, amarga y muriente, y otras veces rabiosa y rebelde, hacen que los pelos salten erizados y que la realidad en la que nos encontramos sea fácilmente reconocible. Porque es eso lo que produce la canción, amigos, una caída de la realidad, por otra que no conocemos y nos resulta inexplicable. Es una canción nacida de la incomprensión y el misterio, una canción poco reconocible y encasillable. El estilo de los riffs puede ser reconocido en las canciones más lentas y sensibles de Metallica, pero la idea de canción en su conjunto no. No es sorprendente que una anécdota sea que al mostrarles la canción y letra Reed a su banda de préstamo estos lloraran a lagrimones. Se pueden visionar mundos musicales desconocidos en la década del sesenta, setenta y ochenta. Pero no en el 2011. Y Lou Reed, como siempre, lo ha conseguido.

En cuanto a lo anteriormente explicado y dicho de la provocación, y mi tesis y apuesta de que Reed estará encantado con todos los disgustos que ha producido a los fans (a pesar de decir en una ocasión que él ya no tiene fans desde que sacó el Metal Machine Music), debo alegar que Lou Reed pone de frente al oyente con su moral musical y de ahí a ningún sitio, a ninguna parte. Escuchar algo que no esperabas escuchar sin motivo alguno, algo que no abarcas de ninguna manera y te desconcierta con toda la fuerza del odio, el disgusto y la irracional locura. Te sostiene en los límites de lo escuchable y arriesga tirando de ti más y más fuerte hasta que te rompes y desintegras, y dices, “dios, tengo que apagar esa música, no la soporto más…” Pero llega el final, la última canción, la obra reconfortable del disco, tu premio, la obra puesta en tus manos como tu propio hijo, fruto de una empatía inhumana que construye Junior Dad desde las cenizas del sonido. Y ese es el mayor valor de todos. Aún recuerdo la mítica frase de Reed que cambió mi vida y mi concepción de la misma: “the Glory of Love just might come through” (Coney Island Baby). En este disco la podemos sacar como ejercicio de conciencia de nuevo, impresa al disco y a su concepto. Las torturas son numerosas, dolorosas y muy hirientes, pero después de ello, después “de haber odiado todo y de haber querido vender tu alma a quien la quisiera”, como dice la canción Coney Island Baby, queda la gloria de la luz y el amor que aún así dura más que cualquier otra tortura (Junior Dad es la canción que más dura del disco). Porque el amor te sacará adelante y te acompañará siempre, cada vez que mueras.

Entiendo que a lo mejor no hayáis podido entender todo lo que habéis leído sobre Lou Reed y sus obras, solo deciros que hay una moraleja, una verdad universal en todo esto: Lou Reed hace morir y vivir. Tal y como puede levantar tu vida y honrarla puede ensuciarla, mancharla, vejarla y despreciarla con toda la fuerza posible. Hace tiempo leí una obra biográfica sobre él y hasta las propias amantes de la época en la que era joven, alegaban eso. Ese es el fondo de todo este torbellino. Pero en el fondo provocar, ya que esa es la mayor función de un artista, provocar algo en el receptor de su obra. Pero no “algo”, un sentimiento, una verdad, cualquier sensación, sino colocarle en los límites y extremos de todo para que contemple el nacimiento y la muerte de todo lo que vive y muere. De nuestra propia vida y existencia. Es quizás por ello por lo que muchos no entiendan este experimento moderno de Reed, porque forma parte de una gran paradoja sobre la naturaleza humana y esta a su vez es tan complicada de entender como las obras que verdaderamente, en su sentido más puro y extremo, versan sobre ella.

“Keith Richards: “Ahora la gente habla de rock, pero se olvida del Roll”” Entrevista a Luis Yepes, músico madrileño.ll”

