“Forget”, Xiu Xiu (Polyvinil Record Co. 2017)

(Artículo publicado en ROCK I+D)

Art rock, experimental, drone, noise… Xiu Xiu es la prueba palpable de que categorizar y separar géneros no sirve para nada. Su nuevo lanzamiento, Forget, es un ejercicio de contemporaneidad frente a lo ya dicho, lo ya cantado, lo ya argumentado. Buscar la autenticidad dentro de la vanguardia a estas alturas es más que un reto; se trata de la pepita de oro que nunca aparece. Y Xiu Xiu con este trabajo han encontrado su espacio de acción `pop´después de varios años buscándose con obras musicales diríamos, performáticas, como Kling Klang, el único disco en el mundo fabricado a partir de 999 vibradores de plástico atados a una estatua del artista conceptual Danh Vo en las calles de Brooklyn.

Forget olvida –nunca mejor dicho- el discurso primigenio de Xiu Xiu y ahonda en una tónica pop que muy seguramente servirá de epítome de una nueva generación musical que aún está por venir. Adelantados a su época, Jamie Stewart y compañía han diseñado un álbum mucho más accesible que sus predecesores pero sin dejar atrás su sello de identidad. A lo largo de las diez canciones que lo componen somos sorprendidos por la imparable masa de ruido blanco, beats violentos y lacerantes, cacofonías aisladas y arreglos industriales que se suceden de manera maniática, caótica y exasperada por todas las pistas.

Las dos primeras canciones, “The Call” y “Queen of the Losers” resultan ser una bofetada directa al oyente. La voz, inflada hasta lo grotesco, se asemeja muchísimo a los registros graves de un David Bowie que se ha ido de viaje a Japón para no regresar jamás. El golpe de efecto llega con el tercer corte, “Wondering”. Sin duda, fácilmente puede llegar a ser una de las mejores canciones en lo que llevamos de año. Muy difícil no caer en la tentación de darle al replay una vez termina.

“Get Up” y “Hay Choco Bananas” marcan el respiro necesario del disco. La primera arranca con una atmósfera sencilla y espacial construida con tan solo tres acordes de guitarra. Stewart aquí decide regalarnos una voz alejada del histrionismo y un correcto solo de guitarra despide el tema entre bambalinas de ruido. “Hay Choco Bananas”, mucho más industrial, conserva algunos momentos de belleza e interioridad con la presencia de un coro femenino encubierto tras capas y capas de música concreta.

“Jenny GoGo” resulta ser el plato fuerte de la colección. Con unos bajos e inspiración cien por cien new wave, las cacofonías, los gritos entrecortados y el hermetismo retoman el protagonismo. Pura seña de identidad de la banda americana. “At Last, At Last” seduce por su parte interpretativa y sus cambios de ritmo. Ambas canciones parecen ilustrar una búsqueda del pensamiento automático y casi esquizofrénico, tanto por la parte musical como por las letras. Una huida traumática y angustiosa del imperio de lo efímero hacia lo extraño, lo abyecto. Una constatación de la vileza del tiempo presente camuflada sobre pantallas inoculantes de deseo.

La canción que da título al álbum, “Forget”, representa lo que podría ser un David Bowie en mitad de un exorcismo. Si creíamos haber tomado tierra, nada más lejos de la realidad. “Petite”, en cambio, se enmarca como la balada del disco. Sencilla y esquelética, de producción cien por cien orgánica, con arreglos de cuerda en el estribillo y la voz planeando en las alturas, parece expresar la debilidad del ser humano frente a lo divino.

“Because I was born dead. And I was born to die”. De esta forma se despide la mayúscula “Faith, Torn Apart”, y por ende, el disco. Un tema de ocho minutos labrado a partir de un sintetizador ensordecedor y disociativo que avanza hacia una pieza de spoken word recitada por el artista queer de performance Vaginal Davis. En resumen, un álbum para perder el aliento, para escuchar tanto en soledad como en compañía y ser triturado por las capas de ruido, distorsión y mensajes encriptados que en él se contienen.

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“Alice Glass EP”, Alice Glass (Loma Vista Recordings, 2017)

Artículo publicado en ROCK I+D

“¿Valgo la pena o no valgo nada? / ¿Llegaré a entenderlo alguna vez? / Me vendí a él / Sé tu propia víctima / Y con este juego de cuerdas / Átame”. Así arranca el nuevo álbum de Alice Glass, voz, referente y símbolo vivo del grupo canadiense Crystal Castles hasta su renuncia en 2014 alegando circunstancias personales y profesionales. Ahora, tres años después, lanza un EP de seis canciones por sorpresa y casi sin haber avisado a nadie. Su primer single, “Without Love”, con un vídeo promocional muy barroco y sobrecargado de elementos visuales, rompe la furia descarnada y vital de su antigua banda y se adentra en lo vulnerable, el dolor y la traición.

Precisamente, este tema termina con los siguientes versos: “Dime qué escupir / No me digas qué tragar”, referidos a la última canción del primer álbum de Crystal Castles, la extraordinariamente sencilla, onírica y pacífica –en contraste con la agresividad del resto de su cancionero-, “Tell me what to swallow”. Y esto hace deducir que la carta de presentación del álbum esconde una gran parte de rencor hacia la figura de Ethan Kath, brazo compositor de Crystal Castles, además de una intención más que manifiesta de rechazo hacia su pasado.

Glass divide las canciones de su nuevo disco entre “ser devorado por hormigas rojas” y “ser engullido lentamente por una serpiente”. Digamos que aquí se establece una clara disyuntiva temática en el álbum: la preferencia por una muerte lenta y dolorosa, o tal vez una muerte rápida, sangrienta y explosiva. Pero, en ambos casos, la muerte.

No es casualidad que en la próxima gira de presentación esté apadrinada por uno de los mayores expertos en hablar “desde el otro lado”, Marilyn Manson. Además, la estética del videoclip de “Without Love” recoge una gran influencia del imaginario del Anticristo Superstar.

En general, Alice Glass EP  no tiene nada que ver con Crystal Castles. La vanguardia electrónica de los pioneros del witch house queda relegada a un dark wave espeso, de difícil digestión, donde la melodía se esconde bajo capas de ruido blanco y gritos entrecortados, anfetamínicos, pero sin llegar a enganchar, un batiburrillo de sonidos que en ocasiones suenan urgentes, pero que a la larga quedan aparcados a una vulnerable e ingenua vociferación de un juguete roto.

