“A Crow Looked At Me”. Mount Eerie (2017)

*Reseña publicada en El Quinto Beatle

Lo mejor del pasado es que ya pasó

Cuando mueres despiertas del sueño, eso es tu vida

Luego creces y llegas a ser post-humano en un pasado que sigue sucediendo  frente a ti. 

El palacio de la noche. Un poema de Joanne Kyger. Esto es lo primero que nos encontramos cuando llegamos al que quizás sea uno de los discos más personales y desgarradores de este año: “A crow looked at me”, del estadounidense Phil Elverum, alias Mount Eerie. El que fuera miembro y líder de los Microphones, relata en este hermético disco de once temas el inconmensurable sufrimiento de perder a su mujer, la artista e ilustradora Geneviève Castrée, el año pasado a causa de un imparable cáncer de páncreas.

Aquí hay que hacer una reflexión. Y es que, como dice el propio Elverum en la primera canción del álbum, alguien está ahí y de repente ya no está / y no es para cantar sobre ello / no es para convertirlo en arte / cuando la muerte real entra en el hogar, toda la poesía es estúpida” (Real Death).  Ya nada más comenzar nos avisa y pide perdón por la obra que vamos a escuchar, además de reconocer la total invalidez de pretender transmitir mediante música la infinita tristeza que en esos momentos sacudió la vida del autor.

Del mismo modo, en clave periodística, para mí es un álbum muy difícil de reseñar o describir con palabras, ya que prima la intención de no hacer un espectáculo de algo tan serio y doloroso. Por tanto, habrá que andar de pies puntillas a lo largo de la reseña que vais a leer, ya que se trata de un álbum tan oscuro que no es aconsejable sumergirse en él más de lo necesario en él y dejarle respirar.

“LA MUERTE ES REAL”

Fue a principios de los 2000 cuando Phil Elverum conoció al amor de su vida, Geneviève Castrée. De un día para otro, dejó atrás su carrera en Microphones y se constituyó como artista solista en el proyecto Mount Eerie. Con un estilo muy personal e íntimo, sacó varios discos brillantes como Clear Moon (2012) o Sauna (2015), pero ninguno tan cerrado y desconsolador como A crow looked at me.

Se trata de una colección de canciones tocadas a pelo, caseras, desnudas y esqueléticas, apenas sin arreglos, donde la guitarra sirve de apoyo a una voz rota y apagada que inunda las pistas de melancolía, nostalgia y rabia por la pérdida de Geneviève. El disco arranca con una severa y tajante afirmación: La muerte es real”. Una percusión minimalista electrónica y una base de teclado eléctrico que se hace pasar por lo que parece un chelo, sirven de sostén para este primer corte. Real Deathnarra los primeros días de duelo, cuando todavía llega el correo a nombre de Geneviève, un regalo sorpresa que encargó para su hija de solo un año y medio de vida.

“Una colección de canciones tocadas a pelo, caseras, desnudas y esqueléticas, apenas sin arreglos, donde la guitarra sirve de apoyo a una voz rota y apagada que inunda las pistas de melancolía por la pérdida del ser amado”

“Seaweed”, presenta una sección de guitarra mucho más oscura que la anterior donde el autor incide en el quebranto producido por la marcha de su esposa. En “Ravensdescribe la premonición de su fallecimiento con una visita de dos cuervos en una mañana soleada de octubre y los meses posteriores. Una de las cosas más dolorosas que presenta la historia es que su hija, con tan solo un año y medio de edad, parece incapaz de entender dónde se ha ido su mamá. Para desconsuelo de su padre, que tiene que salir adelante con ella cuando apenas acaba de nacer.

“ELLA MURIÓ EN CASA CONMIGO Y ABRAZADA A SUS PADRES”

“A crow looked at mees un álbum muy homogéneo en cuanto a sonido. Las canciones mantienen el mismo pulso triste y desgarrador de principio a fin, y sumergen al oyente en una serie de anécdotas donde la voz apenas cambia de registro y la guitarra avanza a través de arpegios y ritmos lentos.

En Forest Fire” aparece un piano soberbio que hace compañía a la guitarra. Aquí se narran los meses posteriores a la defunción, estableciendo una relación entre los cambios de estación y el tiempo meteorológico: Y recuerdo que la última vez que llovió aquí tú estabas aún viva”. Así como su negación rotunda a aceptar la muerte: “Tú perteneces a esto / rechazo la naturaleza, no estoy de acuerdo”.

