El Menor

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Tengo veintitrés años: demasiado viejo para ser adolescente y demasiado crío para encajar que soy mayor; demasiados años para creer en las fábulas, demasiado niño como para no aferrarme a ellas. Y sin embargo, me siento viejo: me he convertido en un viejo-joven. (…) A veces voy vestido con ropa de señor mayor que se ha quedado en el paro; pero quizá precisamente por eso hace unos años me compré unas bambas de colores chillones, las pasé de la tienda a mi casa pensando que todo el mundo se reía de mí y, al entrar en mi habitación me las quité para siempre. “¿Qué les pasa?”, me dijo mi madre, con tono tierno de madre. “Que me hacen daño”; le contesté. 

Y así me siento ahora: cansado de que me duelan esas cosas pequeñas. 

MIQUI OTERO, HILO MUSICAL (Alpha Decay, 2010)

En mis nuevas lecturas, entre ellas esta curiosa novela del “agitador cultural” Miqui Otero titulada Hilo Musical, me he encontrado con este párrafo que define muy bien la sensación actual que tenemos todas esas personas que están en la franja de edad de los 20 años. Como también dijo un día Bolaño, tenían veinte años y estaban locos. 

Mismas referencias de una misma idea. Cuando llegas a los 20 años, la edad en la que personalmente yo me quedaría para siempre, todo te asusta más que cuando eras adolescente. Te da miedo vivir, salir al mundo, llegar a forjarte un futuro que es invisible. Y por otro lado, cada día, o al menos yo, luchas para recuperar esa esfera de diversión y de infancia ( o adolescencia) que procuras que no desaparezca nunca.

No tienes ningún problema serio y muchas veces parece que todo es el problema. Nos hemos creado en la era de la comunicación extrema de masas. Parece que nunca estamos solos. A nuestro lado nos acompañan máquinas para conectar con los demás al instante, en el momento. Pero sin embargo, todo ello nos hace retroceder en lo que sería una verdadera comunicación, en la que el lenguaje no verbal funciona como clave. Y parece realmente que cuanto más acceso tenemos a los demás y hasta a sus propias vidas, más solos estamos nosotros. Esos son mis 20 años. Los 20 años que veo en los ojos de mis coetáneos. 

Te sientes solo. Desesperadamente solo y abandonado, como decía aquélla canción tan bonita de Radiohead titulada “Let Down“. No sabes cómo encajar los dos o tres minutos próximos con tu soledad. La gente se va, todo el mundo se distancia, la estabilidad en las relaciones se evapora. Muchas veces, gente que creías que no estaba ahí, un día se presenta como tu salvación, como tu fuente o tu asidero en medio del barranco de soledad en el que te encuentras. 

Nuestros 20 años, como decía Miqui Otero, son la absoluta incertidumbre. Salir de casa con una ropa que consideras que te define (y por ropa no solo me refiero a la vestimenta) y a la noche tirarla a la basura. Como también decía Roger Wolfe, algo así como que “la idea por la que hubiera matado nada más levantarme, al final del día me pareció una absoluta tontería”. 

Y eso es fruto de una mentalidad depresiva. De un delirio adolescente que se forja como escudo ante el miedo que provoca crecer. Lo tenemos todo y no tenemos nada. En mi caso personal, puedo dedicar tres días a una intensa actividad intelectual sin parar casi a dormir, sobreviviendo con café y cigarrillos, sintiendo que estoy progresando en mi crecimiento como persona de mundo y en lo que aspiro ser algún día de mayor. Y, por otro lado, puedo comenzar un fin de semana un miércoles por la noche, permanecer sin dormir apenas durante otros tres o cuatro días y como método de supervivencia a tanta actividad, cambiamos el café por los vicios.

Ambas cosas dan de resultado una misma cosa: ninguna de ellas. Y todo es un balanceo en el cual el único sentido que ves a todo ello es el tiempo que pasa y que no volverá y que parece que estás tirando a la basura. Y así pasamos los 20 años, como diría Miqui Otero, un viejo-joven. Esos son los 20 años. Entre la euforia y la depresión. Entre la actividad y el reposo. Y cuánto más corres y más subes, más dura es la frenada y la bajada. Y así todo. Nunca estamos tranquilos. “Permanece angustiado”, como titulé un poemario mío, a partir de un verso de Bukowski. 

¿Y al final de todo qué? La única solución que no es una solución en verdad, pero que es: intentar dejar de tomárselo un poco todo en serio. Y lo importante aquí no es lo que hagas o dejes de hacer. Lo que importa de verdad es emocionarse. El único camino que debes tomar a tus 20 años para que de mayor no te arrepientas es el de la emoción. Y sí, aquí hablo como un viejo, pero al menos en mi visión de las cosas,  lo que me hace cada día levantarme de la cama y salir al mundo exterior es la posibilidad de emocionarme con las cosas. Sea lo que sea. Con las personas, con los sitios, con las actividades, con cualquier cosa. Lo único que necesitas a tus 20 años es llegar a entender que lo único que somos es, como diría el poeta y filósofo William Blake, “la mayor máquina de sensación de la naturaleza.” Y dejar de lado todas esas chorradas, tanto depresivas, como extremadamente e hipócritamente felices. 

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Autor: Enrique Zamorano

Periodista, escritor y músico. Autor de "La muerte del Hombre Orquesta" (LUMA, 89plus, 2014) y de la pequeña antología "Adiós a las águilas: seis poemas de Leopoldo María Panero" (2014). Love In Veins, Raindogs, Last River Together...

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