Los retratos que ya no dicen nada. Una metáfora de la soledad

La contemplación como vía absoluta de escape. Redefinir la contemplación. En un mundo tan lleno de estímulos como en el que vivimos, saber conjugar pretérito con pluscuamperfecto visual, entender ambas cosas a riesgo de convertirte en un ente transversal a camino entre lo digital y lo real, y perecer en el intento.

Sábado. Seis de la tarde. La casa en la que siempre estuve. Nada sorprendente. Todo esmeradamente en su sitio. Solo. Ningún ruido. La pereza se aposenta sobre mis rodillas. Hace unos minutos, jugaba al ajedrez en línea. Una excelente forma de dejar que el tiempo pase. Ahora, nada. Todos los dispositivos apagados. Me reclino contra los cojines y me quedo mirando al techo. Es algo que hago a menudo y recomiendo. Posiblemente, en otra época, en otra vida, habría escrito un poema sobre ello. Tendría la cantidad perfecta y equilibrada de metáforas para no deprimir en exceso ni resultar aburrido.

Miro a mi alrededor. Reparo en un hecho en el que no había caído desde hace muchos años, quizás cuando era niño y me sorprendía por todas las cosas de mi entorno. Esos cuadros. Retratos del ayer. Gente que ya no está y gente que sigue aquí, con unos cuantos años más, por cierto. Gente a la que le gusta decir “Te quiero”. Mi familia. Perdida en el tiempo y en la sagaz ironía de las circunstancias.

“Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, estoy seguro que sería noise o shoegaze”

La prima aquella que hacía la comunión ese día tan lluvioso en el que tuvimos que refugiarnos en un soportal. La prima que, como una beata santificada que hace alarde de su fe en Dios, sujeta un crucifijo con los ojos llorosos y una emoción infantil en el gesto. Pequeñas actuaciones para cosas que en las que dejamos de creer hace tiempo. Los abuelos en la España negra que ya no volveré a ver. Caminan por una ciudad en ruinas, aunque a decir verdad toda foto en blanco y negro parece estar hecha en una ciudad sumida en la decadencia. Los tíos que eran tan felices antes de casarse, jóvenes, con los pómulos en llamas y la mente en otra parte. La férrea dictadura. Paquito, ‘el de las ostias como panes’. El ladrido del perro vagabundo en el barrio de Las Delicias cuando había tan solo cuatro casas y un molino.

Si estás leyendo esto y te encuentras en casa, te invito a que te acerques al salón. El corazón de los hogares. Todas esas caras, permanentes a cualquier actualización o filtro digital, carcomidas por el polvo y la abulia. Todas esas imágenes ya no nos pertenecen. Están ahí, pero nosotros ya no las vemos. No hacen nada de ruido, es más, son puro silencio. Rostros secos tan fáciles de quemar. Si todavía no te has percatado, hay gente que te quiere y a la que quieres y está presente en tu salón, observándote con su mirada eterna cargada de mutismo, sin voz. No estás solo. Están contigo, aunque no digan nada y te percates de su presencia en el mismo momento en que por fin te decides a pasar el trapo por sus caras iluminadas.

“La función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad”

Los retratos. Esa obsesión por retratar lo humano. Lo que nos define y nos constituye, la mirada. Creo que mi retratista favorito es Francis Bacon (no es ninguna sorpresa a estas alturas), con su visión visceral, cárnica, de la composición facial y corporal. Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, seguro que sería noise o shoegaze. Recuerdo una conversación noctámbula en la que hablábamos sobre la naturaleza de las imágenes en la antigüedad. Cuando los cuadros eran más que simples cuadros y conformaban una ventana al espacio. Casi nadie tenía acceso a las obras de arte, a ese tipo de abstracción, y se tenían que conformar con la magia de las vidrieras de las iglesias y su descomposición desorbitante de colores sobre el mármol frío.

“Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental”. 

