Una reflexión sobre el poder

poridentidad

El poder contemporáneo es de naturaleza arquitectural e impersonal, y no representativa y personal. El poder tradicional era de naturaleza representativa: el papa era la representación de San Pablo en la tierra; el rey, de Dios; el presidente, del pueblo; y el secretario general del partido, del proletariado. Toda esta política personal ha muerto, y es por esto que los pocos tribunos que sobreviven en la superficie del globo nos entretienen más de lo que nos gobiernan. La plantilla de políticos está efectivamente compuesta de mayor o menor talento. Con todo ello, saben al menos divertirte, es incluso su trabajo. Por eso, reprochar a los políticos “no representarnos” no hace sino mantener una nostalgia, además de no decir nada nuevo. Los políticos no están ahí para eso, están ahí para distraernos, ya que el poder está en otra parte. El poder está en gran medida en otra parte, fuera de las instituciones, pero no oculto. Nadie lo ve porque todos lo tienen, en todo momento, ante sus ojos: bajo la forma de una línea de alta tensión, de una autopista, de una rotonda, de un supermercado o de un software de ordenador. Y si está oculto, es como una red de alcantarillas, un cable submarino, fibra óptica corriendo a lo largo de una línea de tren o un data centre en pleno bosque. El poder es la organización misma de este mundo, este mundo ingeniado, configurado, diseñado. Aquí radica el secreto, y es que no hay ninguno. 

El poder es ahora inmanente a la vida tal y como está organizada tecnológica y mercantilmente. Tiene la apariencia neutra de los equipamientos o de la página blanca de Google. Quien determina el agenciamiento del espacio, quien gobierna los medios y los ambientes, quien administra las cosas, quien gestiona los accesos gobierna a los hombres. El poder contemporáneo se ha hecho heredero de la vieja ciencia de la policía, que consiste en velar “por el bienestar y la seguridad de los ciudadanos” (…) Absorbidos en nuestra concepción lingüística de la cosa pública, de la política, hemos continuado discutiendo mientras que las verdaderas decisiones eran ejecutadas ante nuestros ojos. (…)

Quien quiera emprender cualquier acción contra el mundo existente, debe partir de esto: la verdadera estructura del poder es la organización material, tecnológica, física de este mundo. El gobierno ya no está en el gobierno. Las “vacaciones del poder” que han durado más de un año en Bélgica lo atestiguan inequívocamente: el país ha podido prescindir de gobierno, de representante elegido, de Parlamento, de debate político, de asuntos electorales, sin que nada se viera afectado en su normal funcionamiento. 

El poder, ahora, es el orden mismo de las cosas, y la policía tiene a su cargo defenderlo. (…) Cómo oponerse a un orden que no se formula, que se construye paso a paso y sin rodeos. Un orden que se ha incorporado en los propios objetos de la vida cotidiana. Un orden cuya constitución política es su constitución material. Un orden que se da menos en las palabras del presidente que en el silencio del funcionamiento óptimo. Cuando el poder se manifestaba por edictos, leyes y reglamentos, dejaba un asidero a la crítica. Pero no se critica un muro, se destruye o se le hace un graffitti. Un gobierno que dispone la vida a través de sus instrumentos y acondicionamientos, cuyos enunciados asumen la forma de una calle bordeada de conos y vigilada por cámaras, solo exige, la mayoría de las veces, una destrucción, a su vez, sin rodeos. De este modo, dirigirse contra el marco de la vida cotidiana se ha vuelto un sacrilegio: es semejante a violar su constitución. El recurso indiscriminado a los destrozos en los motines urbanos indica a la vez la consciencia de este estado de cosas, y una relativa impotencia frente a él. Desgraciadamente, el orden enmudecido e incuestionable que materializa la existencia de una parada de autobús no cae hecho pedazos cuando esta es destruida. La teoría de las ventanas rotas sigue vigente cuando ya se han roto todos los escaparates. Todas las proclamaciones hipócritas sobre el carácter sagrado del “medio ambiente”, toda la santa cruzada por su defensa, solo se esclarecen a la luz de esta novedad: el poder se ha vuelto él mismo medioambiental, se ha fundido con el decorado. Es a él a quien se llama a defender en todos los llamamientos oficiales para “preservar el medio ambiente”, y no a los pececitos. 