La chica que con tan solo dieciséis años rompió los cánones y abrió una brecha en la música electrónica contemporánea, que escuchaba Darkthrone en el camerino y se emborrachaba a base de Jack Daniel´s antes, durante y después de salir a escena, que terminaba perdida en peleas multitudinarias con el público a mitad de los shows, ahora se muestra frágil, perdida, humillada y con ganas de revancha.

El álbum se salva en canciones como “Forgiveness”, con una base muy apropiada de synthwave, “Natural Selection”, con ese grito descarnado en medio del silencio, o en la última canción, la suave y críptica “The Altar”. El resto, para los fieles amantes de los incasillables Crystal Castles, queda de relleno. Será que el género nació y murió con los tres primeros discos de la banda canadiense, a pesar de los numerosos imitadores que se subieron al carro, como Crim3s, White Ring o Blvck Ceiling.

Parece que ya no queda nada de su actitud indómita y feroz, en detrimento de un estilo e imagen de diva iconoclasta del house experimental. Las mejores fiestas de nuestra generación estaban presididas por su voz ecualizada en el sintetizador de Ethan Kath, ahora es otra quien ocupa su lugar e intenta a duras penas ser lo que ella fue. Quizás eso sea lo que en el fondo, más le duele a Alice Glass. El paso -y peso- del tiempo, la imposibilidad de seguir con algo cuyo sentido se perdió entre aludes de flashes, drogas y fama. Ni en Crystal Castles ni en su propia vida. La cruel y triste sensación de ya no estar ahí.

 

“Everything Now”, Arcade Fire (Sonovox, Columbia, 2017)

Artículo publicado en ROCK I+D

 

Los polifacéticos Arcade Fire entregan un álbum que sirve como avance pero también como síntesis perfecta de todo lo que han ido persiguiendo desde que comenzaron a hacer música. Everything Now es un disco que sigue de cerca la estela de su predecesor Reflektor y abre nuevos puntos de vista y caminos que pese a ser conocidos, todavía sorprenden.

El disco puede dividirse en dos partes claramente diferenciadas, con una apuesta clave por la condensación y austeridad del mensaje, ya que se compone de 13 canciones de las cuales cuatro son preludios, interludios o epílogos. La primera parte amanece en el tema que da nombre al álbum, “Everything Now”, precedido de una intro, y que comparado a lo que viene después, se queda algo flojo. A decir verdad, sirve como mapa sonoro de lo que iremos descubriendo a lo largo de los minutos, pero también puede pasar perfectamente por un corte desechado de Reflektor. Partida y regreso al funk ochentero.

El siguiente tema, “Signs of life”, demuestra mucho más. En primer lugar, la tónica general del álbum: un claro y manifiesto contraste entre lo festivo y la charanga funkie adolescente, y la incertidumbre, el aburrimiento y la ausencia de referentes, guías o significados en medio de la noche del desierto de la juventud. Por un lado la diversión enfermiza, automática y rutinaria, y por otro, temas como el suicidio o la depresión en las letras.

“Algunos chicos se odian a sí mismos y pasan su vida resentidos con sus padres. Algunas chicas odian su cuerpo,  se miran en el espejo esperando el feedback. Dicen, Dios, hazme famoso; si no puedes, tan solo haz que no duela, solamente haz que no sea doloroso” (“Creature Confort”). A partir de aquí se hace más que evidente la identificación con la cultura `millenial´, con todas las connotaciones del término, tanto positivas como negativas: que sea lo que tenga que ser, pero que no duela. La canción se erige como crítica pero también como apología a esa zona de confort que conlleva al descrédito de uno mismo o la pérdida de autoestima. Sin embargo, en el otro extremo de la baraja, el mundo se presenta como hostil y doloroso.

“Peter Pan” resulta ser la canción más adictiva del disco, un corte “dub” a modo de pastilla alucinógena que hace que todo sea buen rollo. Bajos inflados e inflamados, contundentes, melodía pegadiza y un aire ligero, a camino entre lo hawaiano y lo industrial. Pero lejos de la envoltura pop de la forma, el contenido es mucho más oscuro, donde no se deja de ahondar en la muerte, los llantos y el deseo, como no podía ser de otro modo, de no crecer jamás.

Llegamos al ecuador del álbum. Parada para respirar y continuar. Desde este punto, Arcade Fire volverán a la esencia de sus primeros álbumes y el tono festivo irá decreciendo en pos del lamento. Nos encontramos con dos piezas cortas tituladas “Infinite Content”. La primera, que cierra la primera parte, es una píldora histriónica y sobredimensionada que contrasta con la siguiente, más reposada y nostálgica. “Electric Blue”, uno de los singles del álbum, peca de un excesivo lirismo con una Régine en un registro agudísimo. A estas alturas, resulta imposible no pensar en los Bee Gees o en Frankie Goes To Hollywood.  

“Put your money on me” y  “We don´t deserve love” condensan a la perfección el fondo dramático del disco, algo que siempre ha estado en Arcade Fire y en sus primeros álbumes, sobre todo en The Funeral (2004). Regreso a las señas de identidad de la banda, la primera posee un sonido cercano al italo-disco y al synthpop en un diálogo sostenido entre Win y Régine que progresa hacia un coro final y conjunto. En la segunda, su estribillo pop lleva las riendas. Suavidad y contención en la voz, muy cercana a la última etapa de su ídolo y referente, David Bowie.

El último tema, “Everything Now (Continued)”, decepciona bastante como canción de cierre, con un corte abrupto al final y sin nada destacable respecto a las demás. En definitiva, Arcade Fire con este nuevo álbum ahondan más en su miscelánea rock y funkie, sin mucha innovación respecto a “Reflektor”, salvo en su excelso regreso al sentido trágico que les hizo coronarse como una de las bandas más importantes de la época. Cada uno encontrará aquí su propio salvavidas, su momento de dispersión y éxtasis, pero también su corona de espinas. Los canadienses han vuelto a erigirse como la banda sonora de una juventud hastiada y perdida en un remolino de fiestas e incertidumbre por el futuro. Reto más que conseguido.

