ESPECIAL POST Nº100: “Los 10 libros de mi vida”

Antes de todo quería aclarar lo que significa la lectura y en su total, la literatura. En realidad una enfermedad. Algo que una vez entras, no sales. Una sensación de leer ansiosa cada vez que descubres un nuevo libro. Una especie de destino que sin saberlo llega. Algo, donde por lo menos, dentro uno se siente poderoso. Mientras el mundo se empeña en hundirnos y la vida va menguando, leer y escribir reconstruye. Es como una especie de rebeldía. Como decía Luis Rosal en un verso, “pon en orden tus llagas y disponte a escribir, ésta es tu rebeldía, no tienes otra cosa que llevarte a la boca…”

1. The Lord Of The Rings (El Señor De Los Anillos), J. R. R. Tolkien (trilogía: La Comunidad Del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno Del Rey, Ed. Debolsillo). Mi regalo de comunión no pasó por mal regalo. Fue la primera novela de verdad que leí, con tan solo 9 años. La literatura fantástica, como sabéis los que conocéis mis preferencias y manías literarias, no tiene un sitio privilegiado en mi literatura. Sin embargo, creí indispensable mencionar como primera lectura la obra maestra de Tolkien. Mi madre aún recuerda ir a charlar con el profesor de mi clase sobre mis malos estudios debido a ese maldito libro. Me tenía que castigar sin leer. Y ahora ha pasado el tiempo y esta novela queda como una especie de poso en el subconsciente. Cuando la releo de vez en cuando, la leo con otros ojos. Quizás con los del niño que fui, con los ojos de haber descubierto ante sí el cáncer de la literatura, de hallar ante sí el foso del pensamiento, la cultura y los mundos infinitos que se vislumbran en un simple párrafo. Ahora “El Señor de los Anillos” yace en la habitación apilado junto a más libros corrientes, ajado por el tiempo y con hojas hasta despegadas, debido a que en su tiempo se hizo mi mejor amigo, y es por ese simple motivo por el que me veo obligado a incluirle en el puesto número 1.

2. Les Fleures Du Mal (Las Flores Del Mal), Charles Baudelaire (varias ediciones). Puede que este libro sea mi fetiche en mi particular biblioteca. Desde que lo leí, con apenas 14 años, la sombra de Baudelaire me persigue cada día y cada noche, por todas las calles, en las paredes de mi habitación, y en cada libro de poemas que leo. Porque dicen que cuando encuentras a TU LIBRO intentas ver en los demás libros lo que viste en él. Como con las mujeres y el primer amor. Decía que era mi fetiche, porque pesadillas y delirios aparte acerca del poeta francés que lo escribió, no sé si dejaré algún día de comprar ediciones de todo tipo de esta obra poética. Las dos últimas fueron compradas en los mercadillos de la orilla del Sena, por un precio más que razonable para fechar de 1930-1940 ambas ediciones. Hasta ahora, llevo cinco de la misma obra y autor. Creo que no dejaré de comprar ediciones en la vida. Una bilingüe, dos en español, y dos en francés. Sí, al fin y al cabo, Baudelaire fue una especie de padre existencial en una época de mucha tormenta en mi vida. Baudelaire sin duda, descubrió mi dolor, y a su vez comprendí que no tenía solución, pero por lo menos se podía atravesar y encarar a partir de la metáfora y la rebeldía. La rebeldía de un poema. La verdadera poesía. Fue entonces a partir de la lectura de Las Flores cuando de verdad pude llamar a lo que escribía “poesía”. Muchas personas en conversaciones paralelamente relacionadas con la existencia, aseguran que hay un momento de lucidez en tu historia en el que te das cuenta de lo que has sido, eres y serás en el resto de tu vida, y realmente creo que esa respuesta me fue desvelada al arrancar del jardín de la Biblioteca Pública de Valladolid estas flores malignas.

