El día en que llovieron canicas gigantes sobre el Túnel de las Delicias

Nos guarecimos en un contenedor de basura. Todo sucedió muy rápido. Pasó más o menos como en aquella película de Paul Thomas Anderson en la que llueven ranas y caen sobre las lunas de los coches y las gasolineras. La gente, despavorida, invadía los portales y los comercios. El panadero exhaló un grito de auxilio. El dueño del kebab de la esquina recordó con nostalgia aquella vez en la que nos reunimos para grabar una maqueta, fuimos a comer y después un montón de moscas entraron por las ventanas. El Paseo Farnesio luce ceniciento y solitario, como siempre. Allí, menos en la zona de la puerta por donde entran los obreros, todos los días son domingo. Otro día más aquí, en el medio de la Tierra, en el sitio en el que no pasa ni pasará nunca nada. Dormidos dentro de la panza de una ballena, suspiramos por otra jarra de cerveza. La música es tu mejor aliada para los tiempos inservibles. Adéntrate en este túnel violáceo de aires perfumados. Respira por otro amanecer.

1-. “Coimbra (Miguel Grimaldo Remix)” – The Levitants (2018). El remix del hit que abre su segundo disco supone una apuesta decidida por resaltar la sobresaliente línea de bajo en detrimento de la fricción guitarrera en la versión original. Los beats adquieren protagonismo y la adictiva melodía del estribillo suma vigor a esta revisión del que es su tema insignia junto a otros, como “Ancient Empire” o “Light & Strokes”. El trío vallisoletano formado por Juan Izquierdo, Daniel Alconada y Sergio Isabel demuestra ser un grupo de ricos contrastes: por un lado, se sienten en deuda con la oscuridad épica del post-punk de Joy Division; por otro, los arreglos electrónicos a cargo del sintetizador del pop actual de MGMT o Tame Impala. Pero lo más importante, como en el 99% de los casos, viene a ser el enganche melódico, que a ellos les sobra.

2-. “Caramel”, Connan Mockasin (2013). Las guitarras etéreas y las voces diluidas ascienden a la primera categoría. Una pildorita pop de lo más corta y, como si se tratara de un artefacto terrorista, autodestructible (si existe tal adjetivo). Aunque parezca un legajo musical de los Dire Straits más carcas, nadie podrá negar la colosal sensación de ligereza que genera esta canción, emergida directamente de la densa pompa del ensueño. Indispensable en uno de estos días plomizos y lluviosos, en los que la pereza se asoma a nuestra ventana más que nunca.

3-. “Ciudadanos”, Triángulo de Amor Bizarro (2018). (Extracto de la reseña de “El Gatopardo” publicada en Rock I+D): Haciendo uso de la ironía, Isa Cea recita una serie de frases incendiarias e irónicas contra el pensamiento único y el buenismo que preside nuestra sociedad y abarca hasta los poderes políticos. El aburrimiento de la vida moderna, despojada de toda sustancia en la que los individuos se autoexplotan para salir adelante. La imposibilidad de una solidaridad real entre iguales, que deriva en una caridad de muy mal gusto y en una soledad individual perniciosa y terrible. Como tampoco podría faltar, la dedicatoria final que disuelve toda ideología o conciencia de clases a golpe de neoliberalismo, gentrificación y cocaína.

4-. “How He Lived After He Died”, Protomartyr (2012). Un tema antiguo del repertorio de los de Joe Casey pero que resucita a los mejores Protomartyr. Se trata de una canción a la que llevo unas semanas absolutamente enganchado y que desde que arranca no deja un espacio para el respiro. La voz vomita y escupe versos sobre un tipo que nadie conoce, un ser anónimo en medio de una guerra nuclear condensada en menos de tres minutos.

5-. “Eve of all Churches Burning”, Broke Lord (2018). El grupo en solitario formado por el periodista, escritor y músico Luis Boullosa, a quien valoramos mucho en este blog, ha dado un giro de ciento ochenta grados a su propuesta musical. Atrás quedan los ecos de ese romántico y noctámbulo Death of a Flower (2016) con reminiscencias al Lou Reed del New York (1989). Esta vez, ha decidido ensanchar su marco de actuación y adentrarse en el post-punk, algo diferente que también contrasta con el punk rock agreste de Gog y las Hienas Telepáticas. Un temazo satánico con mensaje subliminal que a lo mejor todavía nadie se ha percatado: a la hora de pronunciar ese “eve of all”, más bien parece decir directa y llanamente: “evil”. Una producción mastodóntica y exquisita pensada para una escucha atenta. La línea de bajo llega hasta el tuétano y no te suelta en los más de ocho minutos. También sobresale la voz de Macky Chuca, en perfecto estado de gracia y con una entonación directa, oscura y combativa.

6-. “Distortion”, Mount Eerie (2018). Tras este viaje psicotrópico y oscuro, en el que ha primado el post-punk, vale la pena hacer un descanso y detenernos en la que quizás sea una de las canciones más preciosas e intensas de este año. En ella, su autor, Phil Elverum resucita tras el doloroso y hermético A Crow Looked At Me (2017). El recuerdo de Geneviève late vivo en las canciones de su nuevo álbum, Now Only (2018), y “Distortion” es la prueba palpable de ello. Una novela-río hecha canción que viaja por los momentos de la pareja y llena de emoción las pistas. Sin duda, Mount Eerie se sitúa como el más grande de los singer-songwriters del momento. Si no andabais tras su pista y os quedáis con ganas de más, le he seguido de cerca en estos dos últimos álbumes y podéis leer ambas críticas aquí y aquí.