“Youth Detention”, Lee Bains III & The Glory Fires

+Artículo publicado en ROCK I+D

El tercer álbum de estudio de Lee Bains y sus `Fuegos Sagrados´, Youth Detention (Don Giovanni Records), se consagra como una apuesta vital y actualizada contra las injusticias y las desigualdades en el sur de Estados Unidos, además de funcionar como un mensaje de repulsa juvenil a una vida tradicional. Sin grandes cambios estilísticos respecto a sus dos discos anteriores, quizás gana en suavidad, Lee Bains mantiene su apuesta por lo que ya se denominó como el movimiento `cowpunk´, un southern rock de guitarras distorsionadas, ritmos progresivos hacia un estribillo y voces cáusticas a lo Joe Strummer.

La banda que acompaña a Lee Bains, Eric Wallace (guitarra) y los hermanos Adam y Blake Williamson (bajo y batería respectivamente), construyen Youth Detention en torno a un feedback de guitarra como colchón armónico del que surge el resto, algo que ya se aprecia en sus dos álbumes anteriores, Sweet Disorder (2015) y Dereconstructed (2014). La estructura simple y clásica de bajo, guitarra y batería cabalga a riendas de manifiestas ráfagas de distorsión que despegan y colisionan con el resto de instrumentos en un marcado, y muchas veces, exhausto estribillo hacia el clímax.

“Se trata de desmantelarme a mí mismo y a los discursos que he ido tomando”, comenta Lee Bains en la carta de presentación del disco. “Llevar la juventud a examen y conocer los procesos a través de los cuales hemos forjado nuestras identidades, como a su vez de las diferentes comunidades a las que pertenecemos o que se encuentran en tensión”.

Estas diferencias entre comunidades se plasman en temas como la desinversión urbana, la tensión racial, la lucha de clases, la gentrificación, la homofobia, el fanatismo religioso o la desindustrialización. Algunos de los recursos de los que se sirve para plasmar las líneas de conflicto son la inclusión entre las pistas de slogans insurreccionales (“I can change!”), voces de niños en grito (“Crooked Letters”) o conversaciones entrecortadas (al final de “Sweet Disorder” y al comienzo de “Good Old Boy”).

Y es precisamente, en estas conversaciones entrecortadas, donde se establece la parte lírica del disco. Las letras de Bains son retazos compuestos de imágenes, pensamientos, anécdotas y metáforas que se superponen unas con otras como una serie de mapas visuales para crear cacofonía y confusión en la narración. Los espacios son lugares cotidianos, comunes, colectivos: cafeterías, iglesias, campos de béisbol, gasolineras… en los que se desarrolla la acción y los distintos puntos de vista de cada personaje.

Bains define el punk como “la facultad de investigar quién eres y cuál es tu mejor versión”. Por ello, se ve impelido a descifrar el sonido y clima social de su ciudad natal, Birmingham, Alabama. Esta autoexploración remite a su educación sureña, es ahí donde el artista encuentra los ecos de un lugar sacudido por el fanatismo y la injusticia, heridas sociales que aún están por cicatrizar. Por ejemplo, en “I Heard God!” menciona la existencia de una pintada en una pared que dice “GO TO CHURCH OR DE DEVIL WILL GET YOU”.

Pero no serviría de nada esta investigación en sus propias raíces si no ofrece unos parámetros de actuación: la identificación y posterior rebelión colectiva. Un sentimiento de comunidad florece para hacer la rebelión efectiva: “Tengo un pueblo, una historia, un lugar que se viene sobre mí. No quiero ser una tapadera, una ausencia, un gran silencio” (“Whitewash”).

Este mensaje recuerda mucho a personalidades del rock que ya trazaron una redefinición del denostado y conflictivo espíritu americano. Entre ellas, sobresale el boss y su E Street Band o el propio Johny Cash. Al igual que Springsteen, Lee Bains y The Glory Fires comulgan con la idea de crear una música que dé voz y esté al servicio de los oprimidos, que exteriorice gritos de reunión y lucha colectiva, que sirva de impulso a ese cambio de paradigma y mentalidad para dejar atrás antiguos fantasmas.

A Place To Bury Strangers: “Siempre tocamos para perder el control”

Ya podéis leer mi estreno como colaborador en la fantástica revista Rock I+D con una entrevista al grupo de noise rock A Place To Bury Strangers, también conocidos como “La Banda Más Ruidosa de Nueva York”.

Si os molan los ambientes ampulosos de The Jesus and Mary Chain, Joy Division, The Velvet Underground o Spacemen 3 y las guitarras psicodélicas y estratosféricas de Hendrix, Beck y compañia, esta es vuestra banda. En una conversación telemática con su líder, Oliver Ackermann, hablamos de sus discos, experiencias, Nueva York y cómo ha cambiado la banda a lo largo de la década.

http://www.revistarock-id.com/a-place-to-bury-strangers-siempre-tocamos-hasta-perder-el-control/

“Nueva York hierve de ruido. Al caer el último rayo de sol sobre el río Hudson, la ciudad adquiere un tono ocre que tiñe la bahía con una luz nostálgica. Una pintada callejera en el norte de Manhattan reza: “El mundo sigue ahí aunque mires para otro lado”. Los ciudadanos, enterrados bajo el imperio de los rascacielos, son solo meros extraños que se entrecruzan y confunden de un punto a otro de la gran metrópoli. Más allá, un tío sin escrúpulos aniquila una batería y destroza los platos mientras el botón rojo del REC parpadea en una oscura y sumergida sala de estudio de Brooklyn.

Ellos declaran ser una mera banda de pop que toca canciones muy alto. Después de cuatro álbumes de estudio y una década subidos a los escenarios, A Place To Bury Strangers, el trío formado Oliver Ackermann (guitarra y voz), Dion Lunadon (bajo) y Tim Gregorio (batería), se encuentran trabajando en el proceso de grabación de su quinto álbum, cuyo título y fecha de lanzamiento todavía son una incógnita….”

 

Luis Boullosa: “Nunca ha habido bandas tan buenas como ahora”

La verdad está bajo tierra. Así reza el subtítulo de una difunta Karate Press a la espera de un nuevo número que documente en sus páginas los contemporáneos y subterráneos  sonidos de una juventud que creció bajo pósters de Hüsker Dü, The Jesus and Mary Chain o Dead Kennedys, entre muchos otros. Mientras tanto, su director y creador, Luis Boullosa, vuelve a entregarnos un nuevo tomo para devorar y escuchar sini parar: Santos y Francotiradores, la segunda cara de la moneda de su anterior trabajo, El puño y la letra, ambos publicados en 66rpm.

