Lo que hacíamos cuando no había nada que hacer (I): SUPERMERCADO

[Hoy comienza este pequeño y curioso ciclo de relatos de ficción que tengo programado de aquí a tres semanas (un relato cada semana, en total 3) titulado “Lo que hacíamos cuando no había nada que hacer”. Hay fallos de corrección, ya que la premura o llamémoslo inspiración, en estos días de exámenes, ha sido determinante a la hora de escribir este relato que titulo “SUPERMERCADO”. Creo aún así que la corrección excesiva muchas veces no es buena, por lo que he decidido que puede puntuar a favor mío. Os pido perdón si veis fallos de corrección. Culpa mía, como siempre, y de mi todavía novata escritura. Espero que os guste esta primera entrega, como también espero comentarios sobre qué os ha parecido. Vale más la energía con la que lo escribí y la necesidad de mostrarlo en lo que se dice YA!]

supermercado

+ESCUCHANDO

El trabajo de cajero o cajera en un supermercado bien es sabido que no es un buen trabajo. El dinero que no tienes ni te pertenece. Fluye de tus manos a la caja y así durante lo que podría llegar a resultar un turno de dos horas. Eso ya es suficiente. Más todavía si estás pagando un alquiler que no puedes pagar, manteniendo una familia que no puedes mantener o pagándote un vicio que no puedes pagar. Bueno, como supongo que sabéis, los y las cajeros de supermercado tienen, como cualquier ser humano que habita en esta tierra de locos, una alquiler que pagar, dos hijos obscenamente malcriados destacando por su habilidad de “emperador” en casa, y como no, un vicio secreto que esconder, bien podemos estar hablando de los resbaladizos y lubricados consoladores para mujer u hombre, o el banal y común tabaco que tan caro se ha estado poniendo en los últimos años.

            Además de la bajada de moral que supone ser un mero sujeto de transferencia entre producto y consumidor, psé. Un objeto de transferencia como el dinero, que el psiquiatra Lacan, discípulo de Freud, dijo que en realidad no existía, era como el excremento, como la palabra, algo vacío al que le hemos dado un significado altamente contagioso.

Los sindicatos socialmente vistos como los defensores y representantes de la tardía clase obrera existente en nuestro país, nunca se sentaron a hablar seriamente con la patronal de estos problemas acerca los trabajadores de los supermercados.

Los clientes vistos como la luz al final del túnel de cualquier empresa en el mundo capitalizado, ni mucho menos vieron tampoco lo que se cocía detrás de la caja registradora de su supermercado.

Y las empresas de productos basados en las nuevas tecnologías para hacer la vida más cómoda y placentera de la población, ni mucho menos se tomaron enserio la producción masiva de mp3 que tanto daño hicieron a estas víctimas de su trabajo.

Sí, amigos.

Suicidios, depresiones, gastos ingentes en trankimazín, crisis de ansiedad, todo mierda psíquica coleando por ahí, detrás de la caja registradora y las pobres mentes de estos adultos responsables que algún día cometieron el error de su vida entrando a trabajar como cajero de supermercado.

La cuestión, que siempre podría resultar un poco extraña a ojos del público, pero que sin embargo por los datos e informes psicológicos y psiquiátricos realizados por expertos da un resultado positivo en la probabilidad de que la depresión fuera ocasionada por el uso generalizado y descontrolado del mp3 por parte de los clientes del supermercado.

Ese pequeño objeto que conectas a unos cascos que colocas en tus oídos y que hace evadirte tan pasivamente del mundo, de tu alrededor, del ruido constante de la ciudad y entrar en la armonía musical cada vez que das al play. Ese pequeño objeto es el que tanto daño ha hecho al mundo obrero del supermercado.

El asunto fue más allá de la simple hipótesis de que el mp3 fuera el causante de los males de cabeza de los trabajadores. Se hizo real y evidente: los trabajadores destinados por orden de su jefe a pasar más de tres horas al día cobrando productos delante del cliente de a pie, mientras este mismo permanece impasible moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo, todo el rato asintiendo, como si no importara siquiera si la cuenta le fuera devuelta de manera errónea, mientras la música de distintos géneros y estilos tronaba dentro de sus oídos…

Bueno, todo esto, como se intuye, es un tanto grotesco.

“Te sientes una máquina”, declaró Arturo, trabajador del supermercado del Barrio Z, “estás diseñado para agarrar con las manos productos que no son tuyos, por supuesto, pasarlos a la máquina, decir un número relativo al precio que ni siquiera importa a los clientes, ya que dejan deslizar un billete de alto valor para que le dejes en paz y pase ese momento lo antes posible, irse a casa y quizás hacer la cena, sentarse en el sofá y emborracharse, y acabar de una vez el día.”