7-. “You are a Taxi, I´m a Cab”, Hooray For Humans (2018). Otro trío vallisoletano formado por Fer, Fran y Juan (así, asecas) que ha echado a andar hace nada con su álbum debut, Hooray For Humans. Yo a Juan ya le conocía por ser guitarrista en bandas como Frieda´s Still in Love, Casa y también con otro joven ilustre de Pucela, Kiko Sumillera y sus campos eternos. Tenemos muchas referencias musicales en común y nos pusimos en contacto. Si te fascinan las guitarras densas y apasionadas de bandas como Bedhead, Codeine o Slowdive, y las irrupciones noise de Nothing, My Bloody Valentine o Sebadoh, ficha a este grupo.

8-. “Riding Bikes”, Shellac (2014). Los de Steve Albini saben lo que hacen. O no. El caso es que explotan al máximo lo que yo personalmente denomino “música huesuda”: bajo, batería y guitarra. Sin más. Nada mejor después de tanto empacho de efectos. Los juegos con el silencio y ese riff tan envolvente, sumado a esa potencia inusitada a la hora de aporrear la batería, como el mejor John Bonham, hacen de esta canción un derroche de energía y caña. Un respiro para todos esos fieles del hard rock de escuela. Una forma de ver el mundo frente a la vanguardia y pese a toda circunstancia.

9-. “L´Ennui”, VVV (2018). Volvemos a las atmósferas oscuras y opresivas y nos encontramos con este grupazo castizo del Madrid más “nu wave”. Jóvenes y alienados, los de VVV tienen en su haber un montón de canciones estridentes, ruidosas y resplandecientes, como luces de neón de en las calles más concurridas del centro en un sábado de ávidos excesos. Hace poco tuve la suerte de estar presente en uno de sus directos impactantes en el que trazamos un viaje a otra dimensión a partir de sus ambientes helados de guitarra y soflamas incendiarias sobre la caída de los dioses y el pecado. Aquí nos transportan a una tarde de opio en el París bohemio del siglo XIX, junto a otros nigromantes, como Charles Baudelaire o Theófile de Gautier.

10-. “Needle In Your Lip” – Profligate (2018). El compositor de música electrónica vanguardista Noah Anthony demuestra en su nuevo EP, Somewhere Else su capacidad para componer texturas alienantes, frías y distantes. Un pop sin color ni profundidad, áspero, lejano. Una máquina desnuda frente a la neurosis contemporánea. La vorágine de ruido y esa percusión ínfima, como el latir de un corazón, nos transportan a una realidad vacua y frágil, inanimada, donde los seres se aman para buscar refugio en un mundo carente de sentido. Absurda y arrebatadoramente triste, “Needle In Your Lip” refleja esa violencia sumergida que lleva a los seres humanos a destruirse unos a otros, al dolor autoinfringido y a la mirada torcida del desencanto. Si quieres adentrarte en este submundo llamado Profligate, puedes leer la reseña del disco completo aquí.

Anuncios

Los retratos que ya no dicen nada. Una metáfora de la soledad

La contemplación como vía absoluta de escape. Redefinir la contemplación. En un mundo tan lleno de estímulos como en el que vivimos, saber conjugar pretérito con pluscuamperfecto visual, entender ambas cosas a riesgo de convertirte en un ente transversal a camino entre lo digital y lo real, y perecer en el intento.

Sábado. Seis de la tarde. La casa en la que siempre estuve. Nada sorprendente. Todo esmeradamente en su sitio. Solo. Ningún ruido. La pereza se aposenta sobre mis rodillas. Hace unos minutos, jugaba al ajedrez en línea. Una excelente forma de dejar que el tiempo pase. Ahora, nada. Todos los dispositivos apagados. Me reclino contra los cojines y me quedo mirando al techo. Es algo que hago a menudo y recomiendo. Posiblemente, en otra época, en otra vida, habría escrito un poema sobre ello. Tendría la cantidad perfecta y equilibrada de metáforas para no deprimir en exceso ni resultar aburrido.

Miro a mi alrededor. Reparo en un hecho en el que no había caído desde hace muchos años, quizás cuando era niño y me sorprendía por todas las cosas de mi entorno. Esos cuadros. Retratos del ayer. Gente que ya no está y gente que sigue aquí, con unos cuantos años más, por cierto. Gente a la que le gusta decir “Te quiero”. Mi familia. Perdida en el tiempo y en la sagaz ironía de las circunstancias.

“Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, estoy seguro que sería noise o shoegaze”

La prima aquella que hacía la comunión ese día tan lluvioso en el que tuvimos que refugiarnos en un soportal. La prima que, como una beata santificada que hace alarde de su fe en Dios, sujeta un crucifijo con los ojos llorosos y una emoción infantil en el gesto. Pequeñas actuaciones para cosas que en las que dejamos de creer hace tiempo. Los abuelos en la España negra que ya no volveré a ver. Caminan por una ciudad en ruinas, aunque a decir verdad toda foto en blanco y negro parece estar hecha en una ciudad sumida en la decadencia. Los tíos que eran tan felices antes de casarse, jóvenes, con los pómulos en llamas y la mente en otra parte. La férrea dictadura. Paquito, ‘el de las ostias como panes’. El ladrido del perro vagabundo en el barrio de Las Delicias cuando había tan solo cuatro casas y un molino.