978849453305

En primer lugar, llevaba mucho tiempo queriendo conocerle e intercambiar unas palabras. Resulta que ha venido a la capital a la librería bar Vergüenza Ajena, cuna de conspiradores dedicados al artificio pagano de la poesía, para presentar su último trabajo. Santos y Francotiradores, como su predecesor, analiza desde un punto de vista vital y literario, las carreras y trayectorias musicales de autores como Rafa Berrio, Josele Santiago, Fernando Alfaro, Javier Colis o Niño de Elche, como a su vez, sirve de punto de partida para entender a bandas más crípticas y poco conocidas, como Mursego, Orthodox o Pylar.

“Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres”. Esta cita, de Viaje al fin de la noche del maestro Céline, abre el primer episodio del libro y nos puede servir como punto de partida para aproximarnos más a las personalidades artísticas que en el libro salen retratadas. Figuras diversas donde están inscritas (y descritas) las rara avis del rock español, desde los dandys obsesionados con Pessoa, como Berrio, hasta la experimentación punk y visceral de Xavier Castroviejo y su banda, Blooming Latigo.

Luis Boullosa, en un concierto de las Hienas Telepáticas
Luis Boullosa, en un concierto de las Hienas Telepáticas

Viernes, dos de la tarde. Salgo de casa con una mochila en la que hay un cuaderno de notas con la entrevista preparada, novelas que nunca leo, tabaco y los libros de Boullosa de la mano. Cuando nos presentamos, nos estrechamos un cándido y amistoso abrazo que rompe el hielo y rápidamente empezamos a hablar de música y periodismo. Ha traído a un amigo suyo, Juan Glez quien, como a él, le encanta conversar. El resto de las horas se nos va entre cervezas, cigarros y preguntas, tanto es así que nos olvidamos por completo de hacer la comida de rigor, y eso que el Vergüenza Ajena es uno de los mejores sitios para comer en todo el centro de Madrid.

Cartel de la presentación "Santos y Francotiradores"
Cartel de la presentación “Santos y Francotiradores”

Alrededor de las ocho de la tarde, el bar se va llenando de gente y comienza la presentación. La grabadora de mi móvil hierve tras más de dos horas grabando. Demasiado que escribir en un solo artículo; tanto es así, que en breves subiré PDF para quien la quiera leer o descargar al completo.

“Nunca ha habido tantas bandas buenas como ahora”. Hacia una nueva crítica

La misión del libro es clara: hablar de las cosas que están pasando ahora. Por ello, Santos y Francotiradores es un documento atípicamente fresco y actual sobre lo más interesante que ha pasado en la escena musical patria y subterránea desde los años 90 hasta ahora. “El otro día, en una librería, fui a la sección de música y observé que de todos los libros que había, la mayoría eran revisiones, biografías… La reivindicación que hacemos es: Vamos a hablar del ahora, no de lo que pasó hace 20 años”, asevera.

Además, Luis se moja y asegura que “nunca ha habido tantas bandas buenas como las que hay ahora. Hay muchos mejores grupos que los que había hace 20 años, y dentro de 20 años habrá muchísimos mejores grupos de los que había ahora. En los 90 hubo una explosión, pero todos copiaban”. Esta creencia basada en que la música de antes era mejor tiene su reflejo en la industria y el negocio musical: “La música y el negocio musical no son lo mismo”, avisa. “El que existe ahora es negocio de la nostalgia, el del tipo que se gasta 70 euros en cajas recopilatorias de grupos de antaño”.

Luis Boullosa no duda a la hora de criticar a la “vieja guardia musical”. Ante la sobredosis  de información que existe hoy en día, Luis exige la creación de un “buen estamento crítico y potente, real, y que sea capaz de filtrar y de separar la calidad de la basura”. En definitiva, “la ceguera producida por la sobredosis de información” solo se corrige con “una nueva crítica que se replantee todo el concepto de la crítica”.

Perdido en Bandcamp. “Nuestra generación gobierna el país, y así nos va”

“Paso horas enteras delante del ordenador, en Bandcamp, haciendo el gilipollas, clico en los perfiles de gente que sigue a una banda que me gusta y poco a poco descubro cosas nuevas“, confiesa a la pregunta de cómo suele descubrir bandas nuevas. “A lo largo del día, a lo mejor doy con treinta bandas que no conoceré ni volveré a ellas ni por el forro, de las cuales todas tocan bien, diez son un poco crías y tres me resultan acojonantes”.

Bandcamp, YouTube, son plataformas con las que la juventud de ahora llega a sus ídolos. “Los chavales de ahora están criándose en YouTube, un chico que quiere tocar el bajo se mete en YouTube y al instante tiene a los mejores músicos de bajo a su disposición”, asegura. A raíz de esto, el miembro de Las Hienas Telepáticas carga contra su generación y la crítica musical imperante: “Muchos críticos no tienen ni puta idea de lo que está pasando, dicen eso de `Nuestra generación…´. Nuestra generación no ha hecho nada. Nuestra generación es la que gobierna el país, y así nos va.”

Cómo surge Santos y Francotiradores. Plan e improvisación

“Soy un poco anarca a la hora de hacer un libro”, reconoce Boullosa. “Aprovecho todo tipo de cosas, desde los libros de tus viejos a las cosas que te dice la gente y te ayudan a continuar. Si tú recibieras el libro en base a cosas que ya sabes, el libro sería más rígido. Yo, como el lector, voy descubriendo cosas a medida que escribo, y eso hace que el relato sea más vivo”. A su vez, reconoce el periodista y músico, “recibes mucho de mucha gente, no eres tú el que está divagando si no que hay treinta tipos detrás contándote cosas sobre su vida”, y advierte: “Hay un punto en el que mis libros dejar de estar planeados y pasan a ser pura improvisación.”