“A nuestros amigos”, El Comité Invisible (Pepitas del sur plus, 2015)

Char (Hola de nuevo)

Hace unos meses que no actualizo el blog. Se ve que ha llegado la hora en la que por fin pierdo la esperanza y de forma silenciosa abandono este espacio intangible llamado Internet. Hay más de 25o posts aquí. Casi 300 publicaciones que forman parte de todo lo que he sido desde que empecé la Universidad. Tampoco he sido. Solo a veces. Cuando la lucidez me invadía y me sentaba frente al ordenador para publicar alguna entrevista, escribir una opinión, muchos poemas y, sobre todo, creer en la música y la literatura, los dos grandes temas generales de mi blog.

Actualmente, estoy trabajando como becario en la edición local y regional de El Mundo, El Diario de Valladolid. Estoy trabajando en lo que me gusta de verdad y lo que escogí por vocación. A pesar de todas las dificultades y contradicciones que la profesión entraña, estoy bastante contento. Es periodismo. Me permite entrar en contacto con otras realidades y conocer, al menos mejor que antes, como funciona la sociedad en la que nos hallamos inmersos, conocer sus preocupaciones y sus denuncias, ver desde arriba toda la estructura de poderes que hay montada: quién lucha, quién padece, quién firma, quién reparte y quién manda. Quién y qué piensan. Me he enfrentado a reportajes que iban desde un árbol caído en el parque más famoso y concurrido de la ciudad a reportajes de los que sentirme orgulloso y realizado. 

He comprobado la función social de la comunicación de masas, y el compromiso que contraes con la gente a la que estás escuchando e informando. Pienso en los ERES de Lauki y Dulciora. En sus más de 500 familias a la espera de ver cómo se pierde su puesto de trabajo. Y, también, el haberles visto luchar con todas sus fuerzas para que eso no suceda. Valladolid es una ciudad cuya industria se basa principalmente en la agroalimentación y el automóvil. Hay un montón de familias con un millón de historias detrás. Puede sonar kitsch. Lo acepto. Siempre he intentado encontrar historias, la mayoría de las veces en forma de ficción y según mi propia imaginación; en el caso del periodismo te das cuenta que hay un montón de historias reales esperando ahí fuera. Ya no eres tú, son los demás. Sus historias, sus vivencias, sus opiniones y sus vidas. El periodismo es el germen de la escritura creativa. Porque escribir sólo de uno mismo, al final puede resultar patético, infantil y tedioso. Cuando haces periodismo tienes que hablar del Otro. Y eso es importante: es la expresión global de una sociedad, por muy podrido, manipulado y vendido que sea. 

Hay que reconocerlo: ya no escribo tanta ficción como antes, estoy demasiado ocupado con la realidad. Los horarios matadores que tengo me están haciendo adquirir la conciencia periodística de perseguir la noticia; lo actual, lo inmediato, lo espontáneo. Y, sobre todo, escribir. Siempre. Escribir. Antes de ser periodista, es decir, antes de haber trabajado en un periódico, tampoco dedicaba tanto tiempo diario a la escritura. Ahora es mi trabajo. Como mucho, aguantaba hasta las dos horas escribiendo. Cuando estás en contacto permanente con la información y el lenguaje durante ocho horas diarias, que es lo que estoy, aprendes a dominar mejor las palabras y sin duda creo que esta profesión ayuda a expresarse mejor y a escribir correctamente. Aunque mis textos acaben llenos de erratas pues, ¿si no te equivocas como esperas hacerlo bien? 

Ahora escribo como pinta un artista, como toca el piano un músico, como se sube al andamio un albañil… Escribir de forma más realista. Y, por supuesto, saber aplicarlo a la ficción. Calibrar mejor ambas dosis. Descubrir historias. 

Tras esta parrafada, quiero cerrar este post con el nuevo single de Crystas Castles y su correspondiente traducción. Al leer las lyrics en Internet me encantó. Y pensé en subirla al blog, como ya he hecho alguna vez con canciones de Crystal Castles.  Sin más, volveré por aquí más pronto que tarde, estoy seguro. 

