Cómo estar solo

Este artículo a modo de mini-ensayo fue publicado en la revista Periodistillas el día 18 de abril de 2013. Espero que os guste:

supermercado

El ser humano occidental contemporáneo, hoy en día, es incapaz de estar solo. Esto viene dado por el proceso de olvido de la personalidad de uno mismo que el sistema ha ido insuflando a través de la cultura global de masas. Antes todo el saber humano se registraba mediante dos formas de conocimiento: la memoria y los libros. Ahora, Internet es la madre del conocimiento y permite el libre acceso a cualquier tipo de información. Todos los libros que podría haber en una biblioteca años anteriores, con todos los saberes posibles, se encuentran al alcance de una mano, en un móvil que esté conectado a la red.

La máquina más poderosa que había en la Tierra antes era el cerebro humano, ahora es internet. Ha sucedido entonces, una sustitución de la persona por el objeto, un reemplazo entre la inteligencia y la tecnología avanzada.

Por otro lado tenemos el caso de la publicidad, en cierta manera masiva. Esta publicidad masiva nos atiborra de mensajes sobre bienes y productos de consumo rápido para así anular nuestra capacidad de reflexión. Ya no merece la pena permanecer más de cinco minutos pensando cuando lo puedes tener YA. La rapidez, la inmediatez y lo finito es otra de las cualidades generales del mundo actual, en diferencia a los tiempos anteriores. Todo lo que no es rápido e inmediato al hombre de hoy en día le supone una angustia y un tedio que muy pocas veces aguanta. Por lo que para olvidar esa parte de sí mismo que tendía hacia la reflexión y que escuece dentro de nosotros, se tiende al consumo rápido y fácil, al entretenimiento inmediato que nos ofrece continuamente la publicidad masiva y los medios de comunicación. Pero amigos, todo se acaba una vez consumido. Entonces buscamos otro bien de nuevo rápido e inmediato  para solventar la pérdida del anterior y no caer en el silencio y la soledad. Este a su vez se vuelve a agotar, con lo que la vida del hombre se convierte en una espiral basada en el consumo.

Resulta que el éxtasis –un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y ser consciente- se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal. Presta atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar y un aburrimiento como no hayas visto nunca se te echará encima en oleadas, y a punto estará de matarte. Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos.

David Foster Wallace, “El Rey Pálido”, Literatura Mondadori

Ese dolor de dentro de nosotros que surge a través de la imposibilidad de estar solos y sin nada que hacer se acentúa a medida que vamos olvidándonos de la reflexión y del poder estar solos. De alguna forma te atrapa como una especie de droga maligna que hace que luchemos por evitar caer día a día, minuto a minuto, en el aburrimiento y en el estado nulo de actividad. El ser humano moderno recurre día a día y minuto a minuto a llenar ese espacio vacío del tiempo, y para ello lo llena con bienes de consumo rápido y actividades que en realidad no necesita y muchas veces ni si quiera se ha planteado consumir, pero sin embargo lo hace, porque se encuentra incómodo solo consigo mismo, escuchando su voz interior, que ha quedado prácticamente anulada por todo el ruido exterior.

El sistema que nos ha hecho “funcionar” de esta forma está muy consolidado y su circuito es cerrado. El hombre occidental moderno ha sido educado desde muy pequeño en la labor de satisfacer sus necesidades, unas necesidades que ya no son básicas, sino que las imponen por modas o costumbres ¿Acaso alguien eligió tener un móvil de última generación para permanecer todo el tiempo conectado? Claro que lo elegimos, pero porque la publicidad y las comunicaciones nos metieron antes en la cabeza que si no teníamos un móvil de última generación con el que estuviésemos conectados todo el tiempo no podríamos vivir en el mundo globalizadamente moderno.

El sistema imperante y la moral capitalista en su vertiente más radical que funciona en nuestros días está por tanto muy cerrada y es prácticamente imposible salir de su hechizo. Pero sin embargo, no todo está perdido. Las posibilidades de escape que tiene ahora mismo el individuo a la hora de evitar esa caducidad constante en el valor de los bienes que consumimos y meterse de lleno en sí mismo, aguantar al fin y al cabo la soledad y fomentar la capacidad de reflexión, son varias, y su práctica no apunta hacia lo imposible. Espacios de refugio interior a salvo del ruido de afuera los podemos encontrar en la música, en la lectura o en la naturaleza, por ejemplo. Estos son bienes que nunca se acaban, con lo que se pararía esa espiral de eterno consumo. Cuántas veces habréis podido escuchar una canción y no cansaros nunca de ella. Cuántas veces habréis leído un poema miles de veces y seguís sintiendo el vértigo de sus versos. Cuántas veces habremos respirado el olor de un bosque y nos habremos sentido vivos y complacientes con nuestra naturaleza.

Me gustaría hablar de la música en especial. Antes hablábamos que la cultura de masas y las nuevas tecnologías habían propiciado un universo en el que el individuo podía estar en contacto con los demás todo el tiempo y así evitar esa soledad. Pero como bien sabemos, es una falacia, debido a que es una compañía inventada, solo carente de realidad en el mundo virtual en muchos casos. Pero la música, además de funcionar como protección ante la angustia que nos produce esa soledad, ese vacío sin entretenimiento ni misión, ese silencio que seguro que todos hemos sentido a lo largo de nuestra vida como algo no erradicable, funciona como factor de unión entre las personas.

