Otra canción perfecta

Otra canción perfecta. Como las que solíamos escuchar. Una canción de esas que merece la pena vivir para escucharlas. Que puedes escuchar toda la vida y viceversa: toda la vida te persigue como si fueras su presa, un mero embalse que se vacía para llenarse de su música y verso. Única meta de la felicidad suprema: vaciarse por completo para llenarse enteramente.

Otra canción perfecta. Como las que solíamos escuchar. En la Universidad admitían mi parecido físico con el tipo que la canta. Unos auténticos estúpidos. Todos. Más quisiera yo. Más quisiéramos todos. Morir para llenarnos de vida.

Otra canción perfecta. Como las que solíamos escuchar. En estos últimos días no he dejado de escribir entradas. Una por día de media. Será porque estoy deprimido. Será porque todo lo está. Será porque el tedio me persigue con su hacha fabricada de nubes de pasión rota y vencida. Será porque son las cinco de la tarde y es la hora del té y no tenemos té para seguir adelante. Será porque hemos vivido tanto que ya nada vale la pena. Será por eso. Eso, nada más.

Otra canción perfecta. Como las que solíamos escuchar. En mi anterior entrada, escrita ayer, afirmaba, cual Enrique Vila-Matas, que “París no se acababa nunca”. Bien sabemos que eso es mentira. Y que París no es más que otra “Lady Blue” que amarga la existencia por su ausencia. Será que estoy demasiado concentrado en su libro homónimo. “París no se acaba nunca” denuncia a un escritor cuyos pensamientos son de continuo fracaso. Pero todos sabemos que la única moraleja del libro de Enrique Vila-Matas es la pura ironía. Mata con la ironía. Como el personaje de su libro. Un tipo que desea escribir una novela a partir de la cual quien la lea muera en el acto. Buen argumento. Moraleja: la antes mencionada ironía. La ironía como base que sostiene toda la realidad. Toda una realidad uniformemente trágica.

Otra canción perfecta. Como las que solíamos escuchar. Será porque tengo todos mis discos desparramados por mi habitación. El otro día un amigo me dijo que durmió sobre sus vinilos. Y yo lo probé esta noche. Queda caótico y artístico. Demasiado bohemio. Lo único que le falta a mi habitación es el retrato de Richards que compré en el mercadillo a las orillas del Sena. Será porque tengo miedo que me mire con sus ojos de éxito y genialidad. Porque no todos llegamos a ello. No todos. Por eso nos retorcemos con las canciones perfectas durante toda nuestra vida. Será por eso. Porque solo encontramos la perfección en el mundo exterior. Será por eso por lo que la gente me llama triste y por lo que me gusta tanto el libro de Enrique Vila-Matas, porque va de alguien fracasado que no entiende que la base de su éxito y más tarde la columna vertical de su éxito es su fracaso. Será por eso por lo que nadie aprende a ser feliz. Porque nos regocijamos en la perfección absoluta. Porque escuchamos canciones perfectas y libros sobre la desesperación admitida como el inicio de toda aventura novelesca de un escritor.

Otra canción perfecta. Como las que solíamos escuchar a veces. “Desde hoy, no temas nada,/ no hace falta ya./ Todo se fue con el Huracán.”

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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