Esas imágenes ya están muertas. Como los portarretratos del salón. Pocos artefactos visuales son sorprendentes en la actualidad. La carrera tecnológica nos ha conducido a un huracán de avances, a una democratización de las imágenes, que no ha hecho más que socavar cada uno de sus principios y maravillas. Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental. En un principio, la intuición me dice que albergaban vida ahí dentro -nunca subestimes el poder de una mirada-, y que servían, más allá de la decoración, para no sentirte tan solo. 

Algo más o menos parecido puede suceder ahora mismo con las redes sociales en las que los amigos o conocidos suben su día a día. El famoso y terrorífico ‘Gran Hermano’ de George Orwell parece que al final nos lo creamos y lo aceptamos nosotros mismos. De alguna forma, la función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad. En la intimidad del hogar o en la publicidad de tu teléfono móvil, donde ya todos somos agentes publicitarios de nosotros mismos que se autoexplotan, el valor sigue siendo el mismo: “no estás solo”. Hay gente al otro lado. En el papel fotosensible, impermeables al paso del tiempo, o bien en la pantalla de píxels, caducos hasta la saciedad. 

Tal vez, la clave esté en pasar desapercibido, regresar a los retratos y a la contemplación, y no decir nada más. Volver a Bacon. O insertarte un chip con el que poder vivir eternamente conectado. Ambas opciones parecen apuntar a un mismo sentido. Una soledad metafísica imposible de racionalizar o categorizar que nos vuelve locos enfermos de la imagen. Esa cosa tan intangible que incluso se puede pensar con los ojos cerrados y no tartamudear a la hora de admitir la fascinación que ejerce en nosotros, los protagonistas.  

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La música y las palabras

Debe ser que esto de escribir en blogs ya está trasnochado. Me explico: me hace sentir “raro” dedicar un espacio humilde de mi tiempo para anotar una serie de pensamientos aquí. A la velocidad a la que van los tiempos, lo de tener un blog y dar rienda suelta de alguna forma a ese fluir de ideas personales, acomodadas, bajo una luz tenue de escritorio y tras un largo día de trabajo, me resulta algo más que extraño. ¿Para qué? De alguna forma siempre he sentido el impulso de escribir. No sé por qué, siempre he sentido que debía contar algo. “¿Te gusta escribir?”, me han estado preguntando desde que adquirí conciencia de ser. “Se ve que te gusta escribir”. ¿Qué significa escribir?


He escrito mucho en este blog desde que lo comencé allá por 2012, en mi primer año de carrera universitaria en Periodismo. Ya han pasado seis años. Madre mía. Y sigo encontrándome aquí, en este blog desangelado y desatendido. Dispuesto a escribir una vez más. ¿Qué es lo que pasa? Hoy me ha saltado un mensaje de WordPress diciendo “¡¡Feliz Aniversario!!”. Y aquí estoy otra vez. Escribiendo. ¿Por qué? Creo que muchas veces, la mayoría de las cosas que hago no tienen explicación.

Lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Un espacio donde desperdigar palabras y nombres, en el que vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.

Animado por Eva Campos, mi profesora de ‘Innovaciones tecnológicas aplicadas al periodismo’ (un título de asignatura con un cariz bastante prehistórico en cuanto a cultura digital se refiere), decidí hacer un blog que documentara mis pasiones verdaderas: la escritura y el Rock&Roll. Recuerdo que vino hacia mi silla y vio que ponía en el subtítulo: “jazz, doo-wop, post-rock…” y una infinidad de estilos más de los que en su momento yo me creía el altavoz. Y me dijo “¿Te gusta el jazz?”. Yo no había pasado de los discos de Coltrane y Davis, pero si ponía “jazz” en el subtítulo ya se suponía que estaba hecho un ducho en la materia. En todo caso, lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Y ese era el ambiente propicio para este blog, un blog donde encontrar todo lo que mi mente frágil y maltrecha de adolescente discurría y podía adquirir, un espacio donde desperdigar palabras y nombres, vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.