La música produce en nosotros conceptos diferentes debido a que es muy subjetiva, pero aún así nos hace sentir unidos. No hay nada como encontrar a una persona que lleva pegado a los altavoces lo mismo que tú, tanto que te sientes hermano suyo. Encontrar a alguien que sabes que al mirarle a los ojos al escuchar esa canción juntos que os gusta tanto, y saber que puede llorar en tu brazo, que estás compartiendo con él ese momento, sin necesidad de comunicación verbal o tecnológica, que esa persona ahora mismo está feliz porque al fin alguien le comprende cuando escucha contigo la misma canción, y que todos sus gozos y sombras se muestran cuando suena la canción que disfrutas tú también, al igual que sucede lo mismo en ti.

No dejar que el consumo rápido consuma, valga la redundancia. Invertir en cosas que nunca se acaban y que aportan algo que muy poca gente se ha atrevido a conocer, que básicamente es el misterio que rodea al ser humano. Pero para ello es necesario estar solos, conseguir evadirse del ruido que hacen la multitud y los anuncios, seguir en la trinchera contra lo falso y buscar la felicidad fuera de todo valor económico, que es la base del capitalismo.

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El hombre que casi conoció a Mick Ronson

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“Mira, tío”, me decía llevando la vista a una fotografía antigua.

Se trataba de Alex, uno de los mejores amigos que tuve y que algún día, sin saber por qué, dejamos de vernos.

Era un fanático de Bowie y sus Arañas de Marte: llevaba toda su adolescencia buscando el vinilo original, el fechado justo en el año en el que salió al mercado, la primera edición musical en plástico coleccionable del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”.

Yo, como muchos me conocéis, siempre fui más de Lou Reed. En las largas tertulias que teníamos en el colegio y en mi habitación siempre me ganaba, alegando que el “Transformer” de Lou Reed era una absoluta copia del “Ziggy Stardust”, y que Lou Reed dejó en manos del Duque Blanco todo el disco. “Puede ser”, le respondía yo, “pero <<Walk On The Wild Side>> es una canción que Bowie no hubiera podido hacer jamás.”

Ahora muchas veces cuando vuelvo a escuchar “Walk On The Wild Side” no me acuerdo ni de Alex ni de Lou Reed ni de nada: solo pienso en cómo, dónde y cuándo moriré, algún día, en un futuro que espero lejano.

Alex se fue de mi ciudad nada más acabar la E.S.O. Justo cuando comenzamos a flirtear con drogas suaves. Justo cuando empezamos a vivir la “época rock” en la vida de una persona. El takeawalkonthewildside. Cuando en el recreo corríamos a escondernos en la esquina más oculta para fumar un pitillo discreto, intentando ser ajenos a la vista de los profesores que vigilaban celosamente de que todo fuera correcto, sintiéndonos libres e irresponsables, un poco punks, viendo eso de fumar en el colegio como una especie de trastada. Toda esa rebeldía adolescente hizo que comenzaran a caer suspensos.

A Alex le caían más que a mí, ya que yo, al fin y al cabo, siempre mantuve un poco la cordura.

Ello deparaba a Alex graves discusiones familiares, hasta que, tras acabar la Educación Secundaria a golpetazos, le obligó su madre a ponerse a trabajar dándole con la realidad en las narices con eso de que “tú no eres de estudiar”.

Entonces, le perdí por completo de vista.

Los primeros versos que escribí fueron en clase de Lengua y Literatura, a la par que Alex, mientras el mareo del cigarro mal liado de tabaco Virginia castigaba nuestras gargantas puras aún. Yo nací en la poesía con versos cursis, muy románticos e infantiles, como bien puede ser el inicio de cualquier poeta. Alex, sin embargo, solo hablaba de su idolatrado Ziggy Stardust. Yo le decía que lo que escribía no era poesía porque no rimaba. Ignorante de mí. Seguramente muchos de los poemas sin rima que escribía Alex a David Bowie y a su teatro musical tenían por entonces muchísima más calidad que toda la sarta de gilipolleces en verso que he escrito yo ayer, hoy y mañana.

Fueron unos años bonitos pero también muy conflictivos.

Éramos los “raros” de la clase. Pasábamos de cero a cien en nada, de la vitalidad y la fuerza, a la angustia, la soledad y la tristeza. Tal como ahora. Pero creo que antes no estaba tan controlado, a diferencia de ahora. Eso quizás es lo que nos empujó a escribir. A ser auténticos en lo que hacíamos. A ser nosotros mismos y mandar a la mierda a todo aquél o aquello que se nos pusiera encima.

Eso es el punk: buscar otro camino. Aceptar tus diferencias respecto al resto y, de alguna forma, llevar las cosas a cabo por otro camino. Ahora me pregunto si Alex seguirá escribiendo, al igual que yo.