Si estás leyendo esto y te encuentras en casa, te invito a que te acerques al salón. El corazón de los hogares. Todas esas caras, permanentes a cualquier actualización o filtro digital, carcomidas por el polvo y la abulia. Todas esas imágenes ya no nos pertenecen. Están ahí, pero nosotros ya no las vemos. No hacen nada de ruido, es más, son puro silencio. Rostros secos tan fáciles de quemar. Si todavía no te has percatado, hay gente que te quiere y a la que quieres y está presente en tu salón, observándote con su mirada eterna cargada de mutismo, sin voz. No estás solo. Están contigo, aunque no digan nada y te percates de su presencia en el mismo momento en que por fin te decides a pasar el trapo por sus caras iluminadas.

“La función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad”

Los retratos. Esa obsesión por retratar lo humano. Lo que nos define y nos constituye, la mirada. Creo que mi retratista favorito es Francis Bacon (no es ninguna sorpresa a estas alturas), con su visión visceral, cárnica, de la composición facial y corporal. Si un cuadro de Francis Bacon tuviera música, seguro que sería noise o shoegaze. Recuerdo una conversación noctámbula en la que hablábamos sobre la naturaleza de las imágenes en la antigüedad. Cuando los cuadros eran más que simples cuadros y conformaban una ventana al espacio. Casi nadie tenía acceso a las obras de arte, a ese tipo de abstracción, y se tenían que conformar con la magia de las vidrieras de las iglesias y su descomposición desorbitante de colores sobre el mármol frío.

“Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental”. 

Esas imágenes ya están muertas. Como los portarretratos del salón. Pocos artefactos visuales son sorprendentes en la actualidad. La carrera tecnológica nos ha conducido a un huracán de avances, a una democratización de las imágenes, que no ha hecho más que socavar cada uno de sus principios y maravillas. Cuando en un tiempo nada lejano una imagen clavada en un portarretrato era una puerta al otro o al mundo, ahora son meros desechos históricos con aislada función ornamental. En un principio, la intuición me dice que albergaban vida ahí dentro -nunca subestimes el poder de una mirada-, y que servían, más allá de la decoración, para no sentirte tan solo. 

Algo más o menos parecido puede suceder ahora mismo con las redes sociales en las que los amigos o conocidos suben su día a día. El famoso y terrorífico ‘Gran Hermano’ de George Orwell parece que al final nos lo creamos y lo aceptamos nosotros mismos. De alguna forma, la función y obsesión por el retrato parece ser la misma en dos épocas históricas distintas: la renuncia a la soledad. En la intimidad del hogar o en la publicidad de tu teléfono móvil, donde ya todos somos agentes publicitarios de nosotros mismos que se autoexplotan, el valor sigue siendo el mismo: “no estás solo”. Hay gente al otro lado. En el papel fotosensible, impermeables al paso del tiempo, o bien en la pantalla de píxels, caducos hasta la saciedad. 

Tal vez, la clave esté en pasar desapercibido, regresar a los retratos y a la contemplación, y no decir nada más. Volver a Bacon. O insertarte un chip con el que poder vivir eternamente conectado. Ambas opciones parecen apuntar a un mismo sentido. Una soledad metafísica imposible de racionalizar o categorizar que nos vuelve locos enfermos de la imagen. Esa cosa tan intangible que incluso se puede pensar con los ojos cerrados y no tartamudear a la hora de admitir la fascinación que ejerce en nosotros, los protagonistas.  

La música y las palabras

Debe ser que esto de escribir en blogs ya está trasnochado. Me explico: me hace sentir “raro” dedicar un espacio humilde de mi tiempo para anotar una serie de pensamientos aquí. A la velocidad a la que van los tiempos, lo de tener un blog y dar rienda suelta de alguna forma a ese fluir de ideas personales, acomodadas, bajo una luz tenue de escritorio y tras un largo día de trabajo, me resulta algo más que extraño. ¿Para qué? De alguna forma siempre he sentido el impulso de escribir. No sé por qué, siempre he sentido que debía contar algo. “¿Te gusta escribir?”, me han estado preguntando desde que adquirí conciencia de ser. “Se ve que te gusta escribir”. ¿Qué significa escribir?


He escrito mucho en este blog desde que lo comencé allá por 2012, en mi primer año de carrera universitaria en Periodismo. Ya han pasado seis años. Madre mía. Y sigo encontrándome aquí, en este blog desangelado y desatendido. Dispuesto a escribir una vez más. ¿Qué es lo que pasa? Hoy me ha saltado un mensaje de WordPress diciendo “¡¡Feliz Aniversario!!”. Y aquí estoy otra vez. Escribiendo. ¿Por qué? Creo que muchas veces, la mayoría de las cosas que hago no tienen explicación.

Lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Un espacio donde desperdigar palabras y nombres, en el que vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.

Animado por Eva Campos, mi profesora de ‘Innovaciones tecnológicas aplicadas al periodismo’ (un título de asignatura con un cariz bastante prehistórico en cuanto a cultura digital se refiere), decidí hacer un blog que documentara mis pasiones verdaderas: la escritura y el Rock&Roll. Recuerdo que vino hacia mi silla y vio que ponía en el subtítulo: “jazz, doo-wop, post-rock…” y una infinidad de estilos más de los que en su momento yo me creía el altavoz. Y me dijo “¿Te gusta el jazz?”. Yo no había pasado de los discos de Coltrane y Davis, pero si ponía “jazz” en el subtítulo ya se suponía que estaba hecho un ducho en la materia. En todo caso, lo que me propuse era, como hace el jazz con cualquier tipo de momento, crear un ambiente. Y ese era el ambiente propicio para este blog, un blog donde encontrar todo lo que mi mente frágil y maltrecha de adolescente discurría y podía adquirir, un espacio donde desperdigar palabras y nombres, vivir a costa de los otros y por los otros. Hacer periodismo.