VÍDEO DE YOUTUBE: https://www.youtube.com/watch?v=P4oFtQuiac0

El artista hizo todo lo posible por mantener a su mujer viva, tanto es así que recaudó fondos y dio la vuelta al mundo para conseguir una cura para Geneviève. En unas declaraciones publicadas en la página GoFundMe, Elverum dio la fatídica noticia: “Geneviève murió hoy a la una de la noche. Ella conducía al trabajo y permaneció viva hasta el último minuto, insistiendo en levantarse de la cama y salir a trabajar a su estudio, cuando muchos se habrían rendido para descansar. Anoche y esta mañana se negó rápidamente y cerró sus ojos mientras su cuerpo vetaba sus deseos con los pulmones llenos de líquido. Ella murió en casa conmigo y abrazada por sus padres, con la esperanza de haber alcanzado la paz en el último minuto. Todo es tan triste y surrealista. Ella dejó todo por terminar. Era una manantial de ideas brillantes que nunca se apagaba. La quisimos mucho y ahora todo es rarísimo. Gracias a todos por el dinero invertido, el apoyo y el amor”.

“Su escucha no llega a ser del todo satisfactoria. Es un álbum tan triste, oscuro y hermético, que no es aconsejable sumergirse en él más de lo necesario y dejarlo respirar”

Hay partes del disco que remiten a otros singer-songwriters, antiguos y contemporáneos, como Leonard Cohen y su etapa más taciturna o Mark Kozelek y su proyecto en acústico Sun Kil Moon. Algunas melodías hacen recordar de la misma manera a Jason Molina. Es el caso de My Chasm”, donde el autor comenta que al ir a las grocery stores, los conocidos le observan con pena y confusión por un rostro que denota una profunda depresión, además de volver al statement de la primera canción: “Death is real”.

Phil Elverum encuentra la tristeza y le asolan los recuerdos en pasajes cotidianos, como el hecho tan simple de sacar la basura (“When I take out the garbage at night”). En “Emptiness pt. 2” regresa a la cuarta canción de su último disco, Sauna (2015). En ella, narra una de las actividades que le hacen sobrellevar el duelo, como es subir una montaña para conseguir intimidad y ver el mundo desde arriba sin que nadie le vigile.

Sin grandes sorpresas estilísticas respecto a sus predecesoras, Toothbrush/Trash” relata una vez más todos los recuerdos vividos junto a su mujer a través de fotografías. “Soria Moria” es, narrativamente, uno de los temas más logrados del disco. Soria Moria es un castillo inventado por el folklore noruego que simboliza la felicidad completa, y el viaje solo puede hacerse en soledad y aislamiento. El autor juega con este mito y lo ejemplifica al duelo, rememorando una y otra vez los dolores que atraviesa sin descanso.

Llegamos al final con “Crow”, una canción en la que Elverum narra un paseo invernal con su mujer y duda de la eternidad. En una entrevista para la revista Noisey declaraba lo siguiente: Caminábamos, y tuvimos un momento mágico, trascendente, tranquilo. No soy una persona demasiado espiritual. Sé que está muerte y se ha ido. Pero hay una pizca de magia. Un cuervo nos miró. Un cuervo nos estuvo siguiendo por todo el bosque. Fue tan especial y siniestro que no lo pude ignorar”. Y creo que, poco queda más que añadir aquí, tan solo acompañar en el sentimiento al autor y, de alguna forma, comulgar con su dolor.

NOTA: 8´3

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“Forget”, Xiu Xiu (2017)

*Reseña publicada en Rock I+D

Una huida traumática y angustiosa del imperio de lo efímero hacia lo extraño y abyecto

Art rock, experimental, drone, noiseXiu Xiu es la prueba palpable de que categorizar y separar géneros no sirve para nada. Su nuevo lanzamiento, Forget, es un ejercicio de contemporaneidad frente a lo ya dicho, lo ya cantado, lo ya argumentado. Buscar la autenticidad dentro de la vanguardia a estas alturas es más que un reto; se trata de la pepita de oro que nunca aparece. Y Xiu Xiu con este trabajo han encontrado su espacio de acción `pop´ después de varios años buscándose con obras musicales diríamos, performáticas, como Kling Klang, el único disco en el mundo fabricado a partir de 999 vibradores de plástico atados a una estatua del artista conceptual Danh Vo en las calles de Brooklyn.