La fotografía que nombraba al inicio enseña el camerino de una de las actuaciones de Bowie y su banda en la gira del Ziggy Stardust. En ella, posan el padre de Alex y Mick Ronson, mano derecha de Bowie y productor del disco.

Alex hablaba de su padre, que murió desgraciadamente cuando él tenía tan solo nueve años, como aquél que una noche tuvo la oportunidad de ver al Duque. Alex quería haber estado allí, en ese camerino sucio de algún lugar de la gira europea del grupo de rock, al lado de su padre, conociendo a las Arañas de Marte. Cuando Alex era niño, su padre le aseguró haber hecho todo lo posible por acceder al camerino de David Bowie, pero un portero se lo impidió por la fuerza. Así que se tuvo que conformar con una foto y el intercambio de unas pocas palabras con Mick Ronson, mano derecha de Bowie.

Yo, para disputar sus palabras, describía también los grandes logros rockeros por parte de mi padre:

Bruce Springsteen en el Estadio Calderón en la gira del “Tunnel Of Love”.

Prince y Michael Jackson, cuando ambos atravesaban su buena racha.

Lou Reed, en un teatro escondido de Salamanca en la gira del “New York”.

Pero mi padre nunca estuvo en un camerino de alguien famoso, como el de Alex. Mi padre era más disperso en cuanto a artistas, al contrario que el de Alex, que, al igual que su hijo, para él solo existía David Bowie. Y para mi amigo Alex esa foto simbolizaba lo que comúnmente se suele llamar “triunfo”. Esa foto en la que se veía a su padre de joven cuando aún él no había nacido, al lado del guitarrista de David Bowie, simbolizaba para Alex todo. Posiblemente, la gloria reflejada en una imagen, el éxtasis de toda una vida de seguimiento a un solo artista.

Y ahora me imagino a Alex tirado en su habitación escuchando “Rock&Roll Suicide” mientras Bowie susurra a voz en grito que no está solo.

Yo terminé el Bachillerato e hice Periodismo. Para entonces, no volví a ver a Alex. Quizás esté en otra ciudad buscando trabajo. O trabajando, con suerte. La verdad, nunca he intentado buscarle, lo que se dice, en serio. Pensé en lo que nos diríamos si nos volviéramos a encontrar. Después de haber compartido tantas aventuras y momentos en nuestra adolescencia se haría difícil. Sería un trago complicado.

Él muchas veces decía que iba a ser músico, como David Bowie. Yo probé también con la música, más o menos a la edad en la que dejé de tener contacto con él. Pero había demasiadas cosas. Por ello me metí en Periodismo, siguiendo la línea parental de gustos dispersos. Vi en el Periodismo un oficio en el que había de todo y a mí siempre me gustó ese “de todo”. A Alex, como a su padre, solo le gustaba David Bowie. Yo, como mi padre, me abrí a muchos más géneros musicales y artistas. Y quizás esa fue la razón por la que escogí Periodismo una vez llegado el día. Porque necesitaba estar pendiente de cualquier cosa. Quizás para sentirme ligado a ello, al mundo, a las personas, ligado a todo.

Ahora vuelve a sonar “Walk On The Wild Side” y no me acuerdo de Alex. Ni de Lou Reed. Ni de David Bowie. Ni en los cigarros que fumábamos a escondidas en el recreo. Ni del padre de Alex. Ni en Mick Ronson o en la fotografía. Solo pienso al escuchar la voz de Lou Reed rasgando el silencio de mi habitación en cómo, dónde y cuándo moriré.

Quizás la canción que más me haga pensar en Alex y en el tiempo que compartimos sea aquélla titulada “Life On Mars?”. El único temazo de Bowie que gustaba a Alex fuera del “The Rise & Fall of the Ziggy Stardust & the Spiders From Mars”. Creo que la razón por la que pienso en él es por el significado intrínseco de la canción. Porque el recuerdo de Alex, tal y como demuestran estas líneas si las han leído con atención, es el de un chico totalmente atolondrado que presumía de tener un padre, que además de muerto, veía como triunfador, solo por haber llegado al camerino de la banda de Bowie. Pero no con Bowie mismo, sino que con su guitarrista. Con lo que ese triunfo no es completo, no está entero. Al fin y al cabo, me hace pensar que ese mismo triunfo no es más que una ilusión: Mick Ronson es una ilusión, el recuerdo es una ilusión, la lucha por la vida y por todo lo que quieres es una ilusión… Esta es una de las razones que me dan pie a pensar en lo absurdo de la existencia.

En lo vano que es todo esto de vivir.

En lo desgraciados que somos.

Alex a veces se me aparece en sueños diciendo que ha encontrado vida en Marte, “sentado en un trasto de hojalata, viendo el inmenso color azul del planeta Tierra, sin nada qué hacer”.

Pensándolo bien no quiero volver a ver a Alex. Ni en sueños siquiera. Supongo que seguirá buscando, esta vez por Internet y como loco, el LP original del Ziggy Stardust del año en el que salió al mercado, y que por error a su padre algún día se le olvidó adquirir en la época.

Pero bueno, al fin y al cabo todo esto es un jodido error, ¿no?

