¿Qué cojones quieres, perroflauta?

El anarquismo es igualado por muchos de sus detractores con el “pasotismo” y el abandono de las responsabilidades individuales, cuando lo cierto es que en un sistema auténticamente anarquista nadie podría decir “yo me lavo las manos”; si algo exige una anarquía es la participación directa de todos y cada uno de los individuos que conforman la sociedad, solo que en su propio nombre, y en el de nadie más. El llamado sistema democrático, sin embargo, se basa en todo lo contrario: la delegación, esa farsa en virtud de la cual los ciudadanos acceden a abdicar de su libertad personal a cambio de “tener la fiesta en paz”. En último término, ser anarquista no significa otra cosa que poner en práctica la capacidad potencial de todo ser humano de pensar y actuar por sí mismo, algo que el ciudadano medio, que se rige por la ley del mínimo esfuerzo, no estaría dispuesto a hacer aunque pudiera. Y es esta último circunstancia la que han aprovechado históricamente los poderes políticos y económicos para perpetuarse, sustentados en un círculo vicioso de sofismas y medias verdades que gira en torno a la perniciosa entelequia del “bien común”.

ROGER WOLFE, “OIGO GIRAR LOS MOTORES DE LA MUERTE (2002, DVD EDICIONES)”

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Autor: Enrique Zamorano

Periodista, escritor y músico. Autor de "La muerte del Hombre Orquesta" (LUMA, 89plus, 2014) y de la pequeña antología "Adiós a las águilas: seis poemas de Leopoldo María Panero" (2014). Love In Veins, Raindogs, Last River Together...

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