Medios e Internet: el estado de la prensa musical en España

“Los medios se han anquilosado”, sentencia Luis. “Tú eres un tío con un potencial de diez y estás en un medio de comunicación que te pide un cinco. Das cuatro, si intentas dar diez te castigan, porque ellos no quieren diez, quieren otra cosa”. A esto se contrapone, los siempre tan necesarios y urgentes fanzines. “El producto final de un fanzine independiente tiene muchísima más calidad que el de cualquier medio que te paga por escribir. ¿Por qué? Porque les das a los periodistas la libertad de escribir. ¿De qué quieres hablar? ¿Cuántas páginas quieres?”. Y concluye: “El estado de la prensa musical española es malo, pero no es por falta de mimbres individuales, sino porque los medios se han convertido en un soporte deficitario para sobrevivir y han intentado competir con Internet en su propio campo. Y han fracasado.”

Una posición vital sin caer en la “egomanía”

“¿Cómo puedo guiar a alguien a través de una serie de historias y discos?”, se pregunta Luis cuando le menciono el marcado carácter vital y personal del libro. “Pues no hay mejor manera que hablar de lo que para ti vitalmente ha supuesto esa historia. Mi libro es personal, claro que sí, pero no es un canto al ego personal; sino, escribiría sobre mí y no sobre cincuenta tíos distintos. Si yo quiero explicar cómo escuchaba determinada generación un disco en el año 96 te cuento la verdad: comprándole entre tres y yendo a casa de uno a escucharle”. Además, menciona al periodista Jaime Gonzalo como referente, “un tío que escribía mezclando su propia vida en ello”.

Excesos: “Al igual que los bares, escuchar toda la vida a la Velvet Underground también pasa factura”.

En general, las partes más interesantes del libro de Boullosa son los puentes que traza entre los diferentes artistas, puentes narrativos donde caben anécdotas, recuerdos y sensaciones personales, y que sirven para aportar cohesión, dramatismo y acción a la historia colectiva de los artistas presentes en el texto. Una de esas partes habla sobre los bares y su importante papel a la hora de conocer a diferentes personas y acumular experiencias. Un aspecto más que indispensable en toda carrera periodística.

En los bares he escuchado mucha música, he bebido mucho whiskey y he hecho un montón de buenos amigos”, defiende. “¿Pasa factura? Claro que pasa factura, como también pasa factura escuchar toda la vida discos de la Velvet Underground, ir en metro, no disfrutar de un sueldo digno o aguantar a la suegra”, reconoce. Lo bueno de los excesos, según Boullosa, es que “te permiten estar en sitios y momentos que te han dado un poso importante”. Ahora, afirma, “tengo una vida extremadamente tranquila y sana. No la he buscado, ni me he tenido que quitar de nada, porque nunca he tenido ese tipo de vida”.

Música comercial y música de mierda: criptofascismo

“Yo no tengo nada en contra de la música comercial”, admite Luis Boullosa. “Para mí hay música buena y música mala, aunque parezca una simplificación enorme. Si alguien me pone una canción comercial que escuchan millones de personas y me gusta, no tengo por qué reconocerlo. El proceso creativo de la música comercial ha ido degenerando más y más, y ya no se sabe hasta dónde puede llegar. En cambio, la música comercial de los años 70 era pura crema, también los medios”,  explica.

Hay un momento en el que se introduce un elemento “ético”, como lo denomina el periodista: “La música se evalúa en función a lo que vende. Eso da pie a `El que vende más se está vendiendo y nosotros somos los guerrilleros contraculturales que nos oponemos a eso´”. Boullosa no se opone a eso, ya que “se crean colectivos y asociaciones, a la vez que un entramado complejo del que sale muy buena música” pero, por otra parte, “se convierte en una especie de fascismo invertido o criptofascismo. Puede haber música profundamente pueril y despolitizada acojonante, incluso profundamente pueril, y a la vez buena”.

¿Cuál es la relación entre música y política? L. B. responde que en el primer blues o en el primer flamenco está “implícita, no es consciente y está hecha por pobres”. Los pioneros que inventaron ambos géneros, del que luego nacieron el resto de corrientes, “no querían hacer música contra el sistema”, el elemento político implícito fue “descodificado posteriormente por intelectuales de izquierda blancos”. De nuevo, Boullosa señala el ejercicio nostálgico como un mal amigo a la hora de discernir bien sobre estos temas: “Todas esas cosas sucedieron en una época en la que no viviste. Ahora, tú puedes coger un libro de historia y hacerte una idea, pero no estabas. Volvemos al embellecimiento a posteriori, todo el mundo quiere recordar la vida no como la mierda que fue entonces”. Y a la vez, desvela el carácter actual del libro y su verdadera misión:; “si cuentas lo que está pasando ahora no te ha dado tiempo material a pasarlo por el filtro embellecedor”.

La dominación vacía del indie o el triunfo de la música “inane”

Hace poco, en una entrevista con Pablo Und Destruktion, me aseguró que “no tenía ningún problema en que el underground llegara al gran público, lo que importa es el cómo, y  ese cómo es mediatizado por la industria”. Cuando le pregunto a Luis qué opina al respecto, me responde que “el underground en el momento en el que se generaliza deja de ser underground y ya no puedes llevar la chapita y decir ¡Qué guay soy!”. Para él, es algo que pasa en grupúsculos que hacen muchas cosas interesantes. Además, advierte, “el mainstream ya ni siquiera es mainstream, es otra cosa”. La música comercial hasta los 90, para Boullosa, podría funcionar como una fuerza artística en sí misma, “criticable, discutible, con mucha mierda, pero poderosa”. Ahora, afirma, “está prácticamente en extinción”.

“Nunca hemos tenido un mainstream tan pobre y un underground tan rico”, declara. El indie español lo define como “cuatro mataos con bandas de mierda que han sido capaces de hacer lo que cuatro mataos con bandas cojonudas no han sido capaces de hacer. Crearon una miniestructura económica de sellos y festivales, son la cuña. Si ahora tú quieres abrir campo no tienes que atacar a la música comercial, que es inexistente, tienes que tumbar a esos presuntos no comerciales que están haciendo tapón y pendientes de una música absolutamente detestable, inane o realmente mala, con la excusa de una supuesta independencia que nunca existió, porque aquí los únicos parámetros de independencia americanos no se exportaron, solo los sonidos, no había conciencia de base, nunca la hubo, solo un intento de llegar arriba con otros canales”.