La verdad, los mejores profesores son los que, sin una intención real manifiesta o sin querer, te animan a emprender grandes caminos de una forma entusiasta y completamente desinteresada. No el típico chapas que te viene diciendo lo que tienes que aprender de cara al examen o qué debes hacer para ganar dinero y procurar tener una vida digna y cómoda. De alguna forma, le estoy agradecido a Eva, en donde quiera que esté o si lee este post.
Ya hace seis años. Se me ponían los ojos como platos al leer a William S. Burroughs así como toda la literatura beat, lloraba borracho en la calle con las melodías de Tom Waits y tenía alucinaciones mágicas sin apenas consumir ninguna droga aparentemente letal con los discos de My Bloody Valentine o Radiohead. Por poner algunos ejemplos. Eso era la adolescencia y así la pasé. Para las personas de mi generación, la adolescencia todavía no ha acabado, y espero que dure unos cuantos años más. Aunque a decir verdad, ya todos parecen más adultos.


Incluso yo me veo como un adulto. Tengo un trabajo estable y hago lo que quiero, lo que siempre quise: escribir. La sensación que arrastraba desde el instituto, ese impulso irrefrenable y apasionado de coger el bolígrafo y escribir en el folio en blanco permanece en mí, y ahora sé que se va a quedar conmigo para siempre. Pase lo que pase, haga lo que haga.

La música es el catalizador de toda relación humana con el mundo y las personas. Es el lazo que une y ata para siempre, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y quiénes vamos a ser

En los últimos meses, he abandonado la literatura y la poesía y me centré en escribir reseñas de música. Qué mejor placer que el de desentrañar discos, tanto actuales como del pasado. A decir verdad, la música es el único valor intangible y permamente que siempre está ahí, más que la propia literatura o el tan cadudo periodismo. Lo digo y lo diré siempre: la música es el catalizador de toda relación con el mundo y las personas, con el entorno. Es el lazo que une y que ata para siempre, la verdad inmutable que desentraña todo proceso o acción, el propulsor que aporta certeza a la incertidumbre para descubrir quiénes somos, quiénes hemos sido y qué vamos a ser. Una forma de amar verdadera y real, más allá de los gestos o las emociones.


La música es lo mejor de la vida. No exige nada, solo ofrece. Ni siquiera es interesada, vanidosa o engreída, siempre está ahí para vincularte al rugir imperioso de la experiencia y del anhelo. Del gozo. Dicen por ahí que la vida se mide en momentos, y mis mejores momentos están llenos de música, incluso en el más precioso silencio, donde solo los sonidos corrientes funcionan como escalera a la más alta cumbre de la sensación.

Todo esto gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

Dedicaba mi tiempo libre a escribir. En la etapa de parado desesperado puedes hacer muchas locuras. Yo me mantuve firme en mi compromiso con la palabra. Proyecté la novela que tanto ansiaba escribir y que nunca llegué a terminar. Fue en vano. Quizás ahora consiga fuerzas para hacerlo. Al final, la cotidianidad y el trabajo sepultaron toda tentativa de imaginación. Tuve la suerte, la enorme suerte, de poder trabajar en lo que siempre quise trabajar: escribir en un medio de comunicación. Y así me llegó la oportunidad, sin esperarlo ni imaginarlo. La enorme suerte de aprender de periodistas de verdad, de oficio y de carrera. Todo gracias a una aciaga y tediosa tarde de otoño que algún día contaré en este blog. Todo gracias a la música y a las palabras, mis dos fieles compañeras en el camino.

“A Crow Looked At Me”. Mount Eerie (2017)

*Reseña publicada en El Quinto Beatle

Lo mejor del pasado es que ya pasó

Cuando mueres despiertas del sueño, eso es tu vida

Luego creces y llegas a ser post-humano en un pasado que sigue sucediendo  frente a ti. 

El palacio de la noche. Un poema de Joanne Kyger. Esto es lo primero que nos encontramos cuando llegamos al que quizás sea uno de los discos más personales y desgarradores de este año: “A crow looked at me”, del estadounidense Phil Elverum, alias Mount Eerie. El que fuera miembro y líder de los Microphones, relata en este hermético disco de once temas el inconmensurable sufrimiento de perder a su mujer, la artista e ilustradora Geneviève Castrée, el año pasado a causa de un imparable cáncer de páncreas.

Aquí hay que hacer una reflexión. Y es que, como dice el propio Elverum en la primera canción del álbum, alguien está ahí y de repente ya no está / y no es para cantar sobre ello / no es para convertirlo en arte / cuando la muerte real entra en el hogar, toda la poesía es estúpida” (Real Death).  Ya nada más comenzar nos avisa y pide perdón por la obra que vamos a escuchar, además de reconocer la total invalidez de pretender transmitir mediante música la infinita tristeza que en esos momentos sacudió la vida del autor.

Del mismo modo, en clave periodística, para mí es un álbum muy difícil de reseñar o describir con palabras, ya que prima la intención de no hacer un espectáculo de algo tan serio y doloroso. Por tanto, habrá que andar de pies puntillas a lo largo de la reseña que vais a leer, ya que se trata de un álbum tan oscuro que no es aconsejable sumergirse en él más de lo necesario en él y dejarle respirar.

“LA MUERTE ES REAL”

Fue a principios de los 2000 cuando Phil Elverum conoció al amor de su vida, Geneviève Castrée. De un día para otro, dejó atrás su carrera en Microphones y se constituyó como artista solista en el proyecto Mount Eerie. Con un estilo muy personal e íntimo, sacó varios discos brillantes como Clear Moon (2012) o Sauna (2015), pero ninguno tan cerrado y desconsolador como A crow looked at me.

