Lo que hacíamos cuando no había nada que hacer (III): “Tu supermercado personal”

[Hoy doy por terminado este curioso ciclo de relatos de ficción que algún día me vino a la cabeza escribir titulado “Lo que hacíamos cuando no había que hacer”. Este tercero, el último, lo he titulado “Tu mercado personal”, haciendo una especie de juego de palabras con los títulos de los otros dos relatos (aquí el 1 y aquí el 2). A modo de conclusión de los anteriores. Vuelvo a avisaros que son relatos de ficción, aunque parezcan autobiográficos o no se entienda como ficción, las historias que aquí se cuentan son mera invención mía. Espero que os guste esta última parte, que por el contenido, parece que dará que hablar.]

Super personal

Voy caminando dirección San Pablo con el corazón encogido y la boca seca, hiperventilando, supliendo la ausencia de sustancia con el café y los cigarrillos, ahí voy, yo y mis pies tan desactivados por la tormenta de ideas que ahora sacuden mi mente, con la cabeza gacha y las manos sudorosas. He quedado con El Rubio y Maliboo para tomar un poco, aquí, en el ala norte de la ciudad. Son las ocho de la tarde y hace un calor espantoso, cosas del mes de Julio, pienso. Aún estoy a tiempo de no ir y no arriesgarme y poner un poco todo en orden, o eso es lo que pienso, mientras Nick Cave canta como un lobo sobre los acordes de “Higgs Boson Blues.”

            Llego a San Pablo con la boca seca (esto ya venía de antes) y en los auriculares tronando reggaetón, vamos a pasarlo bien, pienso, cuando encuentro sentados en la acera a El Rubio y Maliboo. El Rubio, galán vallisoletano donde los haya, con su melena cayéndole por los hombros sucia y desangelada. Maliboo, presa del pánico underground de los garitos más sexys y atractivos de la ciudad, se las daba de gogó para costearse la merca.

            Esto va por el odio y nada más, esto va por el odio y nada más, pienso mientras estrecho sus manos tan sudorosas como las mías.

            Maliboo dice que hay que tener cuidado, que las redadas por esta plaza han aumentado de aquí a unos días considerablemente, que al menor indicio o señal de “coche azul a la vista” salgamos corriendo y tiremos todo o mejor se lo demos al kiosquero y él ya sabrá, o a cualquiera que pase sea hombre o mujer, niño  o niña, abuelo o abuela.

            El Rubio apuesto galán y corcel, famoso por sus encargos de condones talla XL, masca chicle nervioso.

            Mientras esperamos, nos desesperamos y cabreamos. Tanto es así que el calor me hace ir a otra cafetería a por otro café. El café calma la sed de sustancias del organismo, pero no durante mucho tiempo. Conocí a un yonqui de por aquí que al verse sin dinero ni amigos a quien acudir, consumió ocho cafés en menos de seis horas, con lo que los más allegados a él, véase su familia, le descubrieron en la habitación tirado y le llevaron al hospital atacado de hiperventilación, ataque de ansiedad y depresión mental.

            Ahora El Rubio ha tirado el chicle y está fumando de manera compulsiva tabaco negro. Maliboo hace posiciones con sus manos pequeñas y sudorosas, evitando el aburrimiento.

            Al fin llega nuestro díler y admite cabreo, que si es imposible esto de encargos de última hora, que tenían que haber avisado antes… el pobre está sacándose las PAU para mayores de 23 años y argumenta que tiene el examen dentro de dos días y aún no había empezado a estudiar, y no estudiaría hasta que se librara de una vez de los negocios y el sacrificio que estos suponen, como ir a vender droga a yonquis de segunda mano como nosotros.

            Entonces el alivio es máximo cuando Maliboo tiene entre sus manos el saquito de hierba que espolvorea en la palma de su mano derecha para luego guardárselo en el sujetador apretadíiiiiiisssimo debido a que guarda unos pechos de la talla 100. El Rubio y yo agarramos un poco y también pillamos una papelina de cocaína.

