El inicio erótico, religioso y místico de una de las novelas más notables de Leonard Cohen

Catherine Tekakwitha, ¿quién eres? ¿Eres (1656-1680)? ¿Basta con eso? ¿Eres la Virgen Iroquesa? ¿Eres la Azucena de las Orillas del Río Mohawk? ¿Me dejas amarte a mi modo? Soy un viejo erudito, con mejor aspecto ahora que cuando era joven. El tiempo que uno pasa con el trasero pegado a la silla se refleja en la cara. Te he seguido, Catherine Tekakwitha. Quiero sabe lo que pasa debajo de esa manta rosada. ¿Tengo derecho a ello? Me enamoré de un cuadro religioso que te representaba. Te hallabas de pie entre unos abedules, mis árboles favoritos. Dios sabe hasta dónde llegarían los cordones de tus mocasines. Detrás de ti había un río, sin duda el Mohawk. En primer término, a la izquierda, había dos pájaros que disfrutarían mucho si se les hiciera cosquillas en las blancas gargantas o se les citara como ejemplo de cualquier cosa en una parábola. ¿Tengo derecho a seguirte con la mente polvorienta, repleta de todo el desecho de acaso cinco mil libros? Ni siquiera voy al campo muy a menudo. ¿Podrías instruirme sobre hojas? ¿Sabes algo sobre setas narcóticas? Precisamente, lady Marilyn murió hace unos años. ¿Es de suponer que algún viejo erudito, tal vez de mi propio linaje, la seguirá dentro de cuatrocientos años como yo te sigo a ti? Pero ahora mismo debes tú saber más acerca del cielo. ¿Se parece a uno de esos pequeños alteres de plástico que brillan en la oscuridad? Te juro que no me importaría que así se fuese. ¿Son diminutas las estrellas, al fin y al cabo? ¿Puede un viejo erudito encontrar por fin el amor y no tener ya que exprimirse cada noche para poder dormir? Ya ni siquiera odio los libros. He olvidado la mayor parte de lo que he leído y, francamente, nunca nos pareció muy importante ni a mí ni al mundo. Mi amigo F., con su estilo grandilocuente solía decir: tenemos qeu aprender a detenernos valientemente en la superficie. Tenemos que aprender a amar las apariencias. F. murió en una celda acolchada, con el cerebro corrompido por un exceso de cochinadas sexuales. La cara se le ennegreció, lo vi con mis propios ojos, y dicen que de su mango no quedó apenas nada. Una enfermera me dijo que parecía el interior de una lombriz. ¡Salud, F., viejo y ruidoso amigo! Me pregunto si persistirá tu recuerdo. Y tú, Catherine Tekakwhita, para que lo sepas, soy lo bastante humano como para padecer de estreñimiento, como recompensa por una vida sedentaria. ¿Tiene algo de extraño que haya enviado mi corazón allá donde los abedules? ¿Tiene algo de extraño que un viejo erudito que nunca ganó mucho dinero quiera colarse dentro de tu postal en tecnicolor? 

Leonard Cohen, “Los hermosos vencidos”, página 1 y 2 (Fundamentos, Colección Espiral, 1975) Traducción Javier Saínz y Susan Hendry

Anuncios

Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s