“Que todo esto te ahorque por fin a un lugar que no existe” (I)

En esta nueva reunión de poemas y poetas he tomado por opción al mejor poeta español que he leído hasta la fecha, sin ninguna duda: Leopoldo María Panero. Su poesía es la rara avis de este tugurio literario de nombre España. Una voz que solo sale o bien del vacío, colgando de él y postrada como una enfermedad o locura, o bien de fuera de un ser que decidió hace bastante tiempo que la vida y él no se llevaban bien. Y es por lo que me gusta tanto este poeta, cuando leáis sus poemas quedaréis fascinados por el vértigo que os imprime su lectura. El poeta queda fuera de lugar, en un no-lugar desde donde nos habla. Solo queda su voz a modo de sello de silencio o último suspiro (véanse los títulos de la mayoría de sus poemarios, que siempre imprimen esa sensación de fin, de Apocalipsis: “Narciso en el último acorde de las flautas”, “Last River Together” o “El último hombre”). Panero nos habla del proceso de destrucción, todo aquello que cae por la inercia, pero no una inercia física, sino una inercia vital. Y así lo demuestran sus poemas. Acompañadme, a un lugar desconocido donde la destrucción, el desmoronamiento y la caída de la realidad es el Dios. Acompañadme, a un lugar que nunca antes habíais conocido, en palabras del poeta “que todo esto te ahorque por fin a un lugar que no existe”. Para comenzar con esta nueva categoría “Last River Together” dedicada a este gran poeta prefiero que sea vuestra experiencia lectora la que os guíe, y de entrada os daré a leer tres poemas de este genial autor.

El primer poema que tenemos ante nosotros se llama “Blancanieves se despide de los siete enanos” (Así se fundó Carnaby Street, 1970). Es un poema tan último, tan apocalíptico que por muchas veces y durante tantos años lo siga leyendo, me estremece de igual manera:

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban.

Está en venta el jardín de los cerezos.

El siguiente poema, titulado “The End”  (EL QUE NO VE, 1980). Este es un poema de abnegación vital que produce una nula sorpresa del sujeto cuando la muerte se le presenta desnuda en la habitación donde se encuentra. Observad con qué tranquilidad habla de morir y los símbolos que utiliza para referirse a su vida y en correspondencia, a su muerte:

He fumado mi vida y del incendio
sorpresivo quedan
en mi memoria las ridículas colillas:
seres que no me vieron, mujeres como vaho,
humo en las bocas, y silencio
por doquier, como un sudario
para lo que no quise ser, y fue
como vapor o estela sobre las olas ociosas, niños con marinera
que en la escuela aprendieron el Error.
No había nadie en aquel pozo, estaba
vacía la cárcel, pienso cuando
abriendo al fin la puerta, y descorriendo
por fin el cerrojo que me unía
inútilmente a las águilas, y me hacía
amar las islas y adorar la nada,
descubro
banal, y sonriéndome,

la luz.

El último poema, “Imitación de Pessoa” (Last River Together, 1980). Un intento de aproximarse hacia la idea de amor, que una vez vista, es desechada. El último verso es uno de los versos que más se han quedado sin intención en mi cerebro. Es tan desconsolador, que aterra. Algo así como una especie de profecía, un canto contra la propia vida que no entiende de la pureza amorosa que busca el poeta:

Amor, no seas: huye del ser y que a ti el ser rehúya

Como a un muerto, y dile, no me toques

Como a un muerto, que no plante en ti

Su zarpa de animal la vida, que

Vivir es pecado, amor, no seas

Huele mal la vida, amor

No seas que vivir es una

Huida perenne de aquel nacer que extraños

Conspiraron contra tu dicha un día, de aquel

Nacer que esos desconocidos

Te quisieron y no te pudo nadie

Porque eres virgen todavía, virgen

Como un santo, de la vida:

Amor, sé como yo, no seas.

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

2 comentarios en ““Que todo esto te ahorque por fin a un lugar que no existe” (I)”

  1. Leopoldo María es el único poeta vivo que queda en este país asesino de poetas, su locura le salva de ser víctima de este fratricidio infame que padecemos.

    1. Para mí Leopoldo María Panero es el único poeta entre otros como bien podrían ser Mallarmé, Rimbaud, Cioran…que ha vivido por la literatura. Es decir, la literatura no se contempla como una rama de su vida, afición, experiencia, sino es su vida en sí. Para mí ahí es donde está la genialidad de todo artista, que nunca se podría separar de su arte, en este caso de su mano que escribe.
      “Todos somos hermanos de lo Imposible” (Epitafio//Carta al Padre, Leopoldo María Panero)

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