Se trata de una colección de canciones tocadas a pelo, caseras, desnudas y esqueléticas, apenas sin arreglos, donde la guitarra sirve de apoyo a una voz rota y apagada que inunda las pistas de melancolía, nostalgia y rabia por la pérdida de Geneviève. El disco arranca con una severa y tajante afirmación: La muerte es real”. Una percusión minimalista electrónica y una base de teclado eléctrico que se hace pasar por lo que parece un chelo, sirven de sostén para este primer corte. Real Deathnarra los primeros días de duelo, cuando todavía llega el correo a nombre de Geneviève, un regalo sorpresa que encargó para su hija de solo un año y medio de vida.

“Una colección de canciones tocadas a pelo, caseras, desnudas y esqueléticas, apenas sin arreglos, donde la guitarra sirve de apoyo a una voz rota y apagada que inunda las pistas de melancolía por la pérdida del ser amado”

“Seaweed”, presenta una sección de guitarra mucho más oscura que la anterior donde el autor incide en el quebranto producido por la marcha de su esposa. En “Ravensdescribe la premonición de su fallecimiento con una visita de dos cuervos en una mañana soleada de octubre y los meses posteriores. Una de las cosas más dolorosas que presenta la historia es que su hija, con tan solo un año y medio de edad, parece incapaz de entender dónde se ha ido su mamá. Para desconsuelo de su padre, que tiene que salir adelante con ella cuando apenas acaba de nacer.

“ELLA MURIÓ EN CASA CONMIGO Y ABRAZADA A SUS PADRES”

“A crow looked at mees un álbum muy homogéneo en cuanto a sonido. Las canciones mantienen el mismo pulso triste y desgarrador de principio a fin, y sumergen al oyente en una serie de anécdotas donde la voz apenas cambia de registro y la guitarra avanza a través de arpegios y ritmos lentos.

En Forest Fire” aparece un piano soberbio que hace compañía a la guitarra. Aquí se narran los meses posteriores a la defunción, estableciendo una relación entre los cambios de estación y el tiempo meteorológico: Y recuerdo que la última vez que llovió aquí tú estabas aún viva”. Así como su negación rotunda a aceptar la muerte: “Tú perteneces a esto / rechazo la naturaleza, no estoy de acuerdo”.

VÍDEO DE YOUTUBE: https://www.youtube.com/watch?v=P4oFtQuiac0

El artista hizo todo lo posible por mantener a su mujer viva, tanto es así que recaudó fondos y dio la vuelta al mundo para conseguir una cura para Geneviève. En unas declaraciones publicadas en la página GoFundMe, Elverum dio la fatídica noticia: “Geneviève murió hoy a la una de la noche. Ella conducía al trabajo y permaneció viva hasta el último minuto, insistiendo en levantarse de la cama y salir a trabajar a su estudio, cuando muchos se habrían rendido para descansar. Anoche y esta mañana se negó rápidamente y cerró sus ojos mientras su cuerpo vetaba sus deseos con los pulmones llenos de líquido. Ella murió en casa conmigo y abrazada por sus padres, con la esperanza de haber alcanzado la paz en el último minuto. Todo es tan triste y surrealista. Ella dejó todo por terminar. Era una manantial de ideas brillantes que nunca se apagaba. La quisimos mucho y ahora todo es rarísimo. Gracias a todos por el dinero invertido, el apoyo y el amor”.

“Su escucha no llega a ser del todo satisfactoria. Es un álbum tan triste, oscuro y hermético, que no es aconsejable sumergirse en él más de lo necesario y dejarlo respirar”

Hay partes del disco que remiten a otros singer-songwriters, antiguos y contemporáneos, como Leonard Cohen y su etapa más taciturna o Mark Kozelek y su proyecto en acústico Sun Kil Moon. Algunas melodías hacen recordar de la misma manera a Jason Molina. Es el caso de My Chasm”, donde el autor comenta que al ir a las grocery stores, los conocidos le observan con pena y confusión por un rostro que denota una profunda depresión, además de volver al statement de la primera canción: “Death is real”.

Phil Elverum encuentra la tristeza y le asolan los recuerdos en pasajes cotidianos, como el hecho tan simple de sacar la basura (“When I take out the garbage at night”). En “Emptiness pt. 2” regresa a la cuarta canción de su último disco, Sauna (2015). En ella, narra una de las actividades que le hacen sobrellevar el duelo, como es subir una montaña para conseguir intimidad y ver el mundo desde arriba sin que nadie le vigile.

Sin grandes sorpresas estilísticas respecto a sus predecesoras, Toothbrush/Trash” relata una vez más todos los recuerdos vividos junto a su mujer a través de fotografías. “Soria Moria” es, narrativamente, uno de los temas más logrados del disco. Soria Moria es un castillo inventado por el folklore noruego que simboliza la felicidad completa, y el viaje solo puede hacerse en soledad y aislamiento. El autor juega con este mito y lo ejemplifica al duelo, rememorando una y otra vez los dolores que atraviesa sin descanso.

Llegamos al final con “Crow”, una canción en la que Elverum narra un paseo invernal con su mujer y duda de la eternidad. En una entrevista para la revista Noisey declaraba lo siguiente: Caminábamos, y tuvimos un momento mágico, trascendente, tranquilo. No soy una persona demasiado espiritual. Sé que está muerte y se ha ido. Pero hay una pizca de magia. Un cuervo nos miró. Un cuervo nos estuvo siguiendo por todo el bosque. Fue tan especial y siniestro que no lo pude ignorar”. Y creo que, poco queda más que añadir aquí, tan solo acompañar en el sentimiento al autor y, de alguna forma, comulgar con su dolor.