Refiriéndose al indie, Luis asevera que es una cuña generacional que “debería caer, el caso es que no lo hará porque tú para tumbar a un tío bien organizado tienes que tener una estructura nueva y bien organizada”, y cita a Frank Zappa: “Tú lucha contra el Imperio, pero tienes que ser igual de exacto, indisciplinado y cabrón que el Imperio”. Sin embargo, reconoce Boullosa, existe la paradoja de que “siendo disciplinado y cabrón, no te distingues de tu enemigo”.

“Tengo una idea para este mundo: destruirlo por completo y empezar de nuevo”

“Yo puedo vivir ajeno a la música comercial. Me suda la polla, no estoy en esa guerra”, zanja con vehemencia. En la película América de Elia Kazan, un emigrante armenio para su viaje en Estambul, conoce a un anarquista turco y le dice: “Tengo una idea para este mundo: destruirlo por completo y empezar de nuevo”. Luis se sirve de esta frase para explicar su siguiente idea. “Muchas veces las voces interiores dicen `Tenemos que cambiar al califa´. Muchas veces, ni el califa ni el califato existen. ¿Cómo tumbamos todo y empezamos de nuevo”, a lo que responde: “No lo sé”.

Califa y Califato: Ética y estética de la resistencia

Al entrar en temas más antropológicos sobre la creación y la figura del artista, Luis admite no estar de acuerdo con la idea romántica de ser artista: “El ideal romántico del artista es una creación burguesa puramente sádica, violenta, porque para ser artista tienes que morirte de hambre, sufrir mogollón, y si no eres así, es que no eres artista, y los propios artistas se tragan esa mentira y son sufrientes vocacionales porque se creen una cosa que inventó un señor gordo en su casa”, afirma, a la vez que reivindica el derecho del artista a vivir de su oficio.

“¡Joder! ¡Mi fontanero vive debajo de un puente y se mete heroína! ¡Joder! ¡Cómo mola el fontanero!”, expresa en tono jocoso. “El sufrimiento que conlleva cualquier disciplina artística ya está ahí, no tienes que meterle un extra. La vida trae suficientes aventuras de por sí. Ese disfraz que muchos artistas han usado no lo ideó la resistencia, sino la burguesía que se descojona de ver toda la movida montada. La sociedad considera que un médico o un fontanero son necesarios, pero considera que el artista no es necesario, sino como un elemento de lujo y entertainment. Lo que pasa, advierte, es que “no genera un valor inmediato, pero la sociedad no puede prescindir del arte, se ha construido en torno a ello”.

El alma de España: política vs. costumbrismo

Hay una parte en Santos y Francotiradores en la que Boullosa hace un análisis muy certero sobre el pensamiento típico español, su guerracivilismo y su tendencia a reducirlo todo a ideas políticas y líderes. En dicho texto, el periodista se desmarca y condena ese posicionamiento derecha-izquierda para abrazar a la España de costumbres, una “conexión cultural ya dada”, que genera comunidad. Sin embargo, el periodista afirma que parte de las esencias de este país son “detestables, y la gente las acepta, se alegra y dice ¡Somos así!”, y pone de ejemplo el famoso Paquito el Chocolatero.

“Siempre se cree que la cultura popular es algo fácil de hacer, pero no es así, puede ser muy compleja”, indica. Marta Sanz, una “escritora a la que admiro y entrevisté alguna vez”, avisa que no es lo mismo cultura popular que cultura de masas. “Hay momentos de la historia en la que los medios de producción se aplican de forma brutal a la cultura popular, se estandariza y llega a toda partes, y de repente hay un tío en Hong Kong bailando twist”, expresa con tono divertido.

Los márgenes: una historia conjunta de marginados

Hacia el final del libro, Luis regala un texto personal e íntimo sobre su infancia y juventud en el que se describe como un ser marginado. Desde esta posición, desarrolló un espíritu a contracorriente que le ha llevado a ser quién es ahora y a moverse por los márgenes; esta es la teoría central sobre la que pivota Santos y Francotiradores: los artistas aquí retratados -Josele Santiago, Rafael Berrio, Xavier Castroviejo- entre otros, como Luis, siempre se han movido en las lindes del bosque, en los límites, la periferia, y desde ahí han apuntado disparos certeros y contundentes hacia la intrahistoria de una sociedad que se divierte con el reggaeton, el indie inane y descafeinado, y su hermano mayor, la Movida.

“Todos esos agravios de la infancia se superan en el momento en el que te das cuenta de que te importan tres carajos”, resume. “Por un lado, esa etapa de marginación infantil o juvenil fue un sufrimiento, pero por otro te obliga a una reacción, y esa reacción debe ser productiva”.

Pero no es lo mismo la marginación o lo marginal. Hay que diferenciar ambos conceptos: la marginación es cuando tienes diez años y quieres estar en un entorno y no te dejan, o te putean sin más. La marginalidad aparece cuando tú has comprendido esa situación y ya no aceptas seguir la doctrina de los subnormales y reírles las gracias. Al fin y al cabo, te van a seguir puteando durante toda tu vida. La sociedad tiene esos mecanismos”.

Sobre los márgenes antes mencionados, Luis afirma que es “donde nos obligaron a estar, hicimos del puteo una virtud, a la vez que somos capaces de empatizar con más gente que está dentro de esos circuitos que el integrado es incapaz”. Además, añade un apunte histórico cultural: “El canon cultural en el que vivimos actualmente ha sido construido por gente marginada. ¿Qué hacen los virtuosos? Escuchan Wagner. Si observas la lista de cómo se ha construido la cultura occidental te das cuenta que son todo tíos que han funcionado desde el margen”.

Kiko Sumillera: “La música en directo en Valladolid sigue siendo clandestina”

Es una noche extrañamente cálida de enero. Me cito a las nueve y media en el Café Pavón, un bar entre moderno y neoclásico, en pleno corazón de la capital madrileña. Kiko Sumillera aparece puntual, con su característica y relativa seriedad y un abrigo largo. Viene acompañado de una amiga que le sonríe con complicidad. Acaba de sacar nuevo disco, Hasta que se acaben los campos, publicado en el sello Valle Rojo, con el que se postula como el máximo renovador de la escena folk castellana. El sábado arranca la gira en su apreciada ciudad natal, Valladolid. Como el bar está muy lleno, vamos a otro que está a unas calles escasas de distancia de la zona de Tirso de Molina. Hay mucho de qué hablar.

