El suicidio, ¿la sangre de la vida?

Toda mi etapa adolescente viví con la obsesiva frase o haiku (de nula sabiduría) “el suicidio es la sangre de la vida” y me acostumbré a vivir siguiendo los consejos de viejos sabios retrógrados ajenos a toda obra humana de ingeniería e industrialización, medio budistas medio vagabundos del Dharma, y más rollos anti occidentales en un mundo hiperoccidentalizado.

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Kerouac sonriendo desde su marginalidad

o bien,

No hay que seguirla en su sentido más estricto, a lo que me refería con ella era que la muerte y nuestras ganas de desaparecer, eran directamente proporcionales a toda la vida que nos quedaba por vivir y fundar. Un poco complicado de entender, che. 

Pero aquí llegó Paul Auster con su novela, “El país de las últimas cosas” (ANAGRAMA, 1994), que en mi caso es la primera incursión en la literatura del autor americano, desmontando mis ideas y las de los demás y las de los que vendrán. 

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La novela, escrita a modo epistolar, nos habla de una sociedad despiadada despojada de todo sentimiento y razón, acostumbrada a vivir el día a día, a la vez que se centra en los pobres o gente de clase desfavorecida, una sociedad en la que la fuerza de voluntad y el coraje para seguir adelante son los únicos valores que se pueden encontrar. Ni qué decir queda que muy posiblemente el autor se refiera a la ciudad de Nueva York, perfecta musa de todas sus novelas. 

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Y ahí un fragmento que me gustaría compartir con todos vosotros que viene a renovar la idea que describo al principio, que viene a ser la vigencia de la muerte en vida y como esta la sirve de alimento para fortalecerla ante cualquier adversidad: 

Esto es lo que quiero decir cuando hablo de aquello que te hiere; no puedes simplemente mirar porque, en cierto modo, cada cosa te pertenece, forma parte de la historia que se desarrolla en tu interior. Supongo que debe ser bueno endurecerse hasta tal punto que nada pueda afectarte nunca más; pero entonces te quedarías solo, tan absolutamente al margen de los demás que la vida se volvería imposible. (…) O, para decirlo de otra manera, todos hemos terminado por convertirnos en monstruos pero no hay prácticamente nadie que no guarde en su interior algún vestigio de lo que solía ser la vida. 

Tal vez el mayor problema sea que la vida, tal como la conocíamos, ha dejado de existir pero, aún así, nadie es capaz de asimilar lo que ha sobrevenido en su lugar. A aquellos de nosotros que nacimos en otro lugar, o que tenemos la edad suficiente como para recordar un mundo distinto de éste, el mero hecho de sobrevivir de un día para el otro nos cuesta un enorme esfuerzo. No me refiero solo a la miseria, sino a que ya no sabemos cómo reaccionar ante los hechos más habituales y, como no sabemos actuar, tampoco nos sentimos capaces de pensar. En nuestras mentes reina la confusión; todo cambia a nuestro alrededor, cada día se produce un nuevo cataclismo y las viejas creencias se transforman en aire y vacío. He aquí el dilema, por un lado queremos sobrevivir, adaptarnos, aceptar las cosas tal cual están; pero, por otro lado, llegar a esto implica destruir todas aquellas cosas que alguna vez nos hicieron sentir humanos. ¿Entiendes lo que quiero decir? Para vivir, es necesario morir, por eso tanta gente se rinde, porque sabe que no importa cuán duramente pelee, siempre acabará perdiendo, y entonces, ya no tiene sentido la lucha.

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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