¿Aún no han escuchado mi canción favorita? 

El Menor

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Tengo veintitrés años: demasiado viejo para ser adolescente y demasiado crío para encajar que soy mayor; demasiados años para creer en las fábulas, demasiado niño como para no aferrarme a ellas. Y sin embargo, me siento viejo: me he convertido en un viejo-joven. (…) A veces voy vestido con ropa de señor mayor que se ha quedado en el paro; pero quizá precisamente por eso hace unos años me compré unas bambas de colores chillones, las pasé de la tienda a mi casa pensando que todo el mundo se reía de mí y, al entrar en mi habitación me las quité para siempre. “¿Qué les pasa?”, me dijo mi madre, con tono tierno de madre. “Que me hacen daño”; le contesté. 

Y así me siento ahora: cansado de que me duelan esas cosas pequeñas. 

MIQUI OTERO, HILO MUSICAL (Alpha Decay, 2010)

En mis nuevas lecturas, entre ellas esta curiosa novela del “agitador cultural” Miqui Otero titulada Hilo Musical, me he encontrado con este párrafo que define muy bien la sensación actual que tenemos todas esas personas que están en la franja de edad de los 20 años. Como también dijo un día Bolaño, tenían veinte años y estaban locos. 

Mismas referencias de una misma idea. Cuando llegas a los 20 años, la edad en la que personalmente yo me quedaría para siempre, todo te asusta más que cuando eras adolescente. Te da miedo vivir, salir al mundo, llegar a forjarte un futuro que es invisible. Y por otro lado, cada día, o al menos yo, luchas para recuperar esa esfera de diversión y de infancia ( o adolescencia) que procuras que no desaparezca nunca.

No tienes ningún problema serio y muchas veces parece que todo es el problema. Nos hemos creado en la era de la comunicación extrema de masas. Parece que nunca estamos solos. A nuestro lado nos acompañan máquinas para conectar con los demás al instante, en el momento. Pero sin embargo, todo ello nos hace retroceder en lo que sería una verdadera comunicación, en la que el lenguaje no verbal funciona como clave. Y parece realmente que cuanto más acceso tenemos a los demás y hasta a sus propias vidas, más solos estamos nosotros. Esos son mis 20 años. Los 20 años que veo en los ojos de mis coetáneos. 

Te sientes solo. Desesperadamente solo y abandonado, como decía aquélla canción tan bonita de Radiohead titulada “Let Down“. No sabes cómo encajar los dos o tres minutos próximos con tu soledad. La gente se va, todo el mundo se distancia, la estabilidad en las relaciones se evapora. Muchas veces, gente que creías que no estaba ahí, un día se presenta como tu salvación, como tu fuente o tu asidero en medio del barranco de soledad en el que te encuentras. 

Nuestros 20 años, como decía Miqui Otero, son la absoluta incertidumbre. Salir de casa con una ropa que consideras que te define (y por ropa no solo me refiero a la vestimenta) y a la noche tirarla a la basura. Como también decía Roger Wolfe, algo así como que “la idea por la que hubiera matado nada más levantarme, al final del día me pareció una absoluta tontería”. 

Y eso es fruto de una mentalidad depresiva. De un delirio adolescente que se forja como escudo ante el miedo que provoca crecer. Lo tenemos todo y no tenemos nada. En mi caso personal, puedo dedicar tres días a una intensa actividad intelectual sin parar casi a dormir, sobreviviendo con café y cigarrillos, sintiendo que estoy progresando en mi crecimiento como persona de mundo y en lo que aspiro ser algún día de mayor. Y, por otro lado, puedo comenzar un fin de semana un miércoles por la noche, permanecer sin dormir apenas durante otros tres o cuatro días y como método de supervivencia a tanta actividad, cambiamos el café por los vicios.

Ambas cosas dan de resultado una misma cosa: ninguna de ellas. Y todo es un balanceo en el cual el único sentido que ves a todo ello es el tiempo que pasa y que no volverá y que parece que estás tirando a la basura. Y así pasamos los 20 años, como diría Miqui Otero, un viejo-joven. Esos son los 20 años. Entre la euforia y la depresión. Entre la actividad y el reposo. Y cuánto más corres y más subes, más dura es la frenada y la bajada. Y así todo. Nunca estamos tranquilos. “Permanece angustiado”, como titulé un poemario mío, a partir de un verso de Bukowski. 

¿Y al final de todo qué? La única solución que no es una solución en verdad, pero que es: intentar dejar de tomárselo un poco todo en serio. Y lo importante aquí no es lo que hagas o dejes de hacer. Lo que importa de verdad es emocionarse. El único camino que debes tomar a tus 20 años para que de mayor no te arrepientas es el de la emoción. Y sí, aquí hablo como un viejo, pero al menos en mi visión de las cosas,  lo que me hace cada día levantarme de la cama y salir al mundo exterior es la posibilidad de emocionarme con las cosas. Sea lo que sea. Con las personas, con los sitios, con las actividades, con cualquier cosa. Lo único que necesitas a tus 20 años es llegar a entender que lo único que somos es, como diría el poeta y filósofo William Blake, “la mayor máquina de sensación de la naturaleza.” Y dejar de lado todas esas chorradas, tanto depresivas, como extremadamente e hipócritamente felices. 