La verdad, los mejores profesores son los que, sin una intención real manifiesta o sin querer, te animan a emprender grandes caminos de una forma entusiasta y completamente desinteresada. No el típico chapas que te viene diciendo lo que tienes que aprender de cara al examen o qué debes hacer para ganar dinero y procurar tener una vida digna y cómoda. De alguna forma, le estoy agradecido a Eva, en donde quiera que esté o si lee este post.
Ya hace seis años. Se me ponían los ojos como platos al leer a William S. Burroughs así como toda la literatura beat, lloraba borracho en la calle con las melodías de Tom Waits y tenía alucinaciones mágicas sin apenas consumir ninguna droga aparentemente letal con los discos de My Bloody Valentine o Radiohead. Por poner algunos ejemplos. Eso era la adolescencia y así la pasé. Para las personas de mi generación, la adolescencia todavía no ha acabado, y espero que dure unos cuantos años más. Aunque a decir verdad, ya todos parecen más adultos.


Incluso yo me veo como un adulto. Tengo un trabajo estable y hago lo que quiero, lo que siempre quise: escribir. La sensación que arrastraba desde el instituto, ese impulso irrefrenable y apasionado de coger el bolígrafo y escribir en el folio en blanco permanece en mí, y ahora sé que se va a quedar conmigo para siempre. Pase lo que pase, haga lo que haga.

La música es el catalizador de toda relación humana con el mundo y las personas. Es el lazo que une y ata para siempre, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y quiénes vamos a ser

En los últimos meses, he abandonado la literatura y la poesía y me centré en escribir reseñas de música. Qué mejor placer que el de desentrañar discos, tanto actuales como del pasado. A decir verdad, la música es el único valor intangible y permamente que siempre está ahí, más que la propia literatura o el tan cadudo periodismo. Lo digo y lo diré siempre: la música es el catalizador de toda relación con el mundo y las personas, con el entorno. Es el lazo que une y que ata para siempre, la verdad inmutable que desentraña todo proceso o acción, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y qué vamos a ser. Una forma de amar verdadera y real, más allá de los gestos o las emociones.


La música es lo mejor de la vida. No exige nada, solo ofrece. Ni siquiera es interesada, vanidosa o engreída, siempre está ahí para vincularte al rugir imperioso de la experiencia y del anhelo. Del gozo. Dicen por ahí que la vida se mide en momentos, y mis mejores momentos están llenos de música, incluso en el más precioso silencio, donde solo los sonidos corrientes funcionan como escalera a la más alta cumbre de la sensación.

Todo esto gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Dedicaba mi tiempo libre a escribir. En la etapa de parado desesperado puedes hacer muchas locuras. Yo me mantuve firme en mi compromiso con la palabra. Proyecté la novela que tanto ansiaba escribir y que nunca llegué a terminar. Fue en vano. Quizás ahora consiga fuerzas para hacerlo. Al final, la cotidianidad y el trabajo sepultaron toda tentativa de imaginación. Tuve la suerte, la enorme suerte, de poder trabajar en lo que siempre quise trabajar: escribir en un medio de comunicación. Y así me llegó la oportunidad, sin esperarlo ni imaginarlo. La enorme suerte de aprender de periodistas de verdad, de oficio y de carrera. Todo gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y a las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Una reflexión sobre el poder

poridentidad

El poder contemporáneo es de naturaleza arquitectural e impersonal, y no representativa y personal. El poder tradicional era de naturaleza representativa: el papa era la representación de San Pablo en la tierra; el rey, de Dios; el presidente, del pueblo; y el secretario general del partido, del proletariado. Toda esta política personal ha muerto, y es por esto que los pocos tribunos que sobreviven en la superficie del globo nos entretienen más de lo que nos gobiernan. La plantilla de políticos está efectivamente compuesta de mayor o menor talento. Con todo ello, saben al menos divertirte, es incluso su trabajo. Por eso, reprochar a los políticos “no representarnos” no hace sino mantener una nostalgia, además de no decir nada nuevo. Los políticos no están ahí para eso, están ahí para distraernos, ya que el poder está en otra parte. El poder está en gran medida en otra parte, fuera de las instituciones, pero no oculto. Nadie lo ve porque todos lo tienen, en todo momento, ante sus ojos: bajo la forma de una línea de alta tensión, de una autopista, de una rotonda, de un supermercado o de un software de ordenador. Y si está oculto, es como una red de alcantarillas, un cable submarino, fibra óptica corriendo a lo largo de una línea de tren o un data centre en pleno bosque. El poder es la organización misma de este mundo, este mundo ingeniado, configurado, diseñado. Aquí radica el secreto, y es que no hay ninguno. 

