Lección de humildad

Ayer estuve en un concierto de unos amigos que habían venido de Madrid. Fue en un bar de uno de la banda. Éramos seis personas de público y ellos tocando amablemente.

Pude oír en ellos ciertos toques de un estilo ya extinguido, que había en grabaciones no oficiales de grupos como la Velvet Underground o los ensayos de los Sex Pistols. Todo muy casero. Los asistentes podíamos oír el repiquetear de la palma sobre la coraza de las guitarras, el latido de los bajos al pulsar en sus grandes cuerdas y el estruendo de las baquetas contra una batería eléctrica.

El concierto de dicho grupo que no nombraré me lleva a dedicar unas líneas en este nuevo post debido al romanticismo del momento. Puedo llegar a decir que antes de empezar, hubo que engrasar con aceite cocinar la batería eléctrica, la guitarra hubo que afinarla a oído y el bajo lucía un hermoso pedal con el que controlar los sonidos y volumen que salía por el amplificador.

Ayer asistí a una lección de música por decirlo así. Por supuesto, el sonido no era nada bueno. La batería poco a poco se iba cayendo por las barras de sujección, la guitarra se desafinaba al poco y una guitarra española hacía de guitarra electroacústica luchando por imponer su sonido entre todo el resto de instrumentos.

Asistí a una lección de música y de vida, el grupo del que os hablo era un grupo humilde que sabía tocar sus canciones y hacernos emocionar al público sin necesitar demasiada financiación en instrumentos.

Muchas veces, nosotros, los músicos, luchamos día a día por conseguir sonar mejor y mejor, y parece que todo eso solo lo resuelve el dinero. Seguramente si hubiera en la sala un experto en producción musical y sonido se hubiera ido a la tercera canción porque no aguantaba. Pero dicho grupo me convenció totalmente de que no se necesitan grandes inversiones en instrumentos, ni en publicidad, ni en equipos de sonido. Que lo que importa es la calidad. Y ahí calaron hondo. 

Gracias les doy a ellos por demostrarme un día más que (trasladando a un plano más social y político) no se necesitan grandes fortunas para ser feliz y demostrar lo que uno vale, por emocionar a un público atento a cada uno de sus movimientos y que llega a admirarlos. Gracias por la humildad, porque aquí es donde de verdad se ve la bondad humana y la ilusión. No en todos aquellos músicos los cuales les hace todo una mesa buena de sonido. Estarán muy orgullosos en sus sillas forrándose de dinero. 

Como tantas otras veces, recurriré al gran Lou Reed para definir este pensamiento:

“Los hombres de inicio humilde” son los verdaderos, los que conocen de verdad el máximo vital, aquellos que se mantienen firmes aún cuando la tormenta no cesa o derrotados cuando ya ha cesado, aquellos que poseen el don de la generosidad y la bondad, al margen de los intereses, y que son muchísimo más felices que toda aquella mugre andante de capitales y “sabiduría”, élites, al fin y al cabo de las que rehuyen. 

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Autor: Enrique Zamorano

Periodista, escritor y músico. Autor de "La muerte del Hombre Orquesta" (LUMA, 89plus, 2014) y de la pequeña antología "Adiós a las águilas: seis poemas de Leopoldo María Panero" (2014). Love In Veins, Raindogs, Last River Together...

1 comentario en “Lección de humildad”

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