Sueño con Lou Reed

Una de las más importantes funciones de la escritura es conseguir materializar en palabras todo ese fluir mental de imágenes y sonidos para que no se olvide. La escritura es la extensión de la memoria al papel. Hoy me he levantado dando un brinco de la cama, me ha pasado una cosa increíble y doy gracias a cualquier tipo de criatura divina que me ha dado el enorme privilegio de soñar.

Esta noche estuve en un concierto de Lou Reed. A plena luz del día, en una plaza abarrotada de gente y con cuatro músicos sobre el escenario: un batería, un bajista y un guitarra que también hacía sus pericias en un sintetizador. Y Lou Reed. Castigado y pellejoso, con su pelo rizado echado hacia atrás, la piel muy morena y hecho un alfiler. Calzaba las clásicas botas negras neoyorkinas, llevaba unas mallas de cuero como pantalones y una camisa azul oscuro con remates, muy rocker. Su voz en directo era exactamente igual a la de los discos.

Al comienzo del concierto recuerdo que sentía muchas ganas de llorar, estaba viendo a mi mayor ídolo musical en escena. Le veía pasearse al final de cada tema por delante de la muchedumbre que le rodeaba, entre ellos yo, y de vez en cuando se acercaba a alguien para hablar con él. Mi padre y mi madre estaban a mi lado, y mi madre tenía en su rostro una sonrisa tan amplia como la del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Fue principalmente mi madre quien me transmitió el amor y la admiración por Lou Reed.

El set list del concierto fue casi irreconocible, y no puedo adivinar con precisión las canciones que estaba tocando, bien porque eran muy diferentes al disco, bien porque eran totalmente nuevas. A menudo me pasa, desde niño, que sueño con canciones que nunca he escuchado o tocado. Las canciones en mis sueños suenan de una forma distinta de la realidad, mucho más potentes y vivas, quizás. Aún así, alcanzo a descifrar algunas de ellas: “All Tomorrow´s Parties” (quizás la que mejor recuerdo de todo el concierto), “The Blue Mask”, “Sister Ray”, “Pale Blue Eyes”, “A Thousand Departed Friends” y “There is no time”.

En el sueño, cada vez que terminaba un tema, escribía a mis amigos en el móvil para que vinieran al concierto. Mis padres se perdían en la multitud a medida que yo intentaba acercarme más al escenario. Alrededor de este, había sofás y sillas asentadas en medio de la calle, junto a varias estanterías llenas de libros que nunca he leído sobre el artista neoyorkino y sus discos. También había muchas novelas y cuadernos de poesía. Se podía decir que en torno al escenario se había habilitado un improvisado salón callejero. Al fin, vinieron dos amigos míos, Daniel Nuwanda y Miguel, fervientes admiradores de la obra de Lou Reed. Nos sentamos a un lado del escenario, un austero templete lleno de ropa, instrumentos y cables.

A la mitad del concierto más o menos, Lou Reed bajó del escenario con un libro en las manos y se dirigió a mí. Su español era bastante fluido, y tenía un tono de voz cadavérico, exactamente igual a los discos. Una americana muy roída y gris le arropaba por encima de su camisa azul oscuro. Dio un salto del escenario al suelo y me miró con complicidad. Me tendió el libro que tenía en las manos y me preguntó si lo había leído alguna vez. Tomé el libro y en la portada había un nombre americano con las letras “ch” (es lo poco que recuerdo del nombre del libro). Era de segunda mano. Le miré a los ojos y le dije que no, que en absoluto lo había leído. Acto seguido, Lou Reed retiró el libro de mis manos y comenzó a ojearlo por encima, dijo que era uno de los autores que más le habían gustado e influido en toda su vida.

Casi por arte de magia, empezó a hablar en inglés conmigo, y yo perdía el hilo de lo que me decía debido a mi bajo nivel del idioma. Como veía que entendía poco, Lou Reed regresaba al español de forma brusca. Recuerdo que repetía constantemente que tenía que ir a la cafetería que había en la esquina de la plaza, que había quedado con alguien o tenía algo que hacer. Esta parte del sueño me es más fácil de recordar ya que lo repetía constantemente. El público congregado en torno a Lou Reed me miraba con envidia y estupefacción, y yo me sentía muy nervioso. Sin saber por qué, me levanté de la silla donde estaba sentado, y pude tener a Lou Reed frente a frente. Tenía una estatura alta, cuerpo muy delgado y cara arrugada. Mis amigos, Daniel Nuwanda y Miguel reían, y entraban en la conversación de vez en cuando.

El final del sueño es muy confuso, pero tengo la última frase de Lou Reed clavada en la memoria, y dudo mucho de que se me olvide. Como si fuera su colega, abrió los brazos y los hombros, y echó la cabeza hacia atrás para darme un abrazo. Esta es una de las partes más sensitivas del sueño, ya que da pie a pensar que he sido capaz de entablar contacto físico con una persona a la que admiraba mucho y que ahora está desaparecida. Sentí el tacto de su piel arrugada, estaba caliente y el pellejo sobresalía como crónica del exceso que Lou Reed arrastraba. Su voz era dulce y calmada, muy amariconada, como siempre, y estaba cargada de un romanticismo imposible de definir. La ropa le olía a tabaco, pero el olor general que él desprendía era fuerte y agradable, como la típica colonia que se echan los ancianos. Justo después del abrazo puso sus manos en mis hombros, en actitud de decirme algo importante, me miró fijamente a los ojos, y dijo: “lo mismo de siempre, chico: autosuficiencia o drogas”.

Ha pasado exactamente una hora y media desde que me he despertado y todavía sigo perplejo ante tamaña frase. ¿Se trata de una sentencia o un críptico consejo? ¿Es lo que mi mente onírica dice o es Lou Reed quien lo dice? ¿Algún tipo de epitafio personal e intransferible, dedicado a mí y solo a mí? ¿Lo que Lou Reed me hubiera dicho si viviera y tuviera la oportunidad de charlar con él? Posiblemente no, y todo sea resultado de un buen gol del inconsciente en mi confusa cabeza. Aún así, es la única frase que recuerdo del todo de mi conversación en sueños con Lou Reed. “Autosuficiencia o drogas”, qué cojones querrá decir eso. Quizás no fuera así del todo, era un cruce entre esa frase y esta otra: “o soy autosuficiente o me drogo”. No recuerdo del todo cuál de las dos era, lo que tengo claro son esas dos palabras: “autosuficiencia” y “drogas”.

Acto seguido, y como punto final del sueño, nos pidió a mí y a mis amigos que dijéramos una canción que nos gustaría que tocase. De forma automática, mi amigo Miguel dijo “Perfect Day”, yo dije “Caroline Says Part II” y Daniel Nuwanda gritó “Saaaad Song”. Lou Reed volvió al escenario y apagó los amplis. Hizo un movimiento con la mano para llamar al grupo de músicos que le acompañaban y dijo al micrófono: “un segundo, ahora vuelvo” en inglés, algo así como “wait a second, I´ll come back”. Bajó del escenario y le vi marchar en dirección a esa cafería que él tanto mencionaba con el resto de la banda. Nada más verle meterse en una de las calles de acceso a la plaza, me desperté.

Anuncios

Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

Un comentario en “Sueño con Lou Reed”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s