Luis Yepes, (Madrid, 1994) formó su primer grupo con dos amigos a los once años. Tuvieron que pasar dos años después para entrar de batería en un grupo serio de corte Indie-mod, paradoja pura de los Who, donde ya realizó sus primeras incursiones en los escenarios. Ese grupo afirma, le sirvió para aprender lo que era una banda y tocar con ella canciones para un cierto número de gente, aunque no duró demasiado, puesto que le echaron.
Una vez superado el temor a los escenarios y haber sabido lo que de verdad era tocar la guitarra en un grupo, pasó a crear los grupos de tributo a Lou Reed, mítico artista neoyorkino, y Burning, grupo leyenda de la movida madrileña del ochenta. Los nombres de los grupos eran un tanto peculiares: Rou Leed and the Tots (Lou Reed and the Velvet Underground) y Ardiendo (Burning). Hoy en día, Ardiendo lo tuvo que dejar por motivos personales, y Rou Leed and the Tots se mantiene y dan conciertos de vez en cuando.
También participa en una orquesta que va de pueblo en pueblo alegrando los corazones de la gente con música propia del guateque habido en España en los años sesenta y setenta. Lo han llamado para tocar en dos grupos de blues madrileño y ahora mismo está ensayando para realizar el papel de Jesús en el musical Jesucristo Superstar.
Y no ha dejado los estudios, sino que sigue haciendo el bachillerato a distancia y estudiar en la Escuela Creativa de Música de Madrid para sacarse el título oficial. Actualmente, se encuentra grabando las guitarras en tres discos de estudio para dos discos de bandas respetadas en Madrid de pop-rock y otro de folk-country sureño.

Os dejamos con Luis Yepes, músico madrileño salido de los años 80 y 90, cuando en la música todavía se hacían las cosas realmente bien y a Urquijo no se le había llevado el diablo de la droga por delante. Pasen y vean. El concierto de palabras va a comenzar.

¿Cuál fue tu primer contacto con la música y a qué edad? ¿Aquel disco que te marcó, esa sensación de saber que querías hacer música?

Desde que soy pequeño he crecido escuchando música, principalmente a artistas como Lou Reed, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Eric Clapton, etc. Creo que fue a los ocho años cuando empecé a sentir curiosidad por un par de discos que tenía mi padre de Springsteen. Entonces fue cuando, por regalo del día del padre, decidí ir yo solo a comprarle al mío un dvd de una actuación del Boss en Barcelona. Esa fue mi primera impresión de rock, viendo el video ya en casa. Me quedé noqueado viendo a ese tío con una guitarra, chorreando sudor y fuerza sobre el escenario.
A partir de entonces, empezaron a caer discos y discos, y la curiosidad por saber tocar algún instrumento. A los diez años, me compraron mi primera guitarra.
Como discos que me marcaron, podría incluir perfectamente esa actuación en directo de Springsteen, aunque recuerdo que un disco que realmente me marcó y, sobretodo, en la forma de ser, fue el Transformer de Lou Reed.

-¿Cómo aprendiste o estás aprendiendo música?
Con muy poco tiempo aprendiendo a tocar la guitarra de manera autodidacta, formé con unos amigos un pequeño grupo en el que mezclábamos metal con versiones de los Beatles. No duró mucho, y poco después me apunté a unas clases, aunque tampoco llegaron demasiado lejos. Actualmente, estudio en la Escuela de Música Creativa de Madrid, luchando por conseguir el título superior de música.

-¿Cuál es tu época favorita de la música?

Esto es difícil, ya que soy absolutamente fanático de unas determinadas épocas. Me fascinan los inicios psicodélicos de los Beatles allá por el 65 y, posteriormente, los primeros discos de Pink Floyd con Syd Barret en el 67.
Aunque si tuviese que decantarme por una época en concreto, diría toda la década de los setenta, incluyendo 1980. Toda una época de explosión de rock, con un año que, para mí, es clave: 1972, con la salida al mercado del Exile on Main Street, de los Rolling Stones.

-¿A qué edad entraste a formar parte en un conjunto o a formar parte de una formación musical? Cuéntanos brevemente cómo fue.
Como ya he dicho, al poco tiempo de comprarme una guitarra. Éramos un grupo de niños que nos juntamos para intentar hacer sonar algo, pero no duró más de cuatro meses. Un par de años más tarde, fue cuando formé otro grupo, pero ya con seriedad. Creo que tenía catorce años. Me desplazaba con mi guitarra y mi pequeño amplificador en transporte público cuarenta kilómetros para ensayar. Aprendí muchísimo.

-Con Ardiendo, el tributo a Burning, conociste en persona a su cantante, Johny. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Te impresionó?
Fue una experiencia bastante agradable las primeras veces. Es una persona con la puedes hablar un rato, echarte unas risas. Al tiempo, la impresión que me dio fue de alguien falso, que no es realmente como parece ser.