CHAR

(by Crystal Castles) 

(Traducción libre, que no libertina)

temo que te encuentren

y yo no puedo hacer nada

un siglo de tu tiempo incalculable

para cometer un crimen sin víctimas

jura que cuidarás de tus sarpullidos

jura que los castigarás con el látigo

puedes esconderte en mi diadema

pon una correa cuando vayan a por ti

al año siguiente dirás que no quisiste

les castigarás cuando te extravíes

ante la piel amarilla no pueden apartar la mirada

comienza una colección de escabeche

porque todo lo que haces es llorar

las termitas susurran para consolarte

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

temo que te encuentren

y yo no puedo hacer nada

un siglo de tu tiempo incalculable

para cometer un crimen sin víctimas

jura que cuidarás de tus sarpullidos

jura que los castigarás con el látigo

puedes esconderte en mi diadema

pon una correa cuando caminen sobre ti

al año siguiente dirás que no quisiste

les castigarás cuando te extravíes

ante la piel amarilla no pueden apartar la mirada

comienza una colección de escabeche

porque todo lo que haces es llorar

las termitas susurran para consolarte

y yo no puedo hacer nada

para cometer un crimen sin víctimas

un siglo de tu tiempo incalculable.

El regreso del fraude

Sin título

Este es el punto del relato el cual el escritor muere junto con todos sus personajes. Ya está. No hay más. Mero contenido vacío que traslada la forma al papel. El frigorífico está haciendo ruidos cada vez más raros. Es algo así como un tintineo. Como un despertador. Sabes que deberías ir a que lo arreglen, pero no tienes fuerzas ni para levantarte de la cama. Los días libres prefieres no hacer nada. Rehúsas la escritura, la rechazas, y te contentas con un pequeño texto metaliterario que explique tus principios estéticos. Te deshiciste de la Olivetti, del Windows XP con conexión limitada a Internet; pensaste que Internet quizás fuera una de las palabras más usadas actualmente y luego llegaste a la conclusión del por qué es un tema tan recurrente en estos días en los que dejaste de pensar que podrías escribir algo bueno.

De inmediato supiste que nunca terminarías una novela. Coincidió con la época en la que todos tus conocidos se dieron cuenta de que tanto tu vida como tu obra, eran dolorosamente un fraude. Ante tanto cinismo, pensaste que tal vez deberías escribir la novela por el final. Eso haría que te sintieras mejor. La garganta te duele. Buscas en el tabaco un camino hacia la originalidad, una senda hacia la apreciación estética o la contemplación. No hay nada detrás de todo eso, tan solo te ayuda a ver torcido todo el tiempo y a estar desconectado de forma permanente. Y luego, todo ceniza. Miras a la ventana y ves el exterior. Los parques urbanos y las casas son tan bonitos y sus colores tan vivos. Te fuerzas a imaginar todo ello reducido a la ceniza, a punto de desmoronarse. Te sientes mal por ello. Los edificios, los supermercados, los pechos de las chicas que sueles ver a través de una pantalla conectada a una señal wifi. Todo se se desintegra. Como la ceniza. Como el tabaco. Como todo los cigarros que fumaste. Como tu mirada torcida.

Nunca terminarás una novela porque nunca te sentirás lo suficientemente involucrado en algo. Nunca lo estuviste. Mejor mirar las musarañas del techo. A decir verdad, solo estuviste involucrado contigo mismo y con el estúpido y absurdo significado de lo que se conoce como una “obra de arte total”. El Rock´n Roll solo hacía preguntas, preguntas sin respuesta que alojaste en el interior de tu corazón ingenuo y ebrio de experiencias, desesperado por algo de atención o amor. Amor.

Te fuerzas a ti mismo a pensar en que si alguna vez fuiste capaz de escribir algo bueno, fue gracias al amor, a la pasión, a la ineluctable y persistente sensación de que algo se mueve y vive, al otro lado del tabique que separa las habitaciones de los individuos dormidos que caminan solos en el verde prado de la vida, en el efímero instante, en el momento justo en el que la realidad y la ficción se juntan, y que tú preferiste llamar “existencia”.