NOTA: 8´3

“Forget”, Xiu Xiu (2017)

*Reseña publicada en Rock I+D

Una huida traumática y angustiosa del imperio de lo efímero hacia lo extraño y abyecto

Art rock, experimental, drone, noiseXiu Xiu es la prueba palpable de que categorizar y separar géneros no sirve para nada. Su nuevo lanzamiento, Forget, es un ejercicio de contemporaneidad frente a lo ya dicho, lo ya cantado, lo ya argumentado. Buscar la autenticidad dentro de la vanguardia a estas alturas es más que un reto; se trata de la pepita de oro que nunca aparece. Y Xiu Xiu con este trabajo han encontrado su espacio de acción `pop´ después de varios años buscándose con obras musicales diríamos, performáticas, como Kling Klang, el único disco en el mundo fabricado a partir de 999 vibradores de plástico atados a una estatua del artista conceptual Danh Vo en las calles de Brooklyn.

Forget olvida –nunca mejor dicho- el discurso primigenio de Xiu Xiu y ahonda en una tónica pop que muy seguramente servirá de epítome de una nueva generación musical que aún está por venir. Adelantados a su época, Jamie Stewart y compañía han diseñado un álbum mucho más accesible que sus predecesores pero sin dejar atrás su sello de identidad. A lo largo de las diez canciones que lo componen somos sorprendidos por la imparable masa de ruido blanco, beats violentos y lacerantes, cacofonías aisladas y arreglos industriales que se suceden de manera maniática, caótica y exasperada por todas las pistas.

Las dos primeras canciones, “The Call” y “Queen of the Losers” resultan ser una bofetada directa al oyente. La voz, inflada hasta lo grotesco, se asemeja muchísimo a los registros graves de un David Bowie que se ha ido de viaje a Japón para no regresar jamás. El golpe de efecto llega con el tercer corte, “Wondering”. Sin duda, fácilmente puede llegar a ser una de las mejores canciones en lo que llevamos de año. Muy difícil no caer en la tentación de darle al replay una vez termina.

“Get Up” y “Hay Choco Bananas” marcan el respiro necesario del disco. La primera arranca con una atmósfera sencilla y espacial construida con tan solo tres acordes de guitarra. Stewart aquí decide regalarnos una voz alejada del histrionismo y un correcto solo de guitarra despide el tema entre bambalinas de ruido. “Hay Choco Bananas”, mucho más industrial, conserva algunos momentos de belleza e interioridad con la presencia de un coro femenino encubierto tras capas y capas de música concreta.

“Jenny GoGo” resulta ser el plato fuerte de la colección. Con unos bajos e inspiración cien por cien new wave, las cacofonías, los gritos entrecortados y el hermetismo retoman el protagonismo. Pura seña de identidad de la banda americana. “At Last, At Last” seduce por su parte interpretativa y sus cambios de ritmo. Ambas canciones parecen ilustrar una búsqueda del pensamiento automático y casi esquizofrénico, tanto por la parte musical como por las letras. Una huida traumática y angustiosa del imperio de lo efímero hacia lo extraño, lo abyecto. Una constatación de la vileza del tiempo presente camuflada sobre pantallas inoculantes de deseo.

Un álbum para perder el aliento, para escuchar sus mensajes encriptados en el ruido y la distorsión, y ser triturados

La canción que da título al álbum, “Forget”, representa lo que podría ser un David Bowie en mitad de un exorcismo. Si creíamos haber tomado tierra, nada más lejos de la realidad. “Petite”, en cambio, se enmarca como la balada del disco. Sencilla y esquelética, de producción cien por cien orgánica, con arreglos de cuerda en el estribillo y la voz planeando en las alturas, parece expresar la debilidad del ser humano frente a lo divino.

“Because I was born dead. And I was born to die”. De esta forma se despide la mayúscula “Faith, Torn Apart”, y por ende, el disco. Un tema de ocho minutos labrado a partir de un sintetizador ensordecedor y disociativo que avanza hacia una pieza de spoken word recitada por el artista queer de performance Vaginal Davis. En resumen, un álbum para perder el aliento, para escuchar tanto en soledad como en compañía y ser triturado por las capas de ruido, distorsión y mensajes encriptados que en él se contienen.

“Realejo”, Autumn Comets (La Estanquera, 2017)

+Reseña publicada en El Quinto Beatle

+“Cantar en castellano fue un paso natural”, en Ruta66

Después de dos años de aquel magistral We are here / You are not (2015), las Cometas de Otoño vuelven con un nuevo trabajo discográfico que les devuelve a las raíces hispánicas tras siete años de carrera cantando en inglés. Realejo (La Estanquera, 2017) llega con ocho nuevas canciones en pleno ecuador de su estación favorita. La banda de Juan Palomo (voz y guitarras), Emilio Llorente (guitarras), Gonzalo Bautista (teclados), Mario Pérez (bajo), Pablo Palomo (batería) y Manuel Moreno (viola y percusión) vuelve a demostrar que son un conjunto con mucho que decir y demostrar dentro de la música independiente de nuestro país.