-¿Qué te llevó a hacer un grupo tributo a Lou Reed? ¿Cuál es la época y música que más admiras de Lou Reed?
Me encontraba en un coche junto al amigo con quien comparto otros grupos y proyectos. Siempre que hablábamos, acaba saliendo Lou Reed de cualquier forma. En aquella conversación, nos propusimos la idea de hacerle un tributo, a él, y a la Velvet Underground. Hablábamos de otros grupos tributo que veíamos por Madrid, como tributos a los Beatles, a los Doors o a Led Zeppelin, y por ello, nos dijimos, “¿por qué no? Lou Reed también es un grande, sin él no estaríamos aquí hablando…” Y así llamamos a un par de amigos más, también fans de Lou, y formamos el grupo.
Como época de Lou Reed que más admiro, creo que me quedo con dos etapas. La primera, obviamente, es el principio de su carrera, la época más “glam”: junto con la Velvet, y con los primeros discos en solitario que son Lou Reed, Transfromer (producido por Bowie), el grandísimo Berlín o Coney Island, Baby. Unos años después, están esas obras maestras que son The Bells y el Blue Mask, y diez años más tarde, está el fantástico New York, un disco excepcional y poco reconocido.

-¿Cómo os veis los músicos en Madrid (dinero, shows, chicas, maquetas, amigos, bares, estudios…)?
Bueno, es una situación difícil actualmente, pero es verdad que está mucho mejor la cosa que en la mayoría del resto de comunidades autónomas. Hay muchas salas por donde irse dando a conocer, pero las condiciones en general suelen ser pésimas: poco dinero, alquileres carísimos de salas, mal equipo y, lo peor, la gente actual. Ahora mismo la sociedad ha perdido muchísimo el afán por ir a ver conciertos en directo, y pasan de pagar una entrada de cinco euros por ver a un grupo cualquiera de rock. Es una pena, pero hay ocasiones en las que la gente incluso prefiere cenar o tomar algo mientras suena música de ambiente que mientras suena un grupo en directo.
A la hora de grabar maquetas también es difícil: o tienes un equipo propio lo suficientemente decente como para grabarte tú las cosas, o te dejas la pasta en los estudios. En mi caso, he tenido la suerte de poder grabar de las dos formas. Cuando grabas en un estudio entre profesionales, queda un resultado espléndido, eso sí, pero cuando grabas en tu casa, en el garaje o en un cuarto entre amigos, te lo pasas realmente bien. Grabar las voces en el cuarto de baño o ponerse todos alrededor del micro para hacer los coros, no tiene precio.

-¿Compones algo propio? ¿Nos puedes decir qué enfoque usas para crear tu música propia (inspiración, influencias…)?
Claro. Todos tenemos nuestros pequeños trucos o costumbres a la hora de componer. En mi caso, me paso el día escribiendo cosas, apuntes, etc. Nunca hay un momento en el que diga “voy a ponerme a componer”, siempre me salen las cosas de una manera inmediata y aleatoria. Escucho alguna frase o alguna canción que me llama la atención, y a partir de ahí mi cerebro empieza a funcionar creando nueva música o nuevas letras. No han sido muchas veces, pero he de reconocer que el alcohol o algunos productos naturales los he utilizado a la hora de buscar inspiración. En la mayoría de los casos, los resultados han sido nefastos.

-¿Crees que habrá salida para las bandas de tu ciudad, Madrid?
Todo se puede conseguir. Siempre están saliendo bandas nuevas y todos los días hay conciertos. Como ya he dicho, no es fácil, pero todo puede ser si se trabaja seriamente.

