La noche del mundo

 

I

 

“El hombre es esa noche, esa nada vacía, esa noche que lo envuelve todo en su simplicidad, una infinita variedad de representaciones, de imágenes, ninguna de las cuales es en ese momento pensada ni está presente. Lo que existe aquí es la noche, la naturaleza en su interioridad, el yo en su pureza. En torno a esas representaciones fantasmagóricas se cierne la noche: aquí aparece bruscamente una cabeza ensangrentada, ahí una forma blanca, para desaparecer de inmediato. Esa noche es la que descubrimos cuando miramos a los ojos al hombre, una noche que se torna cada vez más espantosa: cae ante nosotros la noche del mundo”.

Hegel.

 

 

II

Lo que se dice <<tener tragedia en las venas>>, está bien dicho de ese modo. Ya lo dijo el pediatra y cualquier persona que pueda tener cierta cultura de los pies: mis pies son griegos y yo, como los griegos, debo llevar <<la tragedia en las venas>>. Exagerándolo todo un poco, mis pies acaban en unos dedos casi tan largos como los de la mano. Mis falanges son estiradas y un poco gruesas, aunque quizás nada de eso, sino más bien puntas alargadas y finas. El pulgar tiene un tamaño descomunal al resto, como notarán en sus propios pies. La uña es dura y amplia, mi dedo gordo tiene un deseo de quitar el sitio a los demás, de ahí a que muy posiblemente cuando sea muy mayor (si es que llego a la edad de una persona longeva) me imagino bastante juanetero, si me permiten la expresión. El resto de dedos son estirados y ágiles, bien móviles, todos excepto el meñique, que no lo puedo mover a no ser con la ayuda de otro de mis dedos presionando sobre él o aguantando su peso y elevándolo un poco al aire. Y mi pie, según los pediatras a los que iba o algunas personas muy selectivas, es un pie griego. La curiosa diferencia al resto de tipos de pies del resto del mundo estriba en que la longitud del dedo índice es mayor respecto a la del pulgar. Eso es lo que se conoce como “tener un pie griego”. Cuando lo supe, sentí que mi cuerpo quizás podría poseer el atributo de estar hecho a la medida de los griegos, mi morfología estaba hecha a la forma de los griegos. Y de los griegos viene el pensamiento y el conocimiento, y entonces pensé que de alguna forma bien podría tener esos dones, aunque en ningún momento me preocuparan esos asuntos ni mucho menos me veía reflejado en ellos. Y entonces supuse que esa era la razón, un tanto estúpida, de por qué la gente afirmaba verme siempre triste. Como ven, gracias a Dios, las paranoias no llegan a más, solo para escribir sobre ellas y no prestarlas atención. Una clase de paranoia como esta es un mero dato curioso o gracioso que yo me he inventado y he decidido escribir. Pero las obsesiones, que no implican per se ningún sentido dramático y traumático –como la Paranoia-, sino que pueden ser buenas, tienen un notable peso en mí, a bien de desequilibrarme del todo y transformar mi vida en una corriente caudalosa de significados y emociones, de sensaciones y de sentimientos, todo aglutinado y mal corregido, como los apuntes de clase cuando no tenías cuaderno y a fin de recurso, cuando llegaba la semana antes de los exámenes, quedaban desordenados, sucios y esparcidos en mil partes por toda la mochila. Y hoy quiero hablarles, como la famosa paradoja de Roland Barthes en una de sus clases al escribir los Framentos de un discurso amoroso en la cual ordenó cerrar todos los libros de texto y demás apuntes de la asignatura para hablar de lo más importante y necesario, caótico y desenfrenado, problemático y hermoso: el amor. Podría ser perfectamente una de las obsesiones más típicas y arraigadas del ser humano, pensadores como Zizek solo ven en él una fuerza destructiva (a la manera de otros poetas como Luis Cernuda) y es la sensación que te hace no saber lo que pasa pero estar angustiado por ello. Quizás, a un nivel más psicoanalítico, cuando el ello se vuelve accidentalmente y sin propósito contra el yo o el superyó. Y es precisamente en ese choque cuando ambos yos se ven limitados o acosados por esa perturbación del ello. Un ello que ha crecido mucho y alimenta y nutre a los otros yos. Pues sin él, ya no son nada. Solo un fantasma en la pared, un cómico que sigue el zarandeo en el aire de una mosca, un farsante sin significado, un mentiroso compulsivo y un actor secundario en el papel de una vida que parece haberse suicidado a sí misma y que te reencuentra solo en medio de todo el universo condenadamente cruel y despiadado. Quiero creer que al margen de toda intervención mental, existe algún tipo de gracia divina que bendice esta obsesión que ahora es fundamental dentro del individuo. Es fundamental, porque a su vez se produce a sí misma, cuanto más amor recibes, más amor vas a ofrecer. Y totalmente benigna, o al menos en su concepto de base o en su percepción inicial. Es por ello que mis noches son más sensitivas, el exterior tiene caracteres bien alineados y está definido, se está a gusto aquí, escuchando canciones melancólicas y pensando en ella. He de celebrarlo: estoy enamorado.