Forget olvida –nunca mejor dicho- el discurso primigenio de Xiu Xiu y ahonda en una tónica pop que muy seguramente servirá de epítome de una nueva generación musical que aún está por venir. Adelantados a su época, Jamie Stewart y compañía han diseñado un álbum mucho más accesible que sus predecesores pero sin dejar atrás su sello de identidad. A lo largo de las diez canciones que lo componen somos sorprendidos por la imparable masa de ruido blanco, beats violentos y lacerantes, cacofonías aisladas y arreglos industriales que se suceden de manera maniática, caótica y exasperada por todas las pistas.

Las dos primeras canciones, “The Call” y “Queen of the Losers” resultan ser una bofetada directa al oyente. La voz, inflada hasta lo grotesco, se asemeja muchísimo a los registros graves de un David Bowie que se ha ido de viaje a Japón para no regresar jamás. El golpe de efecto llega con el tercer corte, “Wondering”. Sin duda, fácilmente puede llegar a ser una de las mejores canciones en lo que llevamos de año. Muy difícil no caer en la tentación de darle al replay una vez termina.

“Get Up” y “Hay Choco Bananas” marcan el respiro necesario del disco. La primera arranca con una atmósfera sencilla y espacial construida con tan solo tres acordes de guitarra. Stewart aquí decide regalarnos una voz alejada del histrionismo y un correcto solo de guitarra despide el tema entre bambalinas de ruido. “Hay Choco Bananas”, mucho más industrial, conserva algunos momentos de belleza e interioridad con la presencia de un coro femenino encubierto tras capas y capas de música concreta.

“Jenny GoGo” resulta ser el plato fuerte de la colección. Con unos bajos e inspiración cien por cien new wave, las cacofonías, los gritos entrecortados y el hermetismo retoman el protagonismo. Pura seña de identidad de la banda americana. “At Last, At Last” seduce por su parte interpretativa y sus cambios de ritmo. Ambas canciones parecen ilustrar una búsqueda del pensamiento automático y casi esquizofrénico, tanto por la parte musical como por las letras. Una huida traumática y angustiosa del imperio de lo efímero hacia lo extraño, lo abyecto. Una constatación de la vileza del tiempo presente camuflada sobre pantallas inoculantes de deseo.

Un álbum para perder el aliento, para escuchar sus mensajes encriptados en el ruido y la distorsión, y ser triturados

La canción que da título al álbum, “Forget”, representa lo que podría ser un David Bowie en mitad de un exorcismo. Si creíamos haber tomado tierra, nada más lejos de la realidad. “Petite”, en cambio, se enmarca como la balada del disco. Sencilla y esquelética, de producción cien por cien orgánica, con arreglos de cuerda en el estribillo y la voz planeando en las alturas, parece expresar la debilidad del ser humano frente a lo divino.

“Because I was born dead. And I was born to die”. De esta forma se despide la mayúscula “Faith, Torn Apart”, y por ende, el disco. Un tema de ocho minutos labrado a partir de un sintetizador ensordecedor y disociativo que avanza hacia una pieza de spoken word recitada por el artista queer de performance Vaginal Davis. En resumen, un álbum para perder el aliento, para escuchar tanto en soledad como en compañía y ser triturado por las capas de ruido, distorsión y mensajes encriptados que en él se contienen.

“Realejo”, Autumn Comets (La Estanquera, 2017)

+Reseña publicada en El Quinto Beatle

+“Cantar en castellano fue un paso natural”, en Ruta66

Después de dos años de aquel magistral We are here / You are not (2015), las Cometas de Otoño vuelven con un nuevo trabajo discográfico que les devuelve a las raíces hispánicas tras siete años de carrera cantando en inglés. Realejo (La Estanquera, 2017) llega con ocho nuevas canciones en pleno ecuador de su estación favorita. La banda de Juan Palomo (voz y guitarras), Emilio Llorente (guitarras), Gonzalo Bautista (teclados), Mario Pérez (bajo), Pablo Palomo (batería) y Manuel Moreno (viola y percusión) vuelve a demostrar que son un conjunto con mucho que decir y demostrar dentro de la música independiente de nuestro país.

“UN VIAJE MIRANDO AL SOL” CON ESTALLIDOS AMBIENTALES

Su música está plagada de detalles. Retazos de folk norteamericano, estallidos ambientales que embadurnan las pistas hacia el kraut o el post-rock, momentos sinfónicos protagonizados por la viola; suavidad y armonía, contención e intensidad, ruido y caos. Todo ello sostenido por una sólida atmósfera electrónica de sintetizador, que recuerda mucho a la escena indie del nuevo milenio de grupos como Death Cab For Cutie, Modest Mouse o The Shins. Pero más allá de las comparaciones, Autumn Comets han conseguido hacerse un hueco dentro de las bandas más originales de este país y consolidar un proyecto musical que ya cuenta con cuatro álbumes de estudio y colaboraciones estelares, como Russian Red o el mismo Micah P. Hinson.