            El Rubio dice que ha quedado con su novio gay y que se va ya. Maliboo y yo nos quedamos solos sin saber qué hacer, fumando el hachís y la hierba en la estatua de un duque o príncipe de no sé qué sitio, supongo que de nuestra ciudad, un personaje honorable en su tiempo, suponemos, y entonces nos quedamos en silencio pensando qué habría que hacer para ser “honorable” en los tiempos de hoy en día.

            La serotonina se libera y las neuronas se relajan.

            Look at me, I´m flying….

          Maliboo me pregunta sobre lo que voy a hacer ahora, yo la digo que pensaba ir a la biblioteca pública a coger prestado unos libros de poesía y novela, y ella dice que no tiene nada que hacer, que está muy sola y que no tiene nada que hacer de aquí a unos siglos, o eso pensé yo al ver su cara de aburrimiento y tedio consumiéndose con el humo del porro. Entonces yo le digo que me puede acompañar, que siempre voy solo a las bibliotecas y que es un lugar muy solitario y silencioso cuando no hay nadie con quien romper el sacrosanto ruido blanco de estudio o de papel viejo que flota en el ambiente. Nos metemos un poco de coca de la papelina que nos han vendido y marchamos rumbo a la biblioteca pública donde cojo un libro de Samuel Beckett que aún no he leído y otro de Nabokov. Maliboo solo lee cómics de Mafalda y así salimos y nos entran unas ganas espantosas de ir al baño, pero ya estamos muy lejos de la biblioteca, y el corazón se nos acelera fruto supongo de la crisis psíquica que debía estar tronando en nuestra cabeza, y es así cuando le invito a otro café para calmar la liberación de serotonina en nuestras glándulas adolescentes liberadas. Maliboo dice que tiene que ir al baño y que esté al loro por cualquier cosa que pueda suceder, dentro o fuera del bar, dentro o fuera del baño, que si tardaba mucho me largara, vaya yo a saber por qué, es lo que pienso, no sé la causa de su mandato, pero salgo a la terraza aún con el efecto del hachís en la mente y fumo tabaco negro mirando los coches pasar tan solitarios en esta tarde de julio, casi sin hacer el más mínimo ruido y creo que pienso que es una bonita escena digna de escribir algún día como hoy, y que debo sacar con el móvil una foto del instante y/o subirla al Instagram donde todo el mundo se preguntaría qué égloga urbana debe suponer una foto de una calle vacía en la que pasan 1 o 2 coches. Así Maliboo sale del baño antes de lo que pensaba y le agarro de la mano y le doy un beso en la mejilla pudiendo oler su sudor cayendo por su frente joven de manera estrepitosa y constante. Entonces me miro la camiseta y veo que está totalmente empapada y soluciono con que debemos de ir a algún lugar con aire acondicionado.

           Vamos los dos de manera lenta para evitar la hiperventilación ahora causada por el efecto de la coca y vemos a las parejitas por la calle caminar a nuestro ritmo, para lo cual nos quedamos de nuevo en silencio, pensando seguramente en nosotros, en si alguna vez podríamos ser una de esas parejitas cursis y broncíneas, que van a la piscina los días de verano y se van de viaje a un lugar de costa. Para entonces Maliboo saca su mp3 poniendo música mákina y bakala house,

          dónde están los nervios con esta música, pienso yo,

        para lo que enciendo un nuevo cigarro de tabaco negro y doy una calada gigantesca, paso la canción y escuchamos 

           

            Entro en un bar para mear donde me llevo el susto de mi vida cuando de repente noto en la nuca el filo de una navaja de un furioso cuáquero cani de mierda que parece afectado por la subida de la hipoteca. Le digo que paso de sus líos y cubriéndome, salgo del baño sin mear por el susto, agarro a Maliboo por el brazo y volvemos a correr.