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Kiko me advierte que ha estado toda la tarde agobiado por problemas con el concierto del sábado. La Hostelería de Valladolid ha dirigido una carta a los dueños del local donde cantará sus canciones nuevas, el bar Desierto Rojo, en la que amenazan con denunciar a las fuerzas del orden público si se cobra entrada. A pesar de todo, su mueca no es para nada de enfado, más bien de disgusto. El susodicho precio, algo meramente simbólico, asciende a los cuatro euros. Pero eso no es todo, a eso de las ocho de la tarde, su cuenta de Twitter arde con notificaciones y declaraciones incluidas –muy desafortunadas y groseras- del propio alcalde de Valladolid, Óscar Puente, quien llama “pesados” a diversos usuarios que se postulan contra la persecución existente desde hace varios años a la música en vivo en la capital vallisoletana.

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Colectivo Laika, la plataforma cultural que organiza el concierto de Kiko y de su telonero, Cifu Alonso, cuelga el comunicado oficial por el que se informa que finalmente el concierto será gratis o no será, y al poco tiempo es compartido por más de cincuenta usuarios. Estalla la mecha y las caras más representativas de la escena musical vallisoletana muestran su apoyo a Kiko y al Desierto Rojo en detrimento de las leyes injustas para tocar en directo en Valladolid, además de pedir se pague a los artistas como es debido. Hay que recordar que no es la primera vez que la policía interrumpe un concierto alegando no estar adecuado a la ley de ruidos. Esta es la forma que tiene nuestra ciudad de apoyar no solo a sus músicos, sino de incentivar el emprendimiento artístico de los jóvenes.

Finalmente, y como ya viene siendo habitual con las polémicas que salpican Valladolid, el Ayuntamiento, en boca de su alcalde, se lava las manos y alega que no puede hacer nada. Kiko Sumillera zanja el debate e invita “formalmente” a Óscar Puente a acudir al concierto. Tal vez se le pegue algo y sienta en sus propias carnes el ruido infernal que tanto perjudica a Valladolid y a sus vecinos y por el que la policía  debe intervenir noche sí, noche también, de forma fulminante.

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Como es un tema que nos saca bastante de quicio a ambos y, en general, a toda la comunidad musical pucelana, comenzamos la entrevista hablando de su disco y de cómo ha cambiado su estilo respecto a su último trabajo, el fresco y fantástico EP, Montañas de sangre.

Pregunta: ¿Cuál ha sido la transformación musical desde tu antiguo trabajo desde la densidad sonora de tu último trabajo, Montañas de sangre, hasta la aparente sencillez folclórica de Hasta que acaben los campos?

Respuesta: Yo creo que ha sido un proceso natural, nada forzado. Pasaron dos años entre una grabación y otra. La diferencia más palpable que veo es que cojo más confianza al cantar, quiero que se me escuche más. Las letras son importantes en este disco, quiero que se entiendan bien, y tampoco creo que el anterior fuera muy eléctrico como creo que este tampoco es nada acústico, de hecho no hay ni una sola guitarra acústica en el disco, es todo guitarra eléctrica. En directo, sí que tocaré la acústica, pero el disco está enteramente grabado con guitarra eléctrica.

Las letras de Hasta que acaben los campos tienen un estilo simbolista que resuenan a autores como Machado, Lorca o Miguel Hernández, pero también tienen un cariz popular, en una canción, por ejemplo, citas al programa Gran Hermano. ¿En qué te inspiras y cómo construyes las letras de las canciones?

Yo en mi vida he visto Gran Hermano (risas). Solo la primera y la segunda edición, pero era muy pequeño y ya no me acuerdo. Yo lo veo como un síntoma del desamor, que te quedas embobado viendo la tele. Simplemente encajaba con la letra y lo puse. La mezcla de esas dos esferas, la poética simbolista y el pop, lo llevan haciendo muchos artistas que admiro, como Lorena Álvarez o Los Planetas. Me gusta mucho coger lo más tradicional con referencias a la cultura pop.

Otra canción, la última del álbum, titulada “La máquina humana”, recuerda mucho a Balzac y su gran obra, La comedia humana.

Va un poco en esa onda. Es una canción que habla del día a día, de la monotonía de las personas. Simboliza una vuelta a casa después del trabajo y lo que uno puede llegar a pensar en su fuero interno.

¿Crees en la monotonía del día a día?

Sí, todo el mundo lo cree y lo vive.

Pregunta para romper el hielo. ¿Te has enamorado en verano o eres más de los rollos de una noche?

(Risas) Muchas veces me he enamorado en verano. Aunque el invierno tampoco está nada mal. Realmente me da igual. El amor siempre es bueno y bienvenido.

La gira comenzará pronto, ¿qué estás preparando? ¿Quién te acompañará en los escenarios?

Los músicos que vendrán conmigo son con los que grabé el álbum, Juan Díez a la guitarra de Frieda´s still in love, Ángel Román a la batería de Corzo y Tuxedo, David Hernández, a los teclados, de Cosmic Birds, y Álex Izquierdo al bajo, de Ángel Stanich. Llevamos casi tres años juntos y siempre es una maravilla poder ir con tus amigos de gira.

Hasta que acaben los campos fue grabado en La Leñera. ¿Cómo fue el proceso de grabación?

No hicimos muchos días de grabación, solo cinco o seis. Tuvimos que hacer apaño de bolillos y buscar cuándo estábamos disponibles, yo iba los fines de semana a Valladolid a grabar y el proceso fue de enero a marzo.

¿Salieron en el estudio o ya las tenías preparadas de antemano?

No, no, ya las tenía compuestas, desde bastante tiempo además. La última en salir fue “La máquina humana”, que la hice justo una semana antes de grabar.

En la página de Notedetengas Magazine critican el Nachoveguismo del álbum y piden que vuelvas a “Montañas de sangre”. ¿Qué opinas al respecto?

No sé, me parece un poco estúpido, tampoco creo que exista un estilo que sea “nachoveguismo” (risas). Pero bueno, la única diferencia que yo veo entre mi trabajo anterior y Hasta que acaben los campos es que la voz se oye más clara. Uso menos el delay, tengo más confianza y ya no me da asco oír mi voz.