Realejo arranca con un rasgueo suave que avanza hacia un diálogo sostenido entre bajo, guitarras y sintetizador. Se trata de Viernes de Dolores, el primer single y canción elegida para presentar este nuevo trabajo. Referencias a Sun Kil Moon, un estribillo emocionante y la voz de Ricardo Lezón de la banda amiga McEnroe para hacer de padrino de lujo. El segundo corte del disco, Madera y Sangre, es un testamento de la buena forma en la que se encuentra la banda. Con un ligero parecido a Cavar una fosa, de su anterior álbum, las guitarras trenzan arpegios a lo largo de toda la canción a medida que la voz la acompaña. Destaca por su lirismo decadente en las letras, algo muy presente en la banda en cualquiera de sus discos, inspirado en mayor o menor medida por los versos de la corriente literaria del realismo sucio: “escupo hierro y sangre / los días son violentos / al despertarme se clavan / con las horas que dejo muertas”.

Costa Tropical representa el segundo y definitivo arranque del disco. Se aprecia cierta similitud en cuanto a intención con Baltimore, de su segundo disco Moriréis en Camboya (2013). Un inicio post-punk de bajo se suma a las guitarras, al más puro estilo dream pop, que sobresalen en la ecualización respecto al resto de instrumentos. Es así como llegamos al ecuador del álbum y uno de los temas más potentes del disco, quizás el mejor conseguido: La Montaña Vino a Mí, en la que una base electrónica al más puro estilo kraut nos da la bienvenida. Segundos más tarde, comienzan a entrar las guitarras, el bajo y la batería en un avance progresivo. La voz de Juan Palomo y su interpretación destaca sobre el resto de canciones. Pisajística y onírica, La Montaña Vino a Mí parece testificar la pequeñez del ser humano ante la inmensidad natural que lo rodea. Autumn Comets en estado puro: guitarras a camino entre el clean y la distorsión, un hipnótico sintetizador y la viola sazonando las pistas con pasión y humildad.

 

COSTAS TROPICALES, CORDILLERAS NEVADAS Y UN VIERNES EXISTENCIALISTA

A lo largo de la escucha, nos sorprendemos por la temática discursiva que ha adoptado la banda para este Realejo. Horizontes naturales, bosques y campo, cosechas y vergeles, vuelta a la tierra, a lo propiamente castizo. Algo que quizás habían pasado por alto en sus anteriores álbumes y que se ve reflejado en mayor o menor medida según avanza el tracklist. Después de atravesar costas tropicales, cordilleras nevadas y un viernes existencialista con tintes religiosos, nos damos de bruces con un tema que parece alojar un mensaje político subliminal. Nada nuevo bajo el sol parece dar fe de ese pesimismo ante las circunstancias sociales y económicas de nuestro tiempo. Si hace unos años, las bandas y músicos independientes nacionales lanzaban discos cargados de optimismo con motivo del nacimiento de los movimientos sociales, hoy en día la desilusión y el desengaño toman protagonismo al asimilar que nada ha cambiado sustancialmente, y que seguimos igual o, incluso, peor.

Autumn Comets en estado puro: guitarras a camino entre el clean y la distorsión, un hipnótico sintetizador y la viola sazonando las pistas con pasión y humildad

Larsson” es un tema para volver a tomar tierra y respirar. La viola protagoniza uno de los grandes momentos del álbum según se acerca el final y la ecualización de las guitarras nos retrotraen a leyendas del post-rock y de la música espacial, como Low, Yo La Tengo o Explosions in the Sky. De igual forma, Cortijo es una canción sustentada por arpegios y teclados. Recuerda en ciertos detalles a The Map and The Treasure, de We are here / You are not (2015) pero desgraciadamente, no tiene tanta fuerza como esta, y hace que el álbum se desinfle un poco.

Un final deslumbrante y colosal para dar punto de partida a este éxodo natural por carreteras, valles y montañas

En comparación con su predecesor, Realejo es un álbum que destila un espíritu más optimista y luminoso. Con todo ello, se antoja este nuevo trabajo discográfico como un segundo nacimiento de los madrileños hacia territorios más shiny. Después de sus álbumes cantados en inglés, desde A perfect trampoline jump (2010) hasta We are here / You are not, esta colección de canciones desecha la oscuridad para dar paso a un nuevo collage sinfónico de sonidos y texturas más refulgentes.