Todo lo que escribes es mentira y flota en la nada salvaje de los libros y los recuerdos. Piensas en que si otros lo hicieron tú nunca lo harás. Te obligas a seguir adelante, fumar otro cigarro para tener la certeza de que hay algo dentro de ti que necesita imperiosamente ser vomitado, expulsado hacia afuera. Constante y cabezota, te arriesgas a salir a la calle y sentarte en una terraza para intentar escribir algo o simplemente observar las vidas de los demás, que de forma cruel y funcional siguen su curso. Te miras los dedos y en ellos nunca verás unas manos bonitas, con un mero signo de artesanía. Eres más bien torpe. Lloras por las noches pensando que tus amigos nunca te apodarán “mano lenta” en alusión a tu perfecta forma de tocar la guitarra. Contrariamente a lo que suele ocurrir, crees que olvidaste la música. El Rock´n Roll, lees en un artículo de la web, siempre fue narcisismo individualista, y a ti no te queda la energía suficiente para seguir levantando este teatro de marionetas que te viste impelido a edificar de cara al resto, de cara a los demás. 

Estás cansado de todo y sabes que nunca acabarás una novela ni tocarás en la banda de tus sueños. Todo es mentira. En silencio, mayormente eclipsado por la vorágine del día a día te darás la vuelta y te marcharás. Pasarás de moda. Tendrás fecha de caducidad como los yogures que degustan las amas distinguidas. Sabrás que todo es falso. A veces, uno debe acarrear con sus propios fantasmas. Esto no forma parte de tu desilusión por ti mismo y por todo en lo que te has convertido. Esto forma parte de una mañana de lucidez en la que te levantas y te preguntas por qué, por qué escribes, por qué te gusta hacer lo que te gusta hacer, por qué la silla en la que estás sentado ahora intentando escribir tiene esa forma tan rara y cuya explicación no viene en los libros ni en los manuales de decoración. Eres un decorado, ceniza sobre la ceniza, una película de David Lynch en la que los protagonistas se tiran media hora sin articular palabra. Temes la madurez, la falta de asombro, despertarte por las noches y no tener a nadie. Porque eres un fraude y cuando actúas de forma fraudulenta no encuentras la verdad por ningún lado. 

La velocidad de tus pensamientos nunca alcanzará a tu rapidez de escritura y estás decepcionado y triste por ello. 

 

Domingo

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foto quemada

Han pasado dos meses en los que no he actualizado el blog. Tiempo que he gastado en buscar trabajo, leer, escribir y divertirme. También para pensar. Me engancho a juegos sencillos, como el solitario; nunca necesité de motivos importantes para sobrevivir al tiempo. Me he perdido en largos paseos por la ciudad, he subido a algún que otro tejado para otear todo desde arriba y comprobar que, tal y como me temía, nada es excesivamente importante. He estado escuchando mucha música y descubriendo grupos nuevos. También he asistido a algún que otro concierto de la ciudad; ante todo, hay que apoyar tu escena local. He ido a alguna exposición y he tomado contacto con gente del arte de diferentes disciplinas. He buscado la inspiración en pequeños detalles y sensaciones de la vida cotidiana; se dice que para ser feliz necesitas enamorarte de las pequeñas cosas. El tedio no me molesta tanto. Nos hemos acostumbrado al frío.

También he estado pensando en nuevos proyectos y en nuevas ideas que un día quizás, sacaré adelante. Entre ellos, un disco de música experimental que exigirá bastante paciencia por parte del oyente. Un EP de una banda ficticia que aún no tiene nombre definitivo. Alterno grabaciones de teclado y órgano con partituras de guitarra. Tendrá spoken-word, música ambiental, algo de folk rock, distorsiones e idas de olla. Supongo que gustará a pesar de su pésima calidad de sonido, pensada a conciencia y que seguramente levantará algunas ampollas a quien se asome a su contenido.

A su vez, sigo con la novela; nunca se acaba. He estado recopilando textos que he escrito desde este tiempo para atrás y el volumen de archivos Word creados y guardados en la memoria USB donde guardo todos mis trabajos da miedo. Demasiado que quitar, que corregir y que pulir. He conseguido engancharme de verdad a las historias de los personajes ficticios que he creado y la emoción es lo único que me ayuda para seguir adelante y terminar de una vez.

Por último, y como tampoco quería hacer un post tan largo, os dejo con una canción que he traducido. “The Whale Song” es una canción perfecta para una noche de domingo, del grupo de rock alternativo estadounidense Modest Mouse en su EP No one´s first and you´re next.

