“Angels in Heaven done sign my name”

Será que el jazz y la música popular nos enseñó que el estoicismo en la dura tormenta es una virtud, que es demasiado posible que nuestro dios nunca baje en nuestra ayuda y socorro, que una cajetilla de Lucky Strike posee veinte cigarrillos (tan solo veinte, tomároslo como queráis, solo veinte) y que el whisky mezclado con la ceniza es un perfecto veneno que nadie podría aguantar en su estómago.

Será que el jazz y la música popular nos enseñó a darles la patada a todos esos jodidos yuppies apoyados sobre la barra candente del olvido y el borreguismo, que los billetes de dólar solo funcionan como metáfora, que el odio es inevitablemente (y difícil de aceptar) perfecto, que no hay nada mejor (y a la vez peor) que una conversación sobre el suicidio, que el dolor es absurdo solamente porque existe, que la locura es la base de la humanidad y las cicatrices los pentagramas del cuerpo.

Será que el jazz y la música popular nos enseñó a creer demasiado poco en nosotros mismos pero demasiado en nuestras guitarras, que los armonicistas nunca fueron del todo buenos músicos pero sí buenas personas, que un White Label con hielo (3´5 €) sabe mejor si se toma mientras hablas con el corazón porque anula inmediatamente su precio original, que en esta vida o se es rematadamente y tontamente feliz o se es artista, y que si de verdad conoces a un verdadero bluesman y tienes esa suerte se hará inmortal en toda la ciudad.

Será también verdad, por tanto, que el jazz y la música popular nos hizo crecer bajo el aleteo del abanico de la irracional y pasional poesía, una poesía invisible y violenta que mutila al hombre, que lo iguala a su sombra y lo arrolla contra el suelo con la fuerza de un huracán de verano en alguna isla tropical, que rivaliza a la nada en su oposición al mundo, y pierde en su intento pero, fortalecida vuela sobre todo el aire trenzando fantasía y música, el único amor verdadero, la misión de las misiones, la aventura de las aventuras, el único calor que arropa. Su sagrado canto.

Esta entrada se la quería dedicar a dos personas muy grandes. Una de ellas, por su cumpleaños, que es hoy: mi gran amigo Rubén. Lo celebraremos en unas horas como si fuera la última noche del planeta.

La otra, no sé exactamente si es necesario nombrarla, seguramente se haya dado cuenta una vez que haya leído toda esta jodida mariconada trasnochada y cutre de viernes a las cinco de la madrugada, cuando a uno le da por escribir mientras oye en los altavoces a sus héroes, a nuestros héroes: Mike Terry Gutmen, bluesman de Valladolid y el único artista de carne y hueso que he tenido la suerte de conocer jamás.

 

Y por supuesto, a todos ellos, los Jinetes de la Tormenta, como diría Rodri (jajaja):

 

Fuente de la imagen 2: http://chusmi10.blogspot.com.es/2012/06/mike-terry-gutmen.html

 

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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