Y llegamos al final con la canción que da título al álbum, Realejo. Se trata de un folk espeso, plagado de arreglos ambientales y electrónicos, que avanzan hasta romper con todo el arsenal instrumental para luego volver a la calma. La raíz que volverá a crecer / monte y mar / y un vergel / y cuidar bien de él. Las letras reflejan la temática general del álbum, esa vuelta a la naturaleza como paraíso perdido. Estilísticamente, se parece mucho a los más recientes discos de Low Roar, pero a medida que la canción progresa la vanguardia se hace paso hasta llenar las pistas de ruido y éxtasis. Un final deslumbrante y colosal para dar punto final a este éxodo por carreteras, valles y montañas. Una despedida más que anticipada con billete de vuelta.

NOTA: 8´5

“Caravana”, Quentin Gas & Los Zíngaros

 

Un viaje conceptual y caleidoscópico que asienta sus bases en el flamenco de raíz y el psych-rock para escuchar de principio a fin

Uno de los descubrimientos más potentes del año pasado y que ahora rescatamos para analizar es el segundo disco de Quentin Gas & Los Zíngaros, Caravana, un viaje conceptual y caleidoscópico que asienta sus raíces en el flamenco de raíz y el psych-rock. Su líder, Quentin Gas, hijo de la afamada e internacional bailaora Concha Vargas, despliega a lo largo de las catorce canciones que componen el álbum un largo viaje que parte desde la India, atraviesa Turquía, visita Marruecos y termina en Lebrija, una de las cunas del cante flamenco, en el Bajo Guadalquivir sevillano.

Tras un amanecer onírico amenizado por un sitar (“Punyab”), al norte de la India, la poderosa voz de Carmen Vargas nos da la bienvenida a este tránsito por el desierto a las riendas de un riff de guitarra hipnótico y espacial (“Caravana”). Con esta segunda canción, la banda asienta el concepto del álbum y su finalidad: la búsqueda de las raíces de Quentin Vargas, máximo artífice del proyecto, quien, según aseguran algunas redacciones, de pequeño escuchaba a Jimi Hendrix, The Doors y Sonic Youth, para más tarde y con esta formación, emprender las huellas musicales que sus antepasados dejaron. Es por ello, que el álbum responde a esa mixtura que siempre ha dado tan buenos resultados –pensemos en Triana, Enrique Morente y Lagartija Nick, o el Niño de Elche- con esa acertada y emocionante fusión entre flamenco y rock psicodélico.

Caravana responde a esa fusión entre flamenco y rock psicodélico que siempre ha dado grandes resultados: Triana, Enrique Morente y Lagartija Nick o El Niño de Elche

Precisamente, es el Niño de Elche el que se encarga de aportar su descomunal chorro vocal en la tercera del disco, “Deserto Rosso”, donde el órgano hammond cabalga con la guitarra siguiendo el riff de la canción anterior. Otro de los rasgos estilísticos de Caravana es que es un álbum para escuchar de principio a fin, no solo por la historia nómada que relata, si no también por la instrumentación de las canciones que se suceden. Es así como “Sultana”, con una melodía muy cercana al Camarón de La leyenda del tiempo, arranca con un fraseo de hammond para narrar una historia de amor a partir de metáforas tradicionales andaluzas, como el “mendigo”, “los ojos rojos”… tan presentes en autores como Federico García Lorca.

Romance” sigue de cerca a la anterior, pero esta vez las guitarras cobran más protagonismo, adquiriendo un vigor que les acerca a las bandas de rock espacial como Spacemen 3 o el Led Zeppelin de “Dazed & Confused”. Y así es como llegamos a “Persia”, una parada breve en el camino de apenas un minuto donde el flamenco da un paso atrás para volver a las texturas arábigas del sitar.

La guitarra de Pájaro en “Caravana 2” devuelve el orgullo a la intachable tradición hispánica de guitarristas frente a la egolatría guitarrera anglosajona

Carmen Vargas regresa para cantar la segunda parte de “Caravana”, que marca el punto de inflexión en el disco. Mucho más notable que la anterior, su tono épico y festivo otorga el carácter de himno a la cultura gitana. La guitarra española de Pájaro (perdonen la expresión) A-CO-JO-NAN-TE devuelve el orgullo a la impresionante tradición hispánica de guitarristas frente a la egolatría guitarrera anglosajona, presente en cualquier ídolo del mástil.