LA CANCIÓN DE LA BALLENA

(por Modest Mouse)

(Traducción libre que no libertina)

 

 

supongo que soy un explorador

así que debo encontrar una salida

así todos podrían encontrar una salida

nos mantienen dentro

para echarnos

estoy ascendiendo

pero desearía estar hundiéndome

y no es como

si hubiese habido una advertencia

fuimos felices

y no es como

si hubiese habido que lamentarse

en la advertencia

supongo que soy un explorador

así que debería haber encontrado una salida

así todos podrían encontrar una salida

en lugar de ver, un vecino afuera

dios, debería haber encontrado una salida

fue la última vez

que fuimos felices

algún día fuimos felices

supongo que fui un explorador

así que debería haber encontrado una salida

así todos podrían encontrar una salida

50 cosas que amo

última canción de amor

  1. El café con leche.
  2. Lou Reed
  3. Ver llover
  4. Tocar la guitarra en mi habitación.
  5. Poner música muy alto mientras me ducho con agua muy caliente.
  6. Molestar a mi hermana
  7. Leer prensa y revistas los fines de semana por la mañana.
  8. Ver Pulp Fiction sin audio con subtítulos en español mientras tengo una conversación banal con alguien que también disfrute viendo Pulp Fiction sin audio con subtítulos en español.
  9. El helado de chocolate; los helados, solo de chocolate.
  10. Pasear sin rumbo durante horas, preferiblemente con una buena compañía.
  11. Viajar, sobre todo en tren, y puestos a elegir, con un libro de relatos de Raymond Carver o escuchando Nacho Vegas.
  12. En verano, salir de la ciudad al campo por la noche y mirar las estrellas.
  13. Conducir, aunque todavía no lo he hecho y supongo que me va a gustar.
  14. El olor de las tiendas de productos en vinagre, tales como aceitunas, chicharros, pimentonerías y bacaladerías.
  15. La ciudad un sábado a las ocho de la tarde.
  16. Beber a la orilla de un río muy contaminado con mis amigos.
  17. El tabaco negro.
  18. El sexo oral.
  19. Jugar al futbolín hasta que el bar cierre, los contrarios se piquen o el camarero nos eche.
  20. Cocinar.
  21. La cream mandarín.
  22. Encerrarme en casa de un buen amigo y, siendo de día, cerrar todas las ventanas de la casa y encender las luces para leer poesía hasta reventar.
  23. Bañarme desnudo en el mar o en la piscina por la noche con gente.
  24. Las tiendas de discos.
  25. Ir al estadio de fútbol con mi padre o, en su defecto, bajar al bar a ver al Real Madrid.
  26. Los pantalones pitillo.
  27. Ver mucha telebasura solo cuando sea estrictamente necesario o cuestión de vida o muerte.
  28. Escuchar música con mi madre en el coche antes de ir al trabajo.
  29. Escuchar noticias en la radio antes de dormir.
  30. Escuchar noticias en la radio nada más levantarme.
  31. Pósters de Jimi Hendrix
  32. El silencio de las bibliotecas
  33. “Ramada Inn” de Neil Young.
  34. Reírme de mí mismo.
  35. Provocarme una hipocapnia.
  36. Haber nacido en un sistema capitalista imperialista y no sentirme culpable o enfadado por ello.
  37. Leer La sociedad del espectáculo cuando no tengo sueño, La broma infinita cuando tengo ansiedad y El señor de los anillos cuando estoy melancólico y/o triste.
  38. Los abrigos largos.
  39. El olor a mar.
  40. Sentarme en las terrazas de los bares a leer y a escribir.
  41. Hablar de la angustia existencial y del tedio.
  42. Dar conciertos.
  43. Pasar noches enteras viendo películas o ir a cines de autor.
  44. Consumir información sobre lo paranormal y escuchar teorías conspiranoicas.
  45. Escribir poemas en el Microsoft Word de un Windows XP viejo y a punto de estropearse (como ahora mismo estoy haciendo)
  46. Reírme con los poemas de los “poetas cisne”
  47. Escribir una novela.
  48. Ver dibujar a Laura.
  49. Hacer el amor en sitios arriesgados.
  50. Escribir y mantener este blog, y que tú, querido lector, lo sigas leyendo.

 

Sueño con Lou Reed

Una de las más importantes funciones de la escritura es conseguir materializar en palabras todo ese fluir mental de imágenes y sonidos para que no se olvide. La escritura es la extensión de la memoria al papel. Hoy me he levantado dando un brinco de la cama, me ha pasado una cosa increíble y doy gracias a cualquier tipo de criatura divina que me ha dado el enorme privilegio de soñar.

