El tedio, la basura y el ron

rumdiary

 

Leer a Hunter S. Thompson es muy recomendable. Y más esta especie de dietario que se antoja como una serie de confesiones en una de las épocas de su vida como reportero y redactor del Daily News en Puerto Rico.

Con esta novela, llevada al cine de la mano del director Bruce Robinson e interpretada por uno de los mejores Johny Depp, Hunter nos habla de una honda desilusión. Ya en Miedo y asco en Las Vegas hablaba con la voz del “periodista gonzo” pero en El Diario del Ron parece que rompe con todo ese salvajismo y esas grandes aventuras y se adentra en el paisaje más metafísico y hondo de su humanidad. 

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Portada de la adaptación al cine

Aquí el escritor en primera persona que antes hacía locuras y vivía enormes aventuras que muchas veces ni te creías o te hacían pensar que en realidad no habías disfrutado nada de la vida y eras un completo aburrido, es un rémora. Vive locuras a costa de los demás y aquellas que le van dejando los demás, las sobras. En la misma narración lo reconoce varias veces. Un ser completamente desquiciado que no se encuentra a sí mismo en la conflictiva ciudad de Puerto Rico a finales de los setenta que pretende acabar con su identidad a partir del ron y la bebida. El título no puede ser más acertado. 

Quizás como una especie de Nicolas Cage en “Leaving las Vegas” aquella mítica película tan ebria y desesperada, pero sin prostituta enamorada y sin final, algo que puede dar todavía más desesperación a la historia, pues el personaje no encuentra ningún agarre y su historia no acaba, es un final abierto en el que se intuye que seguirá viviendo de la misma forma en el resto de sus días y con la amargura corriéndole dentro del cuerpo. 

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Aquellas eran mañanas buenas de verdad; mañanas de sol ardiente y de aire vivo y prometedor, en las que el Negocio Redondo parecía estar a la vuelta de la esquina, y en las que sentía que si me movía un poco más rápido podría dar alcance a aquel algo brillante y veloz que me llevaba unos metros de ventaja.

Luego venía el mediodía, y la mañana se marchitaba como un sueño perdido. El sudor se convertía en una tortura y el resto del día acababa plagado de los restos muertos de todas aquellas cosas que podrían haberme sucedido. Y el calor era insufrible. El sol se volvía insoportablemente ardiente y agostaba toda ilusión que pudiera haber acariciado, y entonces veía el lugar tal como era en realidad: hosco, chillón, chabacano… Nada bueno podía sucederme en él.

A veces, al atardecer, cuando tratabas de relajarte y no pensar en el estancamiento reinante, el Dios de la Basura reunía un puñado de aquellas esperanzas ahogadas de la mañana y las agitaba en el aire fuera de tu alcance, a unos metros; las dejaba suspendidas en la brisa emitiendo un sonido como de delicadas campanillas de cristal, y te recordaban algo que jamás lograste, que jamás lograrías asir por completo. Era una imagen enloquecedora, y el único modo de apartarla de ti era aguantar como podías hasta el anochecer y conjurar los fantasmas con ron. A menudo era más fácil no esperar, y empezar a beber desde el mediodía. No es que ayudara gran cosa, según creo recordad, pero a veces conseguías que el día se hiciera más corto.

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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