-¿Qué esperas a largo plazo, en el futuro?
A nivel personal, espero sacarme la titulación de músico, mientras continuo progresando, aprendiendo y avanzando en este mundo. Ganarse la vida trabajando en esto sería un sueño cumplido.
A nivel social, espero que haya un retroceso (o avance) musical. Ahora mismo se escucha y se hace mucha mierda. Se debería volver a valorar la música en directo y se debería valorar más el trabajo de los músicos, a los que actualmente, se les trata bastante mal a no ser que tengan ya una reputación.
Ahora mismo, además, la mayoría de los grupos que aparecen tienden más al metal, al hard rock. Es muy difícil encontrar grupos que hagan Rock and Roll de verdad, del clásico. Como decía Keith Richards: “Ahora la gente habla de Rock, pero se olvida del Roll…”

-¿Cómo fue tu primer concierto? Siempre dicen que el primer concierto es una cagada, ¿cómo te sentiste cuando subiste por primera vez a un escenario?
Es cierto que ahora ves las grabaciones de aquel concierto y son una cagada, pero como primer concierto, fue un conciertazo. Fue ante unas quinientas personas, al aire libre, y recuerdo estar a punto de devolver de los puros nervios. Todo fue muy rápido, el día pasó como un parpadeo, pero fue una experiencia inolvidable. Todavía cuando veo esa grabación, comienzo a sentir en el cuerpo lo que sentía en ese momento. Acabé destrozado, sentía como si todo hubiera terminado.

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Espero que os haya gustado este pequeño gran músico de Madrid. Aquel que al subirse a un escenario casi le echan por no ser mayor de edad, aquel que tras un diluvio llegó empapado a tocar y le pegó un calambrazo su Stratocaster que no olvidará en la vida, o aquel que se encerró en el baño junto a toda su banda con alcohol para hacerse una foto e inmortalizar el momento, o aquel con el que un loureediano podría estar hablando sobre los misterios y cualidades del disco “Berlin” todo lo que dura una madrugada, o aquel que puede llegar a amenazar con tocar rock and roll si los canis no paran de hacer botellón, o aquel que si te encuentras por Madrid te llevará por los bares más madrizentros (adjetivo prestado de Antonio J. Rodríguez), y te pondrá en su casa el Exile on Main Street de los Stones una y otra vez toda la noche acompañado de la medicina que Keith Richards catalogaba de inspiradora.

Luis Yepes, (Madrid, 1994) formó su primer grupo con dos amigos a los once años. Tuvieron que pasar dos años después para entrar de batería en un grupo serio de corte Indie-mod, paradoja pura de los Who, donde ya realizó sus primeras incursiones en los escenarios. Ese grupo afirma, le sirvió para aprender lo que era una banda y tocar con ella canciones para un cierto número de gente, aunque no duró demasiado, puesto que le echaron.
Una vez superado el temor a los escenarios y haber sabido lo que de verdad era tocar la guitarra en un grupo, pasó a crear los grupos de tributo a Lou Reed, mítico artista neoyorkino, y Burning, grupo leyenda de la movida madrileña del ochenta. Los nombres de los grupos eran un tanto peculiares: Rou Leed and the Tots (Lou Reed and the Velvet Underground) y Ardiendo (Burning). Hoy en día, Ardiendo lo tuvo que dejar por motivos personales, y Rou Leed and the Tots se mantiene y dan conciertos de vez en cuando.
También participa en una orquesta que va de pueblo en pueblo alegrando los corazones de la gente con música propia del guateque habido en España en los años sesenta y setenta. Lo han llamado para tocar en dos grupos de blues madrileño y ahora mismo está ensayando para realizar el papel de Jesús en el musical Jesucristo Superstar.
Y no ha dejado los estudios, sino que sigue haciendo el bachillerato a distancia y estudiar en la Escuela Creativa de Música de Madrid para sacarse el título oficial. Actualmente, se encuentra grabando las guitarras en tres discos de estudio para dos discos de bandas respetadas en Madrid de pop-rock y otro de folk-country sureño.

Os dejamos con Luis Yepes, músico madrileño salido de los años 80 y 90, cuando en la música todavía se hacían las cosas realmente bien y a Urquijo no se le había llevado el diablo de la droga por delante. Pasen y vean. El concierto de palabras va a comenzar.

P. ¿Cuál fue tu primer contacto con la música y a qué edad? ¿Aquel disco que te marcó, esa sensación de saber que querías hacer música?