Esta noche estuve en un concierto de Lou Reed. A plena luz del día, en una plaza abarrotada de gente y con cuatro músicos sobre el escenario: un batería, un bajista y un guitarra que también hacía sus pericias en un sintetizador. Y Lou Reed. Castigado y pellejoso, con su pelo rizado echado hacia atrás, la piel muy morena y hecho un alfiler. Calzaba las clásicas botas negras neoyorkinas, llevaba unas mallas de cuero como pantalones y una camisa azul oscuro con remates, muy rocker. Su voz en directo era exactamente igual a la de los discos.

Al comienzo del concierto recuerdo que sentía muchas ganas de llorar, estaba viendo a mi mayor ídolo musical en escena. Le veía pasearse al final de cada tema por delante de la muchedumbre que le rodeaba, entre ellos yo, y de vez en cuando se acercaba a alguien para hablar con él. Mi padre y mi madre estaban a mi lado, y mi madre tenía en su rostro una sonrisa tan amplia como la del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Fue principalmente mi madre quien me transmitió el amor y la admiración por Lou Reed.

El set list del concierto fue casi irreconocible, y no puedo adivinar con precisión las canciones que estaba tocando, bien porque eran muy diferentes al disco, bien porque eran totalmente nuevas. A menudo me pasa, desde niño, que sueño con canciones que nunca he escuchado o tocado. Las canciones en mis sueños suenan de una forma distinta de la realidad, mucho más potentes y vivas, quizás. Aún así, alcanzo a descifrar algunas de ellas: “All Tomorrow´s Parties” (quizás la que mejor recuerdo de todo el concierto), “The Blue Mask”, “Sister Ray”, “Pale Blue Eyes”, “A Thousand Departed Friends” y “There is no time”.

En el sueño, cada vez que terminaba un tema, escribía a mis amigos en el móvil para que vinieran al concierto. Mis padres se perdían en la multitud a medida que yo intentaba acercarme más al escenario. Alrededor de este, había sofás y sillas asentadas en medio de la calle, junto a varias estanterías llenas de libros que nunca he leído sobre el artista neoyorkino y sus discos. También había muchas novelas y cuadernos de poesía. Se podía decir que en torno al escenario se había habilitado un improvisado salón callejero. Al fin, vinieron dos amigos míos, Daniel Nuwanda y Miguel, fervientes admiradores de la obra de Lou Reed. Nos sentamos a un lado del escenario, un austero templete lleno de ropa, instrumentos y cables.

A la mitad del concierto más o menos, Lou Reed bajó del escenario con un libro en las manos y se dirigió a mí. Su español era bastante fluido, y tenía un tono de voz cadavérico, exactamente igual a los discos. Una americana muy roída y gris le arropaba por encima de su camisa azul oscuro. Dio un salto del escenario al suelo y me miró con complicidad. Me tendió el libro que tenía en las manos y me preguntó si lo había leído alguna vez. Tomé el libro y en la portada había un nombre americano con las letras “ch” (es lo poco que recuerdo del nombre del libro). Era de segunda mano. Le miré a los ojos y le dije que no, que en absoluto lo había leído. Acto seguido, Lou Reed retiró el libro de mis manos y comenzó a ojearlo por encima, dijo que era uno de los autores que más le habían gustado e influido en toda su vida.

Casi por arte de magia, empezó a hablar en inglés conmigo, y yo perdía el hilo de lo que me decía debido a mi bajo nivel del idioma. Como veía que entendía poco, Lou Reed regresaba al español de forma brusca. Recuerdo que repetía constantemente que tenía que ir a la cafetería que había en la esquina de la plaza, que había quedado con alguien o tenía algo que hacer. Esta parte del sueño me es más fácil de recordar ya que lo repetía constantemente. El público congregado en torno a Lou Reed me miraba con envidia y estupefacción, y yo me sentía muy nervioso. Sin saber por qué, me levanté de la silla donde estaba sentado, y pude tener a Lou Reed frente a frente. Tenía una estatura alta, cuerpo muy delgado y cara arrugada. Mis amigos, Daniel Nuwanda y Miguel reían, y entraban en la conversación de vez en cuando.