Turkia” resulta ser otro puente que da la bienvenida a las costas mediterráneas después de tanto caminar por las áridas tierras del desierto. Trae color y mezcla de sabores, en cualquier instante podemos vernos instalados en uno de los grandes mercados turcos, barnizados por una luz cobriza y olor a incienso en el ambiente. “El pedío” retoma la fusión entre géneros, sonando un poco repetitiva respecto al resto de temas. Las palmas gitanas suenan en “La ley del silencio”, donde Quentin entona “No hay una sola realidad”, refiririéndose quizás a los paraísos artificiales (en su concepción más occidental) o a los saberes míticos y místicos del pueblo gitano (si echamos la vista a Oriente).

En cualquier instante podemos vernos instalados en uno de los grandes mercados turcos, barnizados por una luz cobriza y olor a incienso en el ambiente

Entre estos términos se desvela “Luna de Oriente”, donde Quentin establece ese paralelismo entre las dos zonas geográficas. El viaje prosigue y llegamos a Marruecos, a la ciudad de “Tánger”, en la que nos reciben con los brazos abiertos y música en las calles. Otra pequeña píldora de realismo musical que presenta la parada definitiva: “Lebrija”. Aquí, ya hemos cruzado el estrecho y descansamos en los floridos patios sevillanos al compás de una guitarra española y palmas andaluzas. De nuevo, Carmen Vargas regresa para poner punto y final a un viaje cargado de duende. Pero no tan rápido, el recorrido se cierra con “Mala puñalá”, un espectacular desenlace de más de nueve minutos que avisa “Todo llega”, entre estertores de órgano hammond y una voz a medio camino entre los Beach Boys y los Kinks colocados, sin perder en ningún momento el duende gitano. Un grueso feedback ruge al final del tema. Si uno se queda escuchando los últimos minutos hay una sorpresa que no desvelaré aquí.

NOTA: 8

“Relatives in Descent”, Protomartyr (2017, Domino Recording Co.)

 

Protomartyr alternan pasajes bellos y relajados con ritmos rápidos, sin dejar de lado sus raíces oscuras y opresivas

ARTÍCULO PUBLICADO EN ROCK I+D

She´s just trying to reach you, she´s just trying to reach you, she´s just trying to reach you…” Así, como una obsesión enfermiza, arranca el nuevo álbum de Protomartyr, el grupo de Detroit formado por Joey Casey, Greg Ahee, Scott Davidson y Alex Leonard. Aunque siempre se les ha categorizado como un grupo de post-punk, con su notable precursor The Agent Intellect (2015), estas doce nuevas canciones vienen a ensanchar el estilo de la banda y alternar pasajes bellos y relajados, con momentos de frenesí noise y ritmos rápidos, sin olvidar sus raíces oscuras y opresivas.

Guitarras inflamadas con frases armónicas desconcertantes, bajos post-punk, ritmos de baterías primitivos a lo Moe Tucker y una voz grave y encriptada que se estira hasta el final de las pistas. 

Según la propia banda, el álbum presenta doce variaciones sobre un mismo tema, en este caso “la naturaleza inognoscible de la verdad” y “el temor existencial que a menudo acompaña a ese sufrimiento”. Además de poner énfasis en “la desinformación y confusión cotidianas”. Esto se ve claramente en el sigle y primera canción del disco “A private understanding”, donde en un mismo texto conviven figuras que van desde el griego Heráclito de Éfeso –y su conocida sentencia “Nadie se baña en un mismo río dos veces”-, o el líder soviético Joseph Stalin, quien tiene un furtivo y misterioso encuentro con Elvis en una caravana.

“A private understanding” marca la tónica general del sonido de este Relatives in Descent: guitarras inflamadas con frases armónicas desconcertantes, ritmos de batería que sostienen la pieza musical por los aires y una voz encriptada que se estira hasta el final de la pista. “Here is the thing” recuerda mucho a esa furia punk de The Agent Intellect. La sorpresa llega con “My Children”, donde un envolvente bajo post-punk nos da la bienvenida a ese repetitivo “pass on, pass on” que observa el hecho de tener hijos como un acto de creación sagrado que permite que la historia continúe, para finalizar con una categórica afirmación: “porque no tengo nada que ofrecer a mis hijos”. Un guiño al “Suffragette City” de David Bowie se deja intuir al final, con ese “don´t lean on me, man”.