R. Desde que soy pequeño he crecido escuchando música, principalmente a artistas como Lou Reed, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Eric Clapton, etc. Creo que fue a los ocho años cuando empecé a sentir curiosidad por un par de discos que tenía mi padre de Springsteen. Entonces fue cuando, por regalo del día del padre, decidí ir yo solo a comprarle al mío un dvd de una actuación del Boss en Barcelona. Esa fue mi primera impresión de rock, viendo el video ya en casa. Me quedé noqueado viendo a ese tío con una guitarra, chorreando sudor y fuerza sobre el escenario.
A partir de entonces, empezaron a caer discos y discos, y la curiosidad por saber tocar algún instrumento. A los diez años, me compraron mi primera guitarra.
Como discos que me marcaron, podría incluir perfectamente esa actuación en directo de Springsteen, aunque recuerdo que un disco que realmente me marcó y, sobretodo, en la forma de ser, fue el Transformer de Lou Reed.

P. ¿Cómo aprendiste o estás aprendiendo música?

R. Con muy poco tiempo aprendiendo a tocar la guitarra de manera autodidacta, formé con unos amigos un pequeño grupo en el que mezclábamos metal con versiones de los Beatles. No duró mucho, y poco después me apunté a unas clases, aunque tampoco llegaron demasiado lejos. Actualmente, estudio en la Escuela de Música Creativa de Madrid, luchando por conseguir el título superior de música.

P. ¿Cuál es tu época favorita de la música?

R. Esto es difícil, ya que soy absolutamente fanático de unas determinadas épocas. Me fascinan los inicios psicodélicos de los Beatles allá por el 65 y, posteriormente, los primeros discos de Pink Floyd con Syd Barret en el 67.
Aunque si tuviese que decantarme por una época en concreto, diría toda la década de los setenta, incluyendo 1980. Toda una época de explosión de rock, con un año que, para mí, es clave: 1972, con la salida al mercado del Exile on Main Street, de los Rolling Stones.

P. ¿ A qué edad entraste a formar parte en un conjunto o a formar parte de una formación musical? Cuéntanos brevemente cómo fue.
R.Como ya he dicho, al poco tiempo de comprarme una guitarra. Éramos un grupo de niños que nos juntamos para intentar hacer sonar algo, pero no duró más de cuatro meses. Un par de años más tarde, fue cuando formé otro grupo, pero ya con seriedad. Creo que tenía catorce años. Me desplazaba con mi guitarra y mi pequeño amplificador en transporte público cuarenta kilómetros para ensayar. Aprendí muchísimo.

P. Con Ardiendo, el tributo a Burning, conociste en persona a su cantante, Johny. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Te impresionó?

R.Fue una experiencia bastante agradable las primeras veces. Es una persona con la puedes hablar un rato, echarte unas risas. Al tiempo, la impresión que me dio fue de alguien falso, que no es realmente como parece ser.

P. ¿Qué te llevó a hacer un grupo tributo a Lou Reed? ¿Cuál es la época y música que más admiras de Lou Reed?

R. Me encontraba en un coche junto al amigo con quien comparto otros grupos y proyectos. Siempre que hablábamos, acaba saliendo Lou Reed de cualquier forma. En aquella conversación, nos propusimos la idea de hacerle un tributo, a él, y a la Velvet Underground. Hablábamos de otros grupos tributo que veíamos por Madrid, como tributos a los Beatles, a los Doors o a Led Zeppelin, y por ello, nos dijimos, “¿por qué no? Lou Reed también es un grande, sin él no estaríamos aquí hablando…” Y así llamamos a un par de amigos más, también fans de Lou, y formamos el grupo.
Como época de Lou Reed que más admiro, creo que me quedo con dos etapas. La primera, obviamente, es el principio de su carrera, la época más “glam”: junto con la Velvet, y con los primeros discos en solitario que son Lou Reed, Transfromer (producido por Bowie), el grandísimo Berlín o Coney Island, Baby. Unos años después, están esas obras maestras que son The Bells y el Blue Mask, y diez años más tarde, está el fantástico New York, un disco excepcional y poco reconocido.