El final del sueño es muy confuso, pero tengo la última frase de Lou Reed clavada en la memoria, y dudo mucho de que se me olvide. Como si fuera su colega, abrió los brazos y los hombros, y echó la cabeza hacia atrás para darme un abrazo. Esta es una de las partes más sensitivas del sueño, ya que da pie a pensar que he sido capaz de entablar contacto físico con una persona a la que admiraba mucho y que ahora está desaparecida. Sentí el tacto de su piel arrugada, estaba caliente y el pellejo sobresalía como crónica del exceso que Lou Reed arrastraba. Su voz era dulce y calmada, muy amariconada, como siempre, y estaba cargada de un romanticismo imposible de definir. La ropa le olía a tabaco, pero el olor general que él desprendía era fuerte y agradable, como la típica colonia que se echan los ancianos. Justo después del abrazo puso sus manos en mis hombros, en actitud de decirme algo importante, me miró fijamente a los ojos, y dijo: “lo mismo de siempre, chico: autosuficiencia o drogas”.

Ha pasado exactamente una hora y media desde que me he despertado y todavía sigo perplejo ante tamaña frase. ¿Se trata de una sentencia o un críptico consejo? ¿Es lo que mi mente onírica dice o es Lou Reed quien lo dice? ¿Algún tipo de epitafio personal e intransferible, dedicado a mí y solo a mí? ¿Lo que Lou Reed me hubiera dicho si viviera y tuviera la oportunidad de charlar con él? Posiblemente no, y todo sea resultado de un buen gol del inconsciente en mi confusa cabeza. Aún así, es la única frase que recuerdo del todo de mi conversación en sueños con Lou Reed. “Autosuficiencia o drogas”, qué cojones querrá decir eso. Quizás no fuera así del todo, era un cruce entre esa frase y esta otra: “o soy autosuficiente o me drogo”. No recuerdo del todo cuál de las dos era, lo que tengo claro son esas dos palabras: “autosuficiencia” y “drogas”.

Acto seguido, y como punto final del sueño, nos pidió a mí y a mis amigos que dijéramos una canción que nos gustaría que tocase. De forma automática, mi amigo Miguel dijo “Perfect Day”, yo dije “Caroline Says Part II” y Daniel Nuwanda gritó “Saaaad Song”. Lou Reed volvió al escenario y apagó los amplis. Hizo un movimiento con la mano para llamar al grupo de músicos que le acompañaban y dijo al micrófono: “un segundo, ahora vuelvo” en inglés, algo así como “wait a second, I´ll come back”. Bajó del escenario y le vi marchar en dirección a esa cafería que él tanto mencionaba con el resto de la banda. Nada más verle meterse en una de las calles de acceso a la plaza, me desperté.

What you want

Despertaste sobre un manto de asfalto odiando el amanecer. Pensabas, otro puto amanecer. Lo peor de existir es ser consciente de que aún quedan muchos despertares, muchos más amaneceres, apaciguados ahí, en la esquina de tu habitación, pensando en si deberían despertarte ya o esperar un poco más para que tú solo tengas que abrir los ojos. Una persona deprimida como tú acaba odiando los días, piensa, ¿no podría ser de noche todo el tiempo? El amanecer produce una sensación desagradable en ti, vuelve la razón al inicio. El pecado se arrepiente y se repliega con una exhalación de exceso. Si despiertas, continúa la vida, continúa la crueldad, continúa el esperpento, ¿tan difícil es seguirse equivocando una y otra vez hasta reventar? Todas las blasfemias que soltaste en la vigilia se vuelven estúpidas o ni si quiera las recuerdas. Las palabras de amor no sirven nada por la mañana. Tus párpados luchan por no cerrarse, tu piel quiere seguir enterrada en las sábanas. Escuchas música muy alto para no oír el ruido sordo, ese ruido sordo que oías como el curso de un río interminable la pasada madrugada. Te miras en el espejo. Las legañas son las lágrimas solidificadas del que no quiere despertar y prefiere seguir durmiendo aun estando despierto. Mis legañas las construyes tú a lo lejos, a ciento y pico kilómetros de distancia; piensas que no te oigo pero puedo sentir cada pensamiento absurdo emanando de tu cabeza. Los pensamientos absurdos son útiles a la hora de enfrentarse a una vida complicada. Me gustaría abrazarte, pienso que sería la única forma de poder aceptar mi despertar. No quiero existir. Tú tampoco. Desaparezcamos los dos.