            Pienso en la comedia humana mientras entramos al Corte Inglés del paseo más largo de toda la ciudad, y con las luces y toda la decoración, la estampa tiene el fruto del sueño o en los peores casos, de la pesadilla. Y entonces se me va completamente la pinza y hago presionar mis dedos contra el pubis de Maliboo que en vez de darme una torta bien merecida en medio de todo el centro comercial me sorprende haciendo meter su mano derecha hasta el codo por la parte trasera de mi pantalón llegando a pellizcarme los huevos desde atrás. Estoy empalmado completamente y le digo que tengo que ir al baño y me dice que me acompaña y le digo que no tengo condón y entonces ella me dice que no importa, que se la meto por el culo y ya está, y yo le vuelvo a decir mintiendo que mejor no, que drogado no se me empalma y ella me dice que está chorreando por las bragas y yo le vuelvo a decir que vale, que podemos ir al baño pero que de sexo nada, que no estoy para muchos trotes, y ella se extraña poniendo 😦 , y me dice que si tengo novia o algo y si esa es la razón por lo que no quiero tener sexo con ella, y yo con la vista torcida y dibujando líneas en los círculos, le confieso que no me gustaría hacerlo en un sitio comercial, que me da vergüenza, con lo que acabamos en el baño de chicas en ropa interior debido al calor y sin tocarnos, una vez que ya me bajó la erección, fumando otro porro, y entonces yo pienso en la hora y veo dos relojes en sus pechos de talla 100, y me quedo mirándoles muy fijamente y entonces ella me dice que puedo chupar, y justo cuando voy a deslizar mi lengua por su carne tersa aparece el guardia de seguridad dando portazos amenazando con llamar a la policía y salimos despedidos de allí casi sin ropa, y corriendo por todo el centro comercial. El pulso se me acelera con lo que vuelve el efecto de la coca, produciéndome un agudo esfínter ayudado por las cuatro o cinco erecciones que he tenido durante el día, haciendo que me mee encima. Y bajamos corriendo por las escaleras metálicas, bajando piso tras otro deprisa, hasta llegar a la calle, donde seguimos corriendo, yo sin camiseta y ella con un pecho al aire, solo protegido por el sujetador apretadíiiiiiissimo a punto de desbordarse.

         Llegamos al parque de la ciudad donde procedemos a vestirnos y nos tumbamos en la hierba descansando, cuando me entra la tos aguda y decido liar un cigarrillo para entretenerme con algo, mientras Maliboo descansa a mi lado como si estuviera muerta. Toda mi ropa mojada de sudor y orina se seca al sol en el parque y cuando Maliboo parece que reacciona es para darme un beso en la mejilla, entonces miro en la mochila y no están los tres libros de Samuel Beckett, Nabokov y Mafalda, nos los hemos dejado en el baño. Entonces pensamos que tarde o temprano nos pillarían y no tendríamos nada que hacer, salvo evitar las cartas al correo de la policía o el ministerio ordenándonos pagar una multa por escándalo y fumar en un sitio público.

            Entonces yo pienso sobre qué hay que hacer para ser feliz en esta vida y pienso que al fin y al cabo estoy en uno de esos momentos felices, con Maliboo tumbado en el parque, mi pequeña dama alucinógena, y le lío un cigarro y fumamos muy quietos y juntos sintiendo el frescor del anochecer acariciarnos la nuca y la cara. Y ella dice que si me he meado y yo le digo que no y entonces ella dice con curiosidad que por qué huelo tan mal y yo le digo que no uso perfume y cuando corro transpiro mucho, y ella me abraza como se abraza a un árbol caído al que pronto van a talar. Y yo le abrazo tras un instante y compartimos ese momento de intercambio de fluidos en un beso que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y compartimos ese momento de intercambio de fluidos que no dura para siempre. Y yo la abrazo y 

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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