“Cuando estaba de cajera”, comentó otra mujer, esta vez joven, llamada Irene, “no soportaba el hecho de enfrentarme a la gente. Podríamos decir que tenía un principio de miedo social. No me llevaba bien con la gente normalmente. Me iba acostumbrando a mi trabajo, que tiene una parte importante de contacto social. Pero cuando estos objetos llamados mp3 entraron de por medio, el miedo se acrecentó más, haciendo casi imposible mi estabilidad a la hora de simplemente el hecho de hacer mi trabajo, con el que me estaba pagando una vida, que con el sueldo medio de cajera, llegaba a rozar completamente el calificativo de <<humilde>>”.

“Las mujeres son más débiles que los hombres para este tipo de cosas”, asegura Martha, veterana trabajadora en supermercados. “Realmente, nunca pensé que iba a pasar esto, que todo iba a derivar en esta situación tan alarmante, podríamos decir, porque sin duda es para alarmarse. Hay trabajos más duros que otros. Pero el simple hecho de tener que soportar día a día a casi todo el mundo que pasa por tu vista con unos cascos en el oído a toda potencia, que no te hagan ni caso, que seas un mero instrumento casi automático, que lo único que hace es provisionar a la gente productos que tirarán a la basura una vez consumidos y que ni mucho menos importan… Sí, te das cuenta de que el consumidor llega a sentir mucho mayor afecto hacia su producto que a ti, que eres supuestamente, un <<ser humano>>, <<alguien>>, al que se le está viniendo encima el mundo y al que nunca nadie podrá sacar de esa celda que es su trabajo.”

 “Esa celda de aislamiento”, habló Agustina. “Es verdaderamente alarmante. Una nueva especie de psicosis moderna. Y ahora hay tantas por ahí…”

Las instituciones públicas y patronal, ante los alarmantes casos de suicidio y abandono de los puestos de los trabajadores por depresión, estuvo barajando prohibir la entrada a los supermercados con el mp3 encendido. No tardaron en lanzar numerosas campañas en contra de esta realidad, repartiendo folletos entre la población sobre la necesidad de que por lo menos, se diga los buenos días en la caja registradora, y en pos del trato amable y atento entre los seres humanos que se encuentran en un supermercado.

“El mundo cada vez está más sensibilizado. Ya por el mero hecho de tener que pasar cuatro o cinco horas diarias atendiendo a gente que no te hace ni caso por su gusto musical, caemos en depresión y ansiedad. Los resultados, sin duda, muestran que el ser humano cada vez es más débil”, aseguró Fernández Día, reputado psiquiatra.

El Gobierno y la patronal de supermercados ha anunciado que conseguirán cortar de raíz el tema de la música consumida de manera individual en los supermercados, colocando cámaras especializadas en detectar a este tipo de gente abstraída que anula la comunicación entre empleado y cliente. Se colocarán así mismo en las proximidades a la puerta del establecimiento y en las esquinas de cada pared. También habrá una persona encargada (así también se aprovecha para paliar el problema del paro) de vigilar que ningún cliente lleve cascos.

“Es una auténtica tontería”, asegura un cliente, “te escondes los cascos entre la sudadera y ya está”.

El Gobierno y la patronal barajan emprender castigos severos a nivel legal para aquellas personas que sean pillados con cascos dentro de los supermercados. “No queremos ni una víctima más de acoso en el trabajo, aunque sea de forma pasiva, por parte del cliente”, ha asegurado el presidente de la patronal de cadena de supermercados X. Tales castigos pueden llegar a multas de entre 100 y 150 euros a los señores clientes que sean pillados. Así también piden a los empleados de las cajas registradoras que por favor estén atentos y en cuando noten ese aislamiento causado por la música en los oídos del cliente, llamen inmediatamente al encargado o gerente del supermercado para su identificación por parte de las autoridades y servicios del orden público.

La Asociación de Consumidores está trabajando para recuperar lo que llaman <<los derechos perdidos del cliente>>. Los clientes, evidentemente molestados por la prohibición, creen que es un grave ataque a su intimidad y libertad. La batalla jurídica por hallar al fin la ley que convenga a cada parte está en marcha. El grueso de la ciudadanía ahora mismo reducido a empresarios, trabajadores y clientes en este asunto, confían plenamente en este justo Estado de Derecho que les ampara, que halla el bien común. Aguardan pacientemente la decisión del Tribunal. 

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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