El poder es ahora inmanente a la vida tal y como está organizada tecnológica y mercantilmente. Tiene la apariencia neutra de los equipamientos o de la página blanca de Google. Quien determina el agenciamiento del espacio, quien gobierna los medios y los ambientes, quien administra las cosas, quien gestiona los accesos gobierna a los hombres. El poder contemporáneo se ha hecho heredero de la vieja ciencia de la policía, que consiste en velar “por el bienestar y la seguridad de los ciudadanos” (…) Absorbidos en nuestra concepción lingüística de la cosa pública, de la política, hemos continuado discutiendo mientras que las verdaderas decisiones eran ejecutadas ante nuestros ojos. (…)

Quien quiera emprender cualquier acción contra el mundo existente, debe partir de esto: la verdadera estructura del poder es la organización material, tecnológica, física de este mundo. El gobierno ya no está en el gobierno. Las “vacaciones del poder” que han durado más de un año en Bélgica lo atestiguan inequívocamente: el país ha podido prescindir de gobierno, de representante elegido, de Parlamento, de debate político, de asuntos electorales, sin que nada se viera afectado en su normal funcionamiento. 

El poder, ahora, es el orden mismo de las cosas, y la policía tiene a su cargo defenderlo. (…) Cómo oponerse a un orden que no se formula, que se construye paso a paso y sin rodeos. Un orden que se ha incorporado en los propios objetos de la vida cotidiana. Un orden cuya constitución política es su constitución material. Un orden que se da menos en las palabras del presidente que en el silencio del funcionamiento óptimo. Cuando el poder se manifestaba por edictos, leyes y reglamentos, dejaba un asidero a la crítica. Pero no se critica un muro, se destruye o se le hace un graffitti. Un gobierno que dispone la vida a través de sus instrumentos y acondicionamientos, cuyos enunciados asumen la forma de una calle bordeada de conos y vigilada por cámaras, solo exige, la mayoría de las veces, una destrucción, a su vez, sin rodeos. De este modo, dirigirse contra el marco de la vida cotidiana se ha vuelto un sacrilegio: es semejante a violar su constitución. El recurso indiscriminado a los destrozos en los motines urbanos indica a la vez la consciencia de este estado de cosas, y una relativa impotencia frente a él. Desgraciadamente, el orden enmudecido e incuestionable que materializa la existencia de una parada de autobús no cae hecho pedazos cuando esta es destruida. La teoría de las ventanas rotas sigue vigente cuando ya se han roto todos los escaparates. Todas las proclamaciones hipócritas sobre el carácter sagrado del “medio ambiente”, toda la santa cruzada por su defensa, solo se esclarecen a la luz de esta novedad: el poder se ha vuelto él mismo medioambiental, se ha fundido con el decorado. Es a él a quien se llama a defender en todos los llamamientos oficiales para “preservar el medio ambiente”, y no a los pececitos. 

“A nuestros amigos”, El Comité Invisible (Pepitas del sur plus, 2015)

Char (Hola de nuevo)

Hace unos meses que no actualizo el blog. Se ve que ha llegado la hora en la que por fin pierdo la esperanza y de forma silenciosa abandono este espacio intangible llamado Internet. Hay más de 25o posts aquí. Casi 300 publicaciones que forman parte de todo lo que he sido desde que empecé la Universidad. Tampoco he sido. Solo a veces. Cuando la lucidez me invadía y me sentaba frente al ordenador para publicar alguna entrevista, escribir una opinión, muchos poemas y, sobre todo, creer en la música y la literatura, los dos grandes temas generales de mi blog.