“UN VIAJE MIRANDO AL SOL” CON ESTALLIDOS AMBIENTALES

Su música está plagada de detalles. Retazos de folk norteamericano, estallidos ambientales que embadurnan las pistas hacia el kraut o el post-rock, momentos sinfónicos protagonizados por la viola; suavidad y armonía, contención e intensidad, ruido y caos. Todo ello sostenido por una sólida atmósfera electrónica de sintetizador, que recuerda mucho a la escena indie del nuevo milenio de grupos como Death Cab For Cutie, Modest Mouse o The Shins. Pero más allá de las comparaciones, Autumn Comets han conseguido hacerse un hueco dentro de las bandas más originales de este país y consolidar un proyecto musical que ya cuenta con cuatro álbumes de estudio y colaboraciones estelares, como Russian Red o el mismo Micah P. Hinson.

Realejo arranca con un rasgueo suave que avanza hacia un diálogo sostenido entre bajo, guitarras y sintetizador. Se trata de Viernes de Dolores, el primer single y canción elegida para presentar este nuevo trabajo. Referencias a Sun Kil Moon, un estribillo emocionante y la voz de Ricardo Lezón de la banda amiga McEnroe para hacer de padrino de lujo. El segundo corte del disco, Madera y Sangre, es un testamento de la buena forma en la que se encuentra la banda. Con un ligero parecido a Cavar una fosa, de su anterior álbum, las guitarras trenzan arpegios a lo largo de toda la canción a medida que la voz la acompaña. Destaca por su lirismo decadente en las letras, algo muy presente en la banda en cualquiera de sus discos, inspirado en mayor o menor medida por los versos de la corriente literaria del realismo sucio: “escupo hierro y sangre / los días son violentos / al despertarme se clavan / con las horas que dejo muertas”.

Costa Tropical representa el segundo y definitivo arranque del disco. Se aprecia cierta similitud en cuanto a intención con Baltimore, de su segundo disco Moriréis en Camboya (2013). Un inicio post-punk de bajo se suma a las guitarras, al más puro estilo dream pop, que sobresalen en la ecualización respecto al resto de instrumentos. Es así como llegamos al ecuador del álbum y uno de los temas más potentes del disco, quizás el mejor conseguido: La Montaña Vino a Mí, en la que una base electrónica al más puro estilo kraut nos da la bienvenida. Segundos más tarde, comienzan a entrar las guitarras, el bajo y la batería en un avance progresivo. La voz de Juan Palomo y su interpretación destaca sobre el resto de canciones. Pisajística y onírica, La Montaña Vino a Mí parece testificar la pequeñez del ser humano ante la inmensidad natural que lo rodea. Autumn Comets en estado puro: guitarras a camino entre el clean y la distorsión, un hipnótico sintetizador y la viola sazonando las pistas con pasión y humildad.

 

COSTAS TROPICALES, CORDILLERAS NEVADAS Y UN VIERNES EXISTENCIALISTA

A lo largo de la escucha, nos sorprendemos por la temática discursiva que ha adoptado la banda para este Realejo. Horizontes naturales, bosques y campo, cosechas y vergeles, vuelta a la tierra, a lo propiamente castizo. Algo que quizás habían pasado por alto en sus anteriores álbumes y que se ve reflejado en mayor o menor medida según avanza el tracklist. Después de atravesar costas tropicales, cordilleras nevadas y un viernes existencialista con tintes religiosos, nos damos de bruces con un tema que parece alojar un mensaje político subliminal. Nada nuevo bajo el sol parece dar fe de ese pesimismo ante las circunstancias sociales y económicas de nuestro tiempo. Si hace unos años, las bandas y músicos independientes nacionales lanzaban discos cargados de optimismo con motivo del nacimiento de los movimientos sociales, hoy en día la desilusión y el desengaño toman protagonismo al asimilar que nada ha cambiado sustancialmente, y que seguimos igual o, incluso, peor.

Autumn Comets en estado puro: guitarras a camino entre el clean y la distorsión, un hipnótico sintetizador y la viola sazonando las pistas con pasión y humildad

Larsson” es un tema para volver a tomar tierra y respirar. La viola protagoniza uno de los grandes momentos del álbum según se acerca el final y la ecualización de las guitarras nos retrotraen a leyendas del post-rock y de la música espacial, como Low, Yo La Tengo o Explosions in the Sky. De igual forma, Cortijo es una canción sustentada por arpegios y teclados. Recuerda en ciertos detalles a The Map and The Treasure, de We are here / You are not (2015) pero desgraciadamente, no tiene tanta fuerza como esta, y hace que el álbum se desinfle un poco.

Un final deslumbrante y colosal para dar punto de partida a este éxodo natural por carreteras, valles y montañas

En comparación con su predecesor, Realejo es un álbum que destila un espíritu más optimista y luminoso. Con todo ello, se antoja este nuevo trabajo discográfico como un segundo nacimiento de los madrileños hacia territorios más shiny. Después de sus álbumes cantados en inglés, desde A perfect trampoline jump (2010) hasta We are here / You are not, esta colección de canciones desecha la oscuridad para dar paso a un nuevo collage sinfónico de sonidos y texturas más refulgentes.

Y llegamos al final con la canción que da título al álbum, Realejo. Se trata de un folk espeso, plagado de arreglos ambientales y electrónicos, que avanzan hasta romper con todo el arsenal instrumental para luego volver a la calma. La raíz que volverá a crecer / monte y mar / y un vergel / y cuidar bien de él. Las letras reflejan la temática general del álbum, esa vuelta a la naturaleza como paraíso perdido. Estilísticamente, se parece mucho a los más recientes discos de Low Roar, pero a medida que la canción progresa la vanguardia se hace paso hasta llenar las pistas de ruido y éxtasis. Un final deslumbrante y colosal para dar punto final a este éxodo por carreteras, valles y montañas. Una despedida más que anticipada con billete de vuelta.

