“Antigua y Barbuda”, Ángel Stanich (Sony, 2017)

Recuerdo una noche en la que aterido de frío fumaba un cigarrillo a las puertas del bar Borsalino. Serían las doce de la noche de uno de esos domingos especiales por el micrófono abierto que llenaba el bar de artistas y público en la escena nunca olvidada pero siempre triste y emergente de Valladolid. Allí acudían, y acuden hasta el día de hoy, dos domingos a la semana en formato acústico y bajo las prohibiciones y amenazas de nuestro querido Ayuntamiento, en aquella época gobernado por el dinosaurio popular León de la Riva.

Las cervezas ya habían hecho su efecto. Yo estaba hablando con un grupo de Tom Waits y música americana. Una de esas personas era un chico encorvado con una frondosa y larga barba, el pelo enmarañado. Estaba en los huesos, aunque la última vez que lo vi en directo parecía aún más delgado.

Conocía a un tal Ángel Stanich de oídas, había estudiado Periodismo (como yo), y tenía un disco producido por Javier Vielba –orgulloso y carismático padrino de toda una generación de músicos pucelanos- que por aquel entonces era inencontrable, Camino Ácido, y que más tarde supondría una auténtica revolución dentro del panorama musical español. Pero a pesar de las influencias o reminiscencias con otras bandas, Stanich es un artista diametralmente distinto a los demás, con una personalidad y actitud revolucionariamente únicas.

De alguna manera, Stanich es el artista que todo el mundo pedía a voces y que apareció de improviso y sin avisar. En eso se resume el éxito y el reconocimiento más allá de los premios y los logros: en saber tocar la tecla que todo el mundo espera, la fibra sensible que todavía no ha sido pulsada, la canción que todos esperamos pero aún no se ha hecho.

Esas fueron, a grandes rasgos, las sensaciones que dejaron Camino Ácido y sus trabajos posteriores, los sencillos Jesús Levitante, Carbura!, los EPs Cuatro rayos cayeron (2015) y el más reciente, Siboney (2017).

Y tres años después, nos encontramos con Antigua y Barbuda, un álbum grabado a la old school, con todos los músicos encerrados en el estudio y de una sola toma. El disco supone un progreso estilístico en la carrera del artista, incluyendo nuevas y acertadas propuestas sonoras, como la inclusión de electrónica o secciones de cuerdas y vientos. La apertura, “Escupe Fuego”, es una canción redonda de pop bailable, ochentera, con la voz en pleno estado de gracia que cambia de registros de agudo a grave. Una de las cosas que sorprenden de este nuevo disco es la estructura de las canciones, muchas veces circular, y cuya duración fácilmente sobrepasa los cinco minutos. También fascina el gran dominio de la voz, entre el gorgojeo crooner y la calidez lisérgica.

Hay canciones que a la primera escucha ya se intuyen como futuros éxitos, como ya sucedió en su día con “Metralleta Joe” o “Carbura!”. Es el caso de “Mátame Camión” y su adictivo ritmo de southern rock. Cabe destacar la potente e importante colaboración al sintetizador de Juan Izquierdo, mago de los teclados en The Levitants. En general, Stanich se ha cubierto las espaldas de músicos cien por cien entregados a la causa que saben lo que se les exige en cada canción. Es así el caso de la guitarra psicotrópica de Víctor L. Pescador, la correcta línea de bajo de Alex Izquierdo y los redobles de batería la más puro estilo Bonham de Lete G. Moreno.

“Galicia Calidade” es una ensoñación lenta al más puro estilo Grateful Dead con un final apoteósico y lleno de ritmo. “Un día épico”, ya aparecida en Siboney, parece ser una parodia de sí mismo o un guiño premeditado a ese camino lleno de ácido. “Casa Dios” es una pieza de voz rasgada y melodía implacable que abre al oyente hacia un espacio de paisajes y horizontes lejanos.

“Prefiero ser Bob Dylan que Manuel Campo Vidal”, se escucha en grito en “Hula Hula”, una de los puntos fuertes del álbum en el que Stanich resuelve sus cuitas existenciales y a modo de exhortación, declama malévolas ideas sobre una base a camino entre el soul y el funky.

Además de ganar en sonido, Stanich demuestra haber hecho un enorme progreso en las letras. Podía haberse conformado y entregar un segundo camino ácido, pero en vez de eso ha hecho autocrítica y ha avanzado en esa pátina de humor iconoclasta, ese ingenio surrealista que le caracteriza.

Camaradas” es una divertidísima canción donde hace el amor frente a un cuadro del Caudillo con su amor obrero y crítico. “Le Tour´95” es un tema acelerado sobre la soledad que recuerda mucho a esa mitología outsider de la que siempre ha hecho gala. “Río Lobos” es el momento pausado del disco, envolvente y tranquilo. “Cosecha” es el final que el oyente esperaba, el “Amanecer Caníbal” de Antigua y Barbuda. Un desconcertante epílogo con una base de cello espectacular.

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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