Actualmente, estoy trabajando como becario en la edición local y regional de El Mundo, El Diario de Valladolid. Estoy trabajando en lo que me gusta de verdad y lo que escogí por vocación. A pesar de todas las dificultades y contradicciones que la profesión entraña, estoy bastante contento. Es periodismo. Me permite entrar en contacto con otras realidades y conocer, al menos mejor que antes, como funciona la sociedad en la que nos hallamos inmersos, conocer sus preocupaciones y sus denuncias, ver desde arriba toda la estructura de poderes que hay montada: quién lucha, quién padece, quién firma, quién reparte y quién manda. Quién y qué piensan. Me he enfrentado a reportajes que iban desde un árbol caído en el parque más famoso y concurrido de la ciudad a reportajes de los que sentirme orgulloso y realizado. 

He comprobado la función social de la comunicación de masas, y el compromiso que contraes con la gente a la que estás escuchando e informando. Pienso en los ERES de Lauki y Dulciora. En sus más de 500 familias a la espera de ver cómo se pierde su puesto de trabajo. Y, también, el haberles visto luchar con todas sus fuerzas para que eso no suceda. Valladolid es una ciudad cuya industria se basa principalmente en la agroalimentación y el automóvil. Hay un montón de familias con un millón de historias detrás. Puede sonar kitsch. Lo acepto. Siempre he intentado encontrar historias, la mayoría de las veces en forma de ficción y según mi propia imaginación; en el caso del periodismo te das cuenta que hay un montón de historias reales esperando ahí fuera. Ya no eres tú, son los demás. Sus historias, sus vivencias, sus opiniones y sus vidas. El periodismo es el germen de la escritura creativa. Porque escribir sólo de uno mismo, al final puede resultar patético, infantil y tedioso. Cuando haces periodismo tienes que hablar del Otro. Y eso es importante: es la expresión global de una sociedad, por muy podrido, manipulado y vendido que sea. 

Hay que reconocerlo: ya no escribo tanta ficción como antes, estoy demasiado ocupado con la realidad. Los horarios matadores que tengo me están haciendo adquirir la conciencia periodística de perseguir la noticia; lo actual, lo inmediato, lo espontáneo. Y, sobre todo, escribir. Siempre. Escribir. Antes de ser periodista, es decir, antes de haber trabajado en un periódico, tampoco dedicaba tanto tiempo diario a la escritura. Ahora es mi trabajo. Como mucho, aguantaba hasta las dos horas escribiendo. Cuando estás en contacto permanente con la información y el lenguaje durante ocho horas diarias, que es lo que estoy, aprendes a dominar mejor las palabras y sin duda creo que esta profesión ayuda a expresarse mejor y a escribir correctamente. Aunque mis textos acaben llenos de erratas pues, ¿si no te equivocas como esperas hacerlo bien? 

Ahora escribo como pinta un artista, como toca el piano un músico, como se sube al andamio un albañil… Escribir de forma más realista. Y, por supuesto, saber aplicarlo a la ficción. Calibrar mejor ambas dosis. Descubrir historias. 

Tras esta parrafada, quiero cerrar este post con el nuevo single de Crystas Castles y su correspondiente traducción. Al leer las lyrics en Internet me encantó. Y pensé en subirla al blog, como ya he hecho alguna vez con canciones de Crystal Castles.  Sin más, volveré por aquí más pronto que tarde, estoy seguro. 

CHAR

(by Crystal Castles) 

(Traducción libre, que no libertina)

temo que te encuentren

y yo no puedo hacer nada

un siglo de tu tiempo incalculable

para cometer un crimen sin víctimas

jura que cuidarás de tus sarpullidos

jura que los castigarás con el látigo

puedes esconderte en mi diadema

pon una correa cuando vayan a por ti

al año siguiente dirás que no quisiste

les castigarás cuando te extravíes

ante la piel amarilla no pueden apartar la mirada

comienza una colección de escabeche

porque todo lo que haces es llorar

las termitas susurran para consolarte

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

todo lo que haces es llorar

temo que te encuentren

y yo no puedo hacer nada

un siglo de tu tiempo incalculable

para cometer un crimen sin víctimas

jura que cuidarás de tus sarpullidos

jura que los castigarás con el látigo

puedes esconderte en mi diadema

pon una correa cuando caminen sobre ti

al año siguiente dirás que no quisiste

les castigarás cuando te extravíes

ante la piel amarilla no pueden apartar la mirada

comienza una colección de escabeche

porque todo lo que haces es llorar

las termitas susurran para consolarte

y yo no puedo hacer nada

para cometer un crimen sin víctimas

un siglo de tu tiempo incalculable.