El chico que espantaba a los pájaros con botellas de ron y maldiciones. Apunte literario para un final en la vida y obra de Charles Bukowski

El dolor es absurdo porque existe.

Charles Bukowski.

 

Y es así como mejor se me antoja este curioso personaje americano que desató con sus poemas, sus relatos o sus novelas, el corazón alcohólico propiamente de Los Ángeles en la sociedad del absoluto control americano. Bukowski reniega hasta del mismo placer, a su vez como del dolor. Simplemente porque existe y todo lo que existe cae por su propio peso e inercia. Como padres espirituales adoptó a Hemingway o John Fante (precursor del realismo sucio). Como padres físicos, ninguno, siempre fue un huérfano vagabundo de esos de los que habla tan bien el cantante Tom Waits en su álbum de mismo nombre, “Orphans”.

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            Aquél chico que cuenta en sus relatos que prefería permanecer en casa un sábado por la noche mirando cuadros mientras sonaba en el salón la Novena Sinfonía en vez de sacar a las chicas a bailar a la pista de baile, aquél adicto a las carreras de caballos como perfecta imagen de lo que para él simbolizaba la vida, aquél que no cesó en su empeño de enviar relatos y relatos a editoriales que no respondieron en años, relatos de cómo él, gente absolutamente perdida por el alcohol, las peleas nocturnas, las “putas literarias”, el anochecer de los lobos montados en Cadillacs y por la razón de existencia más profundamente estadounidense.

 

            En calidad de lector que lee a Bukowski como una lectura a la que siempre se debe volver, pondré en la palestra tres de sus libros: el primero, “Cartero (Anagrama 1989)” que no por ser la primera novela del escritor, creo que contiene muy bien esa resignación innata a la prosperidad que buscan todas las gentes de clases en la sociedad de aquellos tiempos. Además, presenta muy bien el camino de la perdición del propio autor (como lo podríamos llamar). Un tipo que no busca otra cosa que trabajar en millones de cosas diferentes y que sin embargo no busca nada con eso, tan solo emborracharse.

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            El segundo libro esencial, “Arder en el agua, ahogarse en el fuego. Poemas escogidos 1955-1973 (La Poesía Señor Hidalgo, 2005)” no peca de ser una antología. Los poemarios del señor Charles son muy homogéneos en mi opinión, excepto quizás los escritos al final de su vida donde se admite una mayor urgencia a la hora de producir versos (véase por ejemplo “La gente parece flores al fin”, publicado por Visor en 2009). En esta antología que me parece la más notable, recoge los mejores poemas de Charles, haciendo un ejercicio el editor de ponerse en la piel del propio poeta y “salvar” aquellas voces enterradas en el papel que mejor definen la existencia a través del verso de nuestro personaje. En esta colección podemos encontrar poemas tales como “La caída de las hojas”, “Pájaro Azul” o “Abraza la Oscuridad”, de éste último el que escribe lo utilizó como excusa para un poemario propio. Aquí en EEUU/ hemos asesinado a un presidente y a su hermano/ otro tuvo que dejar el cargo/ la gente que cree en la política/ es como la gente que creen Dios/ sorben el aire con pajitas torcidas. /No hay dios/ no hay política/ no hay paz/ no hay amor/ no hay control/ no hay planes/ mantente alejado de Dios/ permanece angustiado/ deslízate. (“Abraza la Oscuridad”)

 

            En tercer lugar, bien me quedaría con dos libros: uno de ellos sería “Música de Cañerías (Anagrama 1987)”. Este libro, como la antología poética que os presenté antes, reúne la mejor voz narradora y cuentista del autor. Los personajes de este libro pasan entre agentes literarios, músicos y música clásica, alcohólicos anónimos, políticos, prostitutas, defraudadores de hacienda, clowns y circenses, mujeres perdidamente locas, idas y venidas del autor por diferentes lugares de la geografía estadounidense, falsos escritores y poetas, críticas literarias, hombres de bar y de carreras de caballos, peleas callejeras, hospitales, manicomios, etc. Todo junto. Una maravilla de obra debido a que hay relatos que no superan la página, con lo cual el cómputo total de ellos bien puede ser de más de cincuenta relatos. Y todos imprescindibles.

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Otro libro que querría destacar en este apartado sería el filosófico y existencial “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (Anagrama 2000)”. Solo con la originalidad y metáfora del título se puede hacer una idea uno con lo que se encuentra en el libro. Aquí Bukowski nos aparece absolutamente rendido y resignado hacia los últimos días de su vida, esperando el zarpazo final de la muerte, ya que siempre advirtió haber estado muerto más de una vez. El último zarpazo, la última ola (como diría Lou Reed en una de sus canciones más modernas), el último dolor, la última inocencia que le quedase por violar para desaparecer al final con todos sus papeles y su máquina de escribir. Y dejarnos con todo su legado. Y es que en este libro sorprende un Henry Chinaski al fin lúcido. Completamente lúcido hacia la realidad de la que toda su vida estuvo intentando huir. Este es un ejemplo de las palabras tan rotundas que usa para expresar la muerte y la relación de todos los seres humanos con ella: Toda esa gente. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada.” La piel de gallina. Sublime, ¿no?

