An American Night y Gustavo Martín Garzo.

Os informo que recientemente he ganado el concurso literario “Gustavo Martín Garzo” de relatos organizado por el I.E.S. Arca Real de Valladolid por un relato titulado “An American Night” y que dejo aquí para que leáis y opinéis si lo deseáis. También lo subiré en breve a la plataforma megustaescribir.com donde podréis leerlo en formato PDF y ver las impresiones de los demás escritores. Un saludo y muchas gracias.

Small Change got rained on his own 38

Tom Waits.

Saxo saxo saxo saxo desafina.

Cómo remontaremos la noche, cómo haremos de la tragedia comedia, hey, tell me, atracaremos la tienda de helados o robaremos papeles tintados con la cara del presidente más feo de la historia. Los chicos se baten en la noche, pelea callejera, street hassle. Navajas que brillan bajo la luz débil de la farola que refleja la vida y la muerte, la sobredosis y el cielo. Y piensan, todos es posible sobre la noche precipitada americana por el resquicio débil en la conjetura de un tejado mojado pararrayos paralunas donde se pueda dormir sintiendo el frío de locos de su esqueleto. Adormeciendo sus mentes y despertando al cuerpo. Bendiciendo a Ginsberg aullando al anochecer, desafiándose en medio de la calle, buscando hadas y ángeles, en los grandes rascacielos cuando solo encontraban la corbata y el capital a modo de escupitajo a sus cabezas, que cruzaron las grandes dunas de baldosas sobre sus coches de faros torcidos y apedreados, que un fin de semana fueron al desierto para cantar the End y depurar las puertas de la perfección, para verlo todo infinito a la luna, y rompieron a llorar al ver el basilisco gigante que les mordía los pies. Y allí estaban ellos, jodiendo a Moloch hasta la eternidad o hasta que las fuerzas se les fueran, para rivalizar a la noche y su arista de tres puntas oscuras, para echar un pulso desnudo en la acera de lluvia con la moral, y para buscar la luz libertadora inventada al final de una posible salida que les separara de los edificios, de las cloacas, del esperpento, de las empresas, del dinero, del calor flamígero del sol que les mataba y desvelaba sus cuerpos.

Sólo rezaban al saxo saxo saxo saxo

Los agentes del día cafeína, azúcar y Lucky Strike participan en el efecto cadena del nuevo impulso a una nueva mañana cansada con borregos yendo a trabajar como las ovejas al pasto. Ahora, somos más libres, como un viejo boxeador que aspira a alcanzar a Dios con su puño, como todos aquellos que buscan un gusano o ratón debajo de su cama que los hace mantener las noches en vela y sólo lo buscan para matarlo, como aquellos hijos bastardos cobardes, daddy please, give me more money, ellos piden, sólo para gastárselo en el Blanco que les destruirá el tabique nasal y el cerebro, o los viejos consumidores de la pastilla azul que sueñan, o una simple invitación a la tristeza marcada por Tom, en las puertas de un cementerio presente, cuyos cipreses aspiran a ser más altos y estirarse como una erección y llegar al cielo, como el boxeador. Sólo sigue tus instintos, Jack, instintos bañados en teléfonos amarillos que llaman a alguien a las tantas de la madrugada para sobrevivir o para morir sepultado por los camiones del curro. No sabes lo suficiente, nadie lo sabe, sólo el saxo saxo saxo

Un grupo de amigos taladra jukebox en asientos vacíos tragaperras de la ciudad, pasan de largo neones gigantescos por sus ojos y sus venas se hinchan con la adrenalina. Maniquíes desnudos o llevando faldas calzones bragas, parados como hijos de la esfinge en antiguos escaparates de la calle 38. Parecen que se les van a comer los extraterrestres absorbiéndolos con sus luces fantásticas y usted mira como si hubiera algo raro o parecido distinto en sus miradas de la suya.