El mensaje del álbum reflexiona sobre “la naturaleza incognoscible de la verdad” y “el temor existencial que a menudo acompaña a ese sentimiento”, algo reflejado en “Windsor Hum” o “My children”

Caitriona” resuelve en dos minutos lo que exige un buen tema de punk rock, arrancando con toda la fuerza y desinflándose en un punteo incisivo según llega al final. “The Chuckler” sigue de cerca a la anterior, alternando partes melódicas con guitarras histriónicas y desbocadas y un estribillo potente cargado de melodía y pesimismo. La batería repite machaconamente un dos por cuatro al más puro estilo Moe Tucker en The Velvet Underground.

Un inquietante y misterioso ruido metálico por todo el mundo ha hecho saltar las teorías más conspiranoicas. Se trata de “El Hum”, un fenómeno audible que ni los científicos más reputados son capaces de explicar. Movimientos de placas, corrientes marinas endiabladas chocando entre sí e, incluso, contacto extraterrestre, son algunas de las explicaciones que la comunidad virtual ha ido asociando a esta rareza. Ninguna conclusión ha sido esclarecedora. De esto trata “Windsor Hum”, un hipnótico y desconcertante tema de casi cinco minutos que representa a la perfección toda esa narrativa de la confusión reinante en la sociedad actual.

“Don´t go to Antacita” es una suerte de hard rock con aires punk que recuerda mucho a The Clash, sobre todo por la voz de Casey, que en el estribillo parece resucitar la vieja gloria de Joe Strummer. Un tema redondo. En “Up the Tower” vuelve el ritmo machacón que avanza hacia un estribillo furioso donde la voz, fuera de sí, repite una y otra vez que arrojen fuera al rey defenestrado, según una novela de Thomas de Quincey, de quien reconocen la influencia.

Protomartyr se consolida como una de las bandas más potentes del legado del post-punk. Furiosos, estridentes y descarnados, con letras plagadas de angustia existencial, incomunicación y crítica sociológica.  

El ambiente onírico y de medio tiempo de “Night-Blooming Cereus” supone ser el punto más tranquilo del disco. La letra remite al poeta afroamericano Robert Hayden, que escribió un poema con el mismo nombre. La gentrificación y la remodelación urbana de espacios de resistencia parece ser el tema central de la canción. “En medio de la muerte de todas las cosas / solo en la oscuridad la flor llega a enraizar / no bajo el ojo desdeñoso o mediante la mano de la empresa / florece en la noche”.

La misantropía hardcore punk de “Male Plague” vuelve a situar al álbum en su punto álgido. El bajo destaca sobre todo lo demás en “Corpses in Regalia”, a la vez que el rasgueo desorientador de guitarra. Así, llegamos al final, con “Half Sister”, sin duda una de las mejores del álbum, donde un poderoso riff a contratiempo se arrastra hasta un final apoteósico donde Joey Casey vuelve a esa idea paranoica y obsesiva inicial: “She´s just trying to reach you….”

NOTA: 8´7

Todas las personas que conociste eran actores

Todos los apóstoles están sentados en columpios y dicen: “Vendería a mi Salvador por un nuevo conjunto de anillos y unas pocas sandalias con tiras que quedan de lo mejor en esta era”.

Entonces todos los empresarios en su infierno ilimitado donde compran y venden, donde compran y venden su mierda entre ellos; entonces, se cansan de todo. En quiebra de tanto vender.

Y todos los ángeles venderían tu alma por un conjunto de alas nuevas y cualquier cosa de oro. Ellos recuerdan a las personas que amaron, sus viejos amigos. He visto a través de ellos. He visto a través de ellos. He visto a través de casi todo.

Todas las personas que conociste eran actores.

Todas las personas que conociste eran actores.

Bueno, iré a la Universidad y aprenderé palabras pomposas. Hablaré fuerte de verdad, joder, por fin seré escuchado. Y tú recordarás a aquel chico que dijo todas esas palabras pomposas que debió haber aprendido en la Universidad.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que llegué a ser honesto conmigo mismo. Fui honesto y la relación con mi amor acabó. Todavía la amo. Pero la amaba más cuando ella estaba sobria y yo era más cariñoso.