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Pero al fin y al cabo y para terminar, personalmente me quedo con el Bukowski poeta. Porque Bukowski era un poeta de los pies a la cabeza. A pesar de ser acusado de alcohólico, misógino, ludópata, vagabundo, Bukowski toca la fibra existencial como tan bien lo suelen hacer los mejores poetas que han dado la historia. En mi opinión, alguien es verdaderamente poeta cuando intenta traspasar esa línea de misterio que rodea la vida del hombre y su existencia. Pero alguien que no solo lo intenta, sino que se queda a vivir en ese lugar largo rato. Y que muchas veces  puede acarrearle desgracias, tragedias o males a su persona. Pero que sin embargo se mantiene firme y permanece en su sitio. A pesar de las tormentas y los latigazos, se mantiene de pie y es un cronista de todo lo que ve. Ya sea por mero acto de libertad o por dar luz a los grandes misterios de nuestra vida. Y Bukowski en ese aspecto se hace notar. Para acabar esta pequeña aproximación a la obra y personaje del americano, copiaré uno de sus poemas más sobresalientes que provocan esa raspadura en la garganta al leerlo, al recitarlo, al ponerle voz… Uno de los mejores poemas que en mi opinión se han creado jamás, “El genio de la multitud”.

 

Hay suficiente traición y odio, violencia,

necedad en el ser humano corriente

como para abastecer cualquier ejercito o cualquier

jornada.

Y los mejores asesinos son aquellos

que predican en su contra.

Y los que mejor odian son aquellos

que predican amor.

Y los que mejor luchan en la guerra

son -AL FINAL- aquellos que

predican

PAZ.

Aquellos que hablan de Dios

necesitan a Dios.

Aquellos que predican paz

no tienen paz.

Aquellos que predican amor

no tienen amor.

Cuidado con los predicadores

cuidado con los que saben.

Cuidado con aquellos que están siempre

leyendo libros.

Cuidado con aquellos que detestan

la pobreza o están orgullosos de ella.

Cuidado con aquellos de alabanza rápida

pues necesitan que se les alabe a cambio.

Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:

tienen miedo de lo que no conocen.

Cuidado con aquellos que buscan constantes

multitudes;

no son nada solos.

Cuidado con

el hombre corriente

con la mujer corriente.

Cuidado con su amor.

Su amor es corriente, busca

lo corriente.

Pero es un genio al odiar

es lo suficientemente genial

al odiar como para matarte, como para matar

a cualquiera.

Al no querer la soledad

al no entender la soledad

intentarán destruir

cualquier cosa

que difiera

de lo suyo.

Al no ser capaces

de crear arte

no entenderán

el arte.

Considerarán su fracaso

como creadores

sólo como un fracaso

del mundo.

Al no ser capaces de amar plenamente

creerán que tu amor es

incompleto

y entonces te

odiarán.

Y su odio será perfecto

como un diamante resplandeciente

como una navaja

como una montaña

como un tigre

como cicuta

Su mejor

ARTE.

 

 

Ladillas en las canciones, plagios y mucho rockabilly

Hay artistas que basan su música en la originalidad. Otros la basan en predecesores suyos que formaron iconos irrenunciables. Otros en la moda. Otros en motivos casi personales y de dudosa existencia. Otros tienen miedo de salirse de los patrones y se copian continuamente durante toda su carrera. Otros directamente copian. Sí, copian directamente. 

Ya hemos hablado del caso Wolfmother y su retro-rock. El disco titulado  homónimamente al grupo bien podría ser una copia absoluta de todo el hard-rock de la época. Pero más bien se puede entender como homenaje. Porque cuesta difícil aceptar mejor música que aquella, ¿no?

Hablando de grupos que copian sus mismos trabajos anteriores y que no varían para nada en su estilo durante toda su carrera: para mí son los peores. Porque lo peor que puedes hacer en el mundo de la música, en mi humilde opinión, es quedarte donde estás. Puedes ir hacia delante o hacia atrás pero no quedarte en el sitio. Esa es una de las razones por las que defiendo a Lou Reed a ultranza sobre todas las cosas. No hay un trabajo igual en toda su discografía. Puede que alguno se parezca más o menos pero no hay uno igual. Como es el caso de Bowie. También ese es el caso de un artista español llamado Enrique Bunbury. Ha pasado por todo. Y por ello es uno de mis artistas favoritos. Sin embargo, me gustaría ponerle un poco en tela de juicio a la hora de hablar de PLAGIO.

Escuchad estas dos canciones:

¿No son iguales? A mí me parece un plagio más que total. Ya sabemos todos que Chelsea Hotel #2 es una de las canciones más bellas que se han hecho nunca, y que si quieres incluir melancolía y tristeza en tus canciones solo te tienes que fijar en Leonard Cohen como maestro pero tampoco es para coger hasta la melodía. Algo así también le sucede al cantautor Nacho Vegas que va diciendo por ahí que le encanta Bill Calahan cuando en realidad todas las canciones que hace son fruto de la literatura de Dylan (y folklore asturiano, claro) y los acordes de Cohen con hasta su misma voz rasgada. 