NOTA: 8´5

“Caravana”, Quentin Gas & Los Zíngaros

 

Un viaje conceptual y caleidoscópico que asienta sus bases en el flamenco de raíz y el psych-rock para escuchar de principio a fin

Uno de los descubrimientos más potentes del año pasado y que ahora rescatamos para analizar es el segundo disco de Quentin Gas & Los Zíngaros, Caravana, un viaje conceptual y caleidoscópico que asienta sus raíces en el flamenco de raíz y el psych-rock. Su líder, Quentin Gas, hijo de la afamada e internacional bailaora Concha Vargas, despliega a lo largo de las catorce canciones que componen el álbum un largo viaje que parte desde la India, atraviesa Turquía, visita Marruecos y termina en Lebrija, una de las cunas del cante flamenco, en el Bajo Guadalquivir sevillano.

Tras un amanecer onírico amenizado por un sitar (“Punyab”), al norte de la India, la poderosa voz de Carmen Vargas nos da la bienvenida a este tránsito por el desierto a las riendas de un riff de guitarra hipnótico y espacial (“Caravana”). Con esta segunda canción, la banda asienta el concepto del álbum y su finalidad: la búsqueda de las raíces de Quentin Vargas, máximo artífice del proyecto, quien, según aseguran algunas redacciones, de pequeño escuchaba a Jimi Hendrix, The Doors y Sonic Youth, para más tarde y con esta formación, emprender las huellas musicales que sus antepasados dejaron. Es por ello, que el álbum responde a esa mixtura que siempre ha dado tan buenos resultados –pensemos en Triana, Enrique Morente y Lagartija Nick, o el Niño de Elche- con esa acertada y emocionante fusión entre flamenco y rock psicodélico.

Caravana responde a esa fusión entre flamenco y rock psicodélico que siempre ha dado grandes resultados: Triana, Enrique Morente y Lagartija Nick o El Niño de Elche

Precisamente, es el Niño de Elche el que se encarga de aportar su descomunal chorro vocal en la tercera del disco, “Deserto Rosso”, donde el órgano hammond cabalga con la guitarra siguiendo el riff de la canción anterior. Otro de los rasgos estilísticos de Caravana es que es un álbum para escuchar de principio a fin, no solo por la historia nómada que relata, si no también por la instrumentación de las canciones que se suceden. Es así como “Sultana”, con una melodía muy cercana al Camarón de La leyenda del tiempo, arranca con un fraseo de hammond para narrar una historia de amor a partir de metáforas tradicionales andaluzas, como el “mendigo”, “los ojos rojos”… tan presentes en autores como Federico García Lorca.

Romance” sigue de cerca a la anterior, pero esta vez las guitarras cobran más protagonismo, adquiriendo un vigor que les acerca a las bandas de rock espacial como Spacemen 3 o el Led Zeppelin de “Dazed & Confused”. Y así es como llegamos a “Persia”, una parada breve en el camino de apenas un minuto donde el flamenco da un paso atrás para volver a las texturas arábigas del sitar.

La guitarra de Pájaro en “Caravana 2” devuelve el orgullo a la intachable tradición hispánica de guitarristas frente a la egolatría guitarrera anglosajona

Carmen Vargas regresa para cantar la segunda parte de “Caravana”, que marca el punto de inflexión en el disco. Mucho más notable que la anterior, su tono épico y festivo otorga el carácter de himno a la cultura gitana. La guitarra española de Pájaro (perdonen la expresión) A-CO-JO-NAN-TE devuelve el orgullo a la impresionante tradición hispánica de guitarristas frente a la egolatría guitarrera anglosajona, presente en cualquier ídolo del mástil.

Turkia” resulta ser otro puente que da la bienvenida a las costas mediterráneas después de tanto caminar por las áridas tierras del desierto. Trae color y mezcla de sabores, en cualquier instante podemos vernos instalados en uno de los grandes mercados turcos, barnizados por una luz cobriza y olor a incienso en el ambiente. “El pedío” retoma la fusión entre géneros, sonando un poco repetitiva respecto al resto de temas. Las palmas gitanas suenan en “La ley del silencio”, donde Quentin entona “No hay una sola realidad”, refiririéndose quizás a los paraísos artificiales (en su concepción más occidental) o a los saberes míticos y místicos del pueblo gitano (si echamos la vista a Oriente).

En cualquier instante podemos vernos instalados en uno de los grandes mercados turcos, barnizados por una luz cobriza y olor a incienso en el ambiente

Entre estos términos se desvela “Luna de Oriente”, donde Quentin establece ese paralelismo entre las dos zonas geográficas. El viaje prosigue y llegamos a Marruecos, a la ciudad de “Tánger”, en la que nos reciben con los brazos abiertos y música en las calles. Otra pequeña píldora de realismo musical que presenta la parada definitiva: “Lebrija”. Aquí, ya hemos cruzado el estrecho y descansamos en los floridos patios sevillanos al compás de una guitarra española y palmas andaluzas. De nuevo, Carmen Vargas regresa para poner punto y final a un viaje cargado de duende. Pero no tan rápido, el recorrido se cierra con “Mala puñalá”, un espectacular desenlace de más de nueve minutos que avisa “Todo llega”, entre estertores de órgano hammond y una voz a medio camino entre los Beach Boys y los Kinks colocados, sin perder en ningún momento el duende gitano. Un grueso feedback ruge al final del tema. Si uno se queda escuchando los últimos minutos hay una sorpresa que no desvelaré aquí.

NOTA: 8