Te has aceptado como cantante.

Eso es. Y a simple vista es la única diferencia que veo. Yo admiro mucho a Nacho Vegas y para mí es un halago que digan que hago una música cercana a su estilo.

Tu disco tiene un claro contenido político. Durante esta temporada en la que España ha estado sin gobierno creaste polémica en alguna entrevista por tus ideas políticas, ¿te arrepientes de ello?

Para nada. No veo ningún motivo para arrepentirme. Los músicos deben tomar partido, y no solo los músicos, todo el mundo, pero si encima los músicos tienen un altavoz y lo pueden decir alto y claro, por supuesto que sí. Los músicos más incluso, ya que es una profesión bastante jodida por los gobiernos de derechas que han subido el IVA, acortado los espacios de libertad… creo que es obligatorio, de hecho y nadie me puede echar en cara algo así.

Meses después, gobierno de Rajoy, ¿crees que los movimientos sociales de alguna forma han fracasado? ¿Nos podemos sumir en el pesimismo habiendo ganado otra vez “los ladrones”?

El panorama es pesimista. Pero lo que ha sucedido es evidente: el PP ganó las elecciones con el apoyo de Ciudadanos y el PSOE se lo permitió. Sin embargo, creo que sea pesimista, sino más bien al contrario, el cambio está aún por hacer y todavía no ha comenzado. Lo que resultó ser fue el germen de lo que se está extendiendo. Seguro que entre la juventud continuará propagándose esa semilla.

¿Crees que las redes sociales pueden sacar algo provechoso de la situación política y de los temas de actualidad o tienes una posición más apocalíptica del asunto?

No, también estoy seguro que la derecha lo sabe. Saben que los artistas están en contra, saben que las redes sociales están en contra, pero a ellos se la pela. Ellos están a lo suyo. Manuel Jabois en una entrevista decía que ellos quieren ser el paisaje, ellos no van a entrar en esos temas porque consideran que no tiene importancia lo que diga la gente, ellos simplemente están ahí.

Vayamos a Valladolid. Vives aquí, en Madrid, desde hace dos años. Castilla, y en especial Valladolid, forma una parte muy importante del imaginario creativo del álbum y del contexto en el que se desarrollan tus canciones. ¿Cómo se aprecia la ciudad desde la distancia?

Está exactamente igual de cuando yo vivía ahí. Yo voy mucho a Valladolid, es donde viven mis padres y mis amigos de toda la vida. Sé perfectamente cómo está. Hay muchas asociaciones y gente que está haciendo cosas, solo que parece que hay que hacerlo todo a escondidas y que no se enteren las instituciones. La policía siempre puede venir en cualquier momento y desmontar el garito… muchísimas bandas, escritores, actores, artistas, y público, pero que al final tiene que ser como un mundo relegado al underground y a lo clandestino, cuando no debería ser así. Y en Valladolid es brutal la cantidad de actividades que hay en comparación con la cantidad de restricciones brutales y sin lógica que hay. Cuando vas a Valladolid te sientes de alguna forma restringido, luego vienes aquí a Madrid y se respira muchísima más libertad.

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La Asociación Cultural Colectivo Laika y el sello vallisoletano Valle Rojo se han fusionado para crear un nuevo sello discográfico. Hasta que acaben los campos es el primer título en salir. ¿Qué sensaciones hay? ¿Podrías ofrecer alguna pista sobre lo que irá saliendo?

Todo surge de la necesidad de sacar y promocionar todo el talento que existe en Valladolid, una ciudad con muy buenos artistas. Da un poco de pena cómo muchas veces se queda solo en Valladolid y no sale hacia fuera. Si no tocas, ni no le enseñas a la gente lo que haces es muy difícil que llegues a algo en Valladolid. Tenemos pensado sacar para este año tres o cuatro referencias.

El diario Último Cero destacó la noticia de que Medina del Campo ha pedido que la música en directo deje de ser considerada como “ruido”. ¿Qué te parece?

Hubo un pleno hace poco en Valladolid donde los partidos tradicionales defendieron la importancia del descanso vecinal, pues supongo que el descanso vecinal también se interrumpe en Semana Santa o con los carruseles de Navidad, ponen los villancicos electrolatino a toda hostia… pues supongo que eso también molesta al vecindario. Es curioso como se distingue que lo que molesta es una guitarra acústica y un chico o chica cantando en un bar pero que haya gente en Semana Santa por la calle tocando el tambor y la trompeta a las tantas de la madrugada, no es ruido. Es un poco absurdo. En mi opinión, podrían convivir todas las cosas perfectamente.

¿Existe una persecución?

Más que una persecución yo creo que es un miedo tradicional que se ha heredado del gobierno del Partido Popular por el que la gente no puede pensar por sí misma. Esto pasa muchísimo en Valladolid y Castilla y León. Más allá del ruido que pueda ocasionar ese concierto es el miedo que tienen los partidos de que la gente empiece a pensar por sí misma y no como ellos quieren. Creo que es más bien eso, porque no sabría darle otra explicación.

¿Por qué existen tantos problemas para tocar en directo en Valladolid y cobrar lo que se dice, un precio simbólico, por entrada como es tu caso?

Para empezar, la ley de ruidos vigente no pone en ningún sitio que no se pueda permitir cobrar entrada, es simplemente una interpretación que hacen determinados sectores de Valladolid para impedir que eso suceda, y para seguir con ese absurdo. No puedes hacer una ley que permita los conciertos en directo pero que no cobren las bandas, porque igual que yo voy a un restaurante y pago mi comida, cuando voy a un concierto yo pago la entrada. Los músicos tienen que vivir de algo, no solo del cariño y del reconocimiento tocando gratis en los sitios.

¿Crees que el músico o el artista parece que su función es animar al personal, más allá de una profesión como otra cualquiera?

Sí, eso pasa en todas las artes, es más bien como decoración. Cuando hay alguien que está tocando no solo está tocando esa media hora que dura el concierto, hay unos ensayos por detrás, hay un material que comprar, de todo. Por no hablar de que nunca se cumple el estatuto del artista que obliga a dar de alta en la seguridad social a los artistas, ya no solo pagar con factura como se hace en este país. Esto si vamos a países vecinos como Francia o Alemania resulta impensable que suceda en un país europeo.