3. Howl (Aullido), Allen Ginsberg (ed. Anagrama). Con Ginsberg descubrí la forma. Cómo decirlo. El Rock&Roll. Los automóviles. Las alucinaciones de yagué. Las fiestas. El alcohol. Los cigarrillos acompañados de hermosos poemas. El ritmo. El puto jazz. La bohemia de un tiempo ya agotado. Lo que de verdad podríamos llamar vida. Pero también la fugacidad del tiempo y de la diversión, de los fines de semana y de los estados ebrios, y la permanencia inquebrantable de la locura, la soledad y el dolor en nuestra mente tan retorcida. Los suicidios. Los saxofones y los micrófonos (esto ya lo dije). Usar el amor como primera arma contra el silencio y propaganda capitalista. Tener presente el odio como una forma más de aburrimiento. A Karl Marx. La contemplación. La belleza de la amistad. El rostro del animal en la mirada del ser humano. La crueldad. El escepticismo. Miles Davis. Las conversaciones hipsters en cualquier bar o tejado o casa abandonada. Las jam-sessions. En definitiva, otro trozo de mí mismo. De mi manera de pensar. De mí mismo, de nuevo.

4. Antología Poética (1970-2000), Leopoldo María Panero (ed. de Túa Blesa, Editorial Visor). Qué decir del que ya sabéis que es para mí el mejor poeta en lengua hispana. Soy un bestia. Muchos lo dicen cuando les comento esto. “Con la de poetas que ha habido y te atreves a decir eso…”. Pues sí señores. Y no solo me une a Leopoldo sus letras. Más en plan confesión, lo que me une a Leopoldo es la tierra, el aire que respiró, los ríos que atravesó, las montañas que le resguardaron. Los campos de Castilla, los cuales son sus orígenes geográficos, en Astorga, León. Además, familia de lejana ya de mi padre, en los años en los que la familia Panero estuvo en terrible auge y era conocida en toda España por asuntos de todo tipo, tenían una relación cercana a ellos. Esto es debido a que ellos vivían en La Bañeza, otro pueblo de León más o menos cercano a Astorga. Mi padre me relató que su primo leonés, se trataba de vez en cuando de joven con la familia Colinas, donde se encuentra como referente máximo Antonio Colinas, poeta novísimo a la vez que Leopoldo, y estos a su vez, los Colinas, tenían contacto con los Panero. Yo no viví ni en esa época ni tampoco puedo presumir de haber conocido a los Panero ni a los Colinas. Sin embargo, cuando visioné con mis ojos las películas-documental que tanto Ricardo Franco como Jaime Chavárri realizaron sobre la familia Panero y su ambiente, no pude evitar verme reflejado en ese ambiente castellano. Fue como una pequeña chispa que se me encendió el leer a Leopoldo. Ver que esa nada de la que continuamente habla en sus poemas, ese vacío del que cuelgan ahorcados los versos, ese límite o agujero de realidad en el que se sumerge, no es otro que las depresiones geográficas de la estepa castellana. Mi estepa. Me sucedió lo mismo, por ejemplo, con Antonio Colinas y su poesía neo-romántica. Pero Leopoldo es diferente. Sin duda este libro del que os hablo, es mi lectura de “mesilla de noche” y nunca lo he dejado anclado en cada uno de mis viajes y aventuras. Es como otro corazón de supervivencia para mí. No podría desprenderme de él, ni dejar de leerlo en temporadas por más que quisiera. Quizás por eso acarreo una desesperación nata que yo llamo “de escritor” (en referencia a Enrique Vila-Matas). Porque sí, colegas, una vez que leí a Leopoldo fue como bajar a los infiernos y darte cuenta que nadie había pulsado el botón del ascensor, que no estaban abajo las llamas y la destrucción , sino arriba, en el aire. Solo espero tener la oportunidad de poder conectar físicamente con Leopoldo, llegar a verle y charlar, antes de que la enfermedad realmente se lo lleve por delante; aunque, como asegura en múltiples entrevistas mil veces cuando afirma que se ha intentado matar y le han intentado matar por todos los medios, pero “yo no me muero ni pa´trás, nunca lo conseguirán”.

5. Rayuela, Julio Cortázar (Varias ediciones). Jamás olvidaré aquellas tardes que empleé en la lectura de este libro. Apenas un adolescente inexperto, que solo devoraba poesía y se embarcó en las aventuras parisinas de estos argentinos exiliados. Puede ser que este sea el libro que me abriera a la prosa, aunque debería entrar también un Raymond Carver por ahí. Acudía a casa de mi abuela en la Huerta del Rey de Valladolid, la Gran Biblioteca como lo llamaba yo, y hacía que pasaran las horas pasando páginas y agotando los ojos por sus páginas viejas y un tanto descuidadas. Tardé menos de un mes en leer el tochazo de libro. Desde la primera frase hasta la última Cortázar me hizo enmudecer con su relato. Y también enamorarme más de la mítica ciudad de París. Este libro tiene algo de apocalíptico. En cada episodio y final del mismo. Yo mismo contemplaba el fin del mundo representado con el caer del día sobre el sofá, mientras la Maga se desnudaba y Rocamadour lloraba, mientras el mate de los personajes se acababa, mientras las clochards se mojaban en el Puente de Alejandro. Qué bueno Cortázar. Qué bueno lo que hiciste por este pobre aprendiz de escritor.

