La sombra de Lou Reed.

Lou Reed siempre ha poseído una imagen muy polémica con respecto a su carrera musical y también por supuesto en lo relacionado a lo extra-musical. Es esa clase de artistas que o les odias sobre todos los demás artistas o les amas con todo lo que puede amar tu capacidad de emoción e instinto por el arte. A mí, me parece el mejor artista y músico (que me perdone Dylan, es su compañero en mi lista de los mejores) de todo lo que he escuchado hasta ahora. Mucha gente lo ha llegado a amenazar de muerte por el disco Lulú (2011) que elaboró junto a la banda de trash metal Metallica. A mí ese disco me emociona con una emoción imposible. He indagado en esas amenazas, opiniones en su mayoría hiperbolizadas que llegan a extremos donde la realidad y la ficción se confunden como cualquiera que está disgustado por algo y en un momento determinado de tensión suelta las mayores imbecilidades posibles. Pero la tesis, el ojo del huracán, los motivos que me llevan a hacer esta entrada no es romper una espada por Lou Reed, sino intentar hacer un ejercicio de comprensión hacia una de las personas más complejas de la historia, como es el genio Lou. Y he de deciros, que aunque suene irracional y muy exagerado, creo que Lou Reed se relame con los comentarios por parte de las personas que han atacado su disco de una forma descarnada e inconsciente.

Lou Reed ha sido siempre el padre de la provocación. Pero no de la provocación más humana y evidente, sino de la provocación en el sentido entero de la palabra, en su sentido puro. Es decir, no la provocación para producir disgusto, asco, cambio en el carácter interior de las personas. Lo suyo consistió y consiste en una provocación en su sentido propio, sin intento de contaminación a sus receptores, una provocación metafísica y necesaria, rebelde, que si esta no saliera y no la dejase fluir, estallaría algo en su ser que lo destruiría. El disco de Lulú me parece algo único. Al igual que lo fue el tan famoso The Velvet Underground & Nico (1967) que marcó a toda una generación y aún permanece vigente para muchas personas, y el escandaloso Metal Machine Music (1975) que si por aquel año existiera el Internet lo hubieran matado de verdad. Estos discos dicen mucho del último lanzado hasta la fecha. El primero, no solo sirvió para dar un golpe a la mesa del pop de por aquel entonces sino para dar un paso de futuro en la entrada del rock alternativo y el rock experimental (no psicodélico, no hay que confundirlo con Pink Floyd. Hay una diferencia clave, Lou Reed y la Velvet versaba la música sobre el realismo sucio de Delmore Swarchtz y la poesía y estilo beat, Pink Floyd era algo fuera de toda naturaleza). En el caso del Metal Machine Music, el mejor trabajo que ha hecho en toda su carrera y del que más orgulloso está,  (palabras del propio artista), se trata de un disco verdaderamente experimental, destructivo y apocalíptico. Grabado en una noche con las guitarras desafinadas completamente y los amplis con su potencia subida hasta su tope. Distorsión continua en ochenta minutos de disco.  Este disco está catalogado por los expertos como el peor disco de la historia. A mí, como seguro que a los chicos de Sonic Youth, les parece el mejor. Creador del noise industrial, sin haber entrado siquiera en la década del ochenta, cómo tragar un disco como ese, inducidor al suicidio, a la locura y a la violencia… Así es Lou Reed. Lo mismo pasa con Lulú. Lulú es un disco que interpone al receptor de la obra contra la obra misma. Como los dos discos anteriores mencionados. La música nos produce vértigo, arcadas. Aquí vemos la gran utilidad de contar con la música de una de las mejores bandas que han pisado el planeta, Metallica. Porque el disco Lulú es una obra solo de Reed, no de Metallica. Eso puede dar lugar a errores a la hora de tratar el disco, ya que un fan de Metallica sería incapaz de entenderlo a no ser que tenga en cuenta quien es Lou Reed. Por ello los que más se quejan del disco son los fans de Metallica. Pero es imprescindible entender que  de Metallica solo es la música, no el disco.

Pero no es eso a donde quiero llegar, sino a la increíble personalidad de Lou. El disco se compone de diez canciones. Las nueve primeras son horribles, un maltrato psíquico y moral a los oídos. Un lenguaje musical hostil y rudo que destrozan cualquier mente abierta a escuchar lo que se llama “música”. Pero hay un detalle. Y este es la última canción: Junior Dad. Una de las canciones más bellas que se han hecho nunca.