Y jura, jura, jura, jura al saxo saxo saxo

Y el pobre hombre de bar abandonado mira como el tiempo pasa debajo del culo de su botella de cristal vacía de ginebra buscando algo nuevo allí y admirando la belleza de la madurita de la esquina con sus piernas desnudas del color azul glaciar salivar del poema que representa un semáforo. Entonces alguien saca una weapon y todo el mundo se agacha temiendo el fogonazo pero nadie reza. Nadie. Puede que todos piensen en que aquel chico dispare y los atraviese, y manchen sus camisas grises del color de la amargura púrpura de esmalte, o que una nueva ayuda caiga del cielo en forma de policía, o que saque cualquier de ellos otra gun y dispare a desparpajo a su amenazador, o que ellos mismos sean sus propios cazadores y se entreguen al fogonazo simultáneo al último capítulo encerrado en el último segundo del sorbo de su vaso vacío de ginebra.

Desafinando en la pura noche, como ruido de fondo, saxo saxo saxo saxo

Gran arcada ebria sobre el palacio de los ascensores y los cuervos que los guardan. Ellos creían que era locura arte saxo pero no, todo era real. Sus manos lentas crujían en orden pero el Blanco  y la Enana Marrón los paralizaba. Nadie cierra sus ojos a la noche, nadie. Sus ojos chocan contra la carne y el peyote que les permite ver sobre ella. Los gitanos. Las fregonas. La lejía, lejía blanca, cristalina y mortal en el estómago. El Ejército de la Salvación. Los micrófonos y los suicidios. Estertores mudos cargados de espejismo y nihilismo, rebeldía revuelta sobre la sopa del viejo que la sopla con los labios y Dylan Thomas, último poeta maldito, Dylan Thomas, danos de comer de tus manos de opio e incienso y bendice nuestros pasos con el poder de la hecatombe y que nos sirva de almohada para romper las ventanas de nuestra sucia y aburrida habitación que se come poco a poco el nihilismo nihilismo nihilismo y Freud y los porros y las pajas y la bebida. Y toda su ingeniería, nuestra ingeniería, directa al pozo de la conciencia, agujero negro de la razón, y al vértigo y a la altura que en su noche se precipita como  cascada abundante en forma de lluvia y por las mañanas renace de sus cuerpos los cuales permanecen abrasados como salchichas del puesto de la calle 48. Y no hay taras ni peajes, ellos corren la carrera hacia el artista cachorro, Dylan Thomas, de nuevo, Dylan Thomas mezclado con ron.

Y que te acompañe el saxo, el saxo saxo  saxo

Y ahora mismo ellos buscan el infinito a través de los ejes cartesianos hacia el sabor cervecero de un sábado por la noche y se arrepienten de haber caminado tanto para llegar a un callejón sin salida que les prolonga y el cual no ven por la neblina serpiente que nubla sus pupilas y que intentan retroceder por ella a la tierra y al soslayo del camaleón agazapado en la oscuridad, al placer del olor a unas bragas de lycra y látex en el placer de hacer de una hormiga un elefante en el placer de buscar sólo por buscar o por aburrimiento o por el placer de estamparse con el fin de la pared, el hígado and the pills de su depresión cardíaca aislada en un agujero de enfermedad por pompas de nicotina. Sienten que no hay barreras. Sólo un peaje al aullido. Al eslabón perdido, a la conciencia. Al corazón de New Orleans, al jazz. Al lamento y olvido de aquella Idea que sólo los atormenta por existir. Y mientras agrupan fuerzas para Once upon a time, olores a cocina, cocacína de la suciedad, a platos vacíos sin comida y bolsos vacíos y cajas vacías y pechos vacíos y cabezas vacías todo vacío, just like that, en el eje transversal contra la perfección de una vida.

Por una última vez, saxo saxo saxo saxo retumba en la oscuridad de la noche Americana y devuelve la inspiración a tus hijos swing, a tus Sultans of Swing, a tus hijos naturales de Mark Knopfler, y en letras Allen Ginsberg, a tus gitanos, a tus repudiados, a tus poetas, a tus animales, a tus víctimas, a tus siervos, a tus tristezas, a tus noches, a tus desenfrenados hijos de la locura y del valle secreto que acudimos a tu llamada.

Enrique Zamorano. (Historia del Relámpago, 2011)

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

Un comentario en “An American Night y Gustavo Martín Garzo.”

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