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III

Ahora te cierras y aparecen los fantasmas. La noche está dentro de mí y me devora. En un grito de auxilio junto mis labios con tus labios, una promesa. Hay zonas muertas donde no queda nada y está todo devastado. Una cortina, una antorcha en la frágil oscuridad, la oscuridad que nos envuelve y que arde como un libro quemándose en la hoguera de la inocencia. Huela a ruina y a azufre. El aire está denso, a través de los cristales las calles se abren y la población suelta maldiciones. Esas palabras caen sobre ti como lava hirviendo y cal derretida. Veo niños con clavos en los ojos, el imperio de lo efímero y de lo sagrado revienta y un sapo me dicta los pensamientos. El tiempo muere y nosotros morimos. La espiral donde estamos sumergidos no entiende de llamadas telefónicas ni cree en la sinceridad. Estás oculta y yo estoy abajo. Alguien está en un hoyo y no puede dejar de cavar. Las vibraciones del suelo no son normales. Hubo otro tiempo en que no fue así. Te pido perdón. Tú dejas caer la mirada y siento vértigo. Sin embargo, la tormenta va a volver y no soy yo ni tú eres tú. Al final retrocedes y me miras. Me preguntas si siempre entiendo todo lo que me dices y yo respondo que sí. Tus ojos hacen cruces sin que lo notes y no merezco seguir viviendo en este mundo. No hasta que recomponga a pedazos el puzle de tu sonrisa, el calor emocionado de tus manos, este espacio de ámbar que se derrite.

 

IV

-¿Te das cuenta? Este sitio es muy hermoso.

-Sí.

-Es como si hubiéramos nacido para verlo.

-Como si estuviéramos determinados a venir aquí. ¿No lo notas?

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-Muévete un poco hacia la derecha. Tal vez desde ahí se vea mejor.

-Vale.

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-Sí, parece que desde aquí se ve mejor.

-No, todavía no. Da un paso.

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-Ahora sí.       

-Es como un sol.

-Sí, pero en medio de la noche.

 -¿Cómo podrá brillar tanto?

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-Es una luna.

-¿Una luna?

-Mmm, sí… una luna ovalada y perfecta en medio de un manto de oscuridad.

-A mí me parece más una simple luz de una llama pequeña.

-¿Qué es todo este entorno? ¿Qué hay ahí al frente?

-Parece una ciudad.

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-Una ciudad encendiéndose y apagándose muchas veces.

-Una ciudad encendida que está luchando por existir en la nada.

-Una ciudad que se encendió de repente y sin que nos diésemos cuenta.

-Una ciudad que dio su vida por tener luz.

-Una ciudad agonizante, en medio de todo ese magma oscuro.

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-¿Sabes? Desearía estar allí.

-Yo también.

-Desearía descansar en uno de sus hoteles o sentarme a leer en uno de sus parques.

-Desearía quedarme un tiempo.

-En mi caso, desearía quedarme un tiempo indeterminado, sin que el hecho del propio tiempo de estancia importara.

-Hablas muy alto, debemos estar en silencio para escuchar.

-¿Para escuchar?

-Nada, tan solo los latidos de nuestro corazón.

 

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-….

-Tu corazón no es de este mundo. Es un corazón anguloso.

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-¿Sabes? Creo que es lo típico que se dice, pero este lugar sería un hermoso lugar para morirse.

-Podríamos tirarnos por este puente y nadie llegaría a saber nunca que estamos muertos.

-Jaja, nadie nos encontraría.

-O podríamos quedarnos aquí para siempre, hasta morir de frío e inanición.

-Sí, pero solo si tú me acompañas. Si no estoy solo.

-¿Ah, sí?

-Sí.

-Tu soledad es egoísta y yo me siento ofendida de que te sientas solo.

-Ahora mismo sé que no estoy solo.

-Pero… ¿te lo imaginas?

-¿El qué?

-Que tirásemos toda nuestra vida en este momento y en este puente.

-Mmm… creo que puedo llegar a imaginármelo.

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Autor: Enrique Zamorano

Periodista, escritor y músico. Autor de "La muerte del Hombre Orquesta" (LUMA, 89plus, 2014) y de la pequeña antología "Adiós a las águilas: seis poemas de Leopoldo María Panero" (2014). Love In Veins, Raindogs, Last River Together...

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