Este señor sabe lo que se cuece...
Este señor sabe lo que se cuece…

Pero bueno, al fin y al cabo, como me dijo un sabio musical una vez, toda la música moderna desde los sesenta y setenta viene de Chuck Berry, Elvis y Robert Johnson. Como les pasaba a los Rolling Stones por aquellos años en los que su obsesión rozaba la paranoia por el R&B y el blues. Me refiero a sus primeros discos. Ahí había que haber denunciado de verdad a Richard y a los suyos, pero por supuesto, no nos hubieran dejado canciones posteriores de su cosecha y de verdad y con todas las letras. 

roll

O todo lo que ha influido Nirvana, dicen “influido” por no decir plagiado, porque Nirvana ni mucho menos fue el grupo que inventó el grunge, quizás fue el que lo puso de moda e hizo que saltara a los top ten dicho estilo, pero siempre quedan a un lado marginados grandes grupos como Soundgarden o Alice In Chains que fueron los verdaderos pioneros. Y luego Cobain también iba diciendo que los Beatles era su grupo favorito. Ya….

En uno de sus conciertos, los Soundgarden, brutales
En uno de sus conciertos, los Soundgarden, brutales

Por no hablar de la música española. Esta sí que es un gran plagio. Pero en parte normal. Porque siempre nos hemos sentido de alguna manera marginados. Pedro Javaloyes apunta en el editorial del número de este mes de Rolling Stone que parece mentira como la música anglosajona (incluyendo también aquí la norteamericana) sigue llevándose todo el trozo de pastel en la industria musical en el mundo. Algo que a él mismo le extraña, ya que hay casi 500 millones de hispanohablantes en el mundo. 

Pero a pesar de ello, a pesar de la extrema fijación de Loquillo & los Trogloditas por The Clash o la extrema preocupación de Calamaro (sí, ya sé que es argentino pero también canta en español) con la discografía de Dylan, hemos sabido dar la cara con los dientes por encima y hasta con las orejas, y lo más importante, con el corazón y el saber hacer, la satisfacción, al fin y al cabo de tener las cosas bien hechas. 

Qué bellos todos...
Qué bellos todos…

Ahora yo me río de todos aquellos grupos que como una espiral se repiten hasta que los odias, véase los Guns´n Roses y el insoportable Axl Rose o los ACDC. Quizás porque no han sabido retirarse a tiempo o quizás también porque todas sus canciones eran una mentira. Como no lo eran por ejemplo los padres del rock duro: Zeppelin, que a pesar de tener riffs casi iguales no defraudan en ninguno de sus discos (discografía más que impecable) y para mí la mejor banda de rock en cuanto a grado de compensación entre artistas, junto con Queen por supuesto. Otro grupo que no necesita análisis por ninguna parte.

INMORTALES
INMORTALES

Pero bueno, para gustos los colores, yo me quedo con los grupos originales que saben enfrentarse al tiempo y al volumen de notas musicales de diferentes lugares y tiempos. Con todos aquellos grupos que han desafiado a su público y a sí mismos, dejando huella y lágrimas, dejando para siempre el recuerdo de la leyenda cuando salían a tocar a un escenario y que nosotros ahora recordamos con resplandor en los ojos, luces de rock y anhelo de vuelta.

Hay rumores de vuelta...
Hay rumores de vuelta…

 

El Infra-Hombre de Radiohead

Con este post, quisiera inaugurar mi nueva sección/categoría titulada “¿Habéis visto pasar por aquí a Jimmy Jazz?”. Esta va a ser una categoría dedicada más a ensayos de investigación y análisis, disertaciones y profundizaciones de ideas salidas de mi mente que tienen que ver un tanto mucho con el Mundo Moderno actual en su visión más genérica y reflexiva. Sociología, política, conspiraciones y profundizaciones en la cultura vista como una imagen del hombre serán los contenidos que englobarán esta nueva categoría. Espero que os guste. De momento, el primer ensayo, sobre Radiohead y sus creaciones.

Listos….

Ya!

El 16 de junio de 1997 sale a los mercados uno de los discos más influyentes y poderosos de la década de los noventa que hasta entonces se había encontrado explotada por el grunge y los grupos sucesores de Nirvana o Pearl Jam. OK COMPUTERtercer álbum de estudio de la banda inglesa Radiohead, abría con un “Airbag” de sonido que marcará muchas vidas musicales y personalidades de distintas áreas de la música más profesional. El britpop (estilo de música también de moda en los 90) del que fueron tildados los Radiohead, salió de todas las bocas críticas con este disco, visto como una máquina de matar que se llevó por delante a todos ellos y con él a sus fans y al mundo entero, no dejó títere con cabeza que se resistiera a semejante bomba. Es el disco de la paranoia. No una paranoia humana, no, UNA PARANOIA ANDROIDE.