P. ¿Cómo os veis los músicos en Madrid (dinero, shows, chicas, maquetas, amigos, bares, estudios…)?

R. Bueno, es una situación difícil actualmente, pero es verdad que está mucho mejor la cosa que en la mayoría del resto de comunidades autónomas. Hay muchas salas por donde irse dando a conocer, pero las condiciones en general suelen ser pésimas: poco dinero, alquileres carísimos de salas, mal equipo y, lo peor, la gente actual. Ahora mismo la sociedad ha perdido muchísimo el afán por ir a ver conciertos en directo, y pasan de pagar una entrada de cinco euros por ver a un grupo cualquiera de rock. Es una pena, pero hay ocasiones en las que la gente incluso prefiere cenar o tomar algo mientras suena música de ambiente que mientras suena un grupo en directo.
A la hora de grabar maquetas también es difícil: o tienes un equipo propio lo suficientemente decente como para grabarte tú las cosas, o te dejas la pasta en los estudios. En mi caso, he tenido la suerte de poder grabar de las dos formas. Cuando grabas en un estudio entre profesionales, queda un resultado espléndido, eso sí, pero cuando grabas en tu casa, en el garaje o en un cuarto entre amigos, te lo pasas realmente bien. Grabar las voces en el cuarto de baño o ponerse todos alrededor del micro para hacer los coros, no tiene precio.

P. ¿Compones algo propio? ¿Nos puedes decir qué enfoque usas para crear tu música propia (inspiración, influencias…)?

R. Claro. Todos tenemos nuestros pequeños trucos o costumbres a la hora de componer. En mi caso, me paso el día escribiendo cosas, apuntes, etc. Nunca hay un momento en el que diga “voy a ponerme a componer”, siempre me salen las cosas de una manera inmediata y aleatoria. Escucho alguna frase o alguna canción que me llama la atención, y a partir de ahí mi cerebro empieza a funcionar creando nueva música o nuevas letras. No han sido muchas veces, pero he de reconocer que el alcohol o algunos productos naturales los he utilizado a la hora de buscar inspiración. En la mayoría de los casos, los resultados han sido nefastos.

P. ¿Crees que habrá salida para las bandas de tu ciudad, Madrid?

R. Todo se puede conseguir. Siempre están saliendo bandas nuevas y todos los días hay conciertos. Como ya he dicho, no es fácil, pero todo puede ser si se trabaja seriamente.

P. ¿Qué esperas a largo plazo, en el futuro?

R. A nivel personal, espero sacarme la titulación de músico, mientras continuo progresando, aprendiendo y avanzando en este mundo. Ganarse la vida trabajando en esto sería un sueño cumplido.
A nivel social, espero que haya un retroceso (o avance) musical. Ahora mismo se escucha y se hace mucha mierda. Se debería volver a valorar la música en directo y se debería valorar más el trabajo de los músicos, a los que actualmente, se les trata bastante mal a no ser que tengan ya una reputación.
Ahora mismo, además, la mayoría de los grupos que aparecen tienden más al metal, al hard rock. Es muy difícil encontrar grupos que hagan Rock and Roll de verdad, del clásico. Como decía Keith Richards: “Ahora la gente habla de Rock, pero se olvida del Roll…”

P. ¿Cómo fue tu primer concierto? Siempre dicen que el primer concierto es una cagada, ¿cómo te sentiste cuando subiste por primera vez a un escenario?

R. Es cierto que ahora ves las grabaciones de aquel concierto y son una cagada, pero como primer concierto, fue un conciertazo. Fue ante unas quinientas personas, al aire libre, y recuerdo estar a punto de devolver de los puros nervios. Todo fue muy rápido, el día pasó como un parpadeo, pero fue una experiencia inolvidable. Todavía cuando veo esa grabación, comienzo a sentir en el cuerpo lo que sentía en ese momento. Acabé destrozado, sentía como si todo hubiera terminado.

Espero que os haya gustado este pequeño gran músico de Madrid. Aquel que al subirse a un escenario casi le echan por no ser mayor de edad, aquel que tras un diluvio llegó empapado a tocar y le pegó un calambrazo su Stratocaster que no olvidará en la vida, o aquel que se encerró en el baño junto a toda su banda con alcohol para hacerse una foto e inmortalizar el momento, o aquel con el que un loureediano podría estar hablando sobre los misterios y cualidades del disco “Berlin” todo lo que dura una madrugada, o aquel que puede llegar a amenazar con tocar rock and roll si los canis no paran de hacer botellón, o aquel que si te encuentras por Madrid te llevará por los bares más madrizentros (adjetivo prestado de Antonio J. Rodríguez), y te pondrá en su casa el Exile on Main Street de los Stones una y otra vez toda la noche acompañado de la medicina que Keith Richards catalogaba de inspiradora.