IMAGEN: Laura del Castillo

Letra: Swayze, Brock y Johnson (Modest Mouse)

El día que desaparecimos de la Tierra (SWANS en el Teatro Barceló)

Fuente: Facebook Oficial

*Artículo publicado en ROCK I+D

“Esto no es música. Esto es otra cosa, pero está claro que no es música”. Esta era una de las frases más oídas antes, durante y después del concierto ofrecido por SWANS el pasado miércoles en el abarrotado Teatro Barceló de Madrid. Dirigidos por el frontman más poderoso de toda la escena alternativa, Michael Gira, volvieron a subirse al escenario una noche más para presentar su último trabajo, el soberbio y contundente The Glowing Man.Ataviados con sus característicos vaqueros tejanos y con su semblante siempre severo y penetrante, la banda arrancó con “The Knot”una pieza instrumental de 45 minutos de duración.

Luis Boullosa en su brutal enciclopedia El puño y la letra. Creación literaria y Rock&Roll Underground, además de presentar a Michael Gira como “el primer y último hombre de la Tierra”, subraya en líneas generales que un concierto de SWANS es un acontecimiento mayor, de vital importancia, que marca profundamente la vida de cualquier insensato que decide acudir. Además, avisa de que ninguna banda toca tan alto como ellos, llegando a un volumen extremo y auditivamente casi imposible.

Y más o menos así fue. En la cola, los porteros del local repartían tapones de oídos, ya que lo que el público iría a vivir ahí dentro se trataba, literalmente, de un proceso entrópico de liberación de energía más propio de las experiencias enteógenas que de la mera musicología.

La atmósfera se llenó de sinestesias, visiones, sacudidas ultrasónicas y relámpagos de ruido. Gira, en estado de gracia y de espaldas al público, ejerció de chamán supremo, para a los pocos minutos convertirse en un transmisor de energía en un continuo subir y bajar de brazos en dirección a los asistentes. Y eso es, en especial, otro de los detalles que hacen de SWANS una banda poseedora de un poder inusitado. Alejados de la vanidad y del ego, su papel se reduce a meros transmisores de espiritualidad en forma de ruido implacable, incognoscible por la mente humana, y su valor estriba en la proyección de todo eso a modo de regalo. De ahí que no se pueda ni comparar sus álbumes, fríamente arreglados y producidos, con la abrasión de su directo. Prueba de ello es que, en las partes más altas, no solo podías notar que el suelo y todo a tu alrededor temblaba, si no también tu ropa, tu cuerpo, tus órganos. Esa espiritualidad solo se define como un viaje de ida y vuelta de la antípodas de la mente y del espíritu hacia lo sagrado. También por ello, que sea tan complejo y difícil de explicar con palabras.

SWANS es una banda que aglutina a personas de todo tipo. Desde veinteañeros obsesionados por la escena noise neoyorkina y el post punk –entre los que me incluyo-, hasta amantes de lo extremo -grindcore, black metal y derivados. Las camisetas eran la forma más plausible de identificar subgéneros. Precisamente es ahí donde nace la imposibilidad de etiquetar o aportar una conclusión definitiva al género musical que los SWANS representan.

En una gira que promete ser la última, ofrecieron un repaso a su última etapa en forma de trilogía (The Seer, To Be Kind The Glowing Man), alejada del histrionismo punk y la asfixia mecánica de sus primeros álbumes. El público, más que entregado, se dividía entre los pasmados, los que se aburrían, los que cerraban los ojos para sentir y los que, directamente, no entendían lo que allí estaba pasando. Otros hacían headbanging en las partes más rudas al no poder encontrar una forma mejor de canalizar la energía que la banda proyectaba con cada tema.

La segunda canción escogida para la ocasión fue “Screen Shot”, un chute de vigor y potencia a base de bajo y batería después de la densidad del primer corte. Más tarde, sorprendieron con “Cloud of Uknowing”, quizás el tema más redondo de la noche por su escalada de intensidad de menos a más y de más a menos, quedando al final un cálido susurro de Gira junto con el débil punteo de guitarra de Norman Westberg, apoyado en el pedal steel de un orgulloso Christoph Hahn. La última canción no podía ser otra que “The Glowing Man”, una obra magna de media hora cambiante, circular, introspectiva, apoteósica.

Tras más de dos horas y media, volver a la realidad resultaba prácticamente imposible. SWANS habían conseguido hacerte desaparecer. Tan solo quedaba ese regusto amargo, esa nostalgia, que permanece como rastro agónico del viaje. Miraras donde mirases, los cuerpos y las sustancias, tanto naturales como artificiales, parecían perder su consistencia; diluidas y difuminadas, te hacían sentir en tus propias carnes aquello que ya decían los místicos: la realidad verdadera es solo un simulacro de otra realidad más compleja, una fantasmagoría o destello del misterio que está ahí y envuelve todas las cosas.