El regreso del fraude

Sin título

Este es el punto del relato el cual el escritor muere junto con todos sus personajes. Ya está. No hay más. Mero contenido vacío que traslada la forma al papel. El frigorífico está haciendo ruidos cada vez más raros. Es algo así como un tintineo. Como un despertador. Sabes que deberías ir a que lo arreglen, pero no tienes fuerzas ni para levantarte de la cama. Los días libres prefieres no hacer nada. Rehúsas la escritura, la rechazas, y te contentas con un pequeño texto metaliterario que explique tus principios estéticos. Te deshiciste de la Olivetti, del Windows XP con conexión limitada a Internet; pensaste que Internet quizás fuera una de las palabras más usadas actualmente y luego llegaste a la conclusión del por qué es un tema tan recurrente en estos días en los que dejaste de pensar que podrías escribir algo bueno.

De inmediato supiste que nunca terminarías una novela. Coincidió con la época en la que todos tus conocidos se dieron cuenta de que tanto tu vida como tu obra, eran dolorosamente un fraude. Ante tanto cinismo, pensaste que tal vez deberías escribir la novela por el final. Eso haría que te sintieras mejor. La garganta te duele. Buscas en el tabaco un camino hacia la originalidad, una senda hacia la apreciación estética o la contemplación. No hay nada detrás de todo eso, tan solo te ayuda a ver torcido todo el tiempo y a estar desconectado de forma permanente. Y luego, todo ceniza. Miras a la ventana y ves el exterior. Los parques urbanos y las casas son tan bonitos y sus colores tan vivos. Te fuerzas a imaginar todo ello reducido a la ceniza, a punto de desmoronarse. Te sientes mal por ello. Los edificios, los supermercados, los pechos de las chicas que sueles ver a través de una pantalla conectada a una señal wifi. Todo se se desintegra. Como la ceniza. Como el tabaco. Como todo los cigarros que fumaste. Como tu mirada torcida.

Nunca terminarás una novela porque nunca te sentirás lo suficientemente involucrado en algo. Nunca lo estuviste. Mejor mirar las musarañas del techo. A decir verdad, solo estuviste involucrado contigo mismo y con el estúpido y absurdo significado de lo que se conoce como una “obra de arte total”. El Rock´n Roll solo hacía preguntas, preguntas sin respuesta que alojaste en el interior de tu corazón ingenuo y ebrio de experiencias, desesperado por algo de atención o amor. Amor.

Te fuerzas a ti mismo a pensar en que si alguna vez fuiste capaz de escribir algo bueno, fue gracias al amor, a la pasión, a la ineluctable y persistente sensación de que algo se mueve y vive, al otro lado del tabique que separa las habitaciones de los individuos dormidos que caminan solos en el verde prado de la vida, en el efímero instante, en el momento justo en el que la realidad y la ficción se juntan, y que tú preferiste llamar “existencia”.

Todo lo que escribes es mentira y flota en la nada salvaje de los libros y los recuerdos. Piensas en que si otros lo hicieron tú nunca lo harás. Te obligas a seguir adelante, fumar otro cigarro para tener la certeza de que hay algo dentro de ti que necesita imperiosamente ser vomitado, expulsado hacia afuera. Constante y cabezota, te arriesgas a salir a la calle y sentarte en una terraza para intentar escribir algo o simplemente observar las vidas de los demás, que de forma cruel y funcional siguen su curso. Te miras los dedos y en ellos nunca verás unas manos bonitas, con un mero signo de artesanía. Eres más bien torpe. Lloras por las noches pensando que tus amigos nunca te apodarán “mano lenta” en alusión a tu perfecta forma de tocar la guitarra. Contrariamente a lo que suele ocurrir, crees que olvidaste la música. El Rock´n Roll, lees en un artículo de la web, siempre fue narcisismo individualista, y a ti no te queda la energía suficiente para seguir levantando este teatro de marionetas que te viste impelido a edificar de cara al resto, de cara a los demás. 