6. Sur les cimes du désespoir (En las cimas de la deseseración), Émil M. Cioran (Anagrama). Desde que leí la primera letra hasta la última de este libro sentí miedo. Miedo por mí. Porque sí, porque su escritor cuando lo escribió tenía la edad que tenía yo cuando lo leí, 17 años. Y como dice en el prólogo, “de no haberlo escrito me habría suicidado”. Y ese existencialismo extremo que nos pinta Cioran en cada uno de sus libros, pero especialmente en este, donde en mi opinión, la escritura no estaba controlada o depurada por el propio escritor. Es decir, sinceridad en su estado supremo. Todo el mundo habla de las obras Silogismos de la amargura Aciago demiurgo. Yo me quedo con esta. Con su novela límite. Que de no haberla escrito se hubiera suicidado. Más tarde, recurrí a varios ensayos del filósofo español Fernando Savater sobre este personaje para descubrir su vida y obra más profundamente y me asusté aún más. Me dio terror porque la vida de Cioran en su sentido más interior se parecía mucho a la mía. Pensé entonces que esta no era mi época. Mi época era escribir en francés siendo rumano cuando a Camus se le hacía mucho más caso dando sus habituales conferencias que a Angela Merkel. 

7. Arder en el agua Apagarse en el fuego, Charles Bukowski (ed. La poesía, Señor Hidalgo). De entre todas las numerosas obras de Bukowski siempre dije que me quedaba con la poesía. Porque como decía su amigo músico americano Tom Waits, “Bukowski es un poeta”. No digo que de prosa no sirva, novelas como Cartero, su primera obra y para mí la mejor novela, o los cuentos de relatos Música de cañerías, son sin duda auténticas obras literarias. Pero Bukowski para la poesía es algo superior. Una poesía marcada por las imágenes de las que ya nos acostumbramos una vez leer sus novelas y relatos, narrativa, perdedora, ebria y con ciertos toques clásicos de lo que hubiera podido ser este señor si no se hubiera echado a la bebida y los bares de L.A. “El dolor es absurdo/ porque existe”, versos como este no merecen ni explicación. O el poema “Abraza la Oscuridad” que yo recité en un vídeo. “El genio de la multitud”. Cualquiera. Bukowski figura en mi biblioteca personal como un referente literario, como la sombra de lo que significa una buena poesía con ritmo y sincera, sin miramientos. Como la vida misma. Tanto, que a veces nos pueda asustar y sorprender, y es ahí donde reside su grandeza. Muchas veces soñé perderme por todos esos bares de mala muerte y encontrarme a un viejo apoyado en la barra lanzando improperios a todo el que dignase pasar por su lado. 

8. Antología poética, Luis García Montero (Visor). Poemarios que siempre he leído son “El jardín extranjero” o “Completamente viernes”. Para mí Luis ha desarrollado una poesía urbana impecable. Otra de las obras con las que más me he sentido identificado. Qué bello era escaparme de casa cuando el tedio se aproximaba a mis rodillas y salir con un libro de Luis y un cigarrillo, ná más, a un portal de mi barrio y ponerme a leer. Las horas se me pasaban inéditas entre los versos de este autor. Fue uno de mis más claros referentes para la poesía que desarrollé durante dos años para mi primer poemario “Historia del Relámpago”. Cuando leí a García Montero vi una alternativa a toda esa poesía del sentimiento de Pablo Neruda. Situarla dentro de la ciudad y que la misma ciudad te llevara por cada una de sus esquinas. Luego el amor. Cuántas veces y cuántos momentos he tenido que correr a sus poemas cuando de verdad estaba terriblemente jodido sentimentalmente. Lo más importante de la poesía de Montero para mí es la metáfora, y también que sea una poesía destinada a todo el mundo, pero siempre salida de los fondos obreros y humildes. 