Tres años y medio después, en octubre del 2000, el inicio del milenio, como si de una profecía se tratase, un nuevo nacimiento, una nueva era desconocida en la que todos nos adentrábamos, con todas los rumores del fin de los tiempos y el mileniarismo de Arrabal, el año de la crisis psíquica (tal y como el 2012), sale a la venta KID A. Un disco que a muchos dejo fríos. Tal esa era la sensación y el objetivo del grupo. Aún me acuerdo escuchando “The National Anthem” en el coche de un amigo, la quitó en el minuto 3. No aguantaba más. KID A es un disco que tiende a muchas interpretaciones, a muchas sensaciones, a muchas locuras y análisis musicales, pero a la primera escucha, sin duda, lo que produce es perplejidad. Y eso es lo que en mi caso sucedió, siendo la primera obra que escuché de Radiohead.

 

¿Cuál es la relación entre ambos discos? ¿Qué me ha llevado a agruparlos e incluirlos juntamente en este discurso? 

Nietzsche hablaba en el siglo XIX del SUPERHOMBRE. Este conocido por todos, filósofo de la sospecha alemán, influyó notablemente en los años siguientes. Saliendo del dolor infinito de un deprimido pero sabio Schopenhauer, crucificando a Sócrates y sentando las bases del irracionalismo, sitúo al hombre por encima de todo con un pensamiento ultravitalista. Eliminó creencias y religiones para erigir como todopoderoso al ser humano, acabó desechando a la moral y todos sus ladridos sonoros para hacer al hombre totalmente libre y renunció a la cultura de los esclavos como la base del progreso situando al hombre como “el siempre vencedor y poderoso.” Y así se hizo más o menos el SUPERHOMBRE.

Radiohead, como una especie de Nietzsche moderno, con OK COMPUTER KID A, habla de las generaciones futuras, del nuevo milenio, de la época que nos ha tocado vivir. Una época deshumanizada. Que primero, como en las metamorfosis nietzscheanas, arranca en un camello que lleva sobre su joroba todo el peso del mundo (“please could you stop the noise I´m trying to get some rest” (Paranoid Android)), evoluciona en león (“you don´t remember! you don´t remember! why you don´t remember my name, man? off with his head, man” (“abajo su cabeza”, de nuevo, Paranoid Android)) y acaba en niño. Un niño enfermo. Un niño robot. Insensible. Catatónico. En estado neutro. Un super-hombre no engrandecido, sino deprimido, esclavo, oprimido, vencido, decepcionado, suplicante, y lo peor de todo, conformado.

Ese niño del que hablamos se puede vislumbrar ya en escenas del OK COMPUTER, pero, sin duda, está mucho más presente en el KID A, como su propio nombre indica. El niño del OK COMPUTER es un niño protestón y algunas veces también resignado, pero siempre con un fondo de sentimiento, de belleza trágica, de ternura (escuchen “No Surprises”). Pero el niño de KID A es auténticamente enfermo, delirante, absurdo y desesperado. “Everything in its right place” es la perfecta muestra de ello.

En el álbum KID A no se percibe ni una mota de melodía ni sinfonía o belleza a la que agarrarse. Probablemente, “How to dissapear completely” (que a mi juicio personal sigue siendo la mejor canción de la banda) es la excepción. En esta canción el personaje quiere morir. Es una canción de rendición. Quiere ir con la lluvia y la naturaleza. Pero de una manera cansada que va en ascenso hasta al final parecer lograrlo. Sin duda, es el perfecto caso de suicidio en el disco. Pero lo jodido de todo, si me permiten la vulgaridad, es que llega en la canción número 4. Tan pronto…

En resumen, Radiohead con sendos discos ha salido de lo meramente musical para rozar la estratosfera del pensamiento, de la historia, del hombre y de los tiempos que atravesamos. El KID A que nace tras el gran diluvio de una máquina paranoica como es OK COMPUTER. Esa máquina es lo que he decidido llamar yo, el INFRA-HOMBRE. Aquél que se oye en “Fitter Happier”. Un hombre que está muy por debajo de todo el vitalismo, de todo el mundo que le rodea, en general, de la vida humana tal y como está entendida. Un hombre alienado por la sociedad y el consumo, por la publicidad, por la tecnología y las comunicaciones, por el aislamiento social y la desesperación de un alma que camina en pro de la máquina o el animal, que tiene unas funciones determinadas de las que es imposible escapar, de un ser carente de cualquier libertad. 

” Who’s in bunker, who’s in bunker?
Women and children first
Women and children first.

Who’s in bunker, who’s in bunker
I’ve seen too much
I haven’t seen enough
You haven’t seen enough.

I’ll laugh until my head comes off
Women and children first
And children first.

Here I’m allowed, everything all of the time

Ice age coming, ice age coming
Let me hear both sides
Let me hear both sides.

Ice age coming, ice age coming
Throw it in the fire
Throw it in the fire.

We’re not scaremongering
This is really happening, happening
We’re not scaremongering
This is really happening, happening.

Mobiles working
Mobiles chirping
Take the money and run
Take the money and run.

Here I’m allowed, everything all of the time

The first of the children.”

“Idioteque”, Radiohead (Kid A, 2000)