Estás cansado de todo y sabes que nunca acabarás una novela ni tocarás en la banda de tus sueños. Todo es mentira. En silencio, mayormente eclipsado por la vorágine del día a día te darás la vuelta y te marcharás. Pasarás de moda. Tendrás fecha de caducidad como los yogures que degustan las amas distinguidas. Sabrás que todo es falso. A veces, uno debe acarrear con sus propios fantasmas. Esto no forma parte de tu desilusión por ti mismo y por todo en lo que te has convertido. Esto forma parte de una mañana de lucidez en la que te levantas y te preguntas por qué, por qué escribes, por qué te gusta hacer lo que te gusta hacer, por qué la silla en la que estás sentado ahora intentando escribir tiene esa forma tan rara y cuya explicación no viene en los libros ni en los manuales de decoración. Eres un decorado, ceniza sobre la ceniza, una película de David Lynch en la que los protagonistas se tiran media hora sin articular palabra. Temes la madurez, la falta de asombro, despertarte por las noches y no tener a nadie. Porque eres un fraude y cuando actúas de forma fraudulenta no encuentras la verdad por ningún lado. 

La velocidad de tus pensamientos nunca alcanzará a tu rapidez de escritura y estás decepcionado y triste por ello. 

 

Domingo

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foto quemada

Han pasado dos meses en los que no he actualizado el blog. Tiempo que he gastado en buscar trabajo, leer, escribir y divertirme. También para pensar. Me engancho a juegos sencillos, como el solitario; nunca necesité de motivos importantes para sobrevivir al tiempo. Me he perdido en largos paseos por la ciudad, he subido a algún que otro tejado para otear todo desde arriba y comprobar que, tal y como me temía, nada es excesivamente importante. He estado escuchando mucha música y descubriendo grupos nuevos. También he asistido a algún que otro concierto de la ciudad; ante todo, hay que apoyar tu escena local. He ido a alguna exposición y he tomado contacto con gente del arte de diferentes disciplinas. He buscado la inspiración en pequeños detalles y sensaciones de la vida cotidiana; se dice que para ser feliz necesitas enamorarte de las pequeñas cosas. El tedio no me molesta tanto. Nos hemos acostumbrado al frío.

También he estado pensando en nuevos proyectos y en nuevas ideas que un día quizás, sacaré adelante. Entre ellos, un disco de música experimental que exigirá bastante paciencia por parte del oyente. Un EP de una banda ficticia que aún no tiene nombre definitivo. Alterno grabaciones de teclado y órgano con partituras de guitarra. Tendrá spoken-word, música ambiental, algo de folk rock, distorsiones e idas de olla. Supongo que gustará a pesar de su pésima calidad de sonido, pensada a conciencia y que seguramente levantará algunas ampollas a quien se asome a su contenido.

A su vez, sigo con la novela; nunca se acaba. He estado recopilando textos que he escrito desde este tiempo para atrás y el volumen de archivos Word creados y guardados en la memoria USB donde guardo todos mis trabajos da miedo. Demasiado que quitar, que corregir y que pulir. He conseguido engancharme de verdad a las historias de los personajes ficticios que he creado y la emoción es lo único que me ayuda para seguir adelante y terminar de una vez.

Por último, y como tampoco quería hacer un post tan largo, os dejo con una canción que he traducido. “The Whale Song” es una canción perfecta para una noche de domingo, del grupo de rock alternativo estadounidense Modest Mouse en su EP No one´s first and you´re next.