Escuchar con detalle el disco de principio a fin. Una y otra vez para entenderlo. Esa es la misión. Comprobar que las nueve canciones iniciales son horribles y descarnadas, nada humanas y fuera de todo contexto agradablemente musical. Salvando quizás The View Iced Honey que aún contienen algo de melodía pop y accesible. El resto son canciones compuestas desde el vacío y la discordia, la miseria y la deshumanización. Aún resuenan en mi mente versos tan horribles como “I wanna see your suicide” (“Quiero ver tu suicidio”). Pero después de toda esa tiniebla (no es el término correcto porque ni siquiera se presiente tiniebla o oscuridad, sino vacío e ira descarnada), después queda la gran luz que ilumina todo el paisaje del disco. No es casualidad que la canción Junior Dad dure veinte minutos, diez de los cuales es música ambiental, parecida a un disco anterior de Reed, Hudson River Wind Meditations. Muchos dicen que a esa canción la sobran los correspondientes minutos de ambiente, pero creo que es simbólico. En realidad, la canción no parece acabarse, sino que continúa diluyéndose el sonido hasta apagarse. Algo parecido sucede con el anterior mencionado Metal Machine Music, cuyo sonido (porque no merece llamarse música) no tiene fin. Pero dejan esos diez minutos de ambiente como para defender la profundidad y el mensaje del disco. Que no es otro que ese: la crudeza del sonido, de las letras, de los ruidos, de las palabras, de las canciones en general, resultan abocar hacia un final épico y luminoso, inspirador e inconsciente, confortable y simple. Ese es el motivo del disco. Por ello Junior Dad es la canción que más dura en el disco, porque está pensada como una forma de compensación, de bálsamo para el oyente, después de haberle puesto en los límites más horribles del lugar donde acaba la música y comienza el ruido y de donde acaba la creación y nace la destrucción.

Si Bob Dylan, Led Zeppelin, los Rolling Stones, Pink Floyd, o incluso la propia banda Metallica hubieran compuesto Junior Dad, la gente moriría en loas hacia ellos. Porque sí, amigos, estamos ante una de las canciones más bellas jamás creada, un ascenso moderno de samplers hacia los cielos, hacia la inocencia y el paraíso, en definitiva, una obra que como pocas y muchas, no se puede explicar fácilmente con las palabras. Es comenzar la canción y los riffs de Hammet y Hetfield , acompañados del golpe de bombo, caja y platos de Ulrich, y todo eso mezclado con la prodigiosa interpretación vocal de Reed, amarga y muriente, y otras veces rabiosa y rebelde, hacen que los pelos salten erizados y que la realidad en la que nos encontramos sea fácilmente reconocible. Porque es eso lo que produce la canción, amigos, una caída de la realidad, por otra que no conocemos y nos resulta inexplicable. Es una canción nacida de la incomprensión y el misterio, una canción poco reconocible y encasillable. El estilo de los riffs puede ser reconocido en las canciones más lentas y sensibles de Metallica, pero la idea de canción en su conjunto no. No es sorprendente que una anécdota sea que al mostrarles la canción y letra Reed a su banda de préstamo estos lloraran a lagrimones. Se pueden visionar mundos musicales desconocidos en la década del sesenta, setenta y ochenta. Pero no en el 2011. Y Lou Reed, como siempre, lo ha conseguido.

En cuanto a lo anteriormente explicado y dicho de la provocación, y mi tesis y apuesta de que Reed estará encantado con todos los disgustos que ha producido a los fans (a pesar de decir en una ocasión que él ya no tiene fans desde que sacó el Metal Machine Music), debo alegar que Lou Reed pone de frente al oyente con su moral musical y de ahí a ningún sitio, a ninguna parte. Escuchar algo que no esperabas escuchar sin motivo alguno, algo que no abarcas de ninguna manera y te desconcierta con toda la fuerza del odio, el disgusto y la irracional locura. Te sostiene en los límites de lo escuchable y arriesga tirando de ti más y más fuerte hasta que te rompes y desintegras, y dices, “dios, tengo que apagar esa música, no la soporto más…” Pero llega el final, la última canción, la obra reconfortable del disco, tu premio, la obra puesta en tus manos como tu propio hijo, fruto de una empatía inhumana que construye Junior Dad desde las cenizas del sonido. Y ese es el mayor valor de todos. Aún recuerdo la mítica frase de Reed que cambió mi vida y mi concepción de la misma: “the Glory of Love just might come through” (Coney Island Baby). En este disco la podemos sacar como ejercicio de conciencia de nuevo, impresa al disco y a su concepto. Las torturas son numerosas, dolorosas y muy hirientes, pero después de ello, después “de haber odiado todo y de haber querido vender tu alma a quien la quisiera”, como dice la canción Coney Island Baby, queda la gloria de la luz y el amor que aún así dura más que cualquier otra tortura (Junior Dad es la canción que más dura del disco). Porque el amor te sacará adelante y te acompañará siempre, cada vez que mueras.

Entiendo que a lo mejor no hayáis podido entender todo lo que habéis leído sobre Lou Reed y sus obras, solo deciros que hay una moraleja, una verdad universal en todo esto: Lou Reed hace morir y vivir. Tal y como puede levantar tu vida y honrarla puede ensuciarla, mancharla, vejarla y despreciarla con toda la fuerza posible. Hace tiempo leí una obra biográfica sobre él y hasta las propias amantes de la época en la que era joven, alegaban eso. Ese es el fondo de todo este torbellino. Pero en el fondo provocar, ya que esa es la mayor función de un artista, provocar algo en el receptor de su obra. Pero no “algo”, un sentimiento, una verdad, cualquier sensación, sino colocarle en los límites y extremos de todo para que contemple el nacimiento y la muerte de todo lo que vive y muere. De nuestra propia vida y existencia. Es quizás por ello por lo que muchos no entiendan este experimento moderno de Reed, porque forma parte de una gran paradoja sobre la naturaleza humana y esta a su vez es tan complicada de entender como las obras que verdaderamente, en su sentido más puro y extremo, versan sobre ella.

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Autor: Enrique Zamorano

1993. Periodismo. Literatura. Rock&Roll.

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