Loquillo, “A solas”, Valladolid, Teatro Calderón 7/3/2012

“Cuando dije a mi discográfica que iba a hacer un álbum de poesía se río delante de mi cara”, Loquillo nos aseguraba en alguna parte del concierto. Es por ello que a pesar de lo complicado que resulta sacar discos de poesía cantada o recitada acompañada de música, Loquillo se ha sabido sobreponer a los gustos y comodidades que los demás artistas se pueden permitir. Porque él lleva la palabra artista grabada a fuego en la frente. Sabe apreciar lo que es un buen poema y una canción. Ayer lo demostró.

El concierto fue más o menos una reunión de viejos amigos. Loquillo, siempre muy querido en todo el país, formando parte de la banda sonora de las vidas de gente de todas las edades y caracteres, encandiló y enamoró a todo el teatro. Cercano, ameno, afable… Bajó dos veces del escenario para situarse a la altura del público y darse un amplio paseo con baile incluido por el pasillo de las butacas. Tanta era la cercanía, que una admiradora de la primera fila no pudo contener la emoción y acudió a darle un abrazo y dos besos que el cantante la devolvió cortés y elegantemente.

Cada poema que atacaba en el escenario cargaba de intensidad el concierto. Antes de salir a tocar, apagadas ya las luces, saltaba una vieja canción folk francesa de Jacques Brel, sino me falla la intuición musical, dándonos butaca a lo que íbamos a presenciar. Comienzo del concierto con los poemas hechos canción de su último disco “Su nombre era el de todas las mujeres”. Poemas de Luis Alberto de Cuenca acompañados de música. Canciones que no dejaban indiferentes a nadie por sus temas y letras: la cocaína (“La noche blanca”), de amor (“Cuando paseo por la castellana”, favorita de mi querida acompañante) o de intenciones políticas (“Polítical incorrectness”). Todo ello para presentar lo que iba a ser el concierto, que muchos como yo, creían que iban a ver guitarras y ritmos stonianos, cuando en realidad valía más la palabra junto a la música y la perfecta escenificación del músico barcelonés, que daba un vigor sobresaliente a cada poema que salía de su boca. El resto de los temas consiguieron hacer saltar la lagrimilla seguramente a cualquiera que tuviera un mínimo de sensibilidad, en poemas como “No volveré a ser joven” de Jaime Gil de Biedma, pero también algún baile de los antiguos, de los que hacía un tal Elvis Presley, y aplausos continuos en canciones tan rockeras como “La mala reputación” o “El hombre de negro” (versión del genio Cash) que recordaban al fabuloso disco del maestro Dylan, “Blonde on Blonde”.

Y no de canciones vive el hombre, pues la banda que le acompaña en esta gira no podía ser mejor, con el guitarrista Jaime Stinus, leyenda viva del rock español y antiguo miembro de Loquillo y los Trogloditas. Al violín y dando una aportación esencial al directo, cabe destacar la figura de Julia de Castro, implacable, y bailando en los temas donde el violín sobraba como una antigua clochard de algún barrio parisino, aportando a las canciones una consistencia melódica que dejaba boquiabiertos a los presentes. Un contrabajo a manos de Alfonso Alcalá Conde, subido de volumen daba a su vez a las canciones aquellos ritmos jazzy perdidos en estos tiempos modernos, sumados a la batería del francés Laurent Eric Castagnet, que llevaba el ritmo de las canciones de manera perfecta y haciendo fácil lo difícil. Santiago Sáez Comet a manos de un órgano hammond que también funcionaba en algunos temas de sintetizador y ponía los pelos de punta a los espectadores y una eficaz guitarra acústica que daba consistencia y ritmo a las canciones de Jesús García Rodríguez.

Una vez más Loquillo demostró ganarse al público y hacer ver que no todo lo importante en esta vida es el dinero, lo comercial, el conformismo, los patrones esenciales en la música, sino que también se pueden hacer cosas muy interesantes saliéndote del acorde de Fa y sin refugiarse en una melodía beat. Aquella fue una noche de encuentros, de viejas sensaciones que algunos presentes habían olvidado debido a la situación de los tiempos de hoy en día, y de hacernos recordar, que antes de músicos, poetas, amantes, políticos incorrectos y currantes somos hombres. Hombres con sensibilidades y querencias al desnudo, con sus aspiraciones, ilusiones e ideas al frente de nuestra vida.