LA CANCIÓN DE LA BALLENA

(por Modest Mouse)

(Traducción libre que no libertina)

 

 

supongo que soy un explorador

así que debo encontrar una salida

así todos podrían encontrar una salida

nos mantienen dentro

para echarnos

estoy ascendiendo

pero desearía estar hundiéndome

y no es como

si hubiese habido una advertencia

fuimos felices

y no es como

si hubiese habido que lamentarse

en la advertencia

supongo que soy un explorador

así que debería haber encontrado una salida

así todos podrían encontrar una salida

en lugar de ver, un vecino afuera

dios, debería haber encontrado una salida

fue la última vez

que fuimos felices

algún día fuimos felices

supongo que fui un explorador

así que debería haber encontrado una salida

así todos podrían encontrar una salida

50 cosas que amo

última canción de amor

  1. El café con leche.
  2. Lou Reed
  3. Ver llover
  4. Tocar la guitarra en mi habitación.
  5. Poner música muy alto mientras me ducho con agua muy caliente.
  6. Molestar a mi hermana
  7. Leer prensa y revistas los fines de semana por la mañana.
  8. Ver Pulp Fiction sin audio con subtítulos en español mientras tengo una conversación banal con alguien que también disfrute viendo Pulp Fiction sin audio con subtítulos en español.
  9. El helado de chocolate; los helados, solo de chocolate.
  10. Pasear sin rumbo durante horas, preferiblemente con una buena compañía.
  11. Viajar, sobre todo en tren, y puestos a elegir, con un libro de relatos de Raymond Carver o escuchando Nacho Vegas.
  12. En verano, salir de la ciudad al campo por la noche y mirar las estrellas.
  13. Conducir, aunque todavía no lo he hecho y supongo que me va a gustar.
  14. El olor de las tiendas de productos en vinagre, tales como aceitunas, chicharros, pimentonerías y bacaladerías.
  15. La ciudad un sábado a las ocho de la tarde.
  16. Beber a la orilla de un río muy contaminado con mis amigos.
  17. El tabaco negro.
  18. El sexo oral.
  19. Jugar al futbolín hasta que el bar cierre, los contrarios se piquen o el camarero nos eche.
  20. Cocinar.
  21. La cream mandarín.
  22. Encerrarme en casa de un buen amigo y, siendo de día, cerrar todas las ventanas de la casa y encender las luces para leer poesía hasta reventar.
  23. Bañarme desnudo en el mar o en la piscina por la noche con gente.
  24. Las tiendas de discos.
  25. Ir al estadio de fútbol con mi padre o, en su defecto, bajar al bar a ver al Real Madrid.
  26. Los pantalones pitillo.
  27. Ver mucha telebasura solo cuando sea estrictamente necesario o cuestión de vida o muerte.
  28. Escuchar música con mi madre en el coche antes de ir al trabajo.
  29. Escuchar noticias en la radio antes de dormir.
  30. Escuchar noticias en la radio nada más levantarme.
  31. Pósters de Jimi Hendrix
  32. El silencio de las bibliotecas
  33. “Ramada Inn” de Neil Young.
  34. Reírme de mí mismo.
  35. Provocarme una hipocapnia.
  36. Haber nacido en un sistema capitalista imperialista y no sentirme culpable o enfadado por ello.
  37. Leer La sociedad del espectáculo cuando no tengo sueño, La broma infinita cuando tengo ansiedad y El señor de los anillos cuando estoy melancólico y/o triste.
  38. Los abrigos largos.
  39. El olor a mar.
  40. Sentarme en las terrazas de los bares a leer y a escribir.
  41. Hablar de la angustia existencial y del tedio.
  42. Dar conciertos.
  43. Pasar noches enteras viendo películas o ir a cines de autor.
  44. Consumir información sobre lo paranormal y escuchar teorías conspiranoicas.
  45. Escribir poemas en el Microsoft Word de un Windows XP viejo y a punto de estropearse (como ahora mismo estoy haciendo)
  46. Reírme con los poemas de los “poetas cisne”
  47. Escribir una novela.
  48. Ver dibujar a Laura.
  49. Hacer el amor en sitios arriesgados.
  50. Escribir y mantener este blog, y que tú, querido lector, lo sigas leyendo.