“Siéntate y escribe”, Roger Wolfe (Huacamano Narrativa, 2001)

En este nuevo post quise compartir algunos de los aforismos cioránicos que podemos encontrar en el libro “Siéntate y escribe”. Un ensayo-ficción que proyecta unas reflexiones (y qué reflexiones!) sobre la tarea de escribir de forma descarnada y sin vistas a la corrección ni a la regulación escrita. Espero que disfrutéis.

Escribir es adoptar al mundo entero como enemigo.

Absurdo total, “vanidad de vanidades” y “anhelo del viento”, se mire donde se mire. Lo inteligente, entonces (¡qué digo lo inteligente! ¡Lo único posible!): aprovechar cada minuto de la vida como si fuera el último, haciendo aquello que menos nos disguste, por inútil que pueda parecer. En mi caso y en este orden: pensar, leer, escribir. Publicar, “triunfar”, ganarse incluso los garbanzos con la escritura, son cosas que también pueden estar muy bien, pero que son al fin y al cabo, lo de menos. Lo que salva es el aquí y ahora de cada bendito momento, de cada gloriosa línea que rueda entre llamas hacia su consumación, para que de ella surja la siguiente.

Empiezo a darme cuenta de que la temible contienda de desgaste y atrición nerviosa en la que vivo no es tan infructífera como durante mucho tiempo me temí. Quizá el hecho de no haber conseguido, por un lado, el éxito literario convencional que durante años perseguí, pensando que así tendría por fin la ocasión de centrarme por completo en mi vocación, junto con el de no haber caído, por otro lado, en ninguna de las alienantes ocupaciones de subsistencia que suelen acabar constituyendo el refugio alimenticio de tantos escritores más o menos “profesionales” (…) me haya salvado en último término de permanecer como escritor, o hayan impedido que pereciera en mí el escritor que yo quería ser; el escritor en que para bien o para mal estaba destinado a convertirme. Mis servidumbres son muchas, no vivo del aire, sino de mis arduas y fatigosas labores de traductor e intérprete, con toda la dispersión física y mental añadida que lleva consigo mi condición de profesional autónomo, y la permanente y nada “filosófica angustia vital” que comporta el no saber si de un mes para otro va uno a poder mantenerse a flote; pero yo creo que si algo ha dado fibra, musculatura y tono, energía, emoción y en una palabra “vida” a mi obra, ha sido precisamente esa circunstancia. Por otro lado, no es del todo bueno vivir dedicado exclusivamente a la lectura, la reflexión y la escritura, porque el aislamiento absoluto es una trampa tan peligrosa como la absoluta dispersión. Un escritor necesita estímulos externos, y para alguien cuya psicología roza, como llega a rozar la mía, la sociopatía, el imperativo de echarme a la calle todos los días para buscarme a metafórico castañazo limpio las habichuelas me conduce a un agonístico choque frontal con el mundo que paradójicamente refresca y da nuevos bríos e impulsos a lo que escribo. 

Para qué escribir. Dios mío, para qué decir absolutametne nada, si vienen luego los años y lo contradicen todo, antes de borrarlo del mapa para siempre. Qué gran verdad, la del que dijo que la vida es una enfermedad que se cura con el tiempo. 

El llamado “bloqueo del escritor” solo surge cuando el escritor está intentando sacar de sí algo que no lleva dentro; algo que sencillamente no sale de él, en el sentido más literal de la expresión. O sea: cuando no es capaz de dejar tranquilo al numen. Uno de los secretos de la escritura, quizá el fundamental, consiste precisamente en eso: dejar tranquilo al numen. No forzar la máquina; no empecinarse en producir por producir. Los hallazgos artísticos tienen lugar como los grandes descubrimientos científicos: de manera tangencial. Surgen como consecuencia indirecta de la “labor de fondo”, que en el caso del científico consiste en seguir adelante con su trabajo de ciencia básica, sin pensar demasiado en ningún resultado específico o concreto; en el caso del escritor, “esa ciencia básica” es la observación, la lectura y la reflexión: un estado de alerta consciente que no persigue ningún objetivo predeterminado. “Yo no busco, encuentro”, dicen que dijo Picasso. Y tenía razón. Quien busca arte, rara veces encuentra nada. 

Es curioso que me haya pasado años intentando no revelarle nada a nadie de mi vida privada, ni de mis más íntimos pensamientos, pasiones y pulsiones, y protegiéndome en todos los sentidos del insolente hocico metomentodo del mundo y de la gente; que en una palabra me haya pasado años vistiendo mis carnes emocionales, con el fin de resguardarlas lo mejor posible de las indiscretas y fundamentalmente obtusas miradas de los demás…, para luego convertir mi escritura en un inclemente ejercicio de sistemático y cruel desnudamiento anímico y humano, llevado hasta unos límites que incluso a mí me han legado a producir horror en más de una ocasión. Cuanto más violentamente viajaba el péndulo en una dirección, más violento era también su retroceso. El péndulo continúa con sus inmisericordes oscilaciones, su lunático vaivén, su implacable e imparable fluctuación; cada golpe de su eje me lleva más adentro de mí mismo, más al fin de la celiniana noche de mi alma, más al fondo de mi propia nada. Su música puede ser interpretada como siniestro tictac de la esquizofrenia; pero es también el palpitar de la poesía en movimiento que me salva. 

Solo lo que no es decible se me ocurre, es verdadero. Atrapar las cosas con palabras es capturar espectros. Decir la vida es terminar abrazado al cascarón vacío del recuerdo de uno mismo. Somos, todos nosotros, impenitentes masturbadores de nuestras propias emociones perdidas. 

Fuente de la imagen: http://empleadosdhltorija.wordpress.com/2012/08/31/roger-wolfe-se-me-estaba-olvidando-el-dolor/

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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