Lo que hacíamos cuando no había nada que hacer (II): PERSONALIDAD

[Hoy volvemos con una nueva entrega de mi particular ciclo de relatos de ficción, “Lo que solíamos hacer cuando no había nada que hacer”. Esta vez, os presento “Personalidad”, un relato que al margen de parecer muy autobiográfico, he intentado distanciarme de él en la medida en la que he podido. Los autores de ficción usan la ficción para expresarse, pero es ficción, una mentira, una invención. No os confundáis, esto solo es ficción, otra de mis variopintas y extrañas ideas que espero que disfrutéis y os guste.]

Eee

+ESCUCHANDO

-Siempre quise tener una personalidad. Algo para evitar pasar de moda. Cuando hablo de “estar de moda” me refiero a la idea que tendría la gente al verme. Algo que me identificara, a partir del cual los demás me reconocieran. Recuerdo a una chica de la facultad en una fiesta en casa de Pau con la que no había hablado nunca. Comenzamos a hablar de música y esas cosas. Me contó que tenía colgados en la pared de su cuarto pósters de Roxy Music y Television, que eran los dos grupos que más quería en la vida. Yo le dije que a mí también me encantaban y dos horas después nos lo estuvimos montando en el coche.

            >>Odiaría ser simple. Llevar una vida simple, hacer lo que todo el mundo hace, escuchar la música que todo el mundo escucha, ir a los sitios a bailar a los que todo el mundo va… no sé si me entiendes.

            >>Tener una personalidad.

            >>Algo en lo que fiarme, para que me recordaran si algún día me voy. La gente, los de ahí fuera, mis amigos, mi familia… ¿me entiendes, no?

            >>Hace poco me di cuenta. Estaba tomando una cerveza con una amiga de bachillerato en una terraza del centro. Me confesó que a ella de verdad le tiran las personalidades, que aunque el chico fuera el tío más guapo y sexy de la faz de la tierra, si no tenía personalidad no valía la pena lo más mínimo. Me contó que estaba por un tío que le hacía sufrir debido a que no era correspondida. Había estado durante dos años con alguien, antes de que le gustara este tío. Le dejó y ahora andaba loca buscando a alguien. Me dijo que se sentía muy sola. Tanto quizás como yo, que había estado sobrevivido a partir de la caridad sexual de las mujeres en estos últimos meses. Y que estaba muy cansada. Que sentía que algún día le tenía que llegar la suerte. Yo pensaba igual, que cuando no tienes suerte o solo te pasan cosas malas, parece que llega la hora de que vengan las buenas.

>>Ja, ja.

>>Avanzando en nuestra conversación, me confesó que yo no era un chico normal, que tenía cierta personalidad. Haciendo una regla de tres emocional, resultaría que le tendría que gustar yo y no aquél chico que le rechazó. En realidad aquél chico era todavía más nulo en ideas, pensamientos y personalidad que yo. Resultó ser un tipo de derechas al que lo único que le gustaba en este mundo era jugar al fútbol y salir por ahí con sus amigos a emborracharse y buscar chorbas.

            >>Entonces me vino la imagen el recuerdo de una noche, en la que viéndola de fiesta, me agarró de la mano y me llevaba de portal en portal como agobiada. No nos liamos. Mi cara fumada y borracha solo podía sonreír. Ella me hablaba cosas que no recuerdo, era madrugada, la ciudad hervía en feromonas, se acercaba el verano. Por aquél tiempo se supone que esta chica ya estaba pillada por el chico que en su día le rechazó. Pero esa noche creí adivinar esa tensión en sus ojos, esa súplica lacrimosa de ayuda, de dejarlo todo e irme con ella y no volver quizás a salir a la calle, porque se supone que yo tenía una personalidad del 15 y a ella le encantaba.

            >>Esta escena debió de ser hace un mes. Ahora no le quedaba casi nadie. Se fijó en otro tipo cuya personalidad me es desconocida, y metió la pata hasta el fondo con él, debido a que le gustaba a una amiga suya. “Me gusta de verdad, tía”, le habría dicho. Y ahora todas sus amigas le aislaban los fines de semana, tachándola quizás de guarra o de quitanovios.

            >>Mis quedadas con ella aumentaron progresivamente. Nos veíamos casi todos los días. Ella descargaba su sufrimiento, su frustración, o su soledad conmigo, al igual que yo con ella. Me hablaba de las Grandes Personalidades de su clase. Yo le hablaba de mis discos de música para forjarme una personalidad de cara a ella, pero resultó ser que no le importaba la música lo más mínimo, con lo que mis intentos por acercarme a ella a través de mi personalidad fueron un auténtico fracaso. Aún así, como para consolarme o hacerme a la idea de que en verdad ella me quería, que sentía algo por mí, aunque solo fuera como amigo, aseguraba que yo tenía una personalidad como una casa de grande. Y entonces yo recordaba aquélla noche en la cual su corazón pudo estar en mis manos y su identidad en mi historia de Las Chicas A Las Que Pude Algún Día Hacer Feliz.

            >>Y me hundí completamente.

            >> “¿Dónde está tu sitio?” Mi abuela, cuando era muy niño, me explicaba que lo único que necesitabas en esta vida era una buena compañía, que tuviera mucho celo a la hora de elegir a mis amistades y a la gente con la que yo de verdad quería estar. Que el mundo y la gente pueden hacerte mucho daño, te pueden provocar risa y llanto, por separado y algunas veces simultáneamente. Que debería vivir con respecto a los demás, pero sin dejarme influenciar. Que tenía que ser yo mismo. Llevar mi estilo, mi vida, mis asuntos privados… gestionar todo con la más absoluta inteligencia emocional posible. Que los sueños venían solos si los perseguía y confiaba en ellos, como el amor y las chicas. Que todo iba a estar bien mientras pudiera aguantar mi propio silencio.

            >>¿Dónde estás abuela?. Tío, es una de las mayores preguntas que me hago en este momento.

            >>Toda la vida he intentado ver en mí algo que los demás han ido dibujando en mi personalidad y que al final era mentira. He intentado gustarles, aparentar, saber estar ahí con ellos en los momentos fáciles y difíciles. He intentado forjarme una identidad de cara al público. Una marca, un producto de consumo con el que la gente se lo pudiera pasar bien. Un bien al que pudieran recurrir cuando estaban mal y desesperados, tal y como mi amiga estaba. Pero eso no es verdad. La personalidad es una mentira. La personalidad no existe. Aquí cada uno con su teatro. 

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Autor: Enrique Zamorano

Periodista, escritor y músico. Autor de "La muerte del Hombre Orquesta" (LUMA, 89plus, 2014) y de la pequeña antología "Adiós a las águilas: seis poemas de Leopoldo María Panero" (2014). Love In Veins, Raindogs, Last River Together...

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