9. The Infinite Jest (La broma infinita), David Foster Wallace (Debolsillo). Qué brutal. Qué novela. Sinceramente si queréis poner a salvo vuestra mente y vuestra cordura, no la leáis. DFW ve como principal enemigo en su escritura al lector. Eso es lo más sorprendente de todo. Que hasta el propio título tiene significado saliendo del meramente literario. La rabia de Foster Wallace de ver un mundo que se descomponía, un mundo que en su novela distópica va contra el hombre, en el que no hay escapatoria y se es continuamente perseguido, vaya a ser por cualquiera o por uno mismo, donde la única evasión factible y verdadera es el propio suicidio, es desolador. Todo ello es desolador. Y en mi opinión, lo que hace DFW aparte de narrarnos este super-relato, es depurarse a sí mismo y al mundo. Una especie de autocrítica asentada bajo los cimientos de la organización humana que se caen en cada palabra y capítulo. Que sí, que nadie está a salvo. Nadie. Ni si quiera de sí mismo. Cuando comencé a leer esta obra estratosférica sentí un vértigo que me duró hasta la última página. Te descompone. Ten cuidado porque duele. No el dolor que pueda aplicarte un poema o una emoción no, un dolor físico y mental que te deja desasistido ante la propia palabra que solo expresa VERDAD.

10. Exhumación, Antonio J. Rodríguez & Luna Miguel (Alpha Mini). Es el único libro de la lista que no he leído. Y os diré por qué. En primer lugar, porque no lo he encontrado y yo no soy muy dado a las compras por Internet. En segundo lugar, la causa de haberlo añadido a la lista fue que me parecía indispensable incluir a estos dos autores noveles juntos. Descubrí a Antonio J. por Luna. Unos versos, un vídeo en YouTube fueron los que me catapultaron a esta literatura. Luna Miguel sin duda es para mí la perfecta poesía moderna. Es una pena que en nuestro país la poesía no tenga una difusión tan prolífica como la narrativa. Sinceramente, cuando encontré a Luna, pude hallar la voz poética perfecta para los tiempos actuales. Sí, estoy enamorado de cada uno de sus versos, de cada una de sus caídas y sus pensamientos estériles. Quiero ser de mayor como ella. Antonio J. y su novela, “Fresy Cool” me salvaron la vida. En medio de todo ese estado habitual mío de desesperación literaria y existencial, encontré una senda. Y era esa novela. Aunque tras unas relecturas la novela se queda un poco lejos de lo que los buenos críticos de literatura caracterizarían como “una buena novela”, me salvó la vida. Cuando leía “Fresy Cool” salía de toda esa nube de desesperación y me hacía vivir. Porque el personaje se me pegaba a la piel. Cada una de sus aventuras, acciones, pensamientos y conversaciones, me hacía poder vivir conmigo mismo. Puede que lo llamen “sentirte identificado con el personaje”, pero va más allá. Como dije, me salvó la vida. En realidad, la novela que llevo haciendo durante alrededor seis meses que lleva el título “THC”, es una especie de versificación de lo que leí en Fresy Cool, aderezada con intentos narrativos de DFW y todo el mundo beat de Burroughs o Bukowski. Antonio J. y Luna Miguel me enseñaron lo bonito que es “ser decadente”. Antes me sentía muy frustrado y desasistido. Después, sentí que entraba a formar parte del mundo literario. Que debía esforzarme. Y lo iba a conseguir. Espero conseguirlo algún día. Desde aquí quiero dar las gracias a estos dos autores que sé (o eso espero) que leerán esto. Algún día espero conoceros, ir para Barcelona y corrernos una buena juerga todos juntos. Gracias, de nuevo.

Muchas gracias a todos por seguirme durante estos 100 posts y espero que sean otros cien. La literatura, como París (en boca de Enrique Vila-Matas), no se acaba nunca. Como el Rock. Como la música en definitiva. Como el amor (en la visión de Lou Reed). Como la grandeza del hombre que aseguraba Allen Ginsberg. La literatura no se acaba nunca, es un camino de ida pero sin billete de vuelta. Aquí me tenéis hasta que quede un último libro en el planeta para seguir atendiendo a vuestros comentarios e intereses. Para seguir sirviendo a todo este suicidio loco y premeditado que es la escritura y la lectura. Gracias desde el fondo de mi habitación. La luz aún